lunes, 6 de abril de 2009

¡¡¡LANCELOT LINK!!! ¡¡¡EL CHIMPANCÉ SECRETO!!!


Esto que os voy a presentar es tan ACOJONANTE que probablemente muchos de vosotros ya lo conoceréis y me vais a mirar como si fuera un imbécil por haberlo descubierto tan tarde.

Me he topado con ello de manera sospechosamente fortuita, mientras buscaba vídeos de chimpancés en el Youtube. Algunos de vosotros (los que todavía me habláis y permitís que me acerque a menos de doscientos metros de distancia) no sabéis que desde hace algunos meses he desarrollado esa peculiar afición: Buscar cosas graciosas protagonizadas por chimpancés.

Me he convertido en entusiasta admirador de Pankun y James, y pensaba que nunca podría encontrar nada tan espectacular como eso. Pero hoy... Hoy ha sucedido:

¡LANCELOT LINK!
¡Una serie protagonizada íntegramente por chimpancés! Creada por la ABC a principios de los años setenta.

¿Y qué es lo mejor de todo? Que algunos capítulos incluso se pueden encontrar doblados al español, y no con un doblaje cualquiera, sino con uno de esos doblajes latinoamericanos tan entrañables de la época.

Tal es el caso, por ejemplo, de este Western con chimpancés titulado BANANANZA:



¡El puto paraíso, amigos míos! Chimpancés vestidos de cowboys y de indios, montando en ponys, conduciendo coches, jugando a las cartas y disparándose con pistolas de juguete.

Pero si no os importa escucharlo en la lengua de Shakespeare, también podéis deleitaros con historias como ésta, en la que intentan resolver un detestivesco misterio en una trama ambientada en Hong Kong:



¡Chimpancés vestidos con levitas, chisteras y monóculos! ¡Misteriosos camareros simios de chaleco rojo y bigote de principios de siglo! ¡Chimpancés mujeres con vestidos orientales!

Pero si preferís un rollo más de cine negro con carreras de coches incluidas, quizá lo vuestro sea:



O tal vez prefiráis seguir ecuchándolo en español, en este capítulo titulado "El frankenstein robot", en el que los simios juegan al golf y al tenis, y un chimpancés robot (interpretado por un humano disfrazado) los persigue:



¡Si esto no os parece suficiente, seguid buscando! Hay mucho más en la red. Incluida una danza de los siete velos de una chimpancé mata hari a un chimpancé jeque árabe.

¡Ah, qué maravillosa puede llegar a ser la vida! Pero, ¿pensarán lo mismo esos pobres chimpancés actores? Porque pocas cosas hay más molestas y más jodidas que un rodaje...

domingo, 5 de abril de 2009

DE TRIGALES Y CUERVOS


Había algo lúgubre en la musicalidad del viento. Soplaba como queriendo apagar todas las velas del mundo para siempre, pero en lugar de eso se dedicaba a mecer el mar de trigo. Y cada espiga crepitaba como si un fuego invisible, incluso helado, la estuviese cocinando a fuego lento.

Los cuervos picoteaban las semillas y alzaban el vuelo sin demasiadas ganas. Luego volvían a aterrizar, volvían a picotear, volvían a revolotear otros tres metros. Algo los inquietaba. Y tal vez se debía a aquel olor eléctrico que enrarecía el ambiente, o al invisible peso de un firmamento opaco, malhumorado porque alguien le había robado las estrellas. O a la presencia de aquella silueta decadente con aires de espantapájaros marchito, clavada en pleno cruce de caminos, inclinada, casi desmoronada sobre el caballete de madera.

Era pintor. Y era también definición de desesperación, de desamparo. Era erial de pelirrojas malas hierbas cubriendo las mejillas. Era brillo de fiebre en la mirada. Era pincel de trazos inseguros escarbando en el lienzo con torpeza para encontrar la gruta del tesoro. Y allí estaba, estampando cuervos negros entre tanto amarillo, como esparciendo pasas en un arroz con curry. Arañando la pintura con una frustración que nunca encontraría consuelo. Porque el trigo de su cuadro no se movía con el viento, y eso ninguna pincelada, por enérgica que fuese, podría remediarlo. Porque acercaba la nariz al lienzo y aquello no olía a campo, ni a tormentas a punto de estallar. Solamente el aroma tan insano, tan deprimentemente de juguete de la pintura al óleo. Pintura aséptica, amarilla. Y poco más.

Mientras emborronaba el lienzo, Vincent deseó triturar todo lo que existía a su alrededor, convertirlo en papilla y robarle la esencia para fabricar pinturas de verdad. Pintar el trigo con papilla de trigo, pintar el cuervo con papilla de cuervo, embotellar el aire para pintar el aire.

Era la única manera de volcar autenticidad en el caballete. O tal vez era una simple excusa a la que Vincent se agarraba con uñas y con dientes para no enfrentarse a la verdad hostil. Sus cuadros no gustaban porque eran el fruto de un pintor mediocre, la radiografía emocional de un tarado incapaz de conectar con sus congéneres. El olor de la dichosa pintura no iba a cambiar eso.

Vincent se hirió la mano al derribar el caballete, pero no le importó. Pensaba hacer el resto del trabajo con los pies. Pisotear el condenado lienzo, descargar toda su ira, toda su frustración sobre aquel dibujo torpe de niño de seis años, reducirlo todo a polvo, a escombro, a manchas amarillas en sus suelas.

No llegó a suceder.

Cien cuervos graznando al unísono detuvieron la bota. Vincent miró a su alrededor. Se impuso la curiosidad sobre el enfado. Porque la conducta de los pájaros no era lógica. Alzaban el vuelo en todas direcciones, esparciéndose, alejándose del cruce de caminos como si hubiesen presentido la llegada del mismísimo Diablo. Luego llegó la ráfaga de viento. Ensordecedor. Huracanado. En menos de un segundo el aire estaba lleno plumas y de espigas, ambas arrancadas de cuajo, girando en vertiginoso torbellino alrededor de un eje invisible. Tras el viento vinieron los relámpagos y la explosión de luz, fugaz y cegadora, como ese restallido de magnesio asociado a las cámaras de fotos. Si Vincent no hubiese cerrado los ojos a tiempo se le abrían abrasado las retinas. Lo primero que vio cuando los volvió a abrir fue aquella cápsula metálica de dos metros de altura que zumbaba y humeaba a pocos metros del cruce de caminos.

Con el pincel todavía en la mano y los ojos abiertos como platos, el pintor holandés dio un par de pasos hacia el objeto misterioso. Un par de pasos que volvió a retroceder con un miedo instintivo cuando la puerta de la cápsula se abrió emitiendo un alarido hidráulico.

El primer pensamiento del pintor fue “estoy soñando”. Intentó vislumbrar lo que había al otro lado de esa puerta entreabierta. Esperaba encontrarse más metal, o una hilera de perchas con abrigos, o simple oscuridad.

Pero dentro de la cápsula había… lluvia.

Lluvia gris, repiqueteando con tristeza en el suelo de aquel armario extraño. Una cortina de agua que daba la sensación de existir para unir y separar dos mundos, dos abismos.

Algo empezó a moverse entre la lluvia. Vincent entrecerró los ojos y distinguió una silueta que atravesaba el agua. La silueta de un hombre. Un hombre que emergió del interior de la cápsula con las ropas mojadas, adheridas al cuerpo, con una pistola temblándole en la mano y unas humedades en los ojos que no se podían atribuir a aquella extraña lluvia.

- Hola, Vincent – saludó el desconocido con un acento estropajoso que insinuaba un par de copas de más.

- ¿De dónde demonios has salido? – quiso saber el pintor, mientras buscaba un modo de asimilar lo que le estaba sucediendo.

- Vengo del año 2038. Hemos inventado este chisme. Nos permite desandar el calendario.

Vincent intentó encontrar algún sentido a lo que acababa de escuchar. No pudo. El viajero del tiempo sollozó, la pistola volvió a titubear entre sus dedos, los cuervos volvieron a posarse en tierra firme.

- Soy músico – prosiguió el recién llegado. Vincent no supo qué contestar a eso. Ni tan siquiera supo si tenía que hacerlo -. Pero nunca he conseguido vender una canción a nadie – prosiguió el desconocido -. Soy un maldito perdedor. Al principio me daba igual. Usted ha sido siempre mi modelo a seguir, Vincent. Cada vez que mi carrera musical desembocaba en un fracaso me decía a mí mismo: “El tiempo te hará justicia. Piensa en Vincent Van Gogh. No vendió un solo cuadro en vida, y ahora es el pintor más cotizado del planeta. Sus cuadros están en los museos más prestigiosos del mundo.

Vincent dejó caer el pincel. Sintió una contracción en la garganta. Había tenido alucinaciones otras veces, pero esto era bastante más real. Esto, de alguna extraña forma, tenía peso, incluso olía.

- ¿Entiende lo que quiero decir, señor Van Gogh? – prosiguió el desconocido, rompiendo a llorar de la manera más indigna -. Llevo años buscando ese consuelo en usted. Pensando que si mi música no ha tenido éxito inmediato es porque soy un incomprendido… como usted… Un visionario… ¿¡Entiende lo que le estoy diciendo!? Usted empezó siendo mi modelo a seguir, pero acabó convirtiéndose en excusa barata.

Los ojos de Van Gogh se humedecieron, y el pinto no supo si aquello le gustaba o no.

- ¡¡Su ejemplo me esclaviza!! ¡¡Yo no quiero ser como usted, señor Van Gogh!! Necesito conocer el éxito de primera mano, y creo que no podré ponerlo todo de mi parte hasta que no me libre de usted… y de su influencia perniciosa. Por eso he viajado hasta aquí para matarle, señor Van Gogh.

El viajero del tiempo alzo la pistola. El whisky, o el vodka, o lo que demonios fuese no había conseguido amortiguar los temblores de su brazo.

- Así que si quiere decir unas últimas palabras, éste es el momento – concluyó aquel extraño.

Pintor y músico intercambiaron una mirada titubeante, incierta. Vincent Van Gogh no supo cuáles iban a ser sus últimas palabras hasta que sorprendió a sus labios secos pronunciándolas.

- ¿Mis cuadros… en un museo?

Esas cinco palabras. Brotándole del alma, teñidas de incredulidad, totalmente desnudas de autoestima. El desconocido asintió, mirándole directamente a los ojos con sus pupilas abrasadas en lágrimas. Esbozó algo que intentaba parecer una sonrisa. Luego apretó el gatillo, y el disparo llenó el trigal entero. El cañón del arma exhaló una bocanada de humo. Una bala del siglo XXI abrió una estrella de mar negra en las costillas de Vincent, y el rojo de la sangre (por fin una pintura de verdad) empezó a derramarse sobre el trigo.

- Lo siento – masculló el desconocido mientras caminaba hacia atrás, mientras volvía a introducirse en la cápsula metálica, mientras la lluvia enfriaba su pistola y camuflaba sus lágrimas.

La puerta de la cápsula se cerró. Tras eso, otro estallido eléctrico, otro huracán de trigos y de cuervos, otro silencio tétrico… y un caballete en el suelo, y un pintor que se tocaba el pecho con unas manos barnizadas de rojo, que sonreía como sólo saben hacerlo los locos, y las lunas crecientes. Que murmuraba con una felicidad escalofriante:

- Mis cuadros… en un museo…



Donosti a 5 de abril de 2009

LA PAPELERA QUE SANGRABA SMARTIES


En uno de mis viajes a Madrid me encontré esto en la estación de Avenida de América. Esa estación puede resultar desoladora (sobre todo cuando la usas para volver a abandonar Madrid) y me llamó poderosamente la atención hallar en ese ambiente esta imagen que todos los viajeros ignoraban.

Una papelera herida a muerte, desangrándose con una hemorragia de chocolatinas de colores.

Me recordó a aquella película que quería hacer hace tiempo. Una películas de acción en la que la gente sangrase mariposas en lugar de sangre.

A veces la vida es así. Un poco de sangre de colorines en medio de un desierto gris. Glóbulos rojos vestidos de payaso.

Como podéis comprobar, sigo enfermo. Tengo un surtidor de mocos en la nariz, un sudor elimina-toxinas de ésos que se convierten en pegamento para pijamas y una voz ronca ideal para llamar a las chicas por teléfono y amenazarlas.

Pero a pesar de todo ello, estoy bien. O algo tan parecido a "bien" que incluso yo lo confundo.

viernes, 3 de abril de 2009

UN POCO DE FENG SHUI IN MY FUCKING LIFE


Últimamente soy experto en dejar cosas a medias. Cuentos a medias. Novelas a medias. Relaciones a medias. Confío en que se trate sólo de una etapa, y el día menos pensado dejaré esa etapa también a medias.

De un modo u otro, entre el cansancio acumulado tras varios fines de semana de excesos y el pequeño catarro que se me ha venido encima no tengo suficiente capacidad de concentración para juntar muchas palabras, ni energías para eyacularlas de mis dedos al teclado.

Así que aquí estoy, abusando de la calefacción del piso y dopándome con própolis, equinacia y té con ron. Como bien canario debería usar ron Arehucas, pero como no es fácil de conseguir en Donosti recurro al ron Santa Teresa (venezolano) que además de saber bien me trae buenos recuerdos de otra vida.

Mi cabeza necesita un reseteo, y un poco de Feng shui interior. Pero en realidad no pretendía hablaros del Feng shui de mis entresijos violetas, sino del excéntrico Feng shui de nuestro nuevo piso de Amara.

Nuestros caseros (que, dicho sea de paso, son un señor y una señora majísimos) dejaron el piso decorado de una manera un tanto... ecléctica. El resultado es tan espectacular que no puede dejar indiferente a nadie. Un compendio de objetos que por sí solos son ya flipantes, y que en su conjunto componen un Leviatán que va sembrando síndromes de Stendhal por doquier.

Llevo bastante tiempo queriendo compartir con vosotros algunos de esos elementos decorativos de mi piso. No están aquí todos, pero sí los suficientes.

Empezemos por el plato fuerte del recibidor: ¡El buda tailandés hecho robot!


¡Igual no es tailandés, pero lo llamo tailandés porque me recuerda a los del escenario de M. Bison en el Street Fighter! Este Buda custodia la entrada a esa caja de Pandora que es la sala de estar. En ella podemos encontrar las siguientes obras de arte:


El busto de Richard Wagner junto a la estatua de Lao Tse.


El viejo del acordeón junto al termómetro delfín y el busto del "señor Scrooge".


La escultura con aires precolombinos (que tiene una hermana gemela en el otro extremo de la estantería)


El pordiosero oriental.

El perro extremadamente salchicha...


... y sus congéneres, los chuchos de porcelana.


El payaso inquietante que toca el acordeón tapando a un pescador chino, junto a un búho y un niño del siglo XVIII (posiblemente Mozart, o Leandro Fernández de Moratín). Hay otro payaso a menos de un metro de éste, tocando una especie de uquelele, pero mostrarlo también aquí ya seria regodeo.


Las geishas siamesas desenfocadas.


El gato ACOJONANTE.


Y este otro gato que parece una coproducción de Miró y Paul Klee, compartiendo estante con uno de nuestros pescadores chinos y una menina.


El ermitaño chino y el niño disecado junto a su ardillita.


El cowboy sujetavelas y la dama de Elche, compartiendo ascensor y preguntándose si una conversación intrascendente sobre el tiempo no sería más adecuada que este silencio incómodo.


El despertador y la diosa hindú.


El buda decapitado de "encima de la estantería".


La extraña balsa que pone rumbo hacia la mujer de sus sueños...


... y los amantes condenados a vivir en estantes separados porque él se pone digno y orgulloso, y no da su brazo a torcer.

Me gusta esto. Me gusta que mi vida transcurra envuelta en arte y esperpento, en todas sus posibles manifestaciones.

Estoy viéndome la tercera temporada de Dexter. Pero teniendo todo esto en casa, es como ver la tribu de los Brady.

viernes, 27 de marzo de 2009

OTRA RONDA DE DINOSAURIOS DE PLÁSTICO


¡Sí! La colección sigue creciendo. Y en parte gracias a los ejempleras que me regalan los amigos.

No voy a presentarlos a todos. Sólo a la créme de la créme.

Empezaré presentándoos a "bocazas", una adquisición propia que venía dentro de un lote.


A continuación, el magnífico tripceratops que me regaló mi estimado Kino. Dientes en lugar de pico. Blandito y estrujable como las pelotas anti-stress.



Y por último tres saurios acojonantes cortesía de mi buen amigo César. A pesar de lo increíblemente bien hechos que están, César asegura que los compró en el chino de su pueblo:



domingo, 22 de marzo de 2009

JOTAHEART

Quiero enlazar aquí nuestro último capítulo de los Batasunis, para que veáis lo mucho que se lo curran nuestro equipo de producción y nuestro equipo de realización.

Sé que en cuanto lo veáis sabréis valorar la labor de esa gente. Pero os aseguro que la valoraríais el triple si supiéseis el poco tiempo y el poco presupuesto de que disponen para hacer estas cositas.

Así que aquí lo dejo, pa que hable por sí solo rindiendo homenaje a lo mucho que se lo curra el resto del equipo de Vaya Semanita para convertir en realidades las putadas que los cabrones de los guionistas les gastamos sobre el papel:

martes, 17 de marzo de 2009

CÁSCARA DE PLÁTANO

Su casa estaba a quince metros de las vías y cada vez que un tren pasaba, el mundo entero se ponía a temblar como si hubiese decidido terminar apresuradamente. Los vasos vibraban en los estantes de la cocina, los tornillos crepitaban en paredes y muebles y eran rumor de fondo de ese otro ruido, esa sinfonía desquiciada de traqueteo, chirrido estropajoso, alarido metálico inventado para llenar todos los huecos y sepultar con su alud de decibelios el tímido murmullo de la tele.

Nadie en su sano juicio elige un sitio así para vivir. La gente que habita junto a la vía del tren tiene vida de tren; vida sin fuerzas para tomar sus propias riendas; la clase de existencia que, siguiendo una ruta prefijada, desemboca en todo aquello que no hemos invitado a formar parte de ella.

Márquez no era una excepción a la regla. Esa sucesión de condicionantes que algunos se empeñan en llamar Destino le había hecho encallar en aquel piso, herencia de una abuela recién incinerada.

La situación económica de Márquez era más bien precaria. Por más que le jodiese, aquellas vías de tren y aquellos quince metros que las separaban del salón no eran razón de peso para desdeñar una vivienda gratis. Los músicos mediocres suelen ganar cantidades mediocres de dinero y hay que decir que “Márquez, Mediocridad y Música” fueron siempre tres emes indisolublemente unidas.

Es difícil ser buen músico cuando ni siquiera te gusta la música, y tal era el caso de nuestro amigo Márquez. También en ese ámbito había prosperado más por inercia que por propia decisión. Se matriculó en la escuela de solfeo con poco más de trece años para coincidir con esa chica que sembraba mariposas en sus tripas. A los pocos días la muchacha en cuestión decidió preferirle como amigo, y Márquez aceptó la situación sin rechistar. Meses después la “amiga” había desaparecido de su vida, pero el solfeo se había instalado cómodamente en ella. Márquez tenía facilidad para la música. Se sacó la carrera de año en año, sin demasiado esfuerzo. Aunque nunca derramó una sola gota de corazón en lo que componía. Las líneas del pentagrama se le antojaban rejas, y en ellas encarcelaba un do, re, mi, fa, sol que se arrastraba por las teclas del piano con cadencia plomiza, matemática.

Y si bien esa actitud jamás convertiría a Márquez en el nuevo Richard Wagner, él nunca quiso ser el nuevo nada. Se sentía más cómodo malviviendo de trabajos sucios que no interesan ni a musas ni a melómanos. La mitad de las veces llegaba a fin de mes poniendo notas musicales en historietas de dibujos animados. De ésas que tratan a los niños como si fueran gilipollas y los acaban convirtiendo en la clase de gilipollas que todos solemos ser cuando crecemos.

Era una vida cómoda, de eso no cabía duda. Hasta que los trenes irrumpieron en ella.

A Márquez nunca le sobró paciencia. Durante la primera semana se le desquiciaron los nervios varias veces al día con cada retahíla de vagones, con cada terremoto en miniatura, con cada apocalipsis de juguete. No obstante a todo se acostumbra uno. A las pocas semanas el músico acogía la visita de los trenes anestesiado por algún tipo de resignación estéril, con el oído ya entrenado para diferenciar a unos cabrones de otros. Estaban los trenes cortos que tardaban menos de diez segundos en pasar, otros daban la sensación de no terminar nunca, algunos transcurrían con algo que pretendía ser sigilo y otros… Otros sencillamente no.

Y aunque Márquez no se diera cuenta de ello, el paso de los trenes se empezó a convertir en un metrónomo que gobernaba su existencia. El tren de las seis de la mañana era su despertador. Luego remoloneaba entre las sábanas hasta el tren de las siete menos cuarto, y si el de las siete treinta y ocho le pillaba ya en la ducha eso era señal de que el día no le había tomado aún la delantera. El intervalo comprendido entre ocho diez y nueve menos cuarto era para mirar el mail y dedicarse a intrascendencias. Hacer tiempo. Porque justo después de eso, entre nueve menos cuarto y quince veinte, casi todos los trenes eran de pasajeros, mucho menos ruidosos que los de mercancías, y eso permitía a Márquez componer sin demasiadas distracciones. Siempre aprovechaba esa tregua hasta el último minuto, aunque implicase almorzar poco, tarde y mal.

Y la influencia de los trenes no terminaba ahí. También decidían ellos qué programas de la tele podían verse, y decidían la hora de la siesta y la de las conversaciones telefónicas. El lamento del metal contra el metal condicionándolo todo. Un persistente rumor de fondo que Márquez acabó ignorando, olvidando incluso… pero que siempre estaba ahí, arañazo subliminal de uña en pizarra, sopa de nervios cocinada a fuego lento.

Y un día llegó el gorila de la isla desierta, y Márquez fue consciente de hasta qué punto aquellos trenes le jodían la vida.

Era un encargo como cualquier otro, pero se le atragantó desde el primer momento. Por alguna extraña razón no conseguía parir una melodía decente para aquel estúpido dibujo animado. La simpleza del argumento rozaba la subnormalidad. Una isla desierta muy pequeña. Tan pequeña que sólo cabían en ella la platanera y el gorila. En el suelo, junto al tronco del árbol, una cáscara de plátano. El gorila daba vueltas alrededor de la dichosa platanera, pisaba sin querer la cáscara de plátano, resbalaba, caía al suelo, se volvía a levantar, seguía andando en círculos alrededor del árbol, volvía a pisar la cáscara de plátano, volvía a resbalar, volvía a levantarse, seguía andando en círculos. Y todo el rato así. Un bucle absurdo y agobiante que nunca conducía a ningún sitio.

¿Qué impedía a Márquez ensamblar aquellas notas musicales? ¿Se sentía demasiado estúpido? ¿Acaso incómodo? ¿Desconcertado? ¿Claustrofóbico? Ni siquiera él tenía la respuesta a esa pregunta. Lo que sí tenía claro era que, desde luego, los puñeteros trenes no ayudaban. Allí estaban los muy hijos de puta, siempre irrumpiendo en el instante menos oportuno. Casi parecían saber cuál era el momento justo en que tenían que pasar para romper la concentración de Márquez y reducir a añicos el hechizo y robarle esa nota que estaba a punto de aflorar en lo más hondo de un silencio recién asesinado.

La idea le vino de forma repentina. Explotó en su cabeza como una primavera de cristal. Era de noche. Márquez observaba el vídeo del gorila una y otra vez. Intentaba asimilar el ritmo de la escena. Círculo, plátano, caída, círculo, plátano, caída. Por fin vislumbraba algún tipo de musicalidad en toda esa locura, ya casi lo tenía, ya casi lo rozaba con la punta de los dedos. Y entonces pasó el tren, arrasando con todo, como las veces anteriores, obligando al músico a regresar al punto de partida. “Ojalá descarrilase”, pensó Márquez. “Ojalá se resbalase como el puto gorila, y me dejase en paz”. Fue un pensamiento sin posibilidad de vuelta atrás. Márquez se levantó de la silla y caminó como un sonámbulo hacia la cocina. En el cuenco de la fruta quedaban todavía un par de plátanos. Cogió el más grande y lo despellejó mientras se dirigía a la ventana, mientras la abría, mientras arrojaba a través de ella la cáscara de plátano con fuerza suficiente para llegar hasta las vías. Allí quedó la piel de plátano, desparramada a escasos centímetros del raíl, como una estrella de mar enferma, mutilada, peligrosamente amarilla a la luz de las farolas.

Márquez sabía que una cáscara de plátano no descarrila un tren. Pero daba igual. Se comió aquella banana en cinco o seis bocados, sin apartar la vista de la resbaladiza declaración de intenciones que acababa de plantar entre las vías.

Ningún plátano le supo jamás tan bien a un hombre.

No ocurrieron milagros. Ni volcaron los trenes, ni ayudaron las musas a nuestro amigo Márquez. Pasaban los días y el video del gorila seguía sin tener música a juego. No era normal que Márquez se retrasase tanto, y el cliente empezaba a perder la compostura. Pero, ¿qué podía responder el músico ante la insistencia del cliente? ¿Que la culpa era del tren de las diez de la mañana? ¿Que cada vez que una idea estaba a punto de materializarse aparecía un ferrocarril para llevársela lo más lejos posible?

El único consuelo que Márquez se podía permitir eran las cáscaras de plátano. Todos los días compraba un racimo en la frutería de la esquina. Devoraba aquel consuelo fálico del mismo modo que otros devoran cigarrillos. Y siempre arrojaba la cáscara a las vías. Su puntería mejoraba intento tras intento, y a veces conseguía que el proyectil aterrizase en los mismísimos raíles. Cada vez que eso ocurría, el rincón más oscuro de su alma se estremecía de puro regocijo… y disfrutaba pensando en la posibilidad de que la cáscara de plátano funcionase. Ganarle la batalla al puto tren. Cazar a la jodida bestia y doblegarla y lograr que por una puta vez algo aprenda a escaparse de sus vías.

No obstante, los trenes pulverizaban a su paso toda esa palabrería barata. Las cáscaras de plátano acababan trituradas bajo el peso de las ruedas, si la velocidad del tren no las echaba a un lado con su escudo de viento. De ese modo se iban acumulando las pieles de los plátanos en las inmediaciones de la vía. Decenas y decenas de ellas, infestando aquel tramo del camino con un sarampión amarillento.

Y entonces, sin previo aviso, llegó la noche de la pesadilla.

Márquez se revolvía en la cama. Soñaba que un gorila se colaba en casa y se dirigía a la nevera. Soñaba que en el suelo de la cocina había una piel de plátano. Soñaba que el gorila la pisaba, y resbalaba, y se desmoronaba, y tiraba a su paso sartenes, y cazuelas, y tenedores, y cuchillos, y cataclismos de hojalata amenazando con destrozar el mundo, y fuegos artificiales afilados que restallaban en la noche sin ánimo de celebrar nada agradable. Y gritos y sirenas y sangre y polvo y humo.

Tardó varios minutos en despertar y comprobar que todos esos ruidos eran reales. Saltó de la cama con el pijama embadurnado en sudor frío, atravesó el pasillo a toda prisa y se asomó a la ventana sin querer encontrarse lo que sabía de antemano que le estaba esperando al otro lado. La bestia malherida, vagones desparramados por doquier, porciones de serpiente moribunda volcadas en el borde del camino. Viajeros agonizantes, contorsionados en poses imposibles, con pieles calcinadas, hemorragias, cristales rotos centelleando por doquier como cuentas macabras de un collar maldito.

Y Márquez asistiendo a todo ello desde su palco de honor.

Mientras oía los gritos, mientras veía a los voluntarios transportar camillas desde el Infierno a la ambulancia, de la ambulancia hasta el Infierno, Márquez sintió una bofetada helada que lo despertó definitivamente de su sueño…

… y le hizo darse cuenta de que los trenes malheridos tienen la incómoda costumbre de sangrar personas.

"Es una coincidencia. Sólo eso. Una estúpida y triste coincidencia", se decía Márquez un par de horas más tarde, cuando el eco de los gritos regresaba para sabotear su sueño. "No han sido los plátanos, imbécil. ¡Tú no tienes la culpa! Ninguna piel de plátano puede poner la zancadilla a un tren. Sería ridículo." Pero el remordimiento le corroía las entrañas cada vez que se asomaba a la ventana y contemplaba la fúnebre labor de los bomberos bajo la intermitente luz de las sirenas.

Asaltó la nevera con el firme propósito de ahogarse en varios litros de cerveza. Quería anestesiarse los oídos, cerrar sus tímpanos por duelo, a cal y canto, y no escuchar el crepitar del fuego, el chirriar de los escombros, el chapuzón de los cadáveres en las bolsas de plástico como un réquiem definitivo, opaco, rematado por esa cremallera que rasga cuesta arriba y que destripa en dirección contraria.

“No ha sido culpa tuya. Son solamente cáscaras de plátano”.

Pero entonces, ¿por qué aguardó a que todos se marchasen y salió a la intemperie a llenar una bolsa de basura? ¿Por qué traspasó los precintos y recorrió la escena del siniestro sin apartar la vista de las vías? ¿Por qué fue recogiendo, una por una, todas las cáscaras de plátano que le salían al paso?

Las pieles de plátano no tenían nada que ver con el accidente ferroviario. ¡Seguro! Pero a Márquez no le hacía demasiada gracia que algún investigador de pacotilla se topase con huellas dactilares en la piel amarilla de la fruta y llegase alguna conclusión precipitada. No se perdía nada por quitar aquellas cáscaras de en medio. No se perdía nada por quemarlas y verlas transformadas en ceniza muda. Los investigadores del suceso lo agradecerían. Una pista falsa menos con la que malgastar el tiempo.

Estas mentiras y otras bastante más curradas se susurraba Márquez al oído al par que registraba los raíles con una minuciosidad obsesiva. Escaneó cada centímetro cuadrado. Cada vez que algo brillaba en el suelo Márquez se agachaba a comprobarlo. Si era una cáscara de plátano iba directa a la bolsa de basura. Pero la mayoría de las veces no eran cáscaras, sino dientes humanos, excrementos, trozos de ropa, vísceras, llaveros, carnets de identidad, chocolatinas, cordones de zapatos… Fragmentos de una galería del horror que al día siguiente alguien recogería con pinzas y guardaría en bolsitas transparentes y primorosamente etiquetadas.

Pero entre todas esas cosas Márquez halló un tesoro que cambiaría su vida para siempre.

Un apéndice amarillento sobresalía entre los matorrales. En un primer momento el músico lo confundió con uno de sus plátanos, pero cuando tiró de él para cogerlo descubrió que estaba asiendo la punta de un iceberg de trapo. Poco a poco se disipó la polvareda y Márquez tenía entre las manos un saco deshilachado en el que se leía a duras penas el logotipo de Correos. Abrió el saco, tosió, lagrimeó, escrutó el contenido. Cartas. Un centenar de cartas que no habían podido llegar a sus destinatarios porque el tren que las llevaba había resbalado de la manera más estúpida.

Por alguna extraña razón aquellos sobres polvorientos despertaron un sentimiento de responsabilidad en Márquez. Se los llevó al apartamento y decidió que al día siguiente mandaría a tomar por culo al gorila, a la isla desierta, a la maldita platanera y a todos los dibujos animados del planeta. Preparó la maleta sin saber qué echar en ella exactamente. Aún no sabía cuánto tiempo iba a durar el viaje. Días, semanas, meses, quizá años. El tiempo suficiente para entregar todas aquellas cartas a las personas que las estaban esperando.

Aquella noche Márquez descarriló, y descubrió que le gustaba.


Continuará…