Hoy he "revisitado" dos pelis que me han hecho pensar (aquí podría meter un típico chiste de los de: "porque yo de vez en cuando pienso. Pero no lo voy a hacer. Mierda... ya lo he hecho...)
Es curioso porque, sin yo pretenderlo, esas dos pelis tienen un nexo común que las hace complementarse mútuamente.
En la peli número 1 el personaje que me debería caer bien, me cae mal.
Y en la peli número 2 el personaje que debería caerme mal, me cae bien.
La primera de esas dos pelis es
KARATE KID.

Sí... El puto
Daniel San me cae un poco mal. Ya cuando la veía de niño me costaba empatizar con ese niñato. Y no entendía cómo
Elisabeth Shue podía mojar sus bragas por un pingajo inmaduro como ése.
¡Que sí! Que los rubios metrosexuales del
Cobra Kai son unos abusones y unos superficiales y todo eso. Pero es que en la mayor parte de las ocasiones es el puto Daniel el que los provoca y se pavonea de una manera harto abofeteable.
Que el pobre némesis rubio-karateca de la peli hace todo lo posible por no partirle la cara a Daniel, pero es el hijo de puta del
Ralph Machio el que se gana el fostiamiento a pulso. ¡Coño, Daniel San! Si sabes que le estás levantando la novia a alguien que aún tiene el dolor fresco, ten un pelín de consideración! Hazlo con delicadeza...
A pesar de ello, el espectador desea que Daniel San triunfe en todo lo triunfable.
(Supongo que para no decepcionar al señor Miyagi, que es un personajazo como la copa de un pino)
Qué pedazo de cosecha la de 1984... Fue el año en que
Spielberg estrenó el
Templo Maldito. Fue el año en que
Joe Dante estrenó
Gremlins... Fue el año en que
Terry Gilliam estaba lidiando fieramente por terminar
Brazil. Y fue tambien el año en que se estrenó este pastelito entrañable llamado
Karate Kid.
John G. Avildsen es un director que ya se ha ganado un escaño en el paraíso. Ese puto amo que hizo con el mierda de Daniel San lo mismo que hizo años antes con el gran
Stallone en
Rocky.
Olvidémonos por un momento de lo mal que me cae el pelele de Daniel San. Si nos centramos en todo lo demás,
Karate Kid es una peli adorable.
Lo que más me cautiva de ella es que se trata de una peli de artes marciales en la que apenas se ven escenas de artes marciales. Si minutásemos el contedido de la peli, creo que nos daríamos cuenta de que de los 110 minutos que (aproximadamente) dura, sólo hay unos 11 minutos de metraje en los que se puede ver a gente golpeando o librando cualquier tipo de pelea.
Yo he practicado artes marciales desde que era niño. De manera irregular, sí... pero las he practicado. Y creo que he visto pocas pelis que reflejen tan bien la esencia de las artes marciales como
Karate Kid.
Y el hecho de que no se vea ni una pelea en casi todo el metraje me parece casi una declaración de principios. Porque las artes marciales de verdad, las que no se han desvirtuado al convertirse en deportes de competición, consisten en eso: En que la vida es más grande que el tatami, y en que el reto más enorme de todos no está en las peleas de patadas y puñetazos, sino en la maldita batalla interior, en la vida misma, en el día a día...
Es algo que no suele entender la gente ajena al universo de las VERDADERAS artes marciales. Eso de entender que la cuestión del combate y la cuestión de vivir en armonía con todo lo demás son dos cuestiones indisociables. Si eliminas una de las dos incógnitas de la ecuación, el castillo de naipes de viene abajo.
Es como la cuestión del
Ta Chi. Hoy día la gente lo practica como si fuese el Yoga, o el jodido Pilates. Los gimnasios han hecho con el Tai Chi lo mismo que hicieron las discográficas con
La cabra mecánica. El Tai Chi (el verdadero Tai Chi) es un estilo de kung fu muy efectivo, descendiente del estilo de kung fu del monasterio de Wu Tang. Cierto día, algún gilipollas de márketing de vete a saber qué gimnasio descubrió que servía para potenciar la salud de la gente (cosa que, muchos años antes, ya había descubierto el ministerio de sanidad de China). ¿Qué hicieron? ... ... ... Pues "lavarle" la cara al Tai Chi, despojarle de todo significado marcial y convertirlo en una gimnasia "saludable" para jubilados.
En otras palabras, hicieron con el Tai Chi lo mismo que, según mi tía, han hecho hoy en día con la alimentación cárnica: Limpian tanto las carnes que las despojan de toda su gelatina. De esa manera, los niños comen filetes "demasiado" limpios, inmaculados... pero incompletos... y luego se ven aquejados, a muy cortas edades, de problemas en los huesos.
Y eso le está pasando al Tai Chi en nuestra sociedad postmoderna: Le han quitado la gelatina.
La gente no entiende que todo ese rollo de la paz interior y la armonía va intrínsecamente unida a la seguridad de saber con un alto porcentaje de seguridad que si quisieras, podrías pulverizar a ese capullo que amenaza dichaa paz, dicha armonía.
Yo siempre pongo el ejemplo ninja:
Yo practiqué nin-jitsu cuando era niño. Sólo durante unos meses. Después regresé al Aikido (porque resultó que mis posibilidades económicas alcanzaban para convertirme en samurai, pero no para ser ninja). Pero hay una anécdota sobre mi grupo de ninjutsu que nunca se me olvidará:
Sucedió en unas fiestas municipales.
Todos esos ninjas de paisano estaban por las fiestas, divirtiéndose...
... y de repente llegaron uno navajeros, armados con sus metales puntiagudos, intentando atracarles.
Esos putos amos del ninjutsu podría haberse cargado a los navajeros con sólo un par de movimientos. Pero precisamente gracias a eso, gracias a esa seguridad que les confería el saber cómo enfrentarse la situación, conservaron la calma, empezaron a charlar con los atracadores... empezaron a tranquilizarles... y acabaron yéndose de copas con ellos.
Escuché esa historia verídica cuando era un adolescente tempranero y aún no me he topado con una definición del espíritu de las artes marciales que me parezca más precisa.
Y toda esa mierda está reflejada en
Karate Kid. A pesar de las muchas licencias que se toma la peli.
A pesar de que Miyagi insista en que hay que mirar siempre a los ojos del adversario (aunque a mí siempre me han enseñado que NUNCA hay que mirar a los ojos del rival - según las antiguas creencias japonesas, el enemigo puede robarte la energía (ki) a través de los ojos - )
A pesar de que para aprender a esquivar en condiciones hacen falta indicaciones más precisas que las necesarias para encerar coches y barnizar vallas.
A pesar de que si haces la técnica grulla con la rodilla como la tenía Daniel San, corres el riesgo de quedarte cojo para toda la vida.
A pesar de que es muy raro encontrar un buen maestro que te instruya gratis y que encima sea el tío de mantenimiento de tu urbanización.
Pero es que
Karate Kid, más que una peli de artes marciales es una peli sobre la vida misma (que, por otra parte, es lo que debería ser cualquier peli de artes marciales). Karate Kid es una peli de "chico conoce a chica". Y es una peli de "me mudo a otra ciudad, me sacan de mi entorno y me cuesta adaptarme". Y es una peli de "yo soy humilde y estoy rodeado de gente demasiado sofisticada para mí". Y es una peli de "soy un japonés que perdió a un hijo y la vida me da la oportunidad de recuperar al hijo que perdí".
Y por todo eso
Karate Kid ha trascendido a la memoria colectiva de una generación entera, mientras que otras pelis más "marciales" se han quedado rezagadas en los callejones del trash.
- La segunda de las dos pelis que mencioné al principio es
UN DÍA DE FURIA.

En mi adolescencia odié a
Joel Schumacher por lo que nos hizo con sus dos entregas de
Batman. Luego le vi en un par de documentales, me pareció la mejor de las personas y descubrí que (hombres murciélagos aparte) había dirigido auténticas joyitas. Como esta "
Falling down".
Y es que, como adelantaba al comienzo de la entrada, en este caso empatizo más con el personaje que se supone que ha de ponerte en su contra.
Porque es fácil estar del lado de
Michael Douglas. Y los guionistas lo saben. Se trata del típico personaje del que huirías en la vida real, pero que al mismo tiempo cae simpático cuando lo percibes desde la comodidad de tu sillón. Porque todos tenemos en algún resquicio de nuestro interior esa vertiente frustrada, desengañada, miserable.
El
Michael Douglas de
Un día de furia me recuerda al
Orson Welles de
Sed de mal. Y creo que ambos inspiran la misma ternura que los dinosaurios de
Ray Harryhausen... cuando mueren de esa entrañable manera sobreactuada... shakesperiana...