miércoles, 18 de julio de 2012

EL ARTE DE HACER LA MALETA PARA VIAJAR HACIA EL SEGUNDO ACTO


Debido a mi condición de "canario-andaluz" estoy bastante acostumbrado a viajar en avión. Desde que tengo uso de razón, me he visto obligado a hacer varias maletas por año.

Para mí eso de "hacer la maleta" es ya puro trámite. La soluciono en cuestión de cinco o diez minutos.

¿Recordáis ese cliché que aparece en mil películas? Esa persona que debe huir a toda hostia de algún sitio y hace su equipaje apresuradamente, arrojando la ropa al interior de la maleta, a toda velocidad, sin preocuparse de dónde y cómo cae cada objeto, cada prenda de ropa. Finalmente consiguen cerrar la maleta a duras penas, con trozos de camisa asomando por los bordes.

¡Aficionados!

Yo a estas alturas hago mi equipaje en el mismo tiempo que ellos. Y todo me cabe, todo me encaja, la cremallera cierra sin problemas, sin ninguna lengua de trapo asomando por ella.

Con una excepción.

Aunque sea experto organizando maletas para viajar a Madrid, a Fuerteventura, a Las Palmas, a Donosti...

... me cuesta horrores hacer la maleta para viajar hacia el SEGUNDO ACTO.

Inciso:

Éste no es un blog de guión; es un blog personal... y soy consciente de que, aunque mi "vida personal" últimamente esté demasiado centrada en cuestiones de guión, no todos los que me leéis estáis familiarizados con las nomenclaturas guionísticas.

Así que intentaré explicarme en términos "profanos":

El segundo acto es el meollo de una peli; su tramo más largo.
 
Por alguna razón, en nuestro gremio existe un temor reverencial hacia el "segundo acto". Si en los cuentos populares los malos son el ogro o la bruja de turno...  en los manuales - o las charlas de bar - sobre guión, esos ogros tan temidos son los segundos actos.

Según mi opinión, se puede temer el segundo acto de dos maneras distintas:

El primer grupo está conformado por aquéllos que lo temen de una forma que podría resumirse así: "¡Dios mío! ¿¡Tendré material suficiente para llenar estas sesenta páginas!?"

Sé de guionistas que registran su cabeza con desesperación, como quien registra el cubo de la basura... que exprimen la bayeta en busca de más cosas con las que poder rellenar todo ese metraje...

... y en cierta manera les envidio.

Porque yo pertenezco al segundo grupo: en mi cubo siempre hay demasiada basura, y toda ella quiere salir en la peli.

De ahí el símil de hacer el equipaje.

Intento encajarlo todo en el espacio reducido de mi maleta, pero tengo la sensación de que me sobran cosas y de que, al mismo tiempo, todas las cosas que me sobran son imprescindibles.

No quiero que me obliguen a facturar. No quiero que me cobren exceso de equipaje.

Intento encajar todas las secuencias, todos los pulsos, todos los personajes... pruebo a colocarlas en distintos órdenes, en distintos ángulos... jugando al tetrix con ellas en ese compartimento tan limitado de mi bolsa de viaje.

Que luego los lectores, los productores, los espectadores... todos ellos son más nazis que el puto Ryanair.

Me apetece hablar del tema porque el guión que me ocupa actualmente me ha obligado a hacer algo que casi nunca hago:

Escaletas.

(Inciso: AQUÍ DEFINICIÓN Y EJEMPLO DE ESCALETA para los "profanos". Que luego se me quejan de que cuando hablo de guión me pongo demasiado críptico) 

Estoy relativamente acostumbrado a hacer escaletas, pero creo que es la primera vez que elaboro una escaleta por decisión propia.

Cuando he trabajado para directores o productores que se sentían más cómodos trabajando con escaleta, he currado con escaleta, por supuesto. Pero cuando escribo para mí mismo - o para directores de mucha confianza - suelo lanzarme sobre los folios de cabeza, sin demasiados planes.

En ocasiones empiezo con una especie de escaleta mental. Incompleta, eso sí. Retazos que no apunto en ningún sitio, embriones de estructura, andamios demasiado enclenques para sostener cualquier arquitectura.

No es raro que empiece a escribir una historia sin saber cómo va a terminar. A veces me he sorprendido descubriendo el final de mi propia historia conforme lo tecleaba - o casi -.

Y no es una cuestión de prepotencia. No se trata de chulería, o de soberbia. Lo que ocurre es que trabajar con escaleta me aburre muchísimo. No escribo con la misma pasión cuando "me invitan" a respetar una lista de puntos (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7...)  por el bien de la historia. Me encanta que mi propia historia me sorprenda, que crezca como un árbol, de manera orgánica, que mi inconsciente se encargue de sembrar el camino de miguitas de pan a lo Hansell y Gretel para que las intenciones no se pierdan en el bosque, para que todo resulte encajar incluso mejor de lo que hubiese encajado si todas las decisiones hubiesen sido meditadas, racionales ("hay que dejar que los chicos del sótano hagan su trabajo", que diría Stephen King)

No obstante, LA HISTORIA ES LA QUE MANDA, y cada historia tiene sus propias exigencias, sus propios antojos. Mis preferencias como ser humano no son tan prioritarias como las necesidades de lo que intento contar. Y esta trama en cuestión necesita escaleta.

Es la única manera de hacer bien esta maleta. No sólo he de meter en ella mis calcetines, o el cepillo de dientes del director. También tienen que entrar las pertenencias de la peli original: la peli de la que - ya lo dije en su día - estamos preparando una secuela.

Hay que hacer una lista de todo lo que queremos meter, y luego ir tachando las cosas que no quepan. Hay que  escribir en la lista "maquinilla de afeitar" porque es la única manera de recordar que te has olvidado de incluir "espuma de afeitar", que lo primero no funciona sin lo segundo.

¡Cómo envidio a esos guionistas que no tienen con qué amueblar el segundo acto! Ésos que tienen una maleta demasiado grande y no saben con qué llenarla. Me entran ganas de pedirles que guarden mi bolsita de cocaína en su maleta. Sólo hasta que pasemos el control de seguridad.

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