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martes, 16 de septiembre de 2014
EL AIKIDO APLICADO A LA NARRATIVA
Creo que mi vida no podría entenderse sin las artes marciales. De niño hice Judo, de ahí pasé al Aikido, luego al Ninjutsu... también practiqué un poco de Tai Chi (no ese Tai Chi edulcorado para señoras mayores, sino el Tai Chi como estilo - muy efectivo - de kung fu)
Pero si hay un arte marcial con el que he sintonizado... un estilo al que he regresado una y otra vez... ES EL AIKIDO.
Practicar un arte marcial te cambia la vida. Hace que tu actitud hacia todo en general esté modulada por esa forma en la que te han enseñado a afrontar los escollos.
A veces para bien... y veces para mal...
Creo que si tienes la suerte de que tu disciplina sea el Aikido, va a ser PARA BIEN.
He mencionado la palabra "disciplina" y ése es mi punto débil. La disciplina y yo no somos muy buenos amigos. Si lo fuésemos, ahora mismo sería cinturón negro noséqué-dan de Aikido, pero en lugar de eso soy algo mucho más acojonante...
... soy escritor.
Si queréis en otra ocasión escribo un post más largo y minucioso sobre ese misterio, sobre esa maravilla que es el Aikido, tema que me apasiona. Hoy tecleo con otra intención: La de establecer una analogía entre la filosofía aikidoka... y la manera que tenemos de contar historias.
Una de las principales máximas del Aikido consiste en lo siguiente:
Si quieres manipular a tu atacante, tienes que desviarlo de SU centro de equilibrio y trasladarlo al tuyo. Una vez que has desestabilizado a una persona y la has desplazado hasta tu "centro de gravedad", esa persona te pertenece. Si la empujas con un dedo hacia el suelo, se cae. Si la empujas con un dedo hacia la izquierda, caerá hacia la izquierda.
Yo creo que un buen narrador aplica ese aikido sin saberlo. Cuando consigues que un espectador se interese en lo que le pasa a un personaje ideológicamente opuesto, estás haciendo Aikido. Estás desequilibrando a una persona, estás haciendo que tropiece, que se sienta insegura porque nota que se cae al suelo y no puede agarrarse a las convenciones que le han inculcado.
Creo que ésa es la gran labor del "escritor aikidoka": Desequilibrar a la gente, transportarla de una manera muy seductora, muy sutil a terrenos en los que advierte que de repente no hace pie.
Creo que muchos "fachas" recalcitrantes jamás renegarán de su extremismo si no los desequilibramos... si no los conducimos a vivir en una ficción en la que, al margen de ideologías, el personaje/espectador tiene la oportunidad de vivir los senderos emocionales de su contrario. Ésa es una catarsis que nos ofrece la ficción, porque la ficción es aikidoka.
Del mismo modo existen pelis que hacen justo lo contrario de lo que comentaba en el párrafo anterior: Ayudan a que alguien "de izquierdas" pueda empatizar con alguien "de derechas". Un ejemplo de ello lo hallamos en una peli en la que he estado muy implicado, una peli de mi primo Fernando Osuna Mascaró. Una peli que nos invita a entender a un facha, a amar a un señor educado con una ideología de derechas: https://twitter.com/elsrmanolofilm
En serio: Me parece importantísimo - incluso peligroso - este poder aikidoka que tenemos. Este poder de desequilibrar al espectador y hacerlo comulgar con lo que a nosotros nos da la gana. Es el caso de "Los Soprano", por ejemplo. Hacen tan bien su Aikido que de repente todos amamos a un mafioso psicópata despreciable.
¿Es peligroso este Aikido narrativo? ¿Puede usarse en contra de la raza humana? Yo respondería que sí a ambas preguntas. Por un lado, creo que eso de la raza humana es una chorrada pretenciosa. Intentamos encontrar legitimidad para nuestra existencia en instancias superiores, y yo me inclino a pensar que a las instancias superiores les importamos un carajo.
Por otra parte, yo creo en la bondad del ser humano. Creo que incluso cuando el ser humano es hijoputa no puede evitar ser bueno al mismo tiempo. Porque somos duales. Porque Dios no nos habría permitido bailar con el Diablo si no estuviese tan seguro de que somo buenos bailarines.
viernes, 29 de agosto de 2014
BASADO EN UNA NOVELA DE
Un consejo que os doy: No os dediquéis a escribir libros. No tiene futuro. La Literatura está muerta.
Lo que realmente lo peta son las pelis y las series como, por ejemplo:
Dexter, Sherlock, El Señor de los Anillos, Harry Potter, House of Cards, La Red Social, Juego de Tronos, Boardwalk Empire, La Cúpula, Los Pilares de la Tierra, Crepúsculo, A Tres Metros sobre el Cielo, El Tiempo entre Costuras, Víctor Ros, Celda 211, Los Hombres que no Amaban a las Mujeres, Los Juegos del Hambre, 50 Sombras de Grey...
Todas esas obras tienen algo en común: Están basadas en novelas.
Y ésos son sólo algunos ejemplos entre muchos.
No, amigos: La Literatura está más viva que nunca. La Literatura es el campo de pruebas donde se gestan y se testan las historias más solventes, o al menos un gran porcentaje de ellas.
Porque el escritor de novelas puede dar rienda suelta a su imaginación sin pensar en lo baratas o caras que van a ser las cosas que imagina.
Porque el escritor de novelas tiene todas las páginas del mundo para desarrollar a sus personajes.
Porque escribir novelas es barato, y eso implica que el novelista tendrá menos gente censurándole por encima del hombro, inoculándole miedos, apelando a su profesionalidad, a su responsabilidad...
Porque las novelas son cajas de Pandora en las que el lector se introduce por voluntad propia en vez de ser pantallas que disparan luces y sonidos. Eso hace que el escritor de novelas se sienta más legitimado a la hora de exponer ideas incómodas, rompedoras; ideas que cuestionen los límites de nuestra sociedad, de nuestro aguante, de nuestra ideología.
Porque la Literatura se puede escribir incluso en servilletas, y eso permite que incluso los más infortunados, los más pobres, los más desesperados... griten su dolor sin intermediarios ni eufemismos.
Porque en una novela puedes contar las cosas como merecen ser contadas, sin condicionantes externos... y esas raras avis llamadas "lectores" desgustarán tu mundo interior como se merece, y si hay suerte - o talento - el boca a boca legitimará tu trabajo, y alguien pensará: "¡Ey! Si toda esta gente habla tan bien de esto, a lo mejor aquí hay una historia. A lo mejor podríamos adaptarla a la pantalla e incluso respetar su esencia. El primer test de mercado ya está hecho."
Con los guiones audiovisuales rara vez ocurre eso. Puedo afirmar con conocimiento de causa que a veces, si quieres "vender" un guión, tienes que redactarlo lo más corto y escueto posible... porque los "señores de los despachos" están muy ocupados y no tienen tiempo para - o no quieren - leer demasiado.
Puede que la Literatura ya no esté en lo alto de la cadena alimenticia pero sigue siendo necesaria en el ecosistema creativo. Las obras audiovisuales se alimentan de ella, y no sólo en el caso de las adaptaciones directas: La mitad del cine de terror sería imposible de entender sin Poe y Lovecraft; creo que Lost no habría sido posible si no hubiese existido antes un Stephen King y si la SGAE viajase en el tiempo, Penny Dreadful tendría que repartir la mitad de sus dividendos entre la mitad de los literatos del siglo XIX.
Y si empezamos a hablar del mundo de los cómics, podríamos escribir un post aparte.
Los errores salen más baratos cuando se testan en novelas y relatos: A las mentes rara vez se las paga a priori. El papel es barato; talar árboles sale más a cuenta que contentar a sindicatos. Los elefantes son más fáciles de imaginar que de transportar, amaestrar, alimentar...
Quizá algún día - puede que cercano - las tecnologías nos permitirán confeccionar productos audiovisuales tan baratos como la escritura de un libro.
Mientras tanto, el novelista irá diez pasos por delante y los cineastas se incorporarán más tarde para consolidar y (en algunos casos) engrandecer ese trabajo.
Mientras tanto, Julio Verne seguirá imaginando el submarino años antes de que alguien tenga los medios y el valor necesarios para fabricarlo.
lunes, 25 de agosto de 2014
ESCRIBIENDO MI PRIMER GUIÓN DE VIDEOJUEGO
Llevo unos días trabajando en mi primer guión de videojuego.
¿Para quién lo escribo? Para mí mismo. Nadie me lo ha encargado, nadie me lo ha pedido.
¿Por qué? Porque necesito hacer cosas nuevas, aprender cosas nuevas, abrir las ventanas del cerebro para que se ventile un poco. Me gano el (poco) pan escribiendo para la tele y tengo escritos más largometrajes de los que alcanzo a mover. Quiero oxígeno.
Me embarco en esta nueva aventura motivado también por las experiencias de mi amigo Alby Ojeda, que lleva años abriéndose camino en este mundillo y es el creador de SKIP INTRO, uno de los pocos blogs en español que podréis encontrar sobre guión de videojuegos.
¿Qué sé yo sobre escribir videojuegos? Prácticamente nada. No tengo ni puta idea. Pero también empecé en su día a escribir novelas sin tener ni idea de cómo se escribía una novela, y empecé a escribir largometrajes sin saber cómo coño se escribía un largometraje. De momento sigo vivo, y mi manera favorita de aprender a hacer las cosas es haciéndolas (y cometiendo errores)
Lo que tengo entre manos es el guión de una aventura gráfica (bastante retorcida). No sé si conseguiré terminarlo, ni sé qué demonios haré luego con él.
Hay algo en los videojuegos que me seduce muchísimo: Cuando alguien juega está activando códigos de programación... y esos códigos son lenguaje matemático... y las matemáticas son números... son algo así como los átomos de la mente... los códecs a través de los cuáles percibimos y conformamos el mundo... puro Pitágoras... pura cosmogonía taoísta... a lo mejor cuando jugamos a un videojuego realizamos sin saberlo un ritual que va más allá de la propia experiencia lúdica... como si tocáramos un piano con una partitura capaz de despertar cosas más allá de lo visible.
Me encantaría crear un videojuego que al ser jugado abriese las puertas del Infierno. Eso sería interesante.
Mientras comento esto último recuerdo que hace años Alby y yo empezamos a desarrollar un guión de largometraje basado en este mismo concepto. Ira Celtíbera se iba a titular. Éramos jóvenes.
Tranquilos: Nunca fui bueno en Matemáticas. Si consigo abrir las puertas del Infierno será por pura intuición, o por un golpe de suerte.
Y a golpes de suerte y golpes de machete me voy introduciendo en una selva extraña. No llevo brújula... y eso me la pone dura.
Aprovecho para volver a compartir el post sobre videojuegos que escribí en su día para SKIP INTRO.
jueves, 17 de julio de 2014
CAMINAR POR FUERA Y CAMINAR POR DENTRO
Las mejores ideas se tienen caminando. O en la ducha, claro. Pero caminar es más barato que ducharse, y tiene efectos menos devastadores para el planeta, a menos que seas Godzilla.
Cuando caminas por fuera, caminas por dentro. Es como si tu cuerpo le diese ideas a la mente.
No obstante, hace poco me di cuenta de algo: Llevo varios meses saliendo a caminar sólo por mi barrio. Andando en círculo, como en una rueda de hamster. Es una situación que, en los últimos días, estoy intentando romper.
Ahora cuando salgo a caminar tomo la determinación de llegar hasta otros barrios. A veces incluso varios barrios en un mismo paseo. No lo hago solamente para obligarme a hacer más ejercicio (que también), sino por lo que comentaba más arriba: Creo que existe una relación entre cómo caminamos por el mundo y cómo caminamos por el interior de nuestra mente.
Si cambiamos de barrio físico, es posible que cambiemos de barrio mental. Si andamos en círculos sin atrevernos a salir de nuestro barrio, estamos poniéndonos tabiques a nosotros mismos, incluso a nivel conceptual. Estaremos forjando una actitud en la que ciertas ideas no se atreverán a salir.
Moverse hacia otros barrios en lo físico, en cambio, es invitar a tu mente a derribar tabiques, a acoger otras vías, otras influencias. Lo exterior influye en lo interior, y viceversa. Macrocosmos y microcosmos. El secreto de la alquimia.
Otras veces intento pasear por calles en las que nunca he estado. Encontrarlas y pisarlas por primera vez. Incluso en las inmediaciones de tu barrio hay sitios en los que nunca te has metido. Los has esquivado inconscientemente durante años. Si decides pisar por primera vez un lugar físico, a lo mejor le estás enviando a tu inconsciente mensajes subliminares para que pise por primera vez una idea, un estado mental, una actitud descabellada.
A veces me acuerdo de algo que probé hará un par de años, cuando todos los billetes de metro costaban igual, independientemente del trayecto. Improvisé sobre la marcha. Me sentía atrapado en mi propia vida y tomé una decisión: Compré un ticket de metro y me sumergí bajo tierra con la intención de bajarme en una estación en la que NUNCA hubiese estado. Quería aprovechar esa magia que nos permitía el metro de aquel entonces: Por el mismo precio, podías llegar en menos de una hora a cualquier sitio. Me bajé en Las Musas. Siempre me había gustado el simbolismo de ese nombre.
Las Musas resultó ser un barrio insulso, incluso feo. Edificios de ladrillos. Extrarradio. Pero me tomé un par de cañas en un par de bares muy majos y regresé a la civilización, consciente de que el auténtico viaje no lo había hecho por fuera, sino por dentro.
Ulises de "todo a cien".
En realidad ya hablé un poco sobre todo esto hace tiempo, en este otro post. La única manera que conozco de intentar ser creativo es rodear tu vida de cosas interesantes, e intentar mirar el mundo de formas interesantes. Todo lo que hacemos nos configura, nos programa. A lo mejor hay que perseguir lo inusual, para que se filtre por los poros de tu cráneo y te llegue al cerebro.
Quizá todo consista en eso, en lanzarle indirectas a tu inconsciente para que tu inconsciente te lance indirectas a ti.
Y hay que romper tabiques. Conformarse con lo lógico es un bajón.
Por ejemplo: La lógica me diría que éste es el momento adecuado para acabar este post. Ya ha durado demasiado.
¡A tomar por culo!
Voy a seguir.
Os voy a contar lo que me pasó ayer durante uno de esos interminables paseos que recorren varios barrios (interiores y exteriores)
Tras varios kilómetros de caminata me detuve en un bar y me recompensé con un par de merecidísimas cervezas. Mientras me las bebía masajeaba el clítoris de mi teléfono móvil y escuchaba el culebrón que tenían puesto en la tele del bar: Mexicanos que hablaban de sentimientos a otros mexicanos. Mientras me movía de Facebook a Twitter y de Twitter a Facebook (también en internet solemos encerrarnos en los mismos barrios) los diálogos del culebrón llegaban a mis oídos. Era todo muy solemne, muy melodramático. La clásica escena del tío que se declara a la tía desnudando su alma.
Y entonces, no sé por qué, me dio por mirar hacia el televisor. FUE MARAVILLOSO. ¡El galán que declaraba su amor... estaba maquillado de payaso! ¡Era un puto payaso! De repente, un ingrediente nuevo trastocaba lo tópico y lo convertía en algo mágico. Creo que el efecto no habría sido tan devastador si hubiese visto la escena desde el principio. El verdadero poder estaba en lo otro: En haber escuchado el diálogo romanticón intenso formándome una imagen en la cabeza y luego: Romper tabiques, mudarme de barrio mental, permitir que ese otro estímulo (el galán está vestido de payaso) entrase en mi cabeza para trastocarme, para contaminarlo todo. Luego deduje (por el resto de diálogos) que el culebrón en cuestión era "Amarte así, Frijolito".
Cinco minutos más tarde, en ese mismo bar, entró un tipo que pidió las cosas a la camarera de forma muy prepotente, con acento pijo. Otro payaso. ¿Quién se ha creído éste que es? Me giré para mirar con desprecio al recién llegado y... resulta que era un negro vestido de manera humilde. Una vez más, se me desmoronaron un par de tabiques mentales. ¡Ya no podía despreciarle! ¿Cómo va uno a despreciar a un negro vestido de manera zarrapastrosa? Mi cabeza, girando en su noria de hamster, había construido la imagen de un yupi impertinente. Es fácil detestar a un yupi, pero no podemos detestar a un negro. No es políticamente correcto. Un negro en chándal tiene todo el derecho a hablar de forma pija y pedir las cosas con prepotencia. Se lo ha ganado a pulso, por ser negro y tal. No tengo nada contra los negros. De hecho, cuando alguien es negro se me quitan automáticamente las ganas de detestarlo. A ese negro en cuestión, ni lo detesté, ni lo detecté.
A lo mejor éste sí es el momento de terminar el post, antes de que se alargue demasiado, pero no sé... después de haber contado este par de anécdotas uno esperaría que reflexionase un poco sobre el tema, que sacase conclusiones...
A fin de cuentas, hay un vínculo muy poderoso entre ese negro y ese payaso.
Y a lo mejor lo más creativo que puedo hacer con este post es joderlo hasta que deje de funcionar.
A lo mejor la creatividad consiste en destruir. Y viceversa.
Contradictorio, bidireccional.
Como una polla comiéndose a un becario.
Después de ese paseo quedé a tomar unas cervezas con Kike Narcea y Alberto Carpintero. Les conté lo del negro. Nos reímos mucho (no por el negro, sino por muchas otras cosas) La velada terminó con ellos dos discutiendo encarnizadamente sobre si Leone era o no mejor realizador que Tarantino.
miércoles, 2 de julio de 2014
¿HAY QUE CONOCER LAS REGLAS PARA PODER SALTÉRSELAS?
Hay que conocer las reglas para poder saltárselas.
Mis profesores me lo decían en la universidad, y yo mismo se lo he dicho a mis alumnos, cuando los he tenido.
Hay que conocer las reglas para poder saltárselas.
Sí, he pronunciado esa frase, y la he defendido, e incluso he creído en ella.
Pero cuantos más años cumplo, cuantas más páginas escribo, cuanto más aprendo a mirar a mi alrededor, menos convencido estoy de ello. No digo que rechace la frase de manera tajante. Simplemente, no lo tengo tan claro. Tengo dudas.
Uno lee cosas que escribió de joven, antes de recibir una formación... uno lee cosas que escriben los niños... uno lee el guión o la novela de un autor "no profesional"... y encuentra hallazgos, dechados de pureza que nunca habrían podido salir de una mente domesticada.
Por otra parte, las reglas tienen un gran peligro, al menos en mi caso: Una vez que las conozco, me siento muy cómodo con ellas y tengo la sensación de que puedo contar cualquier cosa sin desobedecerlas. Porque llevan mucho tiempo inventadas, las cabronas. Las reglas nos conocen a nosotros mucho mejor de lo que nosotros las conocemos a ellas, y mucho mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.
Las reglas son una prisión lo suficientemente amplia para englobarnos, para que no nos sintamos constreñidos. De pronto me vienen a la cabeza esas tortugas que crecen más o menos según el tamaño de la pecera en la que las encierres. ¿Debemos conformarnos con nuestra pecera o debemos construir una más grande? ¿Merece la pena convertirnos en tortugas gigantes, o somos felices siendo tortuguitas minúsculas?
De pronto me acuerdo de mis comienzos como escritor. Escribía novelas sin parar, una tras otra. Novelas que ahora mismo no me atrevería a enseñar a nadie sin ruborizarme. En ellas experimentaba con los signos de puntuación, me inventaba palabras... quería innovar. Todavía me pasa, de vez en cuando.
Luego creces - o algo parecido - y te das cuenta de que puedes comunicar lo mismo y transmitir las mismas sensaciones respetando las reglas de la gramática comunmente aceptada. Poco a poco, uno deja atrás la edad del pavo del artistilla y se da cuenta de que las cosas realmente importantes, las que remueven a los demás por dentro... no dependen tanto de la forma como del sustrato. Lo que realmente nos atrapa o nos descoloca son los conceptos, las ideas, los bocetos de personajes... las decisiones formales deben ser como ninjas, que nos ayudan a transmitir eso lo mejor posible, pero de una manera tan virtuosa como invisible.
Creo que las reglas son domesticarse. Son podar una planta que desearía crecer de manera salvaje. PERO LAS ASUMIMOS POR AMOR. Del mismo modo que Jaime Lannister es capaz de arrojar a un niño desde una torre por amor, nosotros somos capaces de aceptar los límites que nos imponen las reglas... por amor.
No nos engañemos: Escribimos para que nos quieran. No nos engañemos: Escribimos porque, muy en el fondo, queremos a esos hijos de puta hacia los que nos dirigimos, incluso cuando tecleamos para joderles y para meterles los dedos en las llagas. Es otra forma de amor. Una especie de sexo made in David Cronemberg.
Las reglas nos limitan, pero las necesitamos para comunicarnos con esos lectores (o espectadores) que amamos. Yo podría innovar ahora mismo escribiendo:
ñfdjfjklfberfiluhuiiiiiiiiirrrrrrroooinnnckcccllklklkdnjkdsnjkds
Seguro que nadie ha escrito eso antes. Pero hay algo aún más seguro: Lo que acabo de escribir no lo va a entender nadie, ni le va a importar a nadie.
Asumir las reglas es como irte a vivir a un país extranjero y aprender su idioma: Un idioma con el que no te has criado, con el que no podrás expresar todo lo que llevas dentro... pero lo aprendes y lo hablas, porque necesitas que te entiendan, que te quieran... Todos asumimos las reglas (en mayor o menor medida, consciente o inconscientemente) porque no nos gusta estar solos. Incluso el naúfrago voluntario, en su retiro, tendrá ganas de enviar un mensaje embotellado de vez en cuando.
¿Pueden mutar las reglas? ¡Por supuesto! Lo hacen constantemente.
¿Podemos - y debemos - arrojar piedras contra la pecera en busca de otra pecera más grande? Creo que ya he hablado sobre eso por aquí, posiblemente en la entrada que he enlazado hace un rato: Las grandes innovaciones, las grandes genialidades... rara vez son intencionadas. Si te sientas ante el folio pensando "Voy a innovar", no te olvides de ponerte una nariz de payaso a juego con ese pensamiento.
Yo creo que se innova por accidente.
Como pasa con todos los aspectos de la vida, más de la mitad de lo que escribimos lo decide nuestro inconsciente. Cuando organizamos el magma que llevamos dentro concretándolo en palabras, en historias... ahí está nuestra razón construyendo barcos en los que nuestro inconsciente viaja como polizón.
Me viene a la cabeza el guión de MÍ, una peli que escribí para César del Álamo. Escribí la primera versión sin plantearme qué profesión tenía la protagonista. Simplemente me dejaba llevar, me centraba en los auténticos motores de la peli. Luego, en la segunda versión, decidimos añadir un epílogo en el que viésemos a la prota en su vida normal (la primera versión arrancaba directamente con ella sumida en las circunstancias surrealistas que gobiernan el resto de la peli). Cuando tuve que escribir ese prólogo, me di cuenta de que ese personaje era arquitecto, y que había elegido esa profesión para contentar a sus padres. Puede que, sin yo quererlo, añadiese un leve tinte autobiográfico: A mi padre le habría encantado ser arquitecto y no lo fue. Luego intentó convencerme para que yo estudiase Arquitectura, y no lo hice (decisión que él respetó en todo momento). El caso es que yo escribí el guión sin pensar en una mujer arquitecto, pero creo que inconscientemente la arquitectura ya estaba ahí.
En ese sentido, creo que las cosas realmente profundas, las que realmente convierten cada obra de arte en algo vivo, no las controlamos del todo. Da igual si respetamos o no las reglas. La diferencia entre un ferrari y un seat seiscientos no depende de cómo se detienen para respetar los semáforos.
Creo que si un escritor quiere escribir cosas buenas, tiene que cultivar el inconsciente, y eso se consigue - o eso espero - viviendo, planteándose las cosas, escuchando, moviéndonos por el mundo intentando encontrar significados en él.
No sé si hay que conocer las reglas para poder romperlas, porque ni siquiera estoy seguro de que haya que romper las reglas. Igual debemos olvidarnos de estos debates estériles e intentar tener vidas interesantes, para convertirnos en personas interesantes y contar cosas interesantes, incluso sin querer. Y no hace falta viajar a Machu Pichu o a Birmania para tener una vida interesante. Creo que es algo que depende más de la actitud de cada uno que de las experiencias vividas.
A modo de curiosidad, diré que he tecleado "A la mierda las normas" en Google para buscar una foto con la que ilustrar este post, y el segundo resultado que me ofrecía Google era este otro post que escribí hace tiempo.
martes, 24 de junio de 2014
PERDER EL TIEMPO NO ES PERDER EL TIEMPO
Cada vez se habla más de lo mucho que perdemos el tiempo procrastinando en redes sociales.
Cuando - como es mi caso - te ganas la vida escribiendo (o lo intentas) te acostumbras a que te increpen con frases como:
"Si dedicaras a trabajar las mismas horas que inviertes en tuitear o comentar en Facebook, ya tendrías escrito un libro entero, o un largometraje."
Yo mismo bromeo con frases como ésa de vez en cuando. Lo irónico del asunto es que esa clase de reproches suelen publicarse en un tweet, o en un estado de Facebook.
No obstante, si intento ponerme serio, os diré que:
El hecho de considerar el tiempo en redes sociales como tiempo perdido es un síntoma de nuestra sociedad enferma, y de una concepción del trabajo igual de enferma.
Como ya he comentado en entradas anteriores, creo que nos educan para que nos sintamos incómodos si intentamos considerar como "trabajo" cualquier actividad que no cumpla una de estas condiciones, o ambas:
- Pasarlo mal mientras lo realizas.
- Generar un beneficio económico.
Por mi parte, cada vez estoy más convencido de que todo funciona mejor cuando podemos permitirnos elegir labores con las que realmente disfrutamos. Los senderos por los que circula la obligación son los mismos que utiliza la pasión. Llegas al mismo sitio, pero la percepción del viaje es diferente.
Como reza el cartel con el que he encabezado esta entrada:"El trabajo que haces mientras procrastinas es probablemente el trabajo que deberías estar haciendo durante el resto de tu vida."
Ya sea porque Adán y Eva mordieron una manzana, ya sea porque Caín mató a Abel, ya sea porque estamos genéticamente programados para sobrevivir en una jungla de la que escapamos hace siglos... somos casi incapaces de disfrutar del trabajo sin sentirnos culpables.
Estoy seguro de que nadie criticaría el tiempo que invertimos leyendo y comentando en redes sociales si el hecho de hacerlo fuese una obligación, si sufriéramos con cada línea que escribimos ahí. Existe una especie de mercado del sufrimiento cuyas acciones cotizan en la bolsa de nuestra conciencia.
Y ya que hablamos de mercados, prestemos atención al otro factor que, por inercia, le exigimos a cualquier trabajo: Generar beneficios económicos.
Si alguien nos dice que trabaja como comunity manager queda automáticamente perdonado. Esa persona es libre de navegar por Twitter y por Facebook, porque ha logrado convertir su conducta en un engranaje del sistema: Le pagan un sueldo, y sus acciones en el ciberespacio tienen, en última instancia, una finalidad mercantil. Promocionan marcas, las posicionan, les lavan la imagen: Atraen o fidelizan consumidores que a su vez, tarde o temprano, se convierten en dinero.
Así de fina es la membrana que separa un juguete de una herramienta.
Pero si tu incursión en las redes no está homologada, si no te han dado el título de comunity manager... serás un vago. Aunque aprendas cosas interesantes cada veinte minutos, aunque te estés dedicando a algo tan importante como ampliar y afianzar tu círculo social, aunque pongas todo tu esfuerzo en concienciar a otras personas sobre ciertos temas, o en hacerlas reír, o en compartir con ellas información de cualquier tipo.
Creo que es una simple cuestión de perspectiva.
Las revoluciones son muy fáciles de percibir y de estratificar cuando las contemplamos a través del prisma de la Historia. Caemos en el error de pensar que la coyuntura y la manera de pensar de una civilización entera cambian de golpe, de la noche a la mañana. En el colegio nos obligaban a elaborar aquella tira histórica con papel milimetrado. En ella sólo necesitábamos un milímetro para decidir que habíamos pasado del pensamiento medieval al renacentista, o de la Ilustración al Romanticismo.
Sin embargo, del mismo modo que un español de 1492 no era consciente de dejar de ser medieval para convertirse en renacentista, tampoco nosotros percibimos nuestra incómoda condición de eslabón perdido. Las revoluciones del pensamiento son terremotos que se desperezan con una lentitud arbórea.
El advenimiento de la informática, de internet, la nanotecnología, la telefonía móvil, las redes sociales... son eslabones de una revolución tecnológica imparable, en espiral. La tenemos tan cerca, la vemos eclosionar tan rápido, que aún no hemos asimilado los cambios que genera en nuestra sociedad, en nuestro propio pensamiento, en nuestra manera de percibir la realidad.
Si la aparición de la imprenta o la máquina de vapor fueron temblores de 5 en la escala de Richter, ahora mismo nos hallamos en el epicentro de un meneo de... yo qué sé... 8 ó 9 en esa misma escala.
Estamos inmersos en una crisálida gigantesca: Tan inmersos y tan cerca de ella que no podemos contemplarla en todo su esplendor, ni descifrar todos sus significados, ni vislumbrar la clase de bicho que alzará el vuelo tras esta metamorfosis.
Nos tomábamos muy en serio a McLuhan cuando decía aquello de "El medio es el mensaje", pero nos olvidamos de que, aunque McLuhan esté muerto, su teoría sigue viva... y el medio sigue mutando.
¿Cómo podemos llamar al paradigma actual? ¿Galaxia de Gates? ¿Galaxia de Jobs?
Da igual el nombre.
Si cambia el medio, cambia el paradigma.
Cambia nuestra forma de percibir, y nuestra forma de comunicar.
He oído a productores importantes decir que desconfían de un guionista que pasa demasiado tiempo escribiendo cosas en redes sociales. Considero que ésa es una visión obsoleta, anclada en el viejo paradigma.
Hasta ahora hemos escrito obras compactas, encapsuladas, sometidas a unas líneas espacio-temporales muy rígidas, pues así es como el público de las "galaxias" anteriores las entendía y demandaba: en sus salas de teatro, en sus cines, en sus televisiones. Yo espero que esta clase de obras se sigan escribiendo y consumiendo durante muchas décadas, o incluso siglos...
... pero no nos engañemos:
Internet está alterando la manera en que la gente consume el audiovual (en particular) y la narrativa (en general). Está alterando la manera en que percibimos el mundo. No nos damos cuenta de ello, pero probablemente nuestros cerebros se están adaptando para recibir y procesar la información de maneras inconcebibles para la clase de homínido que éramos hace un par de décadas.
Intuyo que si otros medios de comunicación eran un estrecho canal a través del cuál concentrar y proyectar el pensaje, internet es un océano donde los componentes de dicho mensaje pueden dispersarse y envolver al receptor, estimulándole desde direcciones distintas, incidiendo desde distintos ángulos.
Del mismo modo en que el comunicador de ayer necesitaba convertir su mensaje en una píldora concreta, con sus ingredientes concentrados a través de un discurso unitario, el comunicador de mañana... ¿acaso no emitirá su obra dispersándola a través de las mil alternativas que ofrece el ciberespacio?
Si Kant o Woody Allen necesitaban adaptarse al formato del libro de ensayo o del largometraje para transmitirnos su visión del mundo, puede que los Kants y Woodys del futuro logren lo mismo a través de un discurso caleidoscópico que se esparcirá a través de tweets, mensajes de Facebook, vídeos de Youtube, entradas de blogs, conversaciones en foros... Una misma obra podrá dispersarse a lo largo de meses, años... manando de recipientes distintos, pero complementarios... o aguardando en el interior de dichos recipientes a que un público menos pasivo que el actual acuda a su encuentro.
Del mismo modo en que el espectador de ayer unía en su cabeza los párrafos de un libro hasta percibir un todo unitario, el espectador del mañana tendrá la mente configurada para decodificar otra clase de obras: para reunir toda esa actividad diseminada por el ciberespacio-tiempo... ensamblarla... y percibirla como un todo unitario.
Nos cuesta aceptarlo, porque somos ese incómodo eslabón perdido del que hablaba un poco más arriba. Ya no somos el espectador de ayer, pero tampoco somos aún el espectador de mañana. Ni hemos dejado atrás al narrador de ayer, ni ha despertado de su crisálida el narrador de mañana.
Ya hay titubeos, por supuesto. Cada vez está más de moda la palabra transmedia, pero se suele usar para vendernos una especie de prótesis, un botiquín de remiendos para obras que no funcionan por sí solas. Pocos son los que proponen el transmedia como un modo de concebir el mensaje en sí mismo, en vez de como una oportunidad de negocio, o un complemento ortopédico.
Como eslabón perdido que soy, temo que este galimatías que acabo de escribir no se perciba como un todo unitario, así que intentaré resumir el espíritu del post:
Disfrutemos con lo que hacemos y no nos sintamos culpables si ese disfrute no encaja en el sistema de engranajes imperante.
Es muy posible que el sistema esté obsoleto, y que a nosotros nos estén creciendo alas.
sábado, 21 de junio de 2014
LA ESCRITURA Y EL MIEDO
Cada escritor aborda el proceso de escritura de una forma distinta pero, a riesgo de resultar reduccionista, podemos dividir a todos los escritores del planeta en dos grandes grupos:
LOS QUE CONFÍAN EN REGLAS:
Herederos del positivismo, la Edad de la Razón, el Arte que capitula ante la Ciencia, ante las normas, ante una especie de ingeniería conceptual... Mc Kee, Syd Field, Snyder, Truby...
Tienen fe ciega en la receta. La narrativa consiste en estructura, estructura y - por último, pero no menos importante - ESTRUCTURA.
Escaletas, puntos de giro, actos, que pase algo en la página 23 y en la 50 y que el protagonista tenga un arco. Ir de viaje siguiendo las rutas trazadas en el mapa, atendiendo a las recomendaciones del Trip Advisor.
Si eres un niño bueno, si haces bien los deberes... ¡no te preocupes! ¡Tu historia funcionará!
LOS QUE RENIEGAN DE LA NORMA:
Los descreídos, los cínicos, los que llevan demasiadas páginas conduciendo por todo tipo de carreteras, principales o secundarias. Su único manual es el campo de batalla, la dinámica de ensayo y error, ensayo y error, ensayo y error... Y con cada error, un nuevo litro de bilis que añadir a su derrotista concepción del mundo.
Las historias son fósiles de criaturas extrañas, criaturas más antiguas que nosotros mismos, criaturas que descubrimos cuando excavamos en nuestros inconscientes (por usar el símil de mi querido Stephen King).
Contra cada manual esgrimido por el primer grupo, los individuos de este segundo grupo contrarrestan con pruebas empíricas de que la realidad es más compleja que las páginas, de que los caprichos del público son impredecibles. Ninguna de las recetas que intentamos patentar ofrece garantías de nada. La diferencia entre un éxito abrumador y un fracaso estrepitoso responde a factores inescrutables, imprevisibles, imponderables.
¿QUÉ TIENEN EN COMÚN AMBAS POSTURAS?
He intentado resumir las dos visiones imperantes en el mundillo de la escritura, o incluso en el mundillo de la creación artística en general.
Te insultaría, amigo lector, si diese por hecho que perteneces de forma exclusiva a uno de estos dos extremos. Los seres humanos no somos criaturas tan simples... tan binarias para adscribirnos exclusivamente a un polo u otro, pero la mayoría de nosotros estamos más cerca de uno de esos puntos de vista, aunque usemos ingredientes del opuesto para matizar y enriquecer nuestros argumentos.
No obstante, ambos posicionamientos comparten un ingrediente común:
EL MIEDO.
Creo que la mayoría de nosotros nos precipitamos hacia un hemisferio u otro según la clase de cosas con las que rima nuestro miedo.
En el fondo se trata de una versión moderna del antiguo paradigma de: religiosos versus existencialistas:
Los de las normas temen la incertidumbre: miedo a que dos más dos no sean igual a cuatro, miedo a ser un niño bueno y que ello no implique recompensa alguna, miedo a que el concepto de Justicia no trascienda la frágil arbitrariedad del pensamiento humano.
Los creadores anarquistas tienen miedo a asumir responsabilidades, a que exista un baremo objetivo para dictaminar cuándo hacemos algo bien o cuándo hacemos algo mal, a descubrir que lo más importante para nosotros como individuo puede resultar irrelevante para nosotros como especie.
Se trata del MIEDO canalizado en dos direcciones distintas, pero el mismo MIEDO a fin de cuentas.
Y digo yo (que a lo mejor ni siquiera soy yo quién para decirlo) que basta ya de miedos y de egos...
... que a lo mejor los que se rigen por normas y por métodos no son menos "artistas" que quienes curran de manera anárquica...
... ni los que reniegan de esos métodos son necesarialmente menos "profesionales"...
... que a lo mejor nos preocupamos demasiado por cómo preferimos trabajar nosotros y demasiado poco por cómo cada historia necesita que la trabajemos a ella...
... que a lo mejor ni siquiera es conveniente abordar todas las historias con las mismas técnicas...
... que a lo mejor existen infinitas escalas de grises entre la señora de Cuenca y el gafapasta de los Renoir...
... que a lo mejor ambos extremos son igual de útiles, igual de interesantes...
... que a lo mejor todo esto era más divertido y más fructífero cuando nos zambullíamos en el folio y el teclado con pasión gamberra...
... que a lo mejor ambos extremos están interconectados, y al mismo tiempo ensombrecidos por ese tabique que los une y los separa:
El MIEDO.
jueves, 20 de febrero de 2014
TIEMPO, CORAZÓN Y VIDA.
Esta entrada, muy en el fondo, trata sobre por qué llevo tantísimo tiempo sin actualizar.
La cabeza no me da para más. Me gustaría decir que "no tengo tiempo". Sonaría más cool, más sofisticado... pero no es únicamente una cuestión de tiempo: Es también, y sobre todo, una cuestión de neuronas.
No sé si es que en otros tiempos no me lanzaba a currar en tantas cosas al mismo tiempo, o si es que antes mi cerebro era más multitarea, más Microsoft Windows.
Lo tecleo, lo reflexiono y... creo que se trata más bien de la "opción A". En otros tiempos me centraba en un proyecto, lo terminaba, empezaba otro, lo terminaba... y así continuamente.
Ninguno de esos proyectos solía llegar a buen puerto. Sólo uno de cada diez o veinte. Por eso suelo llamarlos "huevos de tortuga". Plantas cien en la arena y sólo dos o tres llegan a la playa antes de que se los coman las gaviotas.
Pero antes, cuando cagaba cada huevo de tortuga, lo cagaba con amor, con algo parecido a la serenidad, en un báter sagrado, y leyendo el periódico en vez de mirar preventivamente a mi alrededor en busca de esas gaviotas hijas de la gran puta.
Ahora es distinto. Ahora mi cabeza está compartimentada como si fuera una viñeta del "13 Rue del Percebe": Cada apartamento es un proyecto distinto y los tabiques son tan finos que las voces de los unos desconcentran a los otros. Me paso las mañanas cambiando de chip como un DJ con triple personalidad: Ahora a centrarme en este guión, ahora en este otro, ahora largos, ahora sketches, ahora la obra de teatro, ahora la antología de relatos, ahora ese guión para el Notodo porque estás a mil cosas pero es que el plazo termina ya y quién sabe, a lo mejor luego resulta que lo peta y mejor haberlo escrito que no haberlo hecho y etc etc etc etc y más etcétera.
En los últimos años ya me he acostumbrado a esas circunstancias. Las asumo como algo a lo que hay que resignarse: una especie de reuma.
Mi novia, sin embargo, me dijo hace unos meses algo que me impactó como un bofetón de perspectiva. Voy a parafrasearlo de memoria:
"Yo antes de conocerte pensaba que los escritores érais como los personajes de Stephen King, que os tomábais vuestro tiempo y llenábais las papeleras de papeles arrugados, pero veo que os tratan más bien como a máquinas expendedoras. Os aprietan un par de botones y esperan que les entreguéis un guión automáticamente y en el momento que ellos digan."
¿Cómo hemos llegado a eso?
Obviamente, hay que tener en cuenta que el escritor de guiones no se puede permitir, por definición, los mismos lujos que el escritor de relatos o novelas. Todos conocemos las historias de guionistas en los años dorados de Hollywood, prácticamente encadenados a una máquina de escribir en un piso de mala muerte, y con la obligación de parir un guión cada semana, o cada finde.
Pero incluso eso me parece más accesible que lo que vivimos ahora tanto yo como muchos otros compañeros con los que he tenido ocasión de hablar. Es fácil decirlo así, a la ligera, pero yo casi prefiero que me encadenen para escribir un largo "intrascendente" en un fin de semana a que me tengan varios meses subarrendando porciones de mi cabeza para distintos proyectos, de los cuáles sólo un par serán remunerados (con suerte), otro par te los pagarán "si la cosa funciona" y el resto ya tienes asumido que jamás te harán ver un céntimo y que los haces por amor al arte.
Eso no es vida.
Hace algunas semanas hablaba de esta problemática con un guionista brillante, con mucha más experiencia que yo, y que está supervisando uno de los proyectos en los que estoy ahora. Y con gran puntería, con gran capacidad de síntesis - algo habitual en él - resumió la clave del asunto en una sola frase que, una vez más, parafraseo de memoria:
"El problema está en que tenemos que trabajar en demasiadas cosas a la vez porque ninguna de ellas se paga lo suficientemente bien para vivir de ella."
Es tan lúcido y tan clarito que, leído así a posteriori, parece de perogrullo. Pero no nos lo terminamos de creer. O no terminamos de creer que tenemos derecho a reivindicar lo contrario.
Creo que los guionistas de mi generación hemos aterrizado en un terreno muy incómodo, muy indefinido. Antes de nuestra llegada, había guionistas (no todos) que cobraban sueldos pornográficos. Y pocos años después de haber llegado, nos ofrecen sueldos que son más bien limosnas, o a veces ni eso.
Ya va siendo hora de que alguien nos ofrezca el término medio entre una cosa y la otra.
Creo que hablo por todos los guionistas y escritores (o por un alto porcentaje de ellos) cuando aseguro que no queremos cobrar cantidades exorbitadas de dinero. No insinuamos que nuestro trabajo tenga que estar más cotizado que el de los demás departamentos. No merecemos cobrar más que el resto de los profesionales necesarios para producir una ficción.
Todos los sectores del audiovisual hemos sufrido los "recortes", todos hemos visto mermar el número de ceros en los contratos. Pero creo que los guionistas somos las víctimas más evidentes del más miserable de los saltos cuánticos: Pasar de cobrar algo a cobrar NADA.
Escribir es una profesión muy vocacional. Sí... ya sé que todas las relacionadas con el audiovisual lo son, pero los escritores somos especialmente gilipollas. Y...
... los productores, directivos e hijos de puta varios lo saben demasiado bien.
Otra cosa que saben demasiado bien: Que no se quieren jugar su propia pasta, y para no jugársela necesitan conseguir pasta ajena, y para conseguir pasta ajena necesitan a un pringao que tenga una idea, y que la desarrolle, y que la convierta en un formato con potencial dramático. ¡Pero esos "trámites sin importancia" hay que realizarlos para que alguien ingrese la pasta y, por tanto, ANTES de que alguien ingrese la pasta!
CONCLUSIÓN: Si hay algo que no le interesa a un productor, es que el guionista se sienta legitimado para cobrar por su trabajo justo en el momento en el que está haciendo ese trabajo, o sea: En el momento en que aún no existe dinero para pagarle.
Quizá por eso los guionistas no tenemos epígrafe propio y tenemos que compartirlo con los escayolistas y otras cien profesiones, en plan piso de camas calientes.
Quizá por eso resulta tan complicado establecer un sindicato de guionistas en España. Yo solía hacer el chiste de que los de ALMA habían elegido ese nombre porque necesitaban llamarse como algo que fuese INVISIBLE, pero voy retractándome día a día: Nunca he visto a ALMA tan activa y tan luchadora como este año. Pero tampoco he visto nunca tantos obstáculos en su camino. Y es que resulta difícil asentar un sindicato en un contexto tan "buenista" para las cosas que no importan y tan cínico para las cosas que realmente importan.
Insisto: No creo que los guionistas (o los escritores en general) debamos cobrar mucho más que cualquier otro departamento de la producción que aporte las mismas dosis de esfuerzo al producto final, pero...
... a riesgo de fliparme un poco...
... creo que en los últimos años, e incluso en los últimos siglos... e incluso en los últimos milenios...
... hemos despojado a nuestra profesión de su carácter sagrado.
Antaño... en los tiempos de las tribus... incluso en los tiempos de nuestros bisabuelos... el contador de historias se consideraba un elemento clave dentro de la comunidad. Transmitía no sólo sabiduría, sino también emociones, enseñanzas, interrogantes, encrucijadas morales... En las sociedades ancestrales el cuentacuentos estaba al mismo nivel del druida, del hechicero, del herrero, del cazador, del guerrero... De hecho, no había demasiada distinción entre los conceptos de "profesor" y "cuentacuentos".
En la actualidad, creo que nuestro rol social es igual de importante, pero no igual de cuidado, ni igual de respetado. Actualmente los beneficios prácticos de nuestra profesión, los que nos permitirían vivir de ella y poder centrarnos en ella como se merece, no repercuten en quienes la ejercemos, sino en los directivos de aquí y de allá, en las compañías telefónicas que facilitan el pirateo de los contenidos... e incluso en ese tipo que va a invitarte mañana mismo a un café para que le escribas un piloto de una serie que de momento no puede pagarte, pero que si consiguen venderla bla, bla, bla, bla, bla...
Y ese menosprecio lo vivimos los guionistas, y los realizadores, y los de producción, y los equipos de cámara, y de maquillaje, y de atrezzo, y de post-producción... ahora somos más gente repartiéndonos el pastel... pero es que antes las historias las contaba una sola persona en una cueva, a la luz de una hoguera... ahora las cuentan cienes de personas, para que lleguen a millones.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
EL GUIÓN Y LA FÓRMULA 1
Llevo todo el día atascado en el guión que estoy reescribiendo. Esto va así: Hay días en que el contador de páginas va progresando imparable, como un taxímetro... y hay otros días en los que transitar las páginas es como arrastrarse por una ciénaga salpicada de arenas movedizas.
Cuando eso ocurre, lo mejor es procrast... eh... pensar en otra cosa durante un rato. Normalmente acudo a Twitter para desfogarme en esos casos, pero hoy, mira tú por dónde, me ha nacido la idea de escribir un post relacionado con esta situación en la que me encuentro.
LA RELACIÓN ENTRE ESCRIBIR GUIONES Y LA FÓRMULA 1.
Me gusta ver la Fórmula 1, y soy Alonsista a muerte. Siempre he dicho que la gente que desprecia la Fórmula 1 es porque no la conoce. Supongo que ocurre con cualquier deporte.
Otra cosa que siempre he dicho: El día que a Aaron Sorkin se le ocurra ambientar una serie en la Fórmula 1, todo el mundo empezará a fascinarse con el tema.
Es un ¿deporte? ¿espectáculo? complejo y muy atractivo, porque la victoria depende de muchos factores: Pericia del piloto, ingeniería, diseño de estategias, habilidad de los mecánicos, climatología...
De hecho hay dos directores muy grandes y muy minusvalorados que han hecho dos pelis preciosas sobre la F1: Renny Harlin (DRIVEN) y Ron Howard (RUSH)
Pero basta de andarse por las ramas. Yo en realidad venía a este rincón a comentar una analogía muy "de andar por casa" entre el mundo de la escritura de guiones y la Fórmula 1.
Cuando uno ve las retransmisiones de las carreras, nota una cosa muy curiosa: Todos los coches están bastante separados entre sí en las rectas, pero en cuanto llega una curva... todos se juntan. De repente tienes la sensación de que ese coche al que ya le habían sacado muchas décimas de ventaja, vuelve a estar pegado al culo de tu piloto favorito. Te acojonas. Pero luego, tras esa curva, llega la siguiente recta... y todos se vuelven a desplegar, mostrando la distancia real que los separa.
Creo que la escritura de guiones también tiene sus rectas y sus curvas. Las "rectas" son esos tramos en los que lo tienes todo más o menos resuelto, muy clarito... sin momentos delicados para los personajes, sin encrucijadas frágiles. Son momentos en los que uno puede permitirse "tirar millas".
Y luego hay otros momentos en el proceso de escritura que son como "las curvas". Muy poco agradecidos en lo que a velocidad se refiere, pero ahí es donde mejor se demuestra nuestra pericia a la hora de conducir la historia, y lo bien o mal diseñado que está el vehículo.
Al menos en mi caso es muy normal: Avanzo veinte páginas en un solo día y luego estoy otros dos o tres dando palos de ciego, examinando concienzudamente el terreno antes de seguir avanzando, y el coche de Vettel (es decir, el plazo de entrega), da la impresión de cernirse sobre mí para darme por culo. Pero no es momento de pisar el acelerador. En las curvas hay que levantar el pie y centrarse en la dirección, en el volante... Tarde o temprano, la curva termina y llega otra recta en la que acelerar a tope.
Ahora mismo estoy en una de esas curvas complicadas. Una especie de ovillo enredado en medio de la trama. Hay que tratarlo con muchísimo cuidado, meditando cada decisión. Es como una operación de columna vertebral.
Es uno de los momentos más potentes y bonitos de la historia, y estoy seguro de que quedará maravilloso.
Algunos dirán que esas "curvas" son más rápidas si has diseñado un RedBull en vez de un Ferrari, es decir: Si has trabajado bien la escaleta. Pero discrepo. He llegado a esta carrera con una escaleta muy precisa, pero cuando la pones a rodar en la pista (como comentaba en este otro post) te das cuenta de que a veces los personajes - y la propia historia - no aceptan en sus vísceras las abstracciones de tu escaleta. Es como el político que pretende cumplir su programa electoral y de pronto, tras ser elegido, se da de bruces con la cruda realidad.
Pero qué sabre yo... si soy quizá la única persona a la que DRIVEN le gusta más que RUSH (aunque ambas me gusten muchísimo)
martes, 19 de noviembre de 2013
TIRAR DE LA SÁBANA
Creo que a partir de ahora, para optimizar el tiempo, a veces actualizaré el blog con extractos de los mails que mando a algunos seres queridos.
Como en este caso:
Lo que he aprendido con todos los proyectos en los que me he visto involucrado - incluyendo aquéllos que no han llegado a buen puerto - es que no sirve de mucho preguntarse si ha merecido o no la pena tomar las decisiones que se han tomado.
Es un deporte estéril eso de preguntarse "¿qué habría pasado si...?" Al final es como todo: Sacrificas unas cosas y gracias a eso, ganas otras.
Es como tirar de las sábanas en la cama: Si tiras de un extremo, le quitas un trozo de sábana al otro.
Salvo en casos puntuales de alquimia muy lograda, lo que inviertes en factura impecable lo sacrificas en autenticidad, y viceversa. Lo que inviertes en ritmo, lo sacrificas en profundidad, y viceversa. Lo que inviertes en coherencia, lo sacrificas en impacto, y viceversa.
Recuerdo cuando César leía las sucesivas versiones que íbamos escribiendo de (...), intentando conciliar - y enriquecer - nuestra visión con la de los (...), y él me decía: "Cada versión es más clara y coherente que la anterior, pero menos espectacular."
Al final te das cuenta de que, de una manera o de otra, vas a acabar lamentándote por lo sacrificado y considerando insuficiente aquello en lo que has invertido. Así que supongo que, como mínimo, las decisiones que tomemos deberían hacernos sentir vivos en el momento en el que las tomamos.
domingo, 20 de octubre de 2013
LO QUE NO NOS CUENTAN SOBRE LOS VIRUS
Los virus son un misterio. Tan rudimentarios que muchos biólogos se niegan a considerarlos seres vivos, pero al mismo tiempo tan complejos que ningún científico ha sido capaz de desentrañar todos sus misterios.
De hecho, los pocos investigadores que han estado a punto de esclarecer el enigma de la estructura del virus, de su funcionamiento... han muerto en extrañas circunstancias.
En parte porque conocer un virus ayudaría a curar las enfermedades que provocan, y al parecer eso no interesa.
Y en parte porque la estructura y el funcionamiento de estos seres microscópicos es la llave hacia un secreto escalofriante, con implicaciones bastante chungas.
Para explicaros a qué me refiero recurro a una fuente de información que todo el mundo conoce pero que nadie ser molesta en leer:
WIKILEAKS.
Seamos honestos. ¿Quiénes se han tomado la molestia de leerse todos los documentos de Wikileaks? Sólo unos pocos, y nunca les haremos demasiado caso, porque llegamos a la conclusión de que si alguien ha invertido tanto tiempo de su vida en algo así, debe de ser un PUTO LOCO.
Normalmente sólo conocemos de Wikileaks los resúmenes que nos ofrecen los medios de comunicación, o los líderes de opinión de internet. Ellos filtran ese torrente de información y nos cuentan sólo los "secretos" que les interesan.
Usan unos escándalos para eclipsar otros.
Una de esas muchas revelaciones eclipsadas tiene que ver con los virus. ¿Os acordáis de aquellos paranoicos que decían que el SIDA y el ébola habían sido creados por el gobierno? ¿Recordáis aquéllas teorías de que los documentos históricos están manipulados, que en realidad los virus no existieron hasta la segunda mitad del siglo XX?
Pues bien: Resulta que eso era sólo la punta del iceberg.
Voy a haceros (como si yo fuera uno de los grandes medios de comunicación) un resulmen de lo que se dice (y se prueba) en Wikileaks sobre los virus:
- Los virus son, por decirlo de un modo muy simplista, robots creados por el hombre. Pequeñas obras de nanotecnología, accionadas por control remoto desde ordenadores muy potentes.
- Cuando una persona enferma por culpa de un virus, no es algo accidental. Es una decisión que toman los grupos de poder que controlan estas máquinas microscópicas. Ellos dan la orden, y entonces los virus se activan dentro del organismo de esa persona (o grupo de personas) provocando la enfermedad.
- Salvo en casos relacionados con personas muy relevantes, la orden de activar cada virus no la dan directamente los poderosos, sino algoritmos informáticos programados de acuerdo con los planes a corto, medio y largo plazo de estos grupos de poder.
- En muchas ocasiones los virus reciben la orden de atacar para neutralizar a la población y hacerla más dócil. Si cotejáis las estadísticas de la OMS con los telediarios, notaréis que hay un notable aumento de las enfermedades víricas en víspera de elecciones, o cuando (por ejemplo) se preparan importantes manifestaciones de protesta (a menos de que se trate de manifestaciones organizadas secretamente por los grupos de poder, pero ésa es otra historia)
- En el resto de las ocasiones, los virus se dividen en dos tipos: 1) Los que están programados para atacar en estaciones del año concretas (creando rutinas cíclicas, claustrofóbicas que fomentan en la gente una mentalidad igual de clautrofóbica, resignada a parámetros rígidos) y 2) Los que están programados para hacernos enfermar de forma completamente aleatoria. (se trata de una técnica que inventaron los nazis: si administras los premios y los castigos de manera arbitraria y aleatoria, con independencia de cómo se haya comportado el sujeto, destruyes sus convicciones ideológicas, su fortaleza moral y su fe en que las cosas obedezcan a un sentido que las haga explicables. Los organismos de poder lo saben, y lo usan para crear una religión sin Dios)
- Estos "micro-robots" llamados virus no sirven únicamente para provocar enfermedades. También se usan para "espiar" lo que sucede en el interior de nuestros cuerpos. Qué comemos, qué ejercicio hacemos, qué nos excita, cómo reaccionamos fisiológicamente a la publicidad, los discursos políticos, los sueños... Los virus mantienen una conexión continua (y cada vez más sofisticada) con terminales de ordenador en las que toda esa información se almacena y se clasifica en bases de datos.
- Los virus no son el único ejemplo de ese tipo de nanotecnología en nuestras vidas. Hay dispositivos de vigilancia similares en casi todos los aparatos que tenemos en casa. Televisores, teléfonos móviles, microondas, ordenadores, routers... Un técnico podría desmontar y examinar cualquiera de esas máquinas sin encontrar nada sospechoso, porque hablamos de dispositivos del tamaño de un virus. Todo lo que hacemos en nuestros hogares es visto, escuchado y grabado. Cualquier cacharro que hayas comprado después de 1997 incorpora más tecnología avanzada de la que imaginas. Y no la usan sólo para espiarnos: Cuando lo estiman conveniente, esas nanomáquinas emiten ultrasonidos y ondas cerebrales capaces de provocarnos depresión, estados de ansiedad, adicciones, etc
Para comprender lo que he contado en toda su dimensión, necesitáis saber que me lo acabo de inventar. Nada de lo que he dicho es cierto o, si lo es, yo no tengo constancia de ello, o no tengo las pruebas. Mi intención era generar una realidad alternativa y hacerla coherente, verosímil (al menos en un primer vistazo sin análisis exahustivos) Para ello he manipulado ideas mías combinándolas con otros elementos que sí existen en la realidad, u otras teorías de las que sí se ha hablado de manera más masiva y continuada.
Me dedico a escribir, y creo que éste es un ejercicio que todo escritor debería hacer de vez en cuando: Imaginar que la realidad funciona con reglas diferentes a las que nos han contado e intentar encontrar explicaciones coherentes para rellenar cada hueco, cada punto débil en la argumentación.
Los psicólogos tienen un término científico para este tipo de comportamiento: Paranoia. Los escritores también tenemos un término para ello: Crear un buen universo para tu historia.
En otras palabras: Creo que todo escritor debería, por prescripción médica, inyectarse un poco de paranoia en las venas. De vez en cuando.
Recuerdo que hará unos diez u once años se me ocurrió un punto de partida para una novela:
"En realidad los Gobiernos nos mienten. Todos los demás planetas de nuestro Sistema Solar están habitados. Estamos continuamente en guerra con marcianos, con venusinos, con habitantes de la Luna... y sólo unos pocos conocen estas verdades y luchan para mantenernos a salvo."
En aquellos tiempos no sabía yo que mucha gente sostiene una teoría similar a la que iba a contar en mi novela, y lo argumentan con (presuntas) pruebas, y hacen documentales, y dan conferencias.
Hay mucha gente buscándole la belleza conspiranoica a este mundo. Gente que sostiene que nuestro planeta es hueco por dentro y que sus entrañas están habitadas por otros seres. Gente que opina que nuestra sociedad está manipulada por seres extraterrestres de naturaleza reptiliana.
Ante este tipo de propuestas existen dos tipos de reacciones mayoritarias: 1) Tragárselo todito de manera irreflexiva porque "we want to believe" y 2) Ridiculizarlo todo, apartarlo de manera despectiva sin siquiera darle una oportunidad a esa información que se nos propone.
No voy a entrar aquí en qué hay de real en esas historia y qué hay de fábula. Para eso ya están los científicos.
Y yo no soy científico, soy escritor.
Sin ánimo de dogmatizar, creo que quienes nos dedicamos a contar historias deberíamos escuchar este tipo de cosas con el cerebro dividido: Una parte de nuestra cabeza con el escepticismo activado, buscando agujeros e incoherencias en el discurso... y otra parte de nosotros deseando que esa historia sea cierta, buscando en ella lo que tiene de belleza, de poesía...
Creo que un contador de historias desaprovecha gran parte de su potencial si no hace de vez en cuando el ejercicio de cuestionar lo obvio.
Creo que un contador de historias desaprovecha gran parte de su potencial si permite que lo racional subyugue y condicione su sentido de la maravilla.
Creo que un contador de historias desaprovecha gran parte de su potencial si no se molesta en encontrar las grandes verdades que se esconden en el interior de cualquier mentira.
Y cualquier teoría de la conspiración encierra verdades valiosísimas. Al margen de lo que sea o no real en ellas en un sentido literal, esas visiones "alternativas" de nuestro mundo lo explican mejor de lo que creemos. Nos informan sobre los anhelos que albergamos en nuestro interior, sobre cómo el inconsciente colectivo se ve en la necesidad de redefinir los arquetipos que estructuran nuestra manera de pensar y percibir.
Los antiguos paradigmas caducan y estamos construyendo otros nuevos. Y eso es mitología viva.
Estudiamos con veneración la mitología de los hombres antiguos, conscientes de las grandes verdades y las valiosísimas enseñanzas que se hallan encriptadas en dichos mitos, pero despreciamos la mitología del hombre actual, que adapta inconscientemente los antiguos símbolos a las realidades actuales; que busca una nueva magia porque la magia de antaño ya no le rima con el mundo de ahora.
martes, 10 de septiembre de 2013
PERSONALIZAR LOS MÉTODOS Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO
Estoy escribiendo ese guión sobre telépatas del que os hablé hace dos entradas. Podría utilizarlo como excusa: "No actualizo el blog por culpa del guión". Pero los que me conocéis un poco sabéis que si estuviese ocioso tendría este sitio igual de descuidado.
Otra cosa que sabéis los que me conocéis un poco: Cuando ando inmerso en la escritura de algo más o menos personal, las reflexiones me surgen de manera espontánea, y también las ganas de compartirlas aquí.
Cosa número tres que sabréis quienes me conocéis un poco: Tengo una relación peculiar con los manuales de guión, a veces más hostil de lo que yo quisiera.
El rollito pedagógico ése me asusta: Los dogmas, los métodos basados en máximas lapidarias... No es algo malo por sí mismo, pero es peligroso cuando cae en mano de un idiota que asume todo de manera literal. Y aquí va lo más escalofriante: Todos somos - o podemos ser - ese idiota.
Todos somos inseguros, influenciables.
Todos hemos sido educados en un entorno en el que nos programan para asumir y obedecer - casi de manera automática - cualquier cosa que se haga llamar "norma" - o que esté formulada como tal -.
Todos somos propensos a ceder cuando el Diablo nos tienta con el perverso espejismo de lo fácil.
Yo me considero un coleccionista de excepciones.
Si alguien me dice que el detonante debe estar en la página 12 o en la 16... yo busco ejemplos de pelis que detonen más tarde, o que lo hagan mucho antes. Yo qué sé... ¿La Jungla 3?
Si me dicen que el protagonista debe tener un arco de transformación, voy corriendo a Golpe en la Pequeña China y me consuelo en el regazo de Jack Burton.
El otro día leí un tweet que decía que: "En
No lo hice, porque el tweet estaba cargado de buena intención y pertenece a una cuenta de Twitter igual de útil y bienintencionada. Aunque yo necesite coleccionar esas excepciones para mantener los lobos a raya, esos consejos son válidos en la mayoría de las ocasiones.
Seguro que yo mismo soy una excepción en los manuales sobre escribir entradas de blogs, porque llevo más de diez párrafos y aún no he empezado a contaros lo que pretendía contar en esta entrada:
En este nuevo guión me he propuesto escribir sin escaletas ni reflexiones previas, en parte porque me conviene tenerlo escrito cuanto antes, y en parte porque NECESITABA volver a escribir de esa manera.
No me he detenido a definir los personajes. Quería ver qué descubría de ellos si simplemente empezaba a teclear y dejaba que me sorprendieran.
No he prestado atención a en qué página caía el detonante, en cuál el punto de giro, o si he suministrado en cada acto la información necesaria.
Simplemente escribir, tirando millas.
A estas alturas llevo escrita la mitad del guión (aproximadamente) y está siendo un proceso arduo, no lo niego. Es como salir de viaje llevando una mochila, y en ella los pocos trastos que te ha dado tiempo a meter en el minuto antes de partir. No te has acordado de incluir el mapa. La brújula se te marea en el bolsillo. Te metes por senderos accidentados, acabas parando a comer en sitios sórdidos... pero ¿qué cojones? gracias a eso, entre calvario y calvario, encuentras tesoros que no están al alcance de la visita guiada.
Tecleo en el guión, la historia me detona prontísimo pero no me preocupa ¡menudo ritmazo! Sigo adelante, dejo atrás el primer acto demasiado pronto, pero no echo nada de menos. ¡Qué carajo! ¡A lo mejor ésta no es una peli de actos! ¡Que les follen a los actos!
Luego me voy dando cuenta de que he ido amasando personajes que me gustan, que me parecen vivos... han ido generándose a base de rodar e impregnarse de todo lo demás, como la pelota de estiércol de un escarabajo. Es maravilloso.
Llega un momento en que esos personajes son autónomos: se caen bien o mal entre ellos, reaccionan mejor o peor a según qué cosas. Tú obedeces a sus designios, pero adviertes que el comportamiento de tus criaturas se contradice con lo que hacían al principio del guión. Entonces retrocedes a las primeras páginas y cambias tal escena y tal diálogo.
Es algo mágico: En la escritura está inventada la máquina del tiempo. Una máquina que retrocede páginas en lugar de años.
A los seres humanos nos obligan a tomar decisiones importantes cuando aún no tenemos la madurez ni la edad necesarias para ello. Luego crecemos traumatizados, frustrados, contrahechos... A veces desearíamos que nuestro "yo adulto" pudiese retroceder al pasado y decir a nuestro "yo" de cinco años: "Cuando estés en el instituto conocerás a una chica llamada (...), no pierdas tanto tiempo con ella, es una zorra. Y no aceptes ese trabajo dentro de veinte años: te va a amargar la vida. Ah, y cuando el presidente diga que al año siguiente saldréis de la crisis, no le creas."
Los escritores sí podemos hacer eso con nuestras criaturas. El personaje puede descubrir maravillas sobre sí mismo y luego retroceder a sus orígenes; cambiar lo necesario para afianzar esa trayectoria.
Lo bonito de todo eso es que cuando retrocedo y añado las cosas que necesitan mis personajes... el detonante termina estando donde dicen los manuales, y el primer punto de giro tres cuartos de lo mismo.
Es lógico.
Por mucho que coleccione excepciones, soy consciente de que las normas de escritura y de estructura no están ahí por capricho, sino por inducción. Hemos llegado a ellas tras observar cómo esas reglas acaban cumpliéndose en (casi) todo lo que funciona.
No obstanteeeeeee... Me gusta que una historia llegue a esos lugares siguiendo su propio camino, manchándose de sus propias circunstancias concretas.
Imagino que un ingeniero automovilístico, tras hacer los primeros diseños de un coche necesitará construir un prototipo y ponerlo a correr DE VERDAD en una pista. De esa manera pueden testearlo sobre el terreno, ver en qué destaca, en qué flaquea, contra qué imprevisto tiene que enfrentarse... Tras ello, harán cambios en el diseño, construirán un prototipo mejor... y así sucesivamente. ¡Si la Fórmula 1 ha convertido ese sistema en deporte!
A mí me gusta hacer eso mismo con mis personajes: Soltar el prototipo sobre el papel, teclearlo, sudarlo, replantearlo...
Muchos piensan que es mejor tener a los personajes muy claritos ya en la escaleta, porque así te ahorras trabajo de escritura. Pero es que para mí sólo es "trabajo" cuando lo escribo así, dictado por otra persona (aunque esa otra persona sea yo mismo) Cuando me lanzo al teclado con mi mochila y mi brújula averiada, ya no se trata de trabajo: es diversión.
Para ahorrarme las objeciones de los más quisquillosos, intentaré dejarlo bien clarito: Esto es lo que me funciona a mí, y me parece muy respetable que a otros les funcione todo lo contrario. Por eso este post se titula "Personalizar los métodos".
(La imagen de cabecera es de la película Dreamscape. Desde el principio tenía muy claro que iba a ser uno de los referentes más confesos para mi guión de telépatas)
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