Mostrando entradas con la etiqueta creatividad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta creatividad. Mostrar todas las entradas
jueves, 17 de julio de 2014
CAMINAR POR FUERA Y CAMINAR POR DENTRO
Las mejores ideas se tienen caminando. O en la ducha, claro. Pero caminar es más barato que ducharse, y tiene efectos menos devastadores para el planeta, a menos que seas Godzilla.
Cuando caminas por fuera, caminas por dentro. Es como si tu cuerpo le diese ideas a la mente.
No obstante, hace poco me di cuenta de algo: Llevo varios meses saliendo a caminar sólo por mi barrio. Andando en círculo, como en una rueda de hamster. Es una situación que, en los últimos días, estoy intentando romper.
Ahora cuando salgo a caminar tomo la determinación de llegar hasta otros barrios. A veces incluso varios barrios en un mismo paseo. No lo hago solamente para obligarme a hacer más ejercicio (que también), sino por lo que comentaba más arriba: Creo que existe una relación entre cómo caminamos por el mundo y cómo caminamos por el interior de nuestra mente.
Si cambiamos de barrio físico, es posible que cambiemos de barrio mental. Si andamos en círculos sin atrevernos a salir de nuestro barrio, estamos poniéndonos tabiques a nosotros mismos, incluso a nivel conceptual. Estaremos forjando una actitud en la que ciertas ideas no se atreverán a salir.
Moverse hacia otros barrios en lo físico, en cambio, es invitar a tu mente a derribar tabiques, a acoger otras vías, otras influencias. Lo exterior influye en lo interior, y viceversa. Macrocosmos y microcosmos. El secreto de la alquimia.
Otras veces intento pasear por calles en las que nunca he estado. Encontrarlas y pisarlas por primera vez. Incluso en las inmediaciones de tu barrio hay sitios en los que nunca te has metido. Los has esquivado inconscientemente durante años. Si decides pisar por primera vez un lugar físico, a lo mejor le estás enviando a tu inconsciente mensajes subliminares para que pise por primera vez una idea, un estado mental, una actitud descabellada.
A veces me acuerdo de algo que probé hará un par de años, cuando todos los billetes de metro costaban igual, independientemente del trayecto. Improvisé sobre la marcha. Me sentía atrapado en mi propia vida y tomé una decisión: Compré un ticket de metro y me sumergí bajo tierra con la intención de bajarme en una estación en la que NUNCA hubiese estado. Quería aprovechar esa magia que nos permitía el metro de aquel entonces: Por el mismo precio, podías llegar en menos de una hora a cualquier sitio. Me bajé en Las Musas. Siempre me había gustado el simbolismo de ese nombre.
Las Musas resultó ser un barrio insulso, incluso feo. Edificios de ladrillos. Extrarradio. Pero me tomé un par de cañas en un par de bares muy majos y regresé a la civilización, consciente de que el auténtico viaje no lo había hecho por fuera, sino por dentro.
Ulises de "todo a cien".
En realidad ya hablé un poco sobre todo esto hace tiempo, en este otro post. La única manera que conozco de intentar ser creativo es rodear tu vida de cosas interesantes, e intentar mirar el mundo de formas interesantes. Todo lo que hacemos nos configura, nos programa. A lo mejor hay que perseguir lo inusual, para que se filtre por los poros de tu cráneo y te llegue al cerebro.
Quizá todo consista en eso, en lanzarle indirectas a tu inconsciente para que tu inconsciente te lance indirectas a ti.
Y hay que romper tabiques. Conformarse con lo lógico es un bajón.
Por ejemplo: La lógica me diría que éste es el momento adecuado para acabar este post. Ya ha durado demasiado.
¡A tomar por culo!
Voy a seguir.
Os voy a contar lo que me pasó ayer durante uno de esos interminables paseos que recorren varios barrios (interiores y exteriores)
Tras varios kilómetros de caminata me detuve en un bar y me recompensé con un par de merecidísimas cervezas. Mientras me las bebía masajeaba el clítoris de mi teléfono móvil y escuchaba el culebrón que tenían puesto en la tele del bar: Mexicanos que hablaban de sentimientos a otros mexicanos. Mientras me movía de Facebook a Twitter y de Twitter a Facebook (también en internet solemos encerrarnos en los mismos barrios) los diálogos del culebrón llegaban a mis oídos. Era todo muy solemne, muy melodramático. La clásica escena del tío que se declara a la tía desnudando su alma.
Y entonces, no sé por qué, me dio por mirar hacia el televisor. FUE MARAVILLOSO. ¡El galán que declaraba su amor... estaba maquillado de payaso! ¡Era un puto payaso! De repente, un ingrediente nuevo trastocaba lo tópico y lo convertía en algo mágico. Creo que el efecto no habría sido tan devastador si hubiese visto la escena desde el principio. El verdadero poder estaba en lo otro: En haber escuchado el diálogo romanticón intenso formándome una imagen en la cabeza y luego: Romper tabiques, mudarme de barrio mental, permitir que ese otro estímulo (el galán está vestido de payaso) entrase en mi cabeza para trastocarme, para contaminarlo todo. Luego deduje (por el resto de diálogos) que el culebrón en cuestión era "Amarte así, Frijolito".
Cinco minutos más tarde, en ese mismo bar, entró un tipo que pidió las cosas a la camarera de forma muy prepotente, con acento pijo. Otro payaso. ¿Quién se ha creído éste que es? Me giré para mirar con desprecio al recién llegado y... resulta que era un negro vestido de manera humilde. Una vez más, se me desmoronaron un par de tabiques mentales. ¡Ya no podía despreciarle! ¿Cómo va uno a despreciar a un negro vestido de manera zarrapastrosa? Mi cabeza, girando en su noria de hamster, había construido la imagen de un yupi impertinente. Es fácil detestar a un yupi, pero no podemos detestar a un negro. No es políticamente correcto. Un negro en chándal tiene todo el derecho a hablar de forma pija y pedir las cosas con prepotencia. Se lo ha ganado a pulso, por ser negro y tal. No tengo nada contra los negros. De hecho, cuando alguien es negro se me quitan automáticamente las ganas de detestarlo. A ese negro en cuestión, ni lo detesté, ni lo detecté.
A lo mejor éste sí es el momento de terminar el post, antes de que se alargue demasiado, pero no sé... después de haber contado este par de anécdotas uno esperaría que reflexionase un poco sobre el tema, que sacase conclusiones...
A fin de cuentas, hay un vínculo muy poderoso entre ese negro y ese payaso.
Y a lo mejor lo más creativo que puedo hacer con este post es joderlo hasta que deje de funcionar.
A lo mejor la creatividad consiste en destruir. Y viceversa.
Contradictorio, bidireccional.
Como una polla comiéndose a un becario.
Después de ese paseo quedé a tomar unas cervezas con Kike Narcea y Alberto Carpintero. Les conté lo del negro. Nos reímos mucho (no por el negro, sino por muchas otras cosas) La velada terminó con ellos dos discutiendo encarnizadamente sobre si Leone era o no mejor realizador que Tarantino.
jueves, 1 de noviembre de 2012
¡VUÉLVETE LOCO!
Siento haber tardado tanto en actualizar. Trabajo, viajes... Esas cosas.
Voy al grano:
Los escritores que más me remueven las vísceras y los que - al mismo tiempo - más me hacen reír no publican su literatura en novelas, ni en relatos, ni en teatros. Normalmente leo sus palabras colgadas en marquesinas y farolas:
"Cursos de creatividad."
"Aprende a ser creativo."
"Técnicas para estimular tu creatividad."
Etc.
¿¡En serio!?
No consigo imaginarme cómo se puede enseñar a alguien a "ser creativo". Supongo que habrá trucos, que existirán rituales y terapias que le ayuden a uno a abrir la mente, desbloquear las emociones... Aceptamos barco.
Esto último me hace pensar: ¿Qué consejos me atrevería yo a dar sobre el tema? ¿Qué truquillos me nacería compartir?
No soy el primero ni seré el último que lo diga: El concepto "creatividad" es - por definición - incompatible con el concepto "manual instrucciones".
La única sugerencia que se me ocurre podría resumirse así: Intenta crear un entorno propicio para la creatividad... y a ver qué pasa.
Es como dejar abierta la ventana por si al gato le apetece entrar.
No puedes crear la vida, pero puedes abonar el jardín.
Debido a mi ¿profesión? conozco a mucha gente que se gana la vida alrededor de la cosa ésta de la creatividad. Casi todas esas personas ya mamaban el Arte y la cultura desde que eran pequeñas. Estoy harto de oírles decir frases como:
"Heredé de mi padre la pasión por la fotografía."
"Mi madre me leía La Isla del Tesoro y todas las demás obras de Stevenson."
"Mi hermano mayor me introdujo en Led Zeppelin."
"Cuando tenía cinco años me llevaban a ver las películas de David Lean."
Etc.
No es mi caso.
En mi familia siempre se ha leído mucho pero mis padres, que yo recuerde, nunca intentaron que yo saliese lector empedernido. De hecho empecé a interesarme por la lectura relativamente tarde, casi en el instituto. Durante mi niñez sólo leía tebeos de Mortadelo y Superlópez, o libros de dinosaurios y animales. Apenas nos llevaban al cine a mi hermana y a mí. Llegué a la edad adulta sin haber visto, leído ni escuchado un centenar de cosas que se suponen imprescindibles.
Sin embargo, le echo un vistazo a mi familia y me doy cuenta de que me he criado en un entorno realmente creativo. Un entorno aparentemente normal, muy sano, pero con ciertas dosis homeopáticas de excentricidad. Llevamos el surrealismo en los genes, y se manifiesta en detalles aparentemente triviales.
En nuestra casa de Fuerteventura, por ejemplo, hay una lupa gigante orientada hacia la pantalla del teléfono, para poder ver mejor quién llama:
Y mis padres diseñaron una alfombra de césped artificial para poder ir directamente desde la piscina al cuarto de baño, sin mojar el interior de la casa:
Solíamos acoger a perros callejeros que acababan bautizados con nombres como Descartes (porque tenían mirada de filósofos) o Petunio (porque... vete a saber por qué...) Incluso tuve una tortuga a la que se empeñaron en llamar Tortúguez, recurriendo al argumento implacable de que el sufijo "-ez" significa "hijo de" y aquella tortuga era necesariamente hija de otra tortuga.
Esos son sólo unos pocos ejemplos. Una muestra microscópica de lo que yo considero "pinceladas de surrealismo para propiciar un entorno abierto a la creatividad".
Por otra parte creo que, sin yo intentarlo de manera consciente, he continuado cultivando esa clase de detalles en mi ecosistema. Hasta el día de hoy.
Mientras escribo esto, por ejemplo, miro de reojo mi flexo. Lo compré en los chinos. Como soy despistado por naturaleza, no advertí que el flexo en cuestión carecía de soporte. En vez de eso, traía una pinza para fijarlo al borde de la mesa. El problema: Que mi escritorio no tiene bordes en el sitio donde debería ir el cachibache. Y no podía tenerse en pie por sí solo, el muy cabrón. Improvisé una solución que sigue vigente a día de hoy: Encajé un libro en la pinza del flexo - un libro que significara algo: un ejemplar de la "Gramática de la fantasía" de Rodari - y dicho libro se convirtió en el soporte de la lámpara.
Me gusta la idea de que un libro contribuya a iluminarme.
Una vez más se trata solamente de un ejemplo entre mil.
Animo a cualquiera a intentar incorporar esa clase de tonterías a su vida. De alguna manera, creo que reprograman el cerebro, o lo acostumbran a no dar nada por sentado. Usar objetos atribuyéndoles usos para los que no fueron concebidos, llegar de A a B por el camino más ilógico, convertir cada chorrada en un recordatorio de que las cosas no están obligadas a ser tan predecibles, ni tan sobrias.
Hay mil formas de convertir lo cotidiano en algo extraño sin daños colaterales, sin molestar a nadie.
Otro ejemplo: Suelo tender la ropa con pinzas de colores y siempre siento la necesidad - casi patológica - de combinar los colores de esas pinzas y los de las prendas de ropa con cierto criterio, buscando armonías, bellezas, contrastes. Pinzas rojas para las prendas negras y amarillas para las prendas rojas; "esta camisa me sugiere pinzas verdes"; convertir la cuerda del tendedero en una línea en la que intento ordenar el espectro cromático de acuerdo con su secuencia natural: Primero los rojos, luego los naranjas, después los amarillos... Sin embargo, en ocasiones introduzco una pizca de rebeldía terapéutica: ¡Vamos a ver qué sucede si junto esta pinza azul con esta otra naranja! ¿Se hundirá el mundo se hermano el marrón con el azul?
A veces hace falta un poco de desequilibrio para equilibrar la balanza.
¿Qué tal si te metes en el metro, eliges una línea al azar y te bajas en una estación lejana en la que nunca hayas estado? ¡A ver qué encuentras! Yo lo hice una vez, y mereció la pena (entonces el metro estaba un poco más barato).
¿Qué tal si sales a pasear con el propósito de no volver a casa hasta que hayas descubierto un sitio nuevo que te guste? Un bar, una tienda, un parque o una estatua. Yo lo hago continuamente, y mientras camino por el laberinto urbano, deambulo también por mis propios laberintos interiores.
¿Qué tal si combates la pereza de ser tú mismo siendo otro? Me viene a la memoria cierto día en que llamé a un restaurante chino para pedir comida a domicilio y lo hice poniendo voz nasal, al más puro estilo Jerry Lewis, inventándome un personaje.
¿Qué tal si rompes alguna dinámica social de vez en cuando? En cierta ocasión me interceptó por la calle una chica de Greenpeace para abducirme. Yo le dije que lo sentía, pero que cuando era pequeño una ballena asesinó a mis padres y desde entonces las odio (creo que eso estuvo fuera de lugar. En este caso me burlé de una causa noble. Pero - parafraseando a Tagore -, si cierras la puerta a todos los errores dejarás fuera a la creatividad.)
¿Qué tal si haces alguna gamberrada inútil, un alarido anárquico infructuoso? Hace unos años estuve a punto de enviar un manuscrito a la editorial Planeta, por si accedían a publicarlo. La novela se titulaba "Lamento de un pájaro enjaulado" y consistía en doscientas páginas en las que sólo aparecía escrito, repetido hasta la saciedad: "Pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío, pío..." Me parecía divertido. Llegué a "escribir" esa novela, pero no me decidí a enviarla (¡aún estoy a tiempo!)
¿Qué tal si observas los objetos que tienes a tu alrededor e intentas imaginarles una personalidad, o bautizarlos como si fuesen gente? Yo hoy he llegado a la conclusión de que la alcachofa de mi ducha podría apellidarse Pérez, o incluso Félez.
¿Qué tal si apareas símbolos para ver si engendran chistes? Hace unos meses mi antigua universidad me envió un regalo: Un pendrive. Se trata de una universidad ultra-católica. Lo primero que hice fue meter un vídeo porno en ese pendrive y reproducirlo en la tele. Ni siquiera me apetecía especialmente ver porno, ni recuerdo qué video elegí, pero me hacía gracia el concepto: sembrar porno en un artilugio de procedencia ultra-católica. Hay una comunión muy hermosa en esa parejita, ¿no? (¡Sin actritud, señores religiosos! ¡No es nada personal!)
¿Qué tal si conviertes tu página de LinkedIn en una página de humor? ¡Yo lo he intentado, porque no la estaba utilizando para ninguna otra cosa!
¿Qué tal si la próxima vez que te llame un comercial de Telefónica contestas a todas sus preguntas con frases de "El código Da Vinci" seleccionadas al azar?
¿Qué tal si imaginas la curva de cada uno de estos signos de interrogación como esa curva en la que descarrila el tren que traía todas las respuestas? ¿Qué tal si recolectas los pedazos de los viajeros accidentados y los coses para fabricar tus propias respuestas?
Dar consejos sobre cómo ser creativo es algo absurdo, y creo que gran parte de la creatividad se cimienta en el absurdo. Por eso he decidido hacerlo: Porque es absurdo y, por lo tanto, creativo.
jueves, 24 de mayo de 2012
LA FÓRMULA INFALIBLE PARA SER CREATIVO
Por supuesto que no tengo esa fórmula infalible. De hecho, me da un poco de risa esa gente que gana dinero asegurando a otros que les va a enseñar "creatividad".
¿Cómo cojones se enseña "creatividad"?
Es como enseñarle a alguien a correrse en la cara de un fantasma.
Yo a esos veindepeines los meto en el mismo saco de los "expertos en felicidad" o los que escriben libros titulados: "Aprende a alcanzar el éxito en siete pasos".
Como mucho, me atrevería a explorar - y muy de pasada - la naturaleza de los bloqueos creativos.
Hace unas semanas hablaba de este tema con dos compañeros de gremio, durante un almuerzo. Uno de estos amigos sacó el tema de, ¿cómo puede uno mantenerse creativo y sin bloqueos cuando trabaja en un mundo como el de la tele, en el que todo es no, no, no, no, NO... tirarte abajo proyectos, despreciar iniciativas?
Aquello detonó una conversación interesante, durante la cuál me vino a la memoria una anécdota de Ian Flemming, el autor de las novelas de James Bond y Chitty Chitty Bang Bang.
Flemming decía que cuando tenía un bloqueo creativo se marchaba de casa y se iba a escribir a una habitación de hotel.
Entonces todo fluía.
A mí aquello me dio que pensar. Imagino que lo que buscaba Ian Flemming con aquello era "ser otro", sumergirse en un ambiente en el que pudiese dejar de ser Ian por un rato. Por cuestiones de presión social, todos tendemos a asumir un rol determinado y ello nos induce a no salirnos de la norma, a hacer o decir lo que se supone que se espera de nosotros.
No nos damos cuenta, pero nos hemos construído una jaula a medida en el interior de la cabeza, y casi nunca salimos de ella.
Por eso no me resulta descabellado lo de Flemming: Irse a crear a un ambiente en el que puedes fingir que no eres tú, en el que no tienes por qué interpretar el rol que te ha tocado desempeñar en tu comunidad. También me resulta comprensible - por los mismos motivos - que muchos artistas prefieran trabajar con pseudónimo, o que el personaje de Michael Douglas en Jóvenes Prodigiosos necesitara ponerse una bata de mujer para escribir.
Cualquier detalle que sirva de interruptor. Poder "cambiar de chip mental" haciendo click.
Otra posible causa de bloqueo, según mi corta experiencia, es el miedo a materializar nuestras ideas. Esa historia que se nos ha ocurrido nos parece tan pura... ahí, resplandeciendo en el "mundo de las ideas en bruto", que tenemos miedo de cargárnosla al concretarla en una obra definida. Tememos que cualquier imprevisto interfiera en el proceso y lo fastidie, como le ocurrió a Jeff Goldlum en La Mosca, al teletransportarse.
A mí en ese tipo de casos lo que me funciona es convencerme a mí mismo de que la primera versión NO es la definitiva, que si me da la gana puedo tirarla a la basura (parece algo obvio, pero creo que en el fondo muchos escribimos con la ingenua esperanza de que la primera versión sea casi perfecta, aunque sepamos que nunca lo será)
Y también me funciona, sobre todo, contarle a alguien mi historia por mail. Porque al hacerlo:
a) Se la estás contando al público para el que está pensada tu historia, ya que normalmente elegimos a alguien a quien sabemos que le puede interesar.
b) Podrás contarla de manera informal, sin tener que respetar órdenes estrictos, sin la obligación de respetar formatos rígidos. Simplemente dejarse llevar por la ilusión, sin otra norma que el deseo de que tu interlocutor entienda la historia que le quieres contar. Sin tú darte cuenta, de algún modo, estás materializando la idea, mientras la escribes e intentas darle un mínimo de forma para que otro pueda entenderla, te encuentras con escollos que vas resolviendo sobre la marcha, te van surgiendo ideas suplementarias que enriquecen la original.
Cualquier idea es fértil si se la pone en movimiento.
Creo que la clave de esa técnica está en que te permite manipular tu idea con pasión. Mientras la cuentas de ese modo, estás jugando. No piensas en ello como si fuera una asignatura.
Porque nos entrenan para que vivamos la vida como si fuera una asignatura que hay que aprobar o suspender. Quizá en ello resida parte del problema.
Supongo que otra opción es escribir esos mails, pero sin enviárselos a nadie. Porque a veces, al contar nuestra idea ya hemos satisfecho nuestra necesidad interior de compartirla... y eso hace que la motivación disminuya y nos quedemos sin gasolina a mitad de camino.
O no...
O tal vez...
Cada cabeza es un mundo. Por eso es imposible encerrar la "creatividad" en una fórmula universal. Así de bonito.
Yo, por mi parte, voy a dejar de hablar sobre creatividad, porque al hacerlo me siento como si estuviese meando en una pila de agua bendita.
Así que le cedo la palabra a gente que sabe más que yo.
Voy a despedirme con tres textos de tres artistas brillantes. Tres de mis principales guías existenciales.
Estos tres tipos son Ray Bradbury, Stephen King y William Goldman.
Los textos que he elegido tampoco ofrecen recetas mágicas, pero me parecen coordenadas interesantes en nuestro mapa de búsqueda.
El primer extracto es de Ray Bradbury. Lo escribió en el prólogo de su recopilatorio de ensayos ZEN EN EL ARTE DE ESCRIBIR:
“A veces me anonada la capacidad que tuve a los nueve años para comprender que estaba en una trampa y escaparme. ¿Cómo fue que el niño que era yo en octubre de 1929 pudo, por las críticas de unos compañeros del cuarto curso, romper sus historietas de Buck Rogers y un mes más tarde pensar que esos compañeros eran todos un montón de idiotas y volver a coleccionar? ¿De dónde me venían la fuerza y el discernimiento? ¿Qué clase de proceso me ayudó a decir: más me valdría estar muerto? ¿Qué me está matando? ¿De qué estoy enfermo? ¿Cuál es la medicina? Obviamente, yo era capaz de responder. Designé la enfermedad: haber roto las historietas. Encontré la medicina: volver a coleccionar, no importaba qué. Lo hice. Y bien hecho estuvo. Pero de todos modos: ¿a esa edad? ¿Acostumbrado como está uno a responder a la presión de sus iguales? ¿De dónde saqué el valor para rebelarme, cambiar de vida, vivir solo?
No quiero sobrevalorar el asunto, pero maldita sea, me encanta ese niño de nueve años, quien demonios fuese. Sin su ayuda yo no habría sobrevivido para presentar estos ensayos.”
(...)
"Grita. Salta. Juega. Deja atrás a esos hijos de puta. Ellos nunca vivirán como tú. Anda, hazlo."
**
El segundo extracto es de la novela IT de Stephen King:
"Se da cuenta de que, por fin, ha descubierto cómo hacerlo. Después de intentarlo por diez años, de pronto ha hallado el botón de arranque en esa gran excavadora muerta que tanto espacio ocupa dentro de su cabeza. Y se ha puesto en marcha. No estaba hecha para llevar a los bailes a las chicas bonitas. No es un símlolo de estatus. Es algo serio. Puede acabar con todo. Y si él no se anda con cuidado, acabará también con él."
**
Y el último extracto es de La princesa prometida, de William Goldman. Este fragmento, además de explicar por qué la novela me parece INCLUSO mejor que la película, nos proporciona una clave sobre el tema que nos ocupa. El texto no habla directamente sobre la creatividad. Habla sobre la belleza, pero a buen entendedor...
Para comprender el extracto de Goldman primero necesito recordaros lo que sucedía en ese primer capítulo de La Princesa Prometida. El libro nos habla de Buttercup, una muchacha bellísima, aunque sin ningún interés por sacar a relucir dicha belleza. Aunque ella no lo sabe, es la número veinte en el ranking de las mujeres más hermosas del mundo.
Goldman nos va contando cómo las que encabezan ese ranking se van echando a perder por las causas más ridículas (una engorda por culpa de su afición al chocolate, otra se casa...)
Pero Buttercup, a pesar de su potencial, nunca pasa de estar entre las veinte o treinta más hermosas.
Entonces conoce a Westley y se enamora de él.
A partir de ese momento, Goldman nos relata con un cinismo delicioso cómo Buttercup empieza a cuidarse un poco para gustar más a Westley. Se viste mejor, se peina... Gracias a eso va ascendiendo en el ranking:
"En dos semanas del vigésimo puesto pasó al decimoquinto, un cambio jamás visto en aquellas épocas. Al cabo de tres semanas, ya se había ubicado en la novena posición y seguía subiendo. La competencia era tremenda, pero el día siguiente de llegar al noveno puesto, recibió una carta de Westley desde Londres y, con sólo leerla, saltó al octavo."
Pero pasan los días y entonces a Buttercup le llega una carta muy distinta. En esa carta la informan de que su amado Westley ha muerto asaltado por piratas. Tras leer las malas noticias, la muchacha se encierra en su alcoba durante muchos días. "Del interior no se oyó ruido alguno, ni llantos, ni gemidos amargos."
Entonces Goldman escribe lo siguiente:
"La mujer que salió de aquella alcoba era un poco más delgada, mucho más sabia e infinitamente más triste. Ésta comprendía la naturaleza del dolor, y debajo de la gloria de sus facciones se entreveían el carácter y la sabiduría que otorga el sufrimiento.
Tenía entonces dieciocho años. Era la mujer más hermosa que existiera en cien años. A ella no parecía importarle."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









