
Soy propenso a dos males.
Dos males que llevaban bastante tiempo sin visitarme con asiduidad. Pensé que les había dado esquinazo cuando me vine a vivir a Euskadi pero los muy cabrones me han vuelto a encontrar.
Me refiero al dolor de cabeza y al insomnio.
Supongo que eso implica que aunque mi vida parezca equilibrada en realidad le falta un "no sé qué". Es la típica historia: Desarmas tu vida y la pones patas arriba para limpiarla de todo tipo de basura. Luego vuelves a ensamblarlo todo y te das cuenta de que te sobran piezas. Un par de tuercas, una arandela y dos tornillos. Pero le quitas importancia. Todo parece funcionar bien sin esas piezas. Las tiras a la basura celebrando que tu vida se haya vuelto más ligera.
Entonces esa vida tuya se pone en marcha de nuevo, los engranajes comienzan a girar y al principio no pasa nada. Todo transcurre igual que antes pero más limpio, más diáfano. Cierto día, sin embargo, las carencias se hacen notar y algo comienza a chirriar ahí dentro. Un persistente ruido de fondo, casi inaudible pero inquietante. Y quizá sea ese chirrido de piezas ausentes el que detona los dolores de cabeza. Quizá sea ese sonido el que le desvela a uno por las noches.
Me echo a la cama y tardo en dormirme porque una parte de mí tiene la sensación de que el día no puede acabar aún. Esa sensación de haberte dejado algo olvidado y temer no recordar qué coño era hasta que ya estás en el aeropuerto a punto de coger el avión hacia el día siguiente.
Entierro la cabeza en la almohada y el día es una sopa de letras en la que me ha faltado por descubrir la última palabra.
Apago la luz con la sensación de que me ha faltado hacer algo, o decirle algo a alguien, o escuchar algo de alguien o lo que sea con tal de no tener una vez más esa sensación de cinta transportadora que me va arrastrando de un día hasta el siguiente negándome el derecho a sentir que participo en mi propia vida.
Creo que debería intentar exprimir más mi escaso tiempo libre. Escribir más, hacer más ejercicio físico, buscar mil y una formas de cansarme y sobre todo... encontrar metas. Noto que me faltan cosas hacia las que aspirar. Quizá lo único que necesite sea aclarar un par de ideas y recobrar un par de miligramos de energía. Nada que no se cure con unas cuantas horas de sueño. Aunque claro... para invocar esas horas de sueño me vendría bien arreglar todo lo anterior.
En estos días no puedo evitar acordarme de aquel poema de
Rubén Darío:
NocturnoSilencio de la noche, doloroso silencio
nocturno... ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre,
dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.
¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en un vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas...
Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta...
Ha pasado un transeúnte...
Ha dado el reloj trece horas... ¡Si será Ella!...