
He postpuesto indefinidamente la escritura de mi guión.
De repente notaba que algo dentro, muy dentro de mí no me dejaba avanzar.
Me he auscultado a mí mismo y me he dado cuenta de que la mayor parte del tiempo no estaba escribiendo con el corazón: "Creaba" más por inercia que por saciar ningún tipo de pasión o de entusiasmo.
Estaba forzando la maquinaria. Estaba (una vez más) intentando violar a la musa sin tenerla debidamente lubricada.
Quizá sea mi inestabilidad de piscis, que me impide encariñarme con algo durante más de cuatro días.
Quizá sea que no termino de encontrarme y pruebo mil cauces de expresión artística con la esperanza de descubrirme a mí mismo en las entrañas de uno de ellos, sin entender que quizá es mejor abordar la cuestión desde el otro extremo: Primero encontrarme (dejarme de chorradas) y luego jugar con aquello que Welles denominaba "el tren eléctrico más caro del mundo".
Me he dado cuenta de que durante los últimos años he renegado de la clase de cosas que perpetraba antes; aquéllas a las que me tiraba de cabeza con un entusiasmo casi infantil. Mis últimos amagos de escritura, tanto en novela, como en guión, como en relato, eran un intento de convertirme en un ¿autor? responsable y adulto.
Un intento de ser todo aquello que nunca se ma ha dado bien.
No es de extrañar, pues, que casi ninguno de esos proyectos llegase a buen puerto.
Quizá retome el guión cuando de verdad sienta que lo estoy pariendo desde dentro, y no obedeciendo a todas esas espadas de Damocles que imagino pendiendo sobre mi coronilla y susurrándome: "Lo correcto es hacer esto o lo otro".
Quizá ha llegado la hora de reconocer que el cine que más te conmueve y el que más admiras no es necesariamente el cine que estás destinado a hacer. No tiene por qué ser el cine que realmente te brota en las entrañas.
Quizá ha llegado el momento de asumir que, de todas mis vertientes, a la única a la que le nace expresarse con auténtico brío es ese niño gamberro, irreflexivo que llevo dentro. Ese Peter Pan desprovisto de Wendys que no puede evitar pintarle unos bigotes a la Mona Lisa, aunque luego se sienta como el mierda más mierda del planeta, porque admira a la Mona Lisa más que a nada en este mundo.
Y la vertiente optimista de estas reflexiones, si es que la hay, se la debo a haber visto por enésima vez Indiana Jones y el Templo Maldito. Y también por enésima vez... ¡¡¡Gracias, Steve!!!
Y mientras la zorra calientapollas en que me he convertido se aclara, lo único que me mantiene estable es seguir dibujando algún que otro dinosaurio de vez en cuando.