jueves, 1 de noviembre de 2012

¡VUÉLVETE LOCO!


Siento haber tardado tanto en actualizar. Trabajo, viajes... Esas cosas.

Voy al grano:

Los escritores que más me remueven las vísceras y los que - al mismo tiempo - más me hacen reír no publican su literatura en novelas, ni en relatos, ni en teatros. Normalmente leo sus palabras colgadas en marquesinas y farolas:

"Cursos de creatividad."

"Aprende a ser creativo."

"Técnicas para estimular tu creatividad."

Etc.

¿¡En serio!?

No consigo imaginarme cómo se puede enseñar a alguien a "ser creativo". Supongo que habrá trucos, que existirán rituales y terapias que le ayuden a uno a abrir la mente, desbloquear las emociones... Aceptamos barco.

Esto último me hace pensar: ¿Qué consejos me atrevería yo a dar sobre el tema? ¿Qué truquillos me nacería compartir?

No soy el primero ni seré el último que lo diga: El concepto "creatividad" es - por definición - incompatible con el concepto "manual instrucciones".

La única sugerencia que se me ocurre podría resumirse así: Intenta crear un entorno propicio para la creatividad... y a ver qué pasa.

Es como dejar abierta la ventana por si al gato le apetece entrar.

No puedes crear la vida, pero puedes abonar el jardín.

Debido a mi ¿profesión? conozco a mucha gente que se gana la vida alrededor de la cosa ésta de la creatividad. Casi todas esas personas ya mamaban el Arte y la cultura desde que eran pequeñas. Estoy harto de oírles decir frases como:

"Heredé de mi padre la pasión por la fotografía." 

"Mi madre me leía La Isla del Tesoro y todas las demás obras de Stevenson." 

"Mi hermano mayor me introdujo en Led Zeppelin."

"Cuando tenía cinco años me llevaban a ver las películas de David Lean."

Etc.

No es mi caso.

En mi familia siempre se ha leído mucho pero mis padres, que yo recuerde, nunca intentaron que yo saliese lector empedernido. De hecho empecé a interesarme por la lectura relativamente tarde, casi en el instituto. Durante mi niñez sólo leía tebeos de Mortadelo y Superlópez, o libros de dinosaurios y animales. Apenas nos llevaban al cine a mi hermana y a mí. Llegué a la edad adulta sin haber visto, leído ni escuchado un centenar de cosas que se suponen imprescindibles.

Sin embargo, le echo un vistazo a mi familia y me doy cuenta de que me he criado en un entorno realmente creativo. Un entorno aparentemente normal, muy sano, pero con ciertas dosis homeopáticas de excentricidad. Llevamos el surrealismo en los genes, y se manifiesta en detalles aparentemente triviales.

En nuestra casa de Fuerteventura, por ejemplo, hay una lupa gigante orientada hacia la pantalla del teléfono, para poder ver mejor quién llama:




Y mis padres diseñaron una alfombra de césped artificial para poder ir directamente desde la piscina al cuarto de baño, sin mojar el interior de la casa:



Solíamos acoger a perros callejeros que acababan bautizados con nombres como Descartes (porque tenían mirada de filósofos) o Petunio (porque... vete a saber por qué...) Incluso tuve una tortuga a la que se empeñaron en llamar Tortúguez, recurriendo al argumento implacable de que el sufijo "-ez" significa "hijo de" y aquella tortuga era necesariamente hija de otra tortuga.

Esos son sólo unos pocos ejemplos. Una muestra microscópica de lo que yo considero "pinceladas de surrealismo para propiciar un entorno abierto a la creatividad".

Por otra parte creo que, sin yo intentarlo de manera consciente, he continuado cultivando esa clase de detalles en mi ecosistema. Hasta el día de hoy.

Mientras escribo esto, por ejemplo, miro de reojo mi flexo. Lo compré en los chinos. Como soy despistado por naturaleza, no advertí que el flexo en cuestión carecía de soporte. En vez de eso, traía una pinza para fijarlo al borde de la mesa. El problema: Que mi escritorio no tiene bordes en el sitio donde debería ir el cachibache. Y no podía tenerse en pie por sí solo, el muy cabrón. Improvisé una solución que sigue vigente a día de hoy: Encajé un libro en la pinza del flexo - un libro que significara algo: un ejemplar de la "Gramática de la fantasía" de Rodari - y dicho libro se convirtió en el soporte de la lámpara.




Me gusta la idea de que un libro contribuya a iluminarme.

Una vez más se trata solamente de un ejemplo entre mil.

Animo a cualquiera a intentar incorporar esa clase de tonterías a su vida. De alguna manera, creo que reprograman el cerebro, o lo acostumbran a no dar nada por sentado. Usar objetos atribuyéndoles usos para los que no fueron concebidos, llegar de A a B por el camino más ilógico, convertir cada chorrada en un recordatorio de que las cosas no están obligadas a ser tan predecibles, ni tan sobrias.

Hay mil formas de convertir lo cotidiano en algo extraño sin daños colaterales, sin molestar a nadie.

Otro ejemplo: Suelo tender la ropa con pinzas de colores y siempre siento la necesidad - casi patológica - de combinar los colores de esas pinzas y los de las prendas de ropa con cierto criterio, buscando armonías, bellezas, contrastes. Pinzas rojas para las prendas negras y amarillas para las prendas rojas; "esta camisa me sugiere pinzas verdes"; convertir la cuerda del tendedero en una línea en la que intento ordenar el espectro cromático de acuerdo con su secuencia natural: Primero los rojos, luego los naranjas, después los amarillos... Sin embargo, en ocasiones introduzco una pizca de rebeldía terapéutica: ¡Vamos a ver qué sucede si junto esta pinza azul con esta otra naranja! ¿Se hundirá el mundo se hermano el marrón con el azul?

A veces hace falta un poco de desequilibrio para equilibrar la balanza.

¿Qué tal si te metes en el metro, eliges una línea al azar y te bajas en una estación lejana en la que nunca hayas estado? ¡A ver qué encuentras! Yo lo hice una vez, y mereció la pena (entonces el metro estaba un poco más barato).

¿Qué tal si sales a pasear con el propósito de no volver a casa hasta que hayas descubierto un sitio nuevo que te guste? Un bar, una tienda, un parque o una estatua. Yo lo hago continuamente, y mientras camino por el laberinto urbano, deambulo también por mis propios laberintos interiores.

¿Qué tal si combates la pereza de ser tú mismo siendo otro? Me viene a la memoria cierto día en que llamé a un restaurante chino para pedir comida a domicilio y lo hice poniendo voz nasal, al más puro estilo Jerry Lewis, inventándome un personaje.

¿Qué tal si rompes alguna dinámica social de vez en cuando? En cierta ocasión me interceptó por la calle una chica de Greenpeace para abducirme. Yo le dije que lo sentía, pero que cuando era pequeño una ballena asesinó a mis padres y desde entonces las odio (creo que eso estuvo fuera de lugar. En este caso me burlé de una causa noble. Pero - parafraseando a Tagore -, si cierras la puerta a todos los errores dejarás fuera a la creatividad.)

¿Qué tal si haces alguna gamberrada inútil, un alarido anárquico infructuoso? Hace unos años estuve a punto de enviar un manuscrito a la editorial Planeta, por si accedían a publicarlo. La novela se titulaba "Lamento de un pájaro enjaulado" y consistía en doscientas páginas en las que sólo aparecía escrito, repetido hasta la saciedad: "Pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío..." Me parecía divertido. Llegué a "escribir" esa novela, pero no me decidí a enviarla (¡aún estoy a tiempo!)

¿Qué tal si observas los objetos que tienes a tu alrededor e intentas imaginarles una personalidad, o bautizarlos como si fuesen gente? Yo hoy he llegado a la conclusión de que la alcachofa de mi ducha podría apellidarse Pérez, o incluso Félez.

¿Qué tal si apareas símbolos para ver si engendran chistes? Hace unos meses mi antigua universidad me envió un regalo: Un pendrive. Se trata de una universidad ultra-católica. Lo primero que hice fue meter un vídeo porno en ese pendrive y reproducirlo en la tele. Ni siquiera me apetecía especialmente ver porno, ni recuerdo qué video elegí, pero me hacía gracia el concepto: sembrar porno en un artilugio de procedencia ultra-católica. Hay una comunión muy hermosa en esa parejita, ¿no? (¡Sin actritud, señores religiosos! ¡No es nada personal!)

¿Qué tal si conviertes tu página de LinkedIn en una página de humor? ¡Yo lo he intentado, porque no la estaba utilizando para ninguna otra cosa!

¿Qué tal si la próxima vez que te llame un comercial de Telefónica contestas a todas sus preguntas con frases de "El código Da Vinci" seleccionadas al azar?

¿Qué tal si imaginas la curva de cada uno de estos signos de interrogación como esa curva en la que descarrila el tren que traía todas las respuestas? ¿Qué tal si recolectas los pedazos de los viajeros accidentados y los coses para fabricar tus propias respuestas?

Dar consejos sobre cómo ser creativo es algo absurdo, y creo que gran parte de la creatividad se cimienta en el absurdo. Por eso he decidido hacerlo: Porque es absurdo y, por lo tanto, creativo.

4 comentarios:

Moniruki dijo...

jajajaja yo voy a seguir todos estos consejos aunque lo del metro ya lo he hecho, pero no sé si vale porque lo hice sin querer, en realidad se me pasó la parada.
Lo de las pinzas de tender, también lo hago yo!!!

Cineasta Ficticio dijo...

Eres un crack. XD.

Julipy dijo...

Hacía tiempo que no leía una entrada tan buena. Te has ganado una lectora! :D

P.D: Sí, soy una gran fan de lo absurdo.

A golpe de efecto dijo...

Muy bueno, yo suelo poner nombres a los electrodomésticos, mi lavavajillas se llama Felipe, pero no un Felipe cualquiera, tiene el honor de ser Felipe IV, los cuatro anteriores Felipe I, II y III dieron su vida por la limpieza de los platos, algo que les agradeceré eternamente.

Lo único malo, es cuando viene gente ‘no habitual’ a comer a casa y al recoger la mesa les indico ‘mete los platos en el Felipe’, por alguna extraña razón me miran raro….. :-)