
Se supone que el 1 de septiembre volveré a tener piso en Donosti. Mientras tanto me han metido en una pensión cojonuda. Habitaciones preciosas, relativamente espaciosas. Regentada por gente amabilísima.
Lo que no tengo, obviamente, es cocina. Así que desde que he regresado más de la mitad de mis comidas han sido en la calle. Aunque eso en esta ciudad, si uno se puede permitir el gasto (aunque sea durante unos pocos días) es una delicia.
Tras un año y medio en Donosti no puedo decir que me haya convertido en un experto en el mundo de los pintxos, pero casi. El universo hostelero de esta ciudad es inabarcable. De lo que sí puedo presumir a estas alturas es de conocer (e incluso frecuentar) el 80% de los sitios que realmente merecen la pena.
Hace tiempo que tengo pendiente escribir una especie de guía sobre mis sitios favoritos para ir de pintxos por Donosti. Cuando lo haga la publicaré en este blog, y ese día la mayor parte de vosotros deshechará esa entrada porque no le resultará de ninguna utilidad, aunque recomendaré a todos volver sobre vuestros pasos algún día y rescatarla, cuando vengáis de visita a esta ciudad de juguete medio española, medio francesa, medio vasca.
Mientras tanto sólo quería plasmar aquí una pequeña reflexión. Algo que me encanta de Donosti:
Es una ciudad en la que dejan entrar a los perros en los bares.
Los que tenemos perros valoramos muchísimo esa clase de cosas. La sociedad se ha enemistado con los perros. Desde aquella vez en que los periodistas se quedaron sin temas para sus noticias y empezaron a llenar sus sumarios con casos de perros que mordían a la gente. Es algo que siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá, pero se trata de casos aislados.
Estoy convencido de que por cada perro que haga daño a un ser humano, hay mil seres humanos que hacen daño a tres mil seres humanos. Pero la tele es experta en generar psicosis, y hoy día los perros caen mal, y están constreñidos por todo tipo de reglamentos y prohibiciones.
Por eso me encanta que en una ciudad como Donosti, tan pija y tan estirada en muchas otras cosas, puedas entrar en el local más elegante, pedirte el pintxo más "de cualité" y... escuchar cómo dos perros se ladran mútuamente.
Y lo mejor de todo es que rara vez ladran. Rara vez arman follón. Nadie prohíbe entrar con niños en los bares, y sin embargo los niños suelen ser mucho más escandalosos, maleducados e importunos que los perros. Y cuando entran en carritos de bebé, ocupan más espacio que cualquier mastín o gran danés. Es más: No me extrañaría que los niños transmitiesen más enfermedades que los perros y se metiesen en la boca cosas bastante más insanas.
A pesar de ello, ¿qué más da? Cada vez estamos más obsesionados con que todo sea antiséptico. ¡Hay que convivir con los gérmenes, coño! De lo contrario NO aprenderemos a inmunizarnos frente a ciertas cosas, nos convertiremos en blandengues que pillarán un resfriado o una gripe con sólo abrir la ventana. No todas las vacunas se inyectan en las venas. También hay vacunas vivientes que se pueden pasear entre nosotros, convirtiendo la atmósfera en un campo de entrenamiento más que necesario.
Aún no he podido "desembalar" mis nuevos dinosaurios de plástico. Lo haré en cuanto mis maletas toquen tierra firme, y entonces habrá fotos.