Todo empezó con las series de televisión.
En otros tiempos, era impensable preferir una serie a una película. Era una especie de certidumbre con la que todos crecíamos: “Las pelis son buenas. Las series no”.
Uno acababa considerando las series un arte menor, mero divertimento, bufón graciosete, intrascendente… que hacía sonar los cascabeles al son de la batuta de nuestro mando a distancia. Un acababa, en definitiva, queriendo hacer películas, creyendo que la televisión era una especie de vía muerta en la que naufragaban los pobres infelices que no lograban acceder a los vergeles del séptimo arte.
Pero ahora las cosas han cambiado. Supongo que porque las series han empezado a “creer en sí mismas”. Pasito a pasito, la televisión ha descubierto que también tiene derecho a beneficiarse de los manjares del lenguaje cinematográfico y, mejor aún: De desarrollar cada una de sus ventajas: Convertir en virtudes todos aquellos elementos diferenciadores que hacen que la tele no sea cine.
Lo que antes eran lacras, lo que antes hacía que la tele se considerase sin derecho a ser invitada al baile de fin de curso, ahora son virtudes que utiliza la muy puta para crear su propia fiesta, para (incluso) cerrarle al celuloide la puerta en las narices.
Todavía recuerdo las voces de media docena de profesores en la universidad, exhortándonos, obligándonos a poner grilletes al medio televisivo, a cercenar las alas del ángel catódico. Nos decían que la tele debía ser simple (que es algo así como “sencillo”, pero cubierto de fango), que los planos debían ser sota, caballo y rey, que las imágenes (en el fondo) eran tan inútiles e intrascendentes como el adornito de zanahoria de la ración del restaurante chino. Que la tele la consume una gente que se levanta continuamente, a mear, a realizar excavaciones arqueológicas en la nevera, a vigilar el fuego del potaje… y que los productos televisivos tenían que estar más basados en el diálogo que en la imagen, para que toda esa gente que se levantaba a hacer otras cosas pudiese entender lo que sucedía en el interior de la caja tonta. Nos decían que la tele no tenía tiempo de recrearse en bellezas innecesarias, porque el espectador podía cansarse en tres segundos, y se trataba de un espectador armado con un mando a distancia; un espectador de gatillo fácil para el zapping.
Aquellos profesores (todos ellos profesionales del medio) esgrimían argumentos como esos para sentenciar que las leyes de la televisión eran distintas a las del cine. Y eran (por decirlo de alguna manera) bastante más vulgares.
Y a mí no me entraba en la cabeza una cosa: Si eso era cierto, ¿por qué cada vez que emitían una buena peli por la tele, la peli arrasaba? Si el idioma del cine no funciona en la pantalla chica, ¿por qué pelis como Parque Jurásico o Titanic eran el plato fuerte? Estaba claro que a gran parte de la población le daba igual toda esa mierda del zapping y el levantarse o no a mear. Lo bueno es bueno, y punto. En pantalla grande o en pantalla chica.
La tele ha permanecido unas cuantas décadas poniéndose límites, barreras intelectuales infranqueables. Como esas mujeres que, a pesar de ser razonablemente guapas, estar razonablemente buenas y ser razonablemente inteligentes, se ven condenadas a ligar sólo con desgraciados que las maltratan y que no valen ni la mitad que ellas, por el simple hecho de que ellas mismas no se valoran ni la cuarta parte de lo que valen.
Es por tanto que (aunque no sea motivo de orgullo) es comprensible que muchos diésemos por perdida a esa princesita maltratada con crisis de autoestima, y no tuviésemos otro sueño que el de alcanzar la gloria haciendo pelis, o escribiendo libros: Los parnasos del arte cuentacuentil, los auténticos podios de la gloria.
Peeeeeeeroooooooooooooo…
… pero en los últimos años, un puñado de productoras, autores y técnicos se ha esforzado por cambiar las cosas, y lo ha conseguido. La balanza se ha inclinado hacia la pantalla chica.
Ahora las cosas empiezan a cambiar. Actualmente, es cada vez más extraño que una peli desbanque a una buena serie en las cifras de los audímetros. Las series de la nueva hornada han sido lo suficientemente sabias para adoptar las virtudes del cine e incluso (como decía un poco más arriba) han sabido aprovechar, y transmutar en virtudes, todo aquello que las diferencia del séptimo arte: Aprovechan sus kilométricas duraciones para desarrollar los personajes con paciencia, suministran la información en dosis calientapollas, aumentando el nivel de sorpresa, y las posibilidades de jugar con el espectador… cociendo los ingredientes a fuego lento, como en un potaje de abuelita. Aprovechan las interrupciones entre capítulos de periodicidad semanal (e incluso las interrupciones publicitarias) para seducir al espectador, dejándole a medias, atormentándole, alimentando ese poso sadomasoquista que todos tenemos en mayor o menor medida. En ocasiones, incluso aprovechan el hecho de que la pequeña pantalla es más agradecida a la hora de acoger al formato digital (que acabará imponiéndose gracias a su baratez, su rapidez, su versatilidad…)
Esta nueva revolución televisiva, estos “últimos años” de los que estoy hablando, se convertirán dentro de poco en una década. Y sin embargo, yo he permanecido ajeno a ella. Porque yo, en esta vida, accedo un poco tarde a todo. Tuve tarde mi primer ordenador, leí tarde mi primer libro, tuve tarde mi primera novia, y mi primera peli favorita, y mi primer trabajo, y mi primera borrachera, y mi primera consola de videojuegos, y mi primera conexión a internet.
No es pues de extrañar que mi contacto con las nuevas series haya sido igual de tardío. He postpuesto esto de engancharme a series, porque me temía a mí mismo. Tengo un temperamento escalofriantemente adictivo, y durante esos “últimos años” me he dedicado a proyectos que exigían horarios caprichosos y, en ocasiones, incluso días enteros consagrados al trabajo. Engancharme a tantas series significaba hacer peligrar mi productividad y, con ella, todo eso de “hacer algo con mi vida”. Por eso, a día de hoy, puedo anti-presumir de no haber visto un solo capítulo de “Perdidos”, por poner uno de los infinitos ejemplos que podría poner.
Pero ahora tengo un trabajo con horarios fijos y delimitados, y lo bueno de eso es que también delimita las horas que uno puede considerar su tiempo libre. En otras palabras: “Ahora”, era el momento adecuado para intimar con las series. En los últimos meses me he dado un ligero baño de actualidad televisiva. Me he visto tres temporadas de “Weeds” (gracias a mi inestimable Xavi Fortino), la primera temporada de “24”, temporada y pico de “Los soprano”, media temporada de “Me llamo Earl”, unos cuantos capítulos de la deliciosa “A dos metros bajo tierra”, he devorado la primera temporada de “Dexter”.
Todas ellas auténticas obras maestras. Todas ellas haciendo que me sorprenda a mí mismo, manejándome, controlándome como una burda marioneta, generándome una adicción que los largometrajes rara vez consiguen provocar.
Y todo ello, además de deleitarme, me ha sumido en una profunda CRISIS. Porque está claro que las series están más cerca del futuro que las películas, las novelas y, en definitiva, todo aquello en lo que me he especializado desde que decidiera dedicarme a todo esto.
De repente, me miré a mí mismo en el espejo y me vi en blanco y negro, recubierto de escamas de dinosaurio… OBSOLETO.
Me dio la sensación de que dedicarse a la literatura, o incluso las películas, es algo así como dedicarse a domesticar animales en peligro de extinción, o a “estudiar el funcionamiento de la imprenta de Guttemberg”.
Lo malo de las vacaciones, es que te dejan tiempo para pensar. Y yo llevo varias semanas pensando, centrifugando las neuronas en el interior del cráneo. Porque desde que terminé Gritos, desde que pasé por todos los tormentos que desembocaron en esa peli, y por todos los tormentos que vinieron después, me quedé sin fuerzas, o sin coraje, o sin lo que fuese… y empecé a no emprender nada sin antes pensármelo una y mil veces.
Hubo un tiempo en que escribía por el simple placer de escribir, y eso me bastaba. No tenía otra motivación que la de llegar jadeando hasta el punto más final de los finales, y compartir lo que había escrito con tres o cuatro amigos. La posibilidad de vivir de ello siempre gravitaba ahí, por supuesto… pero con esa gravitación inconsistente que utilizan los fantasmas como sello de fábrica. No era lo importante. No condicionaba absolutamente nada. Yo eran un joven inconsciente, y era capaz de atravesar cien barreras de piedra, por la sencilla razón de que pensaba que eran de papel. Nada conseguía domesticarme, nada lograba hacerme entrar en razón, y aquella sinrazón resultó ser el mejor abono, la mejor mierda con que rociar a mis musas.
Pero luego llegó Gritos, y luego llegó esa segunda peli, que ha resultado ser mi primer aborto, y otras tantas experiencias con las que no os quiero aburrir, pero que contribuyeron a desterrarme del país de Nunca Jamás con una patada en el culo, que me ataron a una silla y me pestañiataron los párpados como al prota de la Naranja Mecánica, obligándome a ver el mundo real.
Desde entonces (como venía diciendo más arriba) mi alma tiene el freno de mano echado a todas horas, como un Seven Eleven. Ya no tengo energías (o no tengo cojones) para emprender nada si no estoy seguro de que va a ser “rentable”, o “fácil de producir”, o “fácil de vender”. Siempre que una idea toca a mi timbre, intento resolver una ecuación para decidir si le abro la puerta o no. Las dos variables de esa ecuación son “esfuerzo que implica desarrollar la idea” y “posibles frutos que podré recolectar del producto resultante”.
Es una ecuación peligrosa, y no se la recomiendo a nadie. Pero ha gobernado mi vida en los dos últimos años.
Antes me tiraba de cabeza a cualquier piscina. Ahora no me meto en la piscina hasta que no he metido la patita en el agua para comprobar si está fría o caliente. Como el lobo del cuento de los tres cerditos… como la ancianas octogenarias que, en realidad, están tanteando con esa patita de cordero su propia e inminente muerte…
Supongo que la temperatura del agua es lo que menos me importa. Lo realmente jodido es que ya me he arrojado a demasiadas piscinas en las que uno advertía demasiado tarde (justo en el segundo anterior al aterrizaje) que en esa piscina no había agua.
Sé lo que están pensando: Hay que ser un redomado gilipollas para tirarse de cabeza sin mirar antes el fondo de la piscina. Y tienen razón. Pero la cosa funciona siempre de la misma manera: Un tipo se presenta ante ti, y te da motivos para pensar que es un auténtico experto en piscinas, que sabe del tema muchísimo más que tú… y luego te dice: “¡Confía en mí! ¡Esa piscina está repleta de agua, y necesitas esa agua para calmar tu sed! ¿Qué tal si nos subimos a ese altísimo trampolín y nos tiramos de cabeza?” Y tú confías en la palabra de ese tipo, porque dejar de confiar es apuñalar a Peter Pan… y… ¡¡¡CRACK!! Te das de bruces contra el duro suelo.
Y cada vez que un tipo consigue volver a engañarte, es porque es mejor impostor… y cuanto mejor impostor es, te hace saltar de un trampolín más alto… y cuanto más alto es el trampolín, más demoledor es el impacto… y cuanto más viejo le pilla a uno, más difícil es que cicatrice la herida resultante.
¿A qué venía todo esto?
Hablábamos de un Juanjo que antes de emprender cualquier cosa, se pregunta qué demonios va a hacer luego con ella. ¿Y qué coño puedo hacer en un futuro cercano con un hatajo de novelas y unos míseros proyectos de largometraje? Me sentí como un cazador furtivo que comercia con pellejos de animales en peligro de extinción.
Cada vez estoy más convencido de que el futuro no está en el cine (ni, obviamente, en la Literatura). Está en las series, y en los videojuegos. Lo siento en mis vísceras cada vez que me engancho a una serie o juego a un videojuego.
Incluso pienso que acabarán uniéndose en breve. A veces pienso en proyectos de videojuegos que funcionen con la estructura dramática de una serie, o series televisivas que, para avanzar, necesiten que el espectador consiga cosas en una fase de videojuego, o incluso en una página oculta de internet.
Es una lástima que esa clase de cosas no me motiven lo suficiente para luchar por ellas, como no me motiva sacarme el carnet de conducir.
SIN EMBARGO…
Sin embargo, el otro día, estando en estado de duermevela, se me ocurrió una idea que me atraía bastante para crear una serie de televisión. Un tema estimulante, unos personajes que me interesaban realmente, una insinuación de una posible estructura… Aunque sólo había dormido seis horas, tuve que levantarme, porque la hiperactividad cerebral no me dejaba dormir. Calibré mis fuerzas y llegué a la conclusión de que en dos o tres semanas podría tener escritos una “biblia” y tres o cuatro capítulos.
Estaba excitado. Mi querida Ariadna me notó de mejor humor de lo habitual. Suelo contarle todo, pero no quise contarle aún el motivo, porque últimamente, cada vez que le cuento alguien que voy a emprender algo, es como si el hechizo se rompiese, al haberlo compartido con el resto de la gente antes de tiempo.
Estuve todo el día pensando en el tema, desarrollando cosas en mi cabeza… Tuve la inexplicable certeza de que esa serie podría funcionar… se podría vender… tenía “posibilidades”…
Mientras pensaba en todo eso, pasé cerca de una araña que, suspendida en el marco de una puerta, se columpiaba en su hilo de seda. Si hay por aquí algún lector que en su día visitó el antiguo blog, tal vez recuerde que las arañas son significativas para mí. Las considero algo parecido a las hadas. Son “hilanderas”, al igual que las “parcas del Destino”. Por ello mismo, desde hace tiempo las considero emisarias del Destino, y encontrarme con ellas cuando estoy emprendiendo algo, suele ser un buen presagio. Las arañas suelen aparecer en mi vida para darme pistas sobre qué camino debo seguir, o para confirmar que voy por el buen camino.
Así pues, ver aquella araña colgando del quicio de la puerta fue el mejor de los estímulos. Los hados estaban de mi parte. El oráculo me estaba incluyendo en su lista de enchufados.
O eso era al menos lo que yo creía…
Pocos minutos después, seguía paseando de un lado a otro de la casa (es lo que hago cuando necesito hacer brainstorming conmigo mismo), seguía escarbando en mi cabeza en busca de ideas para esa nueva serie… cuando vi en el suelo una mancha con cierto movimiento interno.
Me acerqué a la mancha….
… y…
... era una araña muerta…
Un cadáver de araña que estaba siendo devorado por hormigas.
Tengo la manía de no hacer caso a los presagios cuando no me gusta lo que dicen. Pero aquel parecía demasiado significativo para hacer oídos sordos. Las hormigas devoraban el buen presagio de pocos minutos antes.
Y aquellas hormigas cabronas, sembraron la duda en mi interior. La crisis de identidad de mi día a día regresó a ocupar su trono, y ni siquiera había dado tiempo de que el calor de su trasero se hubiese enfriado en el real asiento.
Desorientado “one more time”.
El jodido Destino de los cojones volvía a olvidarse de mí.
O eso es lo que yo creía…
Poco después me demostró lo contrario, cuando me hizo recibir la visita de la tercera araña.
¿Saben ustedes dónde estaba la tercera araña?
Estaba colgando de unas tijeras: Unas tijeras que pertenecían a un muñeco: el muñeco de Eduardo Manostijeras que tengo en la repisa de mi habitación.
Aquella maldita araña se había compinchado con Eddie Scissorhands para recordarme todo lo que había olvidado en estos dos últimos años. Todo aquello de lo que me había desprendido día tras día, para abultar menos… para así poder pasar por los estrechos agujeros por los que nuestros amigos los “amigos de los límites” quieren que pasemos, gateando como míseros esclavos.
Aquella araña que tironeaba de su hilo, como una marioneta manejada por Eduardo, o como una parca que maneja a Eduardo como una marioneta… aquella araña… me abofeteó con una deliciosa caricia de ocho patas. Es lo que Carl Gustav Jung llamaría “sincronicidad”.
Y del mismo modo en que, según Batman “la laca no es peligrosa, pero combinada con el carmín y el perfume es tóxica y puede matar”, la visión de la araña se combinó de forma demoledora con un suceso de esa misma noche:
Mientras cenaba, puse la tele, para comer con un poco de compañía. Y esa compañía resultó ser Hellboy, de Guillermo del Toro. Esa película que, visionado a visionado, ha ido pasando de ser la obra que menos me gustaba de Del Toro a ser una de mis favoritas… esa pequeña gran delicatessen… terminó de abrirme los ojos:
Yo no quiero hacer cosas que funcionen. No quiero hacer cosas que se puedan vender, o colocar. No quiero hacer cosas que "tengan futuro".
Yo quiero hacer pelis, y quiero escribir novelas. Y rara vez me quedaré contento si en esas historias no hay un monstruo, o un extraterrestre, o un maestro de kung-fu… o esas tres cosas dentro de un mismo cuerpo…
Casi todas las nuevas series y videojuegos del mundo le dan sopas con ondas a casi todas las películas, pero todavía no he visto una serie o un videojuego que le llegue a las suelas de los zapatos a cualquiera de mis películas favoritas, o que amenace con cambiar mi vida la mitad de lo que me la han cambiado mis autores literarios favoritos.
Da igual que las nuevas series me gusten más que las nuevas pelis. Creo que uno no está destinado a hacer lo que más le gusta ver, o lo que más le gusta leer. Normalmente, las cosas que más admiración nos provocan, lo hacen porque son todo lo contrario a lo que nosotros somos. De alguna manera, esas cosas nos completan, y nos encandilan porque constituyen un espejo en el que vemos reflejado todo aquello que a nosotros nos falta.
Está bien tener en cuenta esa clase de cosas, y aprender de ellas.
Pero no debemos olvidar quiénes somos. No debemos darnos la espalda a nosotros mismos. Puede que imitar aquello que nos gusta equivalga a intentar sacar de nuestra cantera interior algo que no se encuentra en ella.
Puede que en ocasiones, debamos asumir que los diamantes son asunto de otros. Puede que en nuestra cantera sólo queden estratos de carbón obsoleto. Pero resulta que, desde un punto de vista químico, el diamante y el carbón están compuestos por la misma substancia… y no sólo eso: Aunque el diamante brilla como el carbón jamás podrá brillar, resulta que el carbón arde como el diamante jamás aprenderá a arder. Y si le preguntas a un conductor de locomotoras del siglo XIX, o a un encendedor de chimeneas, o a un calentador de barbacoas, probablemente te dirán: “¿Para qué demonios quiero yo esos diamantes? Lo que necesita mi tren para viajar al fin del mundo, es el carbón. Lo que necesita mi chimenea para espantar el frío, es el carbón. El negro, sucio, miserable carbón. Lo que necesita mi barbacoa para fabricar comida, es el carbón…
No sé si la metáfora es acertada, pero creo que el mundo necesita diamantes, y necesita carbón. Y puede que yo esté destinado a convertirme en un suministrador de recuerdos obsoletos. Puede que lo mío sea hacer andar a las locomotoras del siglo XIX, alumbrar las chimeneas alrededor de las cuáles los abuelos cuentan los típicos cuentos de abuelos, o cocinar chuletones y salchichas en unos tiempos en los que la sociedad está descubriendo la comida deconstruida de Ferrá Adriá (o como demonios se escriba) y los prodigios del microondas.
Pero, ¿qué se le va a hacer? Decidí dedicarme al cine gracias a una peli de Terry Gilliam. Eso quiere decir que en la letra pequeñita del contrato figuraba la obligación de convertirse en adalid de las causas perdidas.
Últimamente me esfuerzo en hacer las cosas de la manera más profesional posible, en desapegarme al máximo de todo aquello que escribo… Porque cada vez desprecio más las ínfulas de los “autores”, y todo aquello a lo que se le aplica la etiqueta de “personal”. Porque cada vez me parece más barata la excusa de “si la gente no lo entiende, es porque no son dignos de esta obra”.
No me siento cómodo domesticando animales en peligro de extinción pero creo que, en el fondo, no sé hacer otra cosa.
Ya he trabajado en el suficiente número de tinglados para saber que, si es necesario, puedo adoptar una actitud profesional y desapegada en cualquier formato.
Pero a la hora de escribir o desarrollar cosas por iniciativa propia, no sirvo. Sencillamente, no sirvo. No sirvo para contentar a alguien que no sea yo mismo. Y ya es hora de que vuelva a asumirlo, tan bien como lo tenía asumido hace unos años. Y os juro que me gustaría servir…
Pero eso de no servir también tiene su aquel…
No sé si seré un “autor”... uno de esos cuya actitud tanto desprecio, pero ¿quién sabe? quizá, del mismo modo en que nos enamoran las cosas que son distintas a nosotros, despreciemos las cosas que se parecen demasiado a lo que tenemos en nuestro estercolero particular.
Y ahí está Eduardo Manostijeras, recordándomelo con una araña que cuelga de su afilada extremidad, a modo de yoyó.
Y la araña me susurra al oído:
"Asúmelo, tío. Eres un dinosaurio en blanco y negro. Mueve el culo, y busca un Lago Ness en donde poder reinar".