
Os pido disculpas por esta larga ausencia.
Estos últimos días han consistido en un viaje que ha culminado esta noche, con ese tren que (al igual que al año anterior) ha escupido en los andenes de Donosti lo que quedaba de mí.
Me alojo en una pensión del centro hasta que la productora me informe de dónde cojones tiene pensado meterme en esta ocasión. Es la misma pensión en la que tuve que pasar algunas noches el verano pasado, hace justo un año. La habitación es pequeña. Mis maletas y yo tenemos que convertirnos en fichas de tetris para encajar en ella. A pesar de ello he elegido esta pensión porque está regentada por unas señoritas muy amables que le hacen sentir a uno como si fuera bienvenido.
Toda esta mierda es bastante cíclica. Misma ciudad. Misma pensión. Una visita sentimental y obligatoria al mismo bar. El año anterior el camarero me invitó a las cañas porque era su cumpleaños. Hoy el mismo camarero me ha vuelto a invitar, porque ayer fue su cumpleaños.
Es como un espejo empañado que refleja un día lejano, distorsionado... pero bastante similar.
A pesar de ello no padezco el síndrome "Bill Murray del Día de la Marmota". No me siento caminando en círculos. Camino en espiral. Revivo situaciones similares a las de un año atrás, pero percibo una evolución en ello, como si el año pasado fuese Posesión Infernal, y lo de hoy fuera un Terroríficamente Muertos.
El año pasado subí al tren cargado con seis o siete bultos de equipaje, imposibles de abarcar para una sola persona. Hoy mi equipaje se limitaba a tres bultos de nada.
Hoy tengo un leve dolor de cabeza. El año pasado el dolor de cabeza fue de los más fuertes que he tenido en mucho tiempo, acompañado de vómitos y diarreas.
El año pasado me dieron la habitación en un extremo de la pensión. Hoy me la han dado en el extremo opuesto.
El año pasado llegué a Donosti con una sensación de desamparo que me congelaba las entrañas. En esta ocasión, sin embargo, llegar a Donosti ha sido reencontrarse con una vieja amiga.
Esta ciudad, como todas ésas en las que uno pasa el tiempo suficiente, está infentada de rincones con recuerdos agazapados para asestarme puñaladas en cuanto bajo la guardia. El dolor de algunas de esas puñaladas es bastante agradable.
Y ahora me voy a la cama, porque mañana me reincorporo a mi trabajo, que es uno de los mejores del mundo, o algo que se le parece bastante.