domingo, 9 de diciembre de 2012
¿QUÉ ES ESCRIBIR?
¿Qué es escribir? ¿Y tú me lo preguntas? No, te lo pregunto yo. Garrapatear la lista de la compra para ediciones "el imán de la nevera" (media de huevos, lechuga, cuatro puerros) ¿Es escribir? Mandar ese sms... ¿es escribir? Y mandar ese otro - cambian los modos, cambia el destinatario - ¿es escribir? Encerrarte con otras cinco personas exponiéndote a pizarras, a despachos de luces fluorescentes y retorcerte las neuronas con ademanes de estrujar un trapo para encontrar soluciones propias para problemas ajenos, ¿es escribir? Domar tu ingenio - o esa especie de sucedáneo convincente que lo suple - al servicio de personas que te dicen lo que quieres, ¿es escribir?
¿Es escribir contemplar con ojos derrotistas, impasibles, cómo las letras se despeñan hacia el folio y se estampan en él en cualquier sitio, de cualquier manera, sin tener siquiera la decencia de desangrarse a causa del impacto? ¿Es escribir organizar el andamiaje con precisión de autopsia, con cirujía de ingeniero, armar un híbrido de columpio de parque y potro de tortura donde los niños al jugar se quedan parapléjicos, donde las avalanchas se pierden en laberintos técnicos, dan mil vueltas, se marean, se diluyen y se divorcian de su razón de ser; donde extirpamos la pasión de la ecuación para limpiarla un poco, para imprimirle un "look" profesional, donde nos conformamos con - comida de hospital - que el resultado tenga sentido, o lo aparente? ¿Es escribir tatuar en el papel una única letra, sólo una, pero con tantas ganas, tanto mimo que uno podría recorrer sus curvas y oler el mundo entero?
Llevo quince años dedicándome conscientemente a eso de escribir y aún no sé a ciencia cierta en qué coño consiste, pero vislumbro una respuesta. Creo que escribir es una alergia al hecho de que en la Realidad hay algo que chirría. Creo que escribir es un ataque - muy en defensa propia - a cómo son las cosas. Los más ambiciosos escriben para cambiar la Realidad. Otros escriben en un intento temerario de entenderla y - aún más temerario - ayudar a comprenderla a sus lectores. Los hay que ni una cosa ni la otra, arquitectos que escriben con la esperanzar de reinventar la Realidad, partiendo desde cero.
Quizá haya tantos tipos de escritores como maneras hay de reaccionar al hecho de que la Realidad no es todo aquello que nos prometieron que sería. Quizá la escritura es un bastón, es una prótesis que necesitamos para poder caminar sin tropezarnos a través de los accidentes geográficos de la verdad desnuda; una prótesis que nos ayuda a redondear nuestro contorno, para encajar a duras penas en el puzzle.
Es posible que algún día, cuando la Realidad no nos presente tantos problemas, cuando todos sepamos entenderla, es posible que entonces... escribir ya no sea necesario.
Por eso algunos otros escribimos como si quisiéramos seguir jodiendo el mundo, como si no quisiéramos verlo nunca sano. Le ametrallamos las cicatrices a golpe de teclado, e infestamos nuestras frases con la mierda más incómoda para clavarlas donde más le duele. No lo hacemos porque queramos, quizá ni siquiera porque nos apetezca. Lo hacemos porque no sabemos hacerlo de otra forma. Y - ¿quién sabe? - a lo mejor "no saber hacerlo de otra forma" también es escribir.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
HAY QUE QUERER A NATALIE: CÓMO ADAPTARSE AL HECHO DE ADAPTAR.
Llevo horas dándole vueltas al guión en el que curro ahora. Está siendo quizá el encargo más complicado al que me he enfrentado desde que me dedico a esto.
Me vengo al blog buscando una tregua, un tiempo muerto, un desahogo durante el cuál las ideas se ordenen bien en mi cabeza y me permitan continuar con el tema, porque las ideas, en ocasiones, son así: como esas mujeres de las pelis antiguas que necesitan que dejes de mirarlas durante un rato para poder vestirse y desvestirse frente al tocador.
Debería aprovechar estas horas del mediodía para almorzar, y no para esta mierda, pero bueno... siempre me ha parecido demasiado aburrida la palabra "debería".
El proyecto que me ocupa es complicado por varias razones, y es una de ellas la que me motiva a escribir este post:
Se trata de adaptar al cine una novela de un escritor bastante prestigioso.
Y no es precisamente un libro que te lo ponga fácil. ¡No! Está repleto de poesía, los temas cruciales se localizan al primer vistazo... pero carece de estructura narrativa, hablando en términos ortodoxos. De hecho, cuando intentas hacerla encajar en una estructura clásica, la historia se defiende a base de arañazos y mordiscos, como un gato que lucha porque lo quieres meter en la bañera.
Existe, además, otro factor que complica las cosas aún más si cabe, una vuelta de tuerca:
La novela en cuestión narra cosas que sucedieron en la vida real.
Y la realidad es sucia, caótica... los árboles no crecen con formas geométricas, hay que podarlos... y duele ser el jardinero encargado de hacerlo. Si te dedicas a los jardines, es fácil presumir que te gustan los árboles. Y uno se siente mal cuando tiene que amputarle extremidades a un ser al que ama.
Lo comentaba ayer en Twitter: A veces escribir sobre hechos reales es como intentar ordenar el interior del camión de la basura.
Muchas veces, en algunos blogs de guión, me invade una sensación de hastío cuando empiezan a disertar sobre adaptaciones de novelas o de historias basadas en hechos reales. "¿Otra vez hablando de lo mismo?" Ahora que tengo que pasar por este quinario, me acuerdo de esos posts y los considero compañeros de fatiga. Me gustaría tomarme unas cervezas con esos posts, compartir nuestras miserias.
Últimamente he tenido que viajar más de lo que quisiera, así que he hecho algo - de manera intuitiva - para intentar aclararme en estos temas: Invertí los viajes de avión en leerme la novela en la que se basó una de mis pelis favoritas; una peli de las que no se prestan a estructuras ortodoxas:
ALTA FIDELIDAD.
Es algo que no hago casi nunca: Leerme la novela después de haber visto la película. Pero ya había leído otro par de obras Nick Hornby, y soy muy fan.
Evidentemente, he leído el libro con un chip raro activado en la cabeza, muy ocupado deduciendo cómo pudo transcurrir el proceso de adaptación: ¿Qué cosas incluir, cuáles dejar fuera, cuáles conservar pero cambiándolas de lugar? ¿Aprovechar algunos momentos estelares pero atribuyéndoselos a otros personajes? ¿Quitar peso específico a esto y añadírselo a aquello otro? ¿Convertir las palabras del narrador en diálogos de los personajes?
Ya he leído entera Alta Fidelidad. La terminé en algún punto indefinido entre Nápoles y Milán, enlatado en un avión. Y he de decir que me parece maravillosamente adaptada: Funciona como peli y transmite de manera muy fiel el espíritu de la novela. No he indagado acerca de lo que opina el señor Hornby al respecto, pero creo que debería sentirse realmente orgulloso de que hayan adaptado su obra con tanto cariño, y con tanta eficiencia.
Creo que es algo que necesariamente le pesa a cualquier guionista que adapte: Que el autor original esté contento, que entienda (o como mínimo acepte) las decisiones drásticas que hay que tomar a veces para convertir el papel en celuloide.
En mi caso concreto, el autor está muerto. No sé si eso significa menos presión o todo lo contrario. El largo anterior que escribí ("The other side") también se basaba en la obra de un autor fallecido, y fue bastante duro. Como me decía ayer una persona muy cercana, últimamente en todos los proyectos en los que curro hay un muerto en el equipo.
Si bien he disfrutado muchísimo la novela, la he leído con una sensación extraña. A ratos, en lugar transportarme a la tienda de discos, al piso de Rob, a la iglesia del funeral... me transportaba a las reuniones que debieron tener los guionistas para tomar cada decisión sobre la peli. Me los imaginaba allí, en un despacho o en una cafetería, a Cusack, a Rossenberg y a los otros dos, discutiendo sobre cada decisión, emocionándose para venirse abajo a los dos minutos, teniendo diálogos de besugos sobre si perdonarle o no la vida a cada renglón de la novela, llegando a conclusiones que se pasarían por el forro en la siguiente jornada.
En la peli de Stephen Frears - ahora me doy cuenta - hay muchísimas frases textuales sacadas directamente de la novela. Son momentos maravillosos. Pero me imagino a los guionistas tratando día a día con esas perlas literarias y perdiendo la perspectiva, empachándose de ellas, aborreciéndolas.
Es uno de los grandes peligros de trabajar en un guión durante demasiado tiempo:
Empiezas a dar la poesía por sentada.
Es como si te vas a vivir con una chica de la que te enamoraste. De repente la ves todos los días, se convierte en rutina, recuerdas qué era lo que te apasionaba de ella, pero de alguna manera ya no lo sientes en las vísceras.
Cuando trabajas con un material durante demasiados días (o demasiadas versiones) se convierte en eso: En una novia que ya no te produce cosquillitas en las tripas. (Curiosamente, de eso va, en gran medida, la trama de Alta Fidelidad)
¿No os ha pasado alguna vez, eso de ver a un tipo con una chica maravillosa (o viceversa) y pensar que ese gilipollas ya se ha olvidado de la suerte que tiene de tener a alguien así tan cerca? ¡Ni se molesta en cuidarla!
De repente, imaginando las reuniones que debieron de tener los guionistas para parir la peli de Alta Fidelidad me los imaginé así: Manipulando perlas de poesía con la frialdad del cirujano. Esto lo colocamos aquí, esto lo colocamos allá. Es una actitud necesaria, una defensa natural, una manera de no perder tiempo innecesario y valiosísimo.
Estoy seguro de que muchos de los diálogos que más te conmueven en Alta Fidelidad, para los guionistas, mientras trabajaban, acabaron siendo pura mercancía. Se enamoraron del proyecto gracias a ellos, pero meses después todo se reducía a mecanicismo, a operaciones automáticas, a fardos que había que transportar de un lugar a otro de la trama.
Es como si tienes a Natalie Portman para aportar belleza a tu local y empiezas a comerte la cabeza sobre si quedará mejor junto al mostrador, junto a la puerta, junto a los baños... Llega un momento en el que te olvidas de que estás manipulando a Natalie Portman. La elegiste por su belleza, por su encanto, por su magia, pero ahora la desplazas como un trozo de carne, la cosificas. Todos se quedarán prendados cuando entren en tu local y la vean allí. Una parte de ti lo sabe, y sabe que la chica lo merece, y sabe que haces lo que haces precisamente por y para eso. Adorabas a Natalie. Por eso decidiste embarcarte en ello. Pero luego vienen las complicaciones y las prisas y el perder el norte.
Y es lo que yo saco en claro de todo esto: Cuando te sientes perdido en el proyecto, cuando te aburre el laberinto en el que te has metido, hay que pararse, hay que recordar lo que sentiste la primera vez que leíste ese material... hay que recordar qué cojones lo hacía tan especial antes de que tuvieses que cosificarlo en defensa propia...
... hay que querer a Natalie.
lunes, 19 de noviembre de 2012
LA TOS.
Estoy en mi isla visitando a la familia, y todos nos hemos puesto enfermos. Somos víctimas de ese virus cuyo efecto no sabría si catalogar como "gripe floja" o "catarro fuerte".
El otro día estuve viendo una peli con mis padres. Yo la disfrutaba por segunda vez, y recordaba perfectamente cuáles eran los puntos cruciales de la trama. Es como ver un partido de fútbol sabiendo de antemano en qué minuto meten cada gol.
Se trataba (es importante aclararlo) de una de esas pelis a las que hay que prestar cierta atención para "no perderse".
Mi padre, en su enfermedad, atravesaba ya esa fase tan jodida de las toses, y cada vez que tosía llenaba la habitación con su tos. No podías escuchar ninguna otra cosa. La tos eclipsaba los diálogos de la película durante varios segundos.
Yo me ponía nervioso, no sólo por ver a mi padre pasarlo tan mal, sino también porque a veces, con las toses, se estaban perdiendo información importante para entender la película. Giros importantes en la trama, datos significativos sobre los personajes.
"No se van a enterar de la peli", pensaba yo. "No entenderán el final".
Me equivocaba.
La entendieron perfectamente, a pesar de haber sustituido con un estruendoso cof, cof, cof aquellos tramos que yo (y probablemente cualquier otro guionista) habría considerado "momentos clave".
De repente, encontré en aquella tos una lección de humildad. Estaba allí para demostrar hasta qué punto ciertas cosas que a los "profesionales" nos parecen cruciales desde un punto de vista narrativo... daban exactamente igual. Las escenas que enmudecían bajo aquella tos habían sido probablemente el fruto de horas y horas de discusiones frente a una pizarra, de diálogos de besugos, de intercambios de mails, de probar mil alternativas, dar mil vueltas, reescribir diez versiones en diez colores diferentes.
Si tradujésemos a euros y a neuronas lo que cuesta en una peli cada hora, cada minuto de un guionista, allí estaba aquella tos impertinente mostrándonos (casi con ironía socrática) hasta qué punto se había derrochado energía, tiempo y pasta de manera tan fútil y accesoria.
Aquella tos supuso un golpe demoledor, pero también una liberación. Supuso confirmar, una vez más, que ni las consecuencias son tan drásticas ni los espectadores son tan tontos.
Con tanta teoría, con tanta obsesión por la estructura, a veces tengo la impresión de que no construimos tramas, sino máquinas. Una especie de ingeniería de lo invisible, pretenciosa y tiránica. Y por supuesto que la estructura es importante. Por supuesto que es útil la teoría. Pero a veces vienen bien estos recordatorios de que la nuestra es, en todo caso, una ciencia inexacta que tiene como destinatario a un sujeto imprevisible.
He hablado de la tos, aunque podemos entender esa tos como metáfora de otras muchísimas cosas. En otras ocasiones la interferencia será de otra índole: Habrá quien no escuche (o no quiera escuchar) tu "momento clave" por discrepancias ideológicas, por enamoramiento, por ideas preconcebidas acerca de lo que está viendo, por etcétera...
Si, por ejemplo, os hubiese dicho desde el principio que la película que estuve viendo con mis padres era Luces Rojas, algunos de vosotros no habríais entendido la mitad de este post porque habríais estado más pendientes de vuestro propio ataque de tos: "Es que el cine español..." "Es que los de las subvenciones..." "Es que el Rodrigo Cortés..." "Es que teniendo a Robert De Niro en lugar de a Resines..." "Es que tampoco hace falta atender tanto para entender esa peli porque yo soy mú listo y bla, bla, bla..."
La tos. Poniéndonos en nuestro sitio, y acaso susurrándonos con su estruendo que es todo tan importante que nada tiene importancia en realidad.
jueves, 1 de noviembre de 2012
¡VUÉLVETE LOCO!
Siento haber tardado tanto en actualizar. Trabajo, viajes... Esas cosas.
Voy al grano:
Los escritores que más me remueven las vísceras y los que - al mismo tiempo - más me hacen reír no publican su literatura en novelas, ni en relatos, ni en teatros. Normalmente leo sus palabras colgadas en marquesinas y farolas:
"Cursos de creatividad."
"Aprende a ser creativo."
"Técnicas para estimular tu creatividad."
Etc.
¿¡En serio!?
No consigo imaginarme cómo se puede enseñar a alguien a "ser creativo". Supongo que habrá trucos, que existirán rituales y terapias que le ayuden a uno a abrir la mente, desbloquear las emociones... Aceptamos barco.
Esto último me hace pensar: ¿Qué consejos me atrevería yo a dar sobre el tema? ¿Qué truquillos me nacería compartir?
No soy el primero ni seré el último que lo diga: El concepto "creatividad" es - por definición - incompatible con el concepto "manual instrucciones".
La única sugerencia que se me ocurre podría resumirse así: Intenta crear un entorno propicio para la creatividad... y a ver qué pasa.
Es como dejar abierta la ventana por si al gato le apetece entrar.
No puedes crear la vida, pero puedes abonar el jardín.
Debido a mi ¿profesión? conozco a mucha gente que se gana la vida alrededor de la cosa ésta de la creatividad. Casi todas esas personas ya mamaban el Arte y la cultura desde que eran pequeñas. Estoy harto de oírles decir frases como:
"Heredé de mi padre la pasión por la fotografía."
"Mi madre me leía La Isla del Tesoro y todas las demás obras de Stevenson."
"Mi hermano mayor me introdujo en Led Zeppelin."
"Cuando tenía cinco años me llevaban a ver las películas de David Lean."
Etc.
No es mi caso.
En mi familia siempre se ha leído mucho pero mis padres, que yo recuerde, nunca intentaron que yo saliese lector empedernido. De hecho empecé a interesarme por la lectura relativamente tarde, casi en el instituto. Durante mi niñez sólo leía tebeos de Mortadelo y Superlópez, o libros de dinosaurios y animales. Apenas nos llevaban al cine a mi hermana y a mí. Llegué a la edad adulta sin haber visto, leído ni escuchado un centenar de cosas que se suponen imprescindibles.
Sin embargo, le echo un vistazo a mi familia y me doy cuenta de que me he criado en un entorno realmente creativo. Un entorno aparentemente normal, muy sano, pero con ciertas dosis homeopáticas de excentricidad. Llevamos el surrealismo en los genes, y se manifiesta en detalles aparentemente triviales.
En nuestra casa de Fuerteventura, por ejemplo, hay una lupa gigante orientada hacia la pantalla del teléfono, para poder ver mejor quién llama:
Y mis padres diseñaron una alfombra de césped artificial para poder ir directamente desde la piscina al cuarto de baño, sin mojar el interior de la casa:
Solíamos acoger a perros callejeros que acababan bautizados con nombres como Descartes (porque tenían mirada de filósofos) o Petunio (porque... vete a saber por qué...) Incluso tuve una tortuga a la que se empeñaron en llamar Tortúguez, recurriendo al argumento implacable de que el sufijo "-ez" significa "hijo de" y aquella tortuga era necesariamente hija de otra tortuga.
Esos son sólo unos pocos ejemplos. Una muestra microscópica de lo que yo considero "pinceladas de surrealismo para propiciar un entorno abierto a la creatividad".
Por otra parte creo que, sin yo intentarlo de manera consciente, he continuado cultivando esa clase de detalles en mi ecosistema. Hasta el día de hoy.
Mientras escribo esto, por ejemplo, miro de reojo mi flexo. Lo compré en los chinos. Como soy despistado por naturaleza, no advertí que el flexo en cuestión carecía de soporte. En vez de eso, traía una pinza para fijarlo al borde de la mesa. El problema: Que mi escritorio no tiene bordes en el sitio donde debería ir el cachibache. Y no podía tenerse en pie por sí solo, el muy cabrón. Improvisé una solución que sigue vigente a día de hoy: Encajé un libro en la pinza del flexo - un libro que significara algo: un ejemplar de la "Gramática de la fantasía" de Rodari - y dicho libro se convirtió en el soporte de la lámpara.
Me gusta la idea de que un libro contribuya a iluminarme.
Una vez más se trata solamente de un ejemplo entre mil.
Animo a cualquiera a intentar incorporar esa clase de tonterías a su vida. De alguna manera, creo que reprograman el cerebro, o lo acostumbran a no dar nada por sentado. Usar objetos atribuyéndoles usos para los que no fueron concebidos, llegar de A a B por el camino más ilógico, convertir cada chorrada en un recordatorio de que las cosas no están obligadas a ser tan predecibles, ni tan sobrias.
Hay mil formas de convertir lo cotidiano en algo extraño sin daños colaterales, sin molestar a nadie.
Otro ejemplo: Suelo tender la ropa con pinzas de colores y siempre siento la necesidad - casi patológica - de combinar los colores de esas pinzas y los de las prendas de ropa con cierto criterio, buscando armonías, bellezas, contrastes. Pinzas rojas para las prendas negras y amarillas para las prendas rojas; "esta camisa me sugiere pinzas verdes"; convertir la cuerda del tendedero en una línea en la que intento ordenar el espectro cromático de acuerdo con su secuencia natural: Primero los rojos, luego los naranjas, después los amarillos... Sin embargo, en ocasiones introduzco una pizca de rebeldía terapéutica: ¡Vamos a ver qué sucede si junto esta pinza azul con esta otra naranja! ¿Se hundirá el mundo se hermano el marrón con el azul?
A veces hace falta un poco de desequilibrio para equilibrar la balanza.
¿Qué tal si te metes en el metro, eliges una línea al azar y te bajas en una estación lejana en la que nunca hayas estado? ¡A ver qué encuentras! Yo lo hice una vez, y mereció la pena (entonces el metro estaba un poco más barato).
¿Qué tal si sales a pasear con el propósito de no volver a casa hasta que hayas descubierto un sitio nuevo que te guste? Un bar, una tienda, un parque o una estatua. Yo lo hago continuamente, y mientras camino por el laberinto urbano, deambulo también por mis propios laberintos interiores.
¿Qué tal si combates la pereza de ser tú mismo siendo otro? Me viene a la memoria cierto día en que llamé a un restaurante chino para pedir comida a domicilio y lo hice poniendo voz nasal, al más puro estilo Jerry Lewis, inventándome un personaje.
¿Qué tal si rompes alguna dinámica social de vez en cuando? En cierta ocasión me interceptó por la calle una chica de Greenpeace para abducirme. Yo le dije que lo sentía, pero que cuando era pequeño una ballena asesinó a mis padres y desde entonces las odio (creo que eso estuvo fuera de lugar. En este caso me burlé de una causa noble. Pero - parafraseando a Tagore -, si cierras la puerta a todos los errores dejarás fuera a la creatividad.)
¿Qué tal si haces alguna gamberrada inútil, un alarido anárquico infructuoso? Hace unos años estuve a punto de enviar un manuscrito a la editorial Planeta, por si accedían a publicarlo. La novela se titulaba "Lamento de un pájaro enjaulado" y consistía en doscientas páginas en las que sólo aparecía escrito, repetido hasta la saciedad: "Pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío..." Me parecía divertido. Llegué a "escribir" esa novela, pero no me decidí a enviarla (¡aún estoy a tiempo!)
¿Qué tal si observas los objetos que tienes a tu alrededor e intentas imaginarles una personalidad, o bautizarlos como si fuesen gente? Yo hoy he llegado a la conclusión de que la alcachofa de mi ducha podría apellidarse Pérez, o incluso Félez.
¿Qué tal si apareas símbolos para ver si engendran chistes? Hace unos meses mi antigua universidad me envió un regalo: Un pendrive. Se trata de una universidad ultra-católica. Lo primero que hice fue meter un vídeo porno en ese pendrive y reproducirlo en la tele. Ni siquiera me apetecía especialmente ver porno, ni recuerdo qué video elegí, pero me hacía gracia el concepto: sembrar porno en un artilugio de procedencia ultra-católica. Hay una comunión muy hermosa en esa parejita, ¿no? (¡Sin actritud, señores religiosos! ¡No es nada personal!)
¿Qué tal si conviertes tu página de LinkedIn en una página de humor? ¡Yo lo he intentado, porque no la estaba utilizando para ninguna otra cosa!
¿Qué tal si la próxima vez que te llame un comercial de Telefónica contestas a todas sus preguntas con frases de "El código Da Vinci" seleccionadas al azar?
¿Qué tal si imaginas la curva de cada uno de estos signos de interrogación como esa curva en la que descarrila el tren que traía todas las respuestas? ¿Qué tal si recolectas los pedazos de los viajeros accidentados y los coses para fabricar tus propias respuestas?
Dar consejos sobre cómo ser creativo es algo absurdo, y creo que gran parte de la creatividad se cimienta en el absurdo. Por eso he decidido hacerlo: Porque es absurdo y, por lo tanto, creativo.
jueves, 11 de octubre de 2012
ESPAÑA VA MAL, ¡¡PERO QUE VIVA!!
¡Que sí! ¡Que son tiempos difíciles! ¡Y que tenemos el gobiero que nos merecemos! ¡Y que la masa es tonta o lo parece!
Pero me
¡Que sí! Que yo también comprendo el origen de esos argumentos, y en parte incluso los comparto.
¡Que sí! Que en ocasiones hago chistes al respecto, amparado por esa norma sagrada de que "yo me considero legitimado para insultar a mi familia, pero si alguien ajeno intenta hacer lo mismo, le arranco los pulmones".
¡Que sí! Que en realidad no se me ocurre un tercer "que sí", pero cuando uno empieza con esto de las repeticiones, se siente obligado a escribir lo que la gente espera de él, y en cierto modo, de esto va a tratar esta entrada (o no).
En serio: Sé que hay mucha gente que se desengaña de España de manera sincera, y lo comprendo, lo respeto - en contadas ocasiones incluso lo experimento en mis mismísimas carnes - pero existen también - en mi opinión - algunos peleles que esgrimen eso de "me avergüenza ser español" porque, de algún modo, eso les hace sentirse más listillos que el común de los mortales.
¿Qué tengo yo que decir al respecto? Probablemente nada.
¿Qué quiero yo decir al respecto? Probablemente mucho.
Tomad respiración.
Porque lo que voy a decir probablemente os joda:
¡¡España no está tan mal, joder!!
Os gusta contemplarla como un jardín de infancia repleto de catetos porque eso, de algún modo, os hace parecer a vosotros más sofisticados.
Es comprensible. Todos hemos querido ser Francisco de Quevedo. (bueno, eso no es cierto. Algunos follábais ya en el instituto, pero cualquier capullo que haya aguantado leyendo hasta este punto, habrá querido ser Quevedo, o algo peor)
¿Qué intento decir con todo esto? ¡¡Ni yo mismo lo sé!! (y en eso sí que me cuesta empatizar con mis compatriotas españoles que, reconozco: es habitual que presuman de saberlo todo)
Por lo pronto, sí me apetece rebatir esa afirmación que he leído atribuída a Jacinto Benavente, a Pío Baroja y que, a este paso, dentro de poco veré atribuída a Pérez Reverte en algún enlace de Facebook:
"El nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando."
Pues... ¿Qué queréis que os diga? Yo nunca me he considerado un "españolista" compulsivo, aunque he visitado unos cuántos países. En algunos de ellos incluso me he quedado durante una temporada.
Y os aseguro que en mi caso, cada vez que he salido de España he llegado a la conclusión de que:
"Me quedo con España."
"El amor por España es algo que se cultiva viajando."
Y en parte puede ser porque me he criado en este marco cultural, etc, etc, etc, etc, mierda, mierda, mierda. O en parte puede ser porque me intimida lo desconocido (eso último casi que lo descarto. Me he criado en una isla en la que la multiculturalidad estaba a la orden del día. Y era maravilloso)
El caso es que cada vez que decís:
"España está perdida. Hay que emigrar. Aquí no nos valoran"
me siento como si me dijéseis:
"Tu abuelo está muy mal. No le dan más de tres años de vida. Desconéctalo de la máquina".
Y me considero muy ignorante. ¡En serio!
Los movimientos político-económicos se me antojan tan enigmáticos como los roces de las placas tectónicas. Por cada grupo de gente que me argumenta una cosa, conozco otro grupo de gente que me argumenta lo contrario. Y yo nunca tengo datos suficientes para dilucidar si la razón está de parte de los unos o de los otros.
Ni siquiera tengo la seguridad de que los pocos datos que reciba por parte de los unos o los otros... sean fiables.
¡Putos españoles analfabetos de mierda! ¡Ellos tienen la culpa de todo!
Pues qué queréis que os diga...
"El amor por España es algo que se cultiva viajando."
Aquí no tiro de datos estadísticos de mierda, ni de lo que lea en los periódicos.
Aquí hablo de mi experiencia personal, que no considero 100% fiable, pero sí más fiable que cualquier otras cosa (es decir: vosotros)
Cuando he salido de nuestro país, las cosas nunca han sido tan bonitas como las pintaban. Los franceses pueden tener un sistema educativo más acertado que el nuestro (no pienso negarlo, en todo caso les suplicaría que nos lo implanten a nosotros) pero he vivido en una ciudad fronteriza de España con Francia y os aseguro que todos los galos que nos visitaban combinaban la grosería con la prepotencia. Suspendieron mi test particular.
Los nórdicos son quizá los únicos que han llegado a demostrar que el socialismo bien entendido (doctrina que yo defiendo muchísimo) puede funcionar... pero tienen una de las tasas de suicidio más elevadas del mundo, y no ponen cortinas en las duchas... ni ponen cortinas en las ventanas (y hablamos de un país en el que amanece a las cinco de la mañana - no - saben - vivir - )
No soy - os lo aseguro - un viajero consumado, pero me he recorrido la mitad de Europa, y - sin considerarme nacionalista en modo alguno - creo que, aunque podríamos aprender mucho de cualquiera de esos países vikingos, todos ellos podrían - a su vez - aprender mucho de nosotros.
No creo que le hagamos ningún bien a nuestro país insultándolo y tratándolo como si fuera basura.
Porque nuestro país somos nosotros.
Tenemos aún tan arraigada (incluso quienes no la vivimos) la lacra del franquismo que no nos damos cuenta de que cuando insultamos a nuestra nación nos estamos insultando a nosotros mismos.
¡Hasta ese punto nos han denigrado! ¡Hasta ese punto nos han desposeído!
Y es peligroso no sentirte parte de tu país, porque los que "ocasionalmente manejan las riendas de tu país" aprovechan esas "crisis de identidad" para metértela doblada.
Aprovechan esa incongruencia: Tú no eres España.
De repente te viene el Rajoy de turno y te dice:
"España no tiene dinero, así que tú vas a pagar por ella. Vas a desembolsar buena parte de tu propio dinero para ayudar a España. Vas a pagar más IVA, y vas a pagar más por el metro, etc, etc, etc"
¿¡Qué cojones!?
¡¡Tú formas parte de España!!
¡¡Si España no tiene dinero, tú tampoco!!
¿¡Por qué cojones tienes tú que pagarle las deudas a España cuando se supone que tú formas parte de la susodicha España!?
¡¡Pues porque han conseguido que tú no te consideres parte de tu propio país!!
Han aprovechado una serie de circunstancias anómalas, gracias a las cuáles somos muchos los españoles que no nos sentimos identificados con nuestra propia bandera, con nuestro propio himno...
Han conseguido que parezcáis más inteligentes y más modernitos si renegáis de las hectáreas del territorio en las que estáis inscritos, y del sistema legal al que estáis sometidos.
Yo me imagino a un boxeador intentando darlo todo en un combate de boxeo muy jodido, luchando a duras penas contra un rival que ha tenido medios para prepararse mejor que él, en un combate amañado... en el que le han echado arena en los ojos... en el que han permitido doparse al contrincante... en el que muchos mafiosos han apostado una fortuna y quieren asegurarse de que nuestro chico muerda la lona.
España es ese boxeador jodido, en un ring europeo en el que las reglas quizá están amañadas, en el que hay demasiados intereses turbios moviéndose en forma de apuestas...
Lo último que necesita ese boxeador apaleado es que su entrenador, en lugar de decirle "Animo, tú puedes, venga, sal ahí y machaca a ese hijoputa" le insulte y le increpe y le suelte un: "Te están dando la paliza que te mereces, me has decepcionado, ríndete, no tienes ninguna posibilidad, ni siquiera eres digno de que te entrene con todo mi interés, da igual lo que te esfuerces: me has decepcionado".
A veces tengo la impresión de que somos prisioneros de "los rollitos que molan del pasado". Mola emigrar. Mola renegar de tu país. ¡Todos nuestros ídolos lo hicieron en su día! ¡No eres profeta en tu tierra! ¡Eres exótico! ¡No te olvides de coger tu moleskine!
¡Y ojo! ¡Que lo entiendo! Porque nuestro país no nos lo pone fácil. Y porque ahora hay otros sitios donde les va mejor, donde son más receptivos, más abiertos...
Y yo soy el primero (a veces pienso que el único) que firmaría con los ojos cerrados un: "No hay fronteras. A partir de ahora, que todo el mundo sea libre de ir a aposentarse en donde quiera."
Pero eso no significa que firme un cheque en blanco en pro de: "la culpa es de España porque aquí son todos unos paletos"... sinceramente: Creo que ese argumento es injusto con España, y es injusto con vosotros, porque en un 90% de los casos os disminuirá el nivel de autocrítica y os hará pensar que la culpa de que las cosas no os salgan bien no se debe a vuestra falta de empeño, sino a que "no sóis profetas en vuestra puta tierra".
Mis socios y yo intentamos sacar adelante un largometraje en una isla remota que está a 100 kilómetros de África. Fue un puto infierno. No había allí logística para rodar lo que queríamos rodar, ni había comprensión, ni había empatía...
Me juré a mí mismo que jamás volvería a intentar rodar una peli en mi isla. Y sin embargo... creo que si mañana mismo me ofreciesen intentar rodar otra peli en Fuerteventura, aceptaría.
Porque es mi isla.
Porque allí están mis padres. Porque la gente piensa y habla de una forma que comprendo.
Porque la anterior peli - por coincidencias mágicas - la rodamos en el mismo edificio en el que vimos nuestras primeras pelis cuando éramos niños.
Porque aunque yo no he nacido en Fuerteventura, ni tengo ningún antepasado en esa isla... ese trozo de tierra en medio del Atlántico significa más para mí que cualquier otro sitio, y no me apetece renegar de él a la primera de cambio,
del mismo modo en que supongo que no me apetecería desconectar a la primera de cambio a un abuelo enchufado a una máquina de respiración asistida.
Y por si queda alguna duda tras tanto alegato "pro-España", quiero especificar que me la suda Rajoy, que me la suda el PP...
... pero me niego a dar a España por perdida, porque en ella he crecido, y en ella he aprendido "a vivir"... y me jode que una facción política con la que en absoluto comulgo pretenda apropiarse de ese "concepto España".
¡¡¡No!!!
Es como si quisiesen quedarse con toda la tarta y depositasen sobre ella un mojón de mierda para que los demás, por puro asco, renunciemos a la tarta.
¡No tragamos con eso!
Que se queden ellos con la porción del pastel en la que decidieron posar su mojón... y nos dejen el resto a los demás. No tienen derecho a contaminar todos los nombres, todos los símbolos, todas las banderas...
España no son ellos. España somos todos. Lo queramos o no. Incluso los que se quieren independizar. Y si se independizan, no serán enemigos. Serán hermanos. (pero eso es otro post)
jueves, 4 de octubre de 2012
LA VERDADERA CRISIS DEL AUDIOVISUAL ESPAÑOL
Septiembre ha sido un mes de movimiento para mí.
Da la impresión de que los engranajes del mundillo audiovisual, aunque oxidados, chirriantes, se vuelven a poner en movimiento, poco a poco.
Tras varios meses estériles en los que nadie me llamaba para nada, en los que tenía que inventarme yo mismo excusas - o asociarme con otros don quijotes - para mantenerme ocupado... para seguir considerándome escritor...
¡zas!
... me llaman el mismo día para dos posibles curros.
Y a los pocos días me surge otra oportunidad.
Y eso no es todo: De repente parecen retomarse otro par de proyectos que yo ya suponía muertos y enterrados.
No sé si debo hablar mucho sobre todos esos proyectos, porque de momento ninguno ha dado sus frutos, de momento no es seguro que salgan adelante, de momento ni siquiera es seguro que cuenten conmigo para ellos. Ya se sabe que todo son quimeras, y que los vientos cambian de dirección constantemente.
De hecho, la mayoría de esos proyectos, o curros, o promesas parecen sometidos a un mismo ciclo. De repente, todos ellos dan la impresión de detenerse a la vez. Dejan de llegarte noticias, dejan de pedirte cosas. Y justo cuando empiezas a "cambiar de chip" para regresar a proyectos más personales...
¡zas!
... vuelven a llamarme. Casi a la vez. Todos esos "asuntos" vuelven a arrancar casi al unísono.
Así ha sido mi vida durante el último mes: Pasar dos o tres días sin parar, escribiendo para otros, respondiendo a llamadas, intercambiando mails... y acto seguido un "ya te llamaremos si sale adelante", "la cosa tiene muy buena pinta seguro que sale y bla, bla, bla..."
Tras esos dos o tres días de haber estado ocupado, motivado, ilusionado... llega el bajón de los siguientes cuatro o cinco días de silencio, de espera. Entonces intentas volver a concentrarte en tus apuestas más personales... y es justo entonces cuando te vuelven a llamar.
Como el mosquito que aguarda a que estés a punto de dormirte para zumbar en tu oreja.
Todo me recuerda sospechosamente a lo que me sucedía hace años, cuando empezaba en esto y me dejaba timar.
No obstante, para mí lo más jodido del asunto no es esa sensación de coitus interruptus constante.
Para mí la auténtica crisis de nuestro sector audiovisual es:
LA MALA EDUCACIÓN DE LA GENTE.
De un tiempo a esta parte, ése es el rasgo más significativo que detecto en muchos de los integrantes de ésta, mi "profesión de putas".
Es algo que me desmoraliza mucho más que la incertidumbre en sí. La incertidumbre es endémica, inevitable. La actitud de la gente, sin embargo, me embajona, y hace que me plantee muchas cosas.
No sé si sabéis a qué me refiero:
Gente que dice que te llamará al día siguiente para una reunión y luego no te llama. Ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro, ni nunca. Ni siquiera para dar explicaciones.
Gente a la que entregas el trabajo que te ha pedido - por el que ni siquiera estás cobrando todavía - y no es sólo que no se molesten en darte las gracias... ¡es que ni siquiera se molestan en darte acuso de recibo! Sólo vuelven a escribirte cuando necesitan que les escribas otra cosa o les soluciones no sé qué.
Gente que, cuando un proyecto supuestamente imparable sufre un parón, no tiene la consideración de llamarte o escribirte para tenerte al tanto. Lo tienes que deducir tú por tu cuenta.
Tampoco quiero ser injusto. No todos son así. También encuentro de cuando en cuando - menos mal - gente agradecida y educada. Gente que sí se molesta en informarte cada cierto tiempo, que se disculpa si, por algún motivo, tarda en contestarte. Gente que es excepción que confirma una regla.
Pero la tónica general, al menos a mi alrededor, es lo otro: Mala educación, malas maneras, desconsideración.
Eso, en alguien como yo, tiene un efecto muy nocivo.
Porque, en contra de lo que se cree, los escritores no queremos escribir para nosotros mismos. Queremos escribir para la gente. Queremos entretenerles, conmoverles, ayudarles... o cualquier otro infinitivo que sugiera algo útil.
En ese caso... si en tu día a día apareces rodeado de ingratos, de desconsiderados, de impresentables, de egoístas que te piden todo sin darte nada a cambio... ¿qué concepción del mundo cristalizará en el rincón más subliminal de tu mente? ¿Qué concepto de la Humanidad prevalecerá en tu cabeza? ¿Te seguirá apeteciendo ayudar a otros seres humanos, o acaso te nacerá más bien el impulso de escribirles cosas nocivas, cosas que les insulten, que les abofeteen, que les jodan la vida?
Soy consciente de que las malas formas de toda esa gentuza no son del todo malintencionadas. No son malas personas. Son algo todavía más jodido y más decepcionante: Quizá imbéciles, quizá niñatos irresponsables (independientemente de su edad), acaso títeres vacíos sin empatía y sin principios.
Así mismo, soy consciente de que la irrupción de tantas redes sociales ha cambiado la forma de comunicarnos, ha descojonado los protocolos. Acaso existe una tendencia automática a frenar con desplantes unas posibilidades de feedback tan inmediatas, tan vertiginosas que se nos escaparían de las manos. Quizá nuestros cerebros echarían humo si intentasen procesar las interrelaciones a la velocidad que permiten las nuevas tecnologías. Yo qué sé. Analizar este punto concreto requeriría un post aparte.
De un modo u otro, internetlandia y smartphonelandia son territorios recién descubiertos, aún inexplorados. Son el Salvaje Oeste. Y en el Wild West la educación brillaba por su ausencia. La gente escupía en el suelo de los bares y se mataba en las calles.
O tal vez sea cosa de "la otra crisis". Tal vez todas las crisis vengan juntas, cogidas de la mano, haciendo el 69 como el huevo y la gallina. La población se embrutece. Si degradas a alguien en lo material, acabarás degradándolo también en lo espiritual y en lo moral. O viceversa: Igual es la degradación moral y espiritual la que nos conduce a situaciones materiales degradantes.
En cualquier caso, yo he tomado un par de desiciones para intentar sobrevivir a este Salvaje Oeste sin perder la fe:
Decisión 1:
No ser como ellos. No acabar convenciéndome a mí mismo de que "si todo el mundo lo hace, debe ser normal". No ceder a la tentación de ser ineducado, ni ceder a esa filosofía de "15 minutos tarde no se considera retraso". Esforzarme por ser agradecido y considerado con cualquiera que trabaje conmigo o para mí. Saber cuándo he de decir un "gracias" y cuándo he de escribir un "lo siento". Cuando no pueda avanzar en un proyecto - incluso si lo hago "de gratis" - tener al tanto de ello a los implicados. Si no estoy interesado en algo o no puedo asumirlo, decirlo sin tapujos, en vez de marear a otros teniéndolos a la espera, en stand-by. Si estoy interesado, transmitir mi interés con mails, con whatsapp, con señales de humo, con lo que sea, constantemente.
Decisión 2:
Valorar como se merece a esos pocos que, dentro de este Salvaje Oeste, siguen manteniendo las formas. Dar prioridad a esa minoría de personas íntegras que te tratan con educación y con respeto. Prefiero trabajar con gente así (aunque los proyectos sean menos tentadores) que con los otros: Los miserables, los gilipollas, los payasos. A ésos hay que ir arrancándolos poco a poco del jardín, como a las malas hierbas.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
PARADOJAS. ENCRUCIJADAS. SINSENTIDOS.
Muchos de vosotros habréis oído hablar de Emilio Duró.
Es un tipo que, además de ser asesor de mogollón de empresas, se ha hecho famoso por sus charlas sobre ilusión, motivación, optimismo, pensamiento positivo, todo eso...
Si os interesan esos temas, os recomiendo que le escuchéis un rato. Y si no os interesan, también os lo recomiendo, porque el señor Duró me parece uno de los comunicadores más enérgicos, amenos y divertidos de nuestro tiempo.
Aquí os enlazo su vídeo más célebre. Dura más de hora y media, pero es muy entretenido:
Emilio Duró - Optimismo e Ilusión from Dani on Vimeo.
La devoción que despierta este hombre es tremenda. Se propaga por internet más rápido que el ébola. Su número de seguidores aumenta como si los convirtiese en ultracuerpos.
Y sin embargo, si prestáis atención a cualquiera de sus discuros (a la charla que os he enlazado más arriba, por ejemplo) os daréis cuenta de que ese hombre lanza dos mensajes contradictorios al mismo tiempo.
Yo definiría esos dos mensajes de la siguiente manera:
Mensaje 1: Tú creas tu propia realidad al visualizarla en tu cabeza. La Física Cuántica y toda esa mierda. Pensar en positivo atrae cosas positivas a tu vida. Tu actitud decide tu destino. No hay más límites que los que tú te pongas a ti mismo. La vida es emoción. La vida no es racional. Etc.
Mensaje 2: Da igual lo que desees. Si te quedas en casa de brazos cruzados deseándolo no lo vas a conseguir. Hay que actuar. Hay que ser racional. Y da igual lo que desees: Tu actitud ya está determinada. Todo lo que te configura como persona lo has adquirido en tus primeros años de edad. Después de eso ya no se aprende nada. No te creas un genio. Acepta tu realidad. De lo contrario te meterás un batacazo.
¡En serio!
Es como si proclamase dos filosofías de vida contrapuestas y las fuese alternando a lo largo de su charla, durante todo el tiempo. ¡El cabrón pasa del "mensaje 1" al "mensaje 2" una y otra vez, pero sus oyentes estamos tan cautivados que nos la mete doblada!
El caso es que yo, siendo plenamente consciente de eso, sigo viéndome la charla de Duró de vez en cuando, y sigo disfrutándola. Y el muy mamón sigue cargándome las pilas.
Es más:
Yo creo que el hecho de lanzar dos mensajes contradictorios a la vez no le deslegitima en absoluto, sino que lo potencia.
¿Por qué?
Porque la paradoja tiene un poder inmenso.
La razón no está preparada para mirar cara a cara ciertas verdades. Si queremos acceder a dichas verdades, no hay más remedio que acceder a ellas a través de otros "interfases" del conocimiento humano.
Y para ello hay que neutralizar la razón. Hay que cortocircuitarla.
Es como si tuviésemos que provocar un apagón en la ciudad para poder ver las estrellas en el cielo.
Existen varias maneras de conseguir apagar la razón. Algunas de ellas han sido valoradas y empleadas en todas las épocas y en todas las culturas: Ciertas drogas, ciertas maneras de interpretar los sueños...
... ciertas maneras de usar lo paradójico...
Te invito a lo siguiente: Intenta hacer que el cerebro asimile al mismo tiempo dos conceptos opuestos. Verás cómo le saltan los fusibles en un par de habitaciones.
Me viene a la cabeza Chesterton que, además de conquistar la fama con sus novelas de intriga, escribió un ensayo titulado Ortodoxia, en el que explicaba los motivos por los que se convirtió en un católico tardío, pero muy convencido. Una de las cosas que más me llamaron la atención en Ortodoxia fue la defensa encarnizada que Chesterton hacía sobre "la paradoja".
Según él, ese aparente sinsentido que muchos achacaban a la religión cristiana era, en realidad, uno de sus rasgos más poderosos. La concatenación de argumentos contradictorios era una argucia poética gracias a la cuál la mente humana podía vislumbrar, de manera indirecta, verdades para las cuáles no estaba preparada.
A Chesterton le parecía muy significativo que el símbolo de los cristianos acabase siendo la cruz. Para él dicha cruz representaba esa encrucijada imposible, ese misterio, esa confluencia de corrientes con direcciones enfrentadas, casi excluyentes entre sí.
Era algo así como una oda al sinsentido.
Pero los cristianos no son los únicos que se valen de la paradoja para iluminar resquicios vedados a la luz de la Razón.
Centrémonos, por ejemplo, en la filosofía zen, que está más de moda:
En el zen utilizan una especie de proverbios llamados koan.
Un koan zen es, básicamente, una frase que contiene una paradoja difícil de procesar por un intelecto humano.
Quizá el koan más famoso en nuestra cultura occidental es el de:
"Si cae un árbol en medio de un bosque y nadie lo oye, ¿hace ruido?"
Existen otros muchos ejemplos de koan:
"Dos manos que dan una palmada emiten un ruido. ¿Qué parte de ese ruido corresponde a cada mano?”
"Sólo cuando se lo busca se lo pierde. No se lo puede retener, ni puede uno librarse de él."
"Si tienen un bastón, les daré uno. Si no tienen un bastón, se los quitaré."
Es posible que esta tendencia proceda de la filosofía china. Según tengo entendido, el propio zen procede de los chinos (que lo llamaban Chan) y ya en el primer proverbio del Tao Te Ching (el libro de referencia de los taoístas) encontramos una exquisita paradoja:
Tao Te Tao Fei Chang Tao
("El camino que puede ser caminado no es el verdadero camino")
Así son la mayor parte de las filosofías ancestrales. Así funcionan la mayoría de las religiones importantes. Por alguna razón místicos, creyentes y científicos valoran por igual los mensajes que recibimos en los sueños (cuando nuestras facultades intelectuales se ausentan para echar una siesta)
Para intuir ciertas verdades tenemos que caminar por ellas como si fuesen las geometrías imposibles de un cuadro de Escher. Hay que violar parámetros, colapsar neuronas, olvidar lo enseñado.
Sobrevaloramos nuestra razón. Es preciosa, sí... es súper útil... pero la sobrevaloramos...
La "Edad de la Razón" es un destello fugaz en el metraje de la civilización humana. Si parpadeas te la pierdes.
La Edad de la Razón tiene tan poca edad que cada vez que te la follas, te meten en la cárcel.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)