jueves, 4 de octubre de 2012

LA VERDADERA CRISIS DEL AUDIOVISUAL ESPAÑOL


Septiembre ha sido un mes de movimiento para mí.

Da la impresión de que los engranajes del mundillo audiovisual, aunque oxidados, chirriantes, se vuelven a poner en movimiento, poco a poco.

Tras varios meses estériles en los que nadie me llamaba para nada, en los que tenía que inventarme yo mismo excusas - o asociarme con otros don quijotes - para mantenerme ocupado... para seguir considerándome escritor...

¡zas!

... me llaman el mismo día para dos posibles curros.

Y a los pocos días me surge otra oportunidad.

Y eso no es todo: De repente parecen retomarse otro par de proyectos que yo ya suponía muertos y enterrados.

No sé si debo hablar mucho sobre todos esos proyectos, porque de momento ninguno ha dado sus frutos, de momento no es seguro que salgan adelante, de momento ni siquiera es seguro que cuenten conmigo para ellos. Ya se sabe que todo son quimeras, y que los vientos cambian de dirección constantemente.

De hecho, la mayoría de esos proyectos, o curros, o promesas parecen sometidos a un mismo ciclo. De repente, todos ellos dan la impresión de detenerse a la vez. Dejan de llegarte noticias, dejan de pedirte cosas. Y justo cuando empiezas a "cambiar de chip" para regresar a proyectos más personales...

¡zas!

... vuelven a llamarme. Casi a la vez. Todos esos "asuntos" vuelven a arrancar casi al unísono.

Así ha sido mi vida durante el último mes: Pasar dos o tres días sin parar, escribiendo para otros, respondiendo a llamadas, intercambiando mails... y acto seguido un "ya te llamaremos si sale adelante", "la cosa tiene muy buena pinta seguro que sale y bla, bla, bla..."

Tras esos dos o tres días de haber estado ocupado, motivado, ilusionado... llega el bajón de los siguientes cuatro o cinco días de silencio, de espera. Entonces intentas volver a concentrarte en tus apuestas más personales... y es justo entonces cuando te vuelven a llamar.

Como el mosquito que aguarda a que estés a punto de dormirte para zumbar en tu oreja.

Todo me recuerda sospechosamente a lo que me sucedía hace años, cuando empezaba en esto y me dejaba timar.

No obstante, para mí lo más jodido del asunto no es esa sensación de coitus interruptus constante.

Para mí la auténtica crisis de nuestro sector audiovisual es:

LA MALA EDUCACIÓN DE LA GENTE.

De un tiempo a esta parte, ése es el rasgo más significativo que detecto en muchos de los integrantes de ésta, mi "profesión de putas".

Es algo que me desmoraliza mucho más que la incertidumbre en sí. La incertidumbre es endémica, inevitable. La actitud de la gente, sin embargo, me embajona, y hace que me plantee muchas cosas.

No sé si sabéis a qué me refiero:

Gente que dice que te llamará al día siguiente para una reunión y luego no te llama. Ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro, ni nunca. Ni siquiera para dar explicaciones.

Gente a la que entregas el trabajo que te ha pedido - por el que ni siquiera estás cobrando todavía - y no es sólo que no se molesten en darte las gracias... ¡es que ni siquiera se molestan en darte acuso de recibo! Sólo vuelven a escribirte cuando necesitan que les escribas otra cosa o les soluciones no sé qué.

Gente que, cuando un proyecto supuestamente imparable sufre un parón, no tiene la consideración de llamarte o escribirte para tenerte al tanto. Lo tienes que deducir tú por tu cuenta.

Tampoco quiero ser injusto. No todos son así. También encuentro de cuando en cuando - menos mal - gente agradecida y educada. Gente que sí se molesta en informarte cada cierto tiempo, que se disculpa si, por algún motivo, tarda en contestarte. Gente que es excepción que confirma una regla.

Pero la tónica general, al menos a mi alrededor, es lo otro: Mala educación, malas maneras, desconsideración.

Eso, en alguien como yo, tiene un efecto muy nocivo.

Porque, en contra de lo que se cree, los escritores no queremos escribir para nosotros mismos. Queremos escribir para la gente. Queremos entretenerles, conmoverles, ayudarles... o cualquier otro infinitivo que sugiera algo útil.

En ese caso... si en tu día a día apareces rodeado de ingratos, de desconsiderados, de impresentables, de egoístas que te piden todo sin darte nada a cambio... ¿qué concepción del mundo cristalizará en el rincón más subliminal de tu mente? ¿Qué concepto de la Humanidad prevalecerá en tu cabeza? ¿Te seguirá apeteciendo ayudar a otros seres humanos, o acaso te nacerá más bien el impulso de escribirles cosas nocivas, cosas que les insulten, que les abofeteen, que les jodan la vida?

Soy consciente de que las malas formas de toda esa gentuza no son del todo malintencionadas. No son malas personas. Son algo todavía más jodido y más decepcionante: Quizá imbéciles, quizá niñatos irresponsables (independientemente de su edad), acaso títeres vacíos sin empatía y sin principios.

Así mismo, soy consciente de que la irrupción de tantas redes sociales ha cambiado la forma de comunicarnos, ha descojonado los protocolos. Acaso existe una tendencia automática a frenar con desplantes unas posibilidades de feedback tan inmediatas, tan vertiginosas que se nos escaparían de las manos. Quizá nuestros cerebros echarían humo si intentasen procesar las interrelaciones a la velocidad que permiten las nuevas tecnologías. Yo qué sé. Analizar este punto concreto requeriría un post aparte.

De un modo u otro, internetlandia y smartphonelandia son territorios recién descubiertos, aún inexplorados. Son el Salvaje Oeste. Y en el Wild West la educación brillaba por su ausencia. La gente escupía en el suelo de los bares y se mataba en las calles.

O tal vez sea cosa de "la otra crisis". Tal vez todas las crisis vengan juntas, cogidas de la mano, haciendo el 69 como el huevo y la gallina. La población se embrutece. Si degradas a alguien en lo material, acabarás degradándolo también en lo espiritual y en lo moral. O viceversa: Igual es la degradación moral y espiritual la que nos conduce a situaciones materiales degradantes.

En cualquier caso, yo he tomado un par de desiciones para intentar sobrevivir a este Salvaje Oeste sin perder la fe:

Decisión 1:

No ser como ellos. No acabar convenciéndome a mí mismo de que "si todo el mundo lo hace, debe ser normal". No ceder a la tentación de ser ineducado, ni ceder a esa filosofía de "15 minutos tarde no se considera retraso". Esforzarme por ser agradecido y considerado con cualquiera que trabaje conmigo o para mí. Saber cuándo he de decir un "gracias" y cuándo he de escribir un "lo siento". Cuando no pueda avanzar en un proyecto - incluso si lo hago "de gratis" - tener al tanto de ello a los implicados. Si no estoy interesado en algo o no puedo asumirlo, decirlo sin tapujos, en vez de marear a otros teniéndolos a la espera, en stand-by. Si estoy interesado, transmitir mi interés con mails, con whatsapp, con señales de humo, con lo que sea, constantemente.

Decisión 2:

Valorar como se merece a esos pocos que, dentro de este Salvaje Oeste, siguen manteniendo las formas. Dar prioridad a esa minoría de personas íntegras que te tratan con educación y con respeto. Prefiero trabajar con gente así (aunque los proyectos sean menos tentadores) que con los otros: Los miserables, los gilipollas, los payasos. A ésos hay que ir arrancándolos poco a poco del jardín, como a las malas hierbas.

2 comentarios:

Saray Pavón dijo...

¡Amén! y... ¡Así que tú eras la camisa de entretiempo!

José Ignacio dijo...

¡Cuanta razón tienes compañero!