lunes, 19 de noviembre de 2012

LA TOS.



Estoy en mi isla visitando a la familia, y todos nos hemos puesto enfermos. Somos víctimas de ese virus cuyo efecto no sabría si catalogar como "gripe floja" o "catarro fuerte".

El otro día estuve viendo una peli con mis padres. Yo la disfrutaba por segunda vez, y recordaba perfectamente cuáles eran los puntos cruciales de la trama. Es como ver un partido de fútbol sabiendo de antemano en qué minuto meten cada gol.

Se trataba (es importante aclararlo) de una de esas pelis a las que hay que prestar cierta atención para "no perderse".

Mi padre, en su enfermedad, atravesaba ya esa fase tan jodida de las toses, y cada vez que tosía llenaba la habitación con su tos. No podías escuchar ninguna otra cosa. La tos eclipsaba los diálogos de la película durante varios segundos.

Yo me ponía nervioso, no sólo por ver a mi padre pasarlo tan mal, sino también porque a veces, con las toses, se estaban perdiendo información importante para entender la película. Giros importantes en la trama, datos significativos sobre los personajes.

"No se van a enterar de la peli", pensaba yo. "No entenderán el final".

Me equivocaba.

La entendieron perfectamente, a pesar de haber sustituido con un estruendoso cof, cof, cof aquellos tramos que yo (y probablemente cualquier otro guionista) habría considerado "momentos clave".

De repente, encontré en aquella tos una lección de humildad. Estaba allí para demostrar hasta qué punto ciertas cosas que a los "profesionales" nos parecen cruciales desde un punto de vista narrativo... daban exactamente igual. Las escenas que enmudecían bajo aquella tos habían sido probablemente el fruto de horas y horas de discusiones frente a una pizarra, de diálogos de besugos, de intercambios de mails, de probar mil alternativas, dar mil vueltas, reescribir diez versiones en diez colores diferentes.

Si tradujésemos a euros y a neuronas lo que cuesta en una peli cada hora, cada minuto de un guionista, allí estaba aquella tos impertinente mostrándonos (casi con ironía socrática) hasta qué punto se había derrochado energía, tiempo y pasta de manera tan fútil y accesoria.

Aquella tos supuso un golpe demoledor, pero también una liberación. Supuso confirmar, una vez más, que ni las consecuencias son tan drásticas ni los espectadores son tan tontos.

Con tanta teoría, con tanta obsesión por la estructura, a veces tengo la impresión de que no construimos tramas, sino máquinas. Una especie de ingeniería de lo invisible, pretenciosa y tiránica. Y por supuesto que la estructura es importante. Por supuesto que es útil la teoría.  Pero a veces vienen bien estos recordatorios de que la nuestra es, en todo caso, una ciencia inexacta que tiene como destinatario a un sujeto imprevisible.

He hablado de la tos, aunque podemos entender esa tos como metáfora de otras muchísimas cosas. En otras ocasiones la interferencia será de otra índole: Habrá quien no escuche (o no quiera escuchar) tu "momento clave" por discrepancias ideológicas, por enamoramiento, por ideas preconcebidas acerca de lo que está viendo, por etcétera...

Si, por ejemplo, os hubiese dicho desde el principio que la película que estuve viendo con mis padres era Luces Rojas, algunos de vosotros no habríais entendido la mitad de este post porque habríais estado más pendientes de vuestro propio ataque de tos: "Es que el cine español..." "Es que los de las subvenciones..." "Es que el Rodrigo Cortés..." "Es que teniendo a Robert De Niro en lugar de a Resines..." "Es que tampoco hace falta atender tanto para entender esa peli porque yo soy mú listo y bla, bla, bla..."

La tos. Poniéndonos en nuestro sitio, y acaso susurrándonos con su estruendo que es todo tan importante que nada tiene importancia en realidad.


1 comentario:

Saray Pavón dijo...

Pues sí, hiciste bien librándonos de los prejuicios... Hace poco escribí en mi blog citando varias pelis y a David Lynch y me llegó un email al correo en el que me soltaba una salta de cosas que me dieron a entender que leyó "Lynch" y se le ancló esa palabra a la cabeza y no pudo ni avanzar ni retroceder.

Y sí, hay veces que pequeños detalles nos despiertan ;)