martes, 10 de septiembre de 2013

PERSONALIZAR LOS MÉTODOS Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO



Estoy escribiendo ese guión sobre telépatas del que os hablé hace dos entradas. Podría utilizarlo como excusa: "No actualizo el blog por culpa del guión". Pero los que me conocéis un poco sabéis que si estuviese ocioso tendría este sitio igual de descuidado.

Otra cosa que sabéis los que me conocéis un poco: Cuando ando inmerso en la escritura de algo más o menos personal, las reflexiones me surgen de manera espontánea, y también las ganas de compartirlas aquí.

Cosa número tres que sabréis quienes me conocéis un poco: Tengo una relación peculiar con los manuales de guión, a veces más hostil de lo que yo quisiera.

El rollito pedagógico ése me asusta: Los dogmas, los métodos basados en máximas lapidarias... No es algo malo por sí mismo, pero es peligroso cuando cae en mano de un idiota que asume todo de manera literal. Y aquí va lo más escalofriante: Todos somos - o podemos ser - ese idiota.

Todos somos inseguros, influenciables.

Todos hemos sido educados en un entorno en el que nos programan para asumir y obedecer - casi de manera automática - cualquier cosa que se haga llamar "norma" - o que esté formulada como tal -.

Todos somos propensos a ceder cuando el Diablo nos tienta con el perverso espejismo de lo fácil.

Yo me considero un coleccionista de excepciones.

Si alguien me dice que el detonante debe estar en la página 12 o en la 16... yo busco ejemplos de pelis que detonen más tarde, o que lo hagan mucho antes. Yo qué sé... ¿La Jungla 3?

Si me dicen que el protagonista debe tener un arco de transformación, voy corriendo a  Golpe en la Pequeña China y me consuelo en el regazo de Jack Burton.

El otro día leí un tweet que decía que: "En puedes dejar una tensión sexual no resuelta. En hay que resolverla para satisfacción del público: no te perdonan no hacerlo" y estuve a punto de contestar: EL APARTAMENTO.

No lo hice, porque el tweet estaba cargado de buena intención y pertenece a una cuenta de Twitter igual de útil y bienintencionada. Aunque yo necesite coleccionar esas excepciones para mantener los lobos a raya, esos consejos son válidos en la mayoría de las ocasiones.


Seguro que yo mismo soy una excepción en los manuales sobre escribir entradas de blogs, porque llevo más de diez párrafos y aún no he empezado a contaros lo que pretendía contar en esta entrada:


En este nuevo guión me he propuesto escribir sin escaletas ni reflexiones previas, en parte porque me conviene tenerlo escrito cuanto antes, y en parte porque NECESITABA volver a escribir de esa manera.


No me he detenido a definir los personajes. Quería ver qué descubría de ellos si simplemente empezaba a teclear y dejaba que me sorprendieran.


No he prestado atención a en qué página caía el detonante, en cuál el punto de giro, o si he suministrado en cada acto la información necesaria.


Simplemente escribir, tirando millas.


A estas alturas llevo escrita la mitad del guión (aproximadamente) y está siendo un proceso arduo, no lo niego. Es como salir de viaje llevando una mochila, y en ella los pocos trastos que te ha dado tiempo a meter en el minuto antes de partir. No te has acordado de incluir el mapa. La brújula se te marea en el bolsillo. Te metes por senderos accidentados, acabas parando a comer en sitios sórdidos... pero ¿qué cojones? gracias a eso, entre calvario y calvario, encuentras tesoros que no están al alcance de la visita guiada.


Tecleo en el guión, la historia me detona prontísimo pero no me preocupa ¡menudo ritmazo! Sigo adelante, dejo atrás el primer acto demasiado pronto, pero no echo nada de menos. ¡Qué carajo! ¡A lo mejor ésta no es una peli de actos! ¡Que les follen a los actos!


Luego me voy dando cuenta de que he ido amasando personajes que me gustan, que me parecen vivos... han ido generándose a base de rodar e impregnarse de todo lo demás, como la pelota de estiércol de un escarabajo. Es maravilloso.


Llega un momento en que esos personajes son autónomos: se caen bien o mal entre ellos, reaccionan mejor o peor a según qué cosas. Tú obedeces a sus designios, pero adviertes que el comportamiento de tus criaturas se contradice con lo que hacían al principio del guión. Entonces retrocedes a las primeras páginas y cambias tal escena y tal diálogo. 


Es algo mágico: En la escritura está inventada la máquina del tiempo. Una máquina que retrocede páginas en lugar de años.


A los seres humanos nos obligan a tomar decisiones importantes cuando aún no tenemos la madurez ni la edad necesarias para ello. Luego crecemos traumatizados, frustrados, contrahechos... A veces desearíamos que nuestro "yo adulto" pudiese retroceder al pasado y decir a nuestro "yo" de cinco años: "Cuando estés en el instituto conocerás a una chica llamada (...), no pierdas tanto tiempo con ella, es una zorra. Y no aceptes ese trabajo dentro de veinte años: te va a amargar la vida. Ah, y cuando el presidente diga que al año siguiente saldréis de la crisis, no le creas."


Los escritores sí podemos hacer eso con nuestras criaturas. El personaje puede descubrir maravillas sobre sí mismo y luego retroceder a sus orígenes; cambiar lo necesario para afianzar esa trayectoria.


Lo bonito de todo eso es que cuando retrocedo y añado las cosas que necesitan mis personajes... el detonante termina estando donde dicen los manuales, y el primer punto de giro tres cuartos de lo mismo. 


Es lógico


Por mucho que coleccione excepciones, soy consciente de que las normas de escritura y de estructura no están ahí por capricho, sino por inducción. Hemos llegado a ellas tras observar cómo esas reglas acaban cumpliéndose en (casi) todo lo que funciona.


No obstanteeeeeee... Me gusta que una historia llegue a esos lugares siguiendo su propio camino, manchándose de sus propias circunstancias concretas.


Imagino que un ingeniero automovilístico, tras hacer los primeros diseños de un coche necesitará construir un prototipo y ponerlo a correr DE VERDAD en una pista. De esa manera pueden testearlo sobre el terreno, ver en qué destaca, en qué flaquea, contra qué imprevisto tiene que enfrentarse... Tras ello, harán cambios en el diseño, construirán un prototipo mejor... y así sucesivamente. ¡Si la Fórmula 1 ha convertido ese sistema en deporte!


A mí me gusta hacer eso mismo con mis personajes: Soltar el prototipo sobre el papel, teclearlo, sudarlo, replantearlo...


Muchos piensan que es mejor tener a los personajes muy claritos ya en la escaleta, porque así te ahorras trabajo de escritura. Pero es que para mí sólo es "trabajo" cuando lo escribo así, dictado por otra persona (aunque esa otra persona sea yo mismo) Cuando me lanzo al teclado con mi mochila y mi brújula averiada, ya no se trata de trabajo: es diversión.


Para ahorrarme las objeciones de los más quisquillosos, intentaré dejarlo bien clarito: Esto es lo que me funciona a mí, y me parece muy respetable que a otros les funcione todo lo contrario. Por eso este post se titula "Personalizar los métodos".


(La imagen de cabecera es de la película Dreamscape. Desde el principio tenía muy claro que iba a ser uno de los referentes más confesos para mi guión de telépatas)


miércoles, 4 de septiembre de 2013

GENTE QUE TIENE IDEAS



Se llama Rafael Alguacil. Es fan de James Bond, de Zemekis, de Chicho Ibáñez Serrador y de muchas otras cosas. Le conocí en la universidad. Éramos compañeros de clase. Y desde entonces le quiero muy, muy cerca en todos mis proyectos.

Cuando colaboro Rafa, su trabajo consiste en tener ideas.

Ejemplo ilustrativo: Hace años se me ocurrió la idea de hacer una peli con cacahuetes ambientada en un MANÍcomio llamada Gritos en el Pasillo.  Rafa dijo: "¿Por qué no usas cosas de los frutos secos en el universo de la peli? Por ejemplo, en vez de locos, pueden estar caducados."

Le hice caso. Y el concepto de "caducados mentales" es una de las cosas que más ha celebrado (y mencionado) el público de Gritos en el Pasillo.

Y en aquella misma conversación - parece que estoy viendo la cafetería en la que tuvimos esa conversación - Rafa añadió: "Y esas escenas en las que los electrocutan, a lo mejor también se podría buscar algo del mundo de los frutos secos, como garrapiñar".

A día de hoy, el garrapiñado es sin duda una de las cosas más aplaudidas por todos los que han visto Gritos en el Pasillo.

¿Os dais cuenta de las implicaciones que tiene lo que acabo de contar?

Dos de las cosas más mencionadas de Gritos tuvieron su germen en una persona que ni siquiera aparece en los títulos de crédito. (bueno, sí que aparece, pero en los agradecimientos)

Escribo este post para reivindicar el trabajo de ese tipo de gente: La gente que TIENE IDEAS.

Hace tiempo alguien me dijo que el gobierno de Estados Unidos pagaba a Einstein simplemente por encerrarse en una sala y PENSAR. Tener ideas.

Me pareció maravilloso.

Porque hay gente que tiene una capacidad increíble para descubrir conceptos, para combinar ingredientes de maneras inéditas... pero carece de la fuerza de voluntad necesaria para materializar todas esas declaraciones de intenciones.

Por otro lado, hay mucha gente desperdiciando esfuerzo y maestría en proyectos estériles por la sencilla razón de que tienen los medios, tienen la formación... ¡pero no tienen ideas!

¿No os parece tristísimo? Quienes tienen mejores ideas del mundo, rara vez tienen a su alcance los mecanismos, la actitud y la hijoputez necesarias para sacarlas adelante.

Me jode mucho ver cómo la balanza se suele inclinar a favor de los que no tienen ideas pero sí capacidad de "materializar". Vivimos en un mundo que rinde culto a la materia, a lo concreto. Nos han contado tantas veces el cuento de que lo que inmaterial no existe que nos lo hemos acabado creyendo.

Hemos creado una sociedad en la que producir ladrillos parece más real y más fiable que tener ideas.

Yo reivindico lo de "tener ideas" como oficio.

Hay gente que puede cambiar el rumbo de las cosas simplemente proponiendo protocolo de pensamiento distinto.

Me viene otro amigo a la cabeza: Mario Parra. Director y guionista. Otro tipo extremadamente talentoso. En Gritos le tuve como doblador de varios personajes, y varió ligeramente sus frases hasta convertir algunas de ellas en momentos memorables de la peli. En UIOP le tuve como ayudante de dirección, y un par de sugerencias suyas me animaron a hacer más ambicioso uno de los planos; un plano que yo quería resolver de manera más simple, en menos tiempo... y que gracias a las tentaciones de Mario se convirtió en el más largo de rodar... y en el mejor plano de todo el episodio.

Gente que tiene ideas, y que normalmente ni siquiera se lleva el mérito por haberlas tenido. Porque las ideas son así: etéreas, inconcretas y tan, tan difíciles de cuantificar...

A Rafa también le he tenido en UIOP. Aparecerá en los títulos de crédito como "Asesor creativo". Le fiché simplemente para eso: para tener ideas. Finalmente, por motivos de tiempo y presupuesto, sólo hemos podido plasmar una o dos de esas ideas en el resultado final... pero estoy deseando poder llamarle otra vez, e incluso poder pagarle para que se encierre en una habitación - igual que Einstein - solamente para eso: para tener ideas.

P.S: Se me olvidaba comentar que, aunque conocí a Rafa Alguacil y a Mario Parra por separado y con varios años de diferencia, resulta que ambos fueron compañeros de clase, y de pupitre. ¿Qué drogas suministraban en aquel instituto?


martes, 27 de agosto de 2013

EL DÍA QUE ASESINÉ UN GUIÓN.




Por razones que no sé si puedo comentar aún, me conviene escribir otro largo. Y por otras razones que tampoco sé si puedo comentar aún, me convendría tenerlo terminado antes de octubre.

Llevaba varios días dándole vueltas a un guión de largometraje. No era nuevo: Una historia que se me ocurrió en su día para una peli de episodios que iba a hacer con otros dos directores (César del Álamo y Norberto Ramos del Val).

Aquel proyecto cayó en saco roto, como casi todos, pero hace poco César del Álamo retomó el episodio que pretendía dirigir para la ocasión. Con la ayuda de Mario Parra lo adaptó a duración de largometraje, convirtiéndolo en LA MUJER QUE HABLABA CON LOS MUERTOS.

Mi intención era la misma: Quitarle el polvo a lo que iba a ser mi episodio (también una historia de fantasmas) y convertirla en una peli. ¡Incluso dirigirla!

La trama de mi historia es la siguiente: 

Un prota alcohólico, o casi. Con su vida a la deriva. De pronto empiezan a suceder cosas raras en su casa. Fenómenos polstergeist o algo parecido. Todos a su alrededor le toman por loco, le recomiendan que deje de beber. Son alucinaciones. Nadie más percibe las cosas que él dice ver.

El prota recurre a internet. Investiga. Encuentra casos de gente que experimenta los mismos fenómenos que él. Contacta con esa gente. Y algunos de ellos son también alcohólicos o bebedores habituales. La clase de gente que bebe a solas de su casa, todos los días.

El prota empieza a creer que, en efecto, se está volviendo loco. Está a punto de cambiar de vida.

Entonces se da cuenta de que todas las personas que sufren esas alucinaciones o polstergeist tienen algo en común: Todos compran la misma marca de hielos para hacerse los cubatas, los whiskies, etc.

El prota ha encontrado un hueso. Sigue investigando. Descubre que la empresa que vende esos hielos obtiene el agua de un pantano, y para construir el pantano inundaron un pueblo que ahora está sumergido ahí... y sí, ya os lo imagináis: en ese pueblo sucedió algo terrible, y los muertos intentan contarlo a través de la gente que (en forma de hielo o de cualquier otra forma) bebe ese agua.

Hay más trasfondos y más subtramas, pero con esto basta para lo que quiero escribir en este post.

AYER. INT. DÍA.  Tenía ya la cosa tan definida que estuve a punto de lanzarme al teclado y empezar a guionizar.

Pero entonces... tuve un gatillazo emocional con la historia.

Porque me di cuenta de que esa historia ya la escribí hace años, e incluso la dirigí.

Es la historia de Gritos en el Pasillo.



Cambia al alcohólico por un artista reprimido (persona "influenciable", de voluntad débil), cambia los hielos por gritos, cambia lo de ver cosas horribles por pintar cosas horribles sin querer. El resto, en esencia, es lo mismo: Los muertos utilizándote como vehículo para contar su historia, la gente de alrededor haciéndote creer que te estás volviendo loco...

Ya sé lo que me vais a decir:

Que no es nada original, que casi todas las historias de fantasma contienen esos elementos.

Que según Campbell y la Antropología y la madre que los parió existe un número limitado de tramas posibles y siempre echamos mano de las mismas.

Que cada uno de nosotros llevamos dentro una historia y estamos condenados a perpetuarla, a repetirla una y otra vez como una especie de liturgia; cambiándole la forma, pero manteniendo la esencia, la estructura, el sustrato simbólico, arquetípico...

¡Que sí, copón! ¡Que ya lo sé!

No soy enemigo de que todo lo que escribo acabe teniendo un denominador común. Acepto de buen grado lo de repetirme sin darme cuenta. Todo eso está en la letra pequeñita del contrato que se firma con las musas, y es precioso.

Pero cuando, de repente, te vuelves demasiado consciente de que estás haciendo eso, se te corta el rollo.

Saber que me repito no me avergüenza, ni me degrada, pero me aburre.

Voy a contar una cosa curiosa. Quienes me conocéis os habréis dado cuenta de ello antes que yo mismo. El cornudo es siempre el último en enterarse:

Todos los guiones míos que acaban saliendo adelante, todos los que finalmente se ruedan en vez de morir en el intento... se repiten más que el ajo. Todos tratan de lo mismo: De la locura como mecanismo para no tener que afrontar los aspectos más duros de la realidad. De influencias ajenas a nosotros que nos manipulan y nos obligan a hacer cosas que de otro modo no haríamos.

Todo eso está en Gritos en el Pasillo, pero es que también está en (el thriller que escribí para César del Álamo). En cierto modo, incluso el elemento fantasmagórico estaba de nuevo en . Siempre me ha gustado describir como "una historia de fantasmas sin fantasmas".

Ahora en UIOP (el capítulo que escribo y dirijo para Píxel Theory) resulta que ¡oh, sorpresa! se repiten exactamente los mismos temas.



Os aseguro que tengo escritos muchos guiones sobre temas muy distintos y de distintos géneros, pero por alguna extraña razón, esos nunca terminan rodándose. ¿Acaso son peores? Soy el menos indicado para decirlo, pero si intento analizarlos con objetividad, yo diría que muchos de ellos están bastante mejor construidos que los que llegan a buen puerto. (otros no, ojo. Otros son una mierda.)

Sólo se me ocurre la posibilidad de que mi propio inconsciente tome las decisiones subterráneas; esas decisiones "de verdad" que se arrastran por debajo de las decisiones de mentira. Puede que, al igual que mis personajes, alguna influencia fantasmal me manipule para sacar a la luz, una y otra vez, la misma basura.

Imagino que habrá razones para ello, pero me hastía. Me produce una cansina sensación de claustrofobia, de estar atrapado dentro de mí mismo.

Si el titiritero quiere manejarme a su antojo, que por lo menos se curre un poco más el truco para que no se le noten los hilos. Incluso si el titiritero resulto ser yo mismo.

Así que hoy he asesinado ese guión. Le he procurado una eutanasia... o he abortado... Yo qué sé...

Además ¡qué cojones! también me he dado cuenta de que la mitad de los directores que tengo cerca están precisamente haciendo pelis de fantasmas. Otra más igual nos iba a saturar un poco a todos.

Este post es la tumba de ese guión nonato, su mausoleo...

... pero como no soy muy amigo de los períodos de luto, también fue ayer mismo cuando decidí retomar otro proyecto de peli que abandoné hace tiempo. Una historia sobre telépatas, mucho más extraña que la anterior, quizá menos comercial, más arriesgada.

A lo mejor cuando lo haya terminado descubro que - sin querer - he vuelto a contar, una vez más, la misma historia de siempre. De momento hay un factor que hace que este proyecto de los telépatas me motive más que el de los fantasmas:

No sé cómo coño termina la historia.

Ni siquiera he decidido exactamente qué ocurrirá a partir del primer punto de giro.

Cualquier gurú del guión me daría de hostias por hacer algo así. No es buena idea lanzarse a escribir sin tener atadas unas cuantas cosas.

¡Ah, los gurus! Ellos saben cómo construir guiones efectivos, pero no tienen ni puta idea de cómo hacerme feliz a mí, de cómo hacer que me levante cada mañana con ganas de saltar sobre el teclado, de cómo ayudarme a escribir con ilusión.


lunes, 12 de agosto de 2013

10 TRUCOS PARA HACER QUE TUS PERSONAJES MOLEN.

 
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Últimamente veo muchas pelis que no atrapan. Se trata de pelis bien ejecutadas. Pelis con buenas ideas, con ingredientes apetitosos. En teoría lo tienen todo para funcionar correctamente y, sin embargo, no lo hacen.

¿Qué es lo que falla?

QUE LOS PERSONAJES NOS IMPORTAN UNA MIERDA. Eso es lo que pasa.

Un amigo mío llamado Perogrullo me dijo una vez que es difícil meterte en una peli si te da igual lo que le suceda al personaje.

Cuando contamos historias (sobre todo en el cine y en la tele) nos obsesiona eso de que “el personaje no caiga mal”. ¡Bah! Lo de que el público le coja manía a un personaje no es necesariamente malo. Lo jodido es que el público sienta indiferencia.

Por lo que a mí respecta, un público implicado en la historia porque desea que a tu hijo de puta le salgan mal las cosas es igual de lícito que un público motivado por el deseo de que le vaya bien al prota.

El sadismo es un combustible emocional tan válido como la empatía.

Ah, por cierto, no os voy a dar diez putos trucos para mejorar los personajes. El título del post era sólo para llamar vuestra atención. Yo soy más de divagar y de no saber ofrecer soluciones concretas, así que tendréis que joderos.

Tampoco voy a demorarme en las recetas obvias que seguramente ya conocéis:

Que si el personaje debe tener un objetivo claro,

que si buscarle carencias que lo hagan más humano,

que si hacerle putadas y llenarle el camino de obstáculos gordos para que nos solidaricemos con él,

que si ponerlo a resolver esos obstáculos de forma ingeniosa para que lo admiremos,

que si hacer al antagonista mú malo, mú malo,

que si salvar a un puto gato...

Todo eso es muy interesante (lo digo sin atisbo de sarcasmo) pero he querido pasar de puntillas por ahí porque:

- Esos truquitos los podemos leer en cualquier manual de guión.

- Decir todo eso es un poco como decir: “La torre se mueve en línea recta, el alfil se mueve en diagonal. ¡Hala! Sabiendo eso, siéntate frente a Kasparov y hazle un jaque mate.” Está muy bien lo de que tu personaje sea ingenioso, pero para que él encuentre soluciones ingeniosas, tú tienes que ser ingenioso. Está muy bien lo de buscarle carencias humanas y objetivos reconocibles, pero para que eso salga bien, tienes que conocer un poquito la psicología y las emociones humanas.

- Y por último, pero no por ello menos importante: Hay películas que cumplen a rajatabla todos esos tips de literatura de aeropuerto y, a pesar de ello, los personajes nos siguen importando una mierda.

Si, como yo, sois de los que casi siempre se limitan a escribir para que lo dirijan otros, siento deciros que poco podréis hacer. Porque el barniz último, el toque de gracia que hará que amemos u odiemos al personaje, no depende exclusivamente de lo bien o mal escrito que esté. Esto último me lo comentó también mi amigo Perogrullo.

Evidentemente, el actor elegido es un factor importante. Pero tampoco en eso hay recetas infalibles. De hecho, creo que ni siquiera depende de lo buen o mal actor que sea el tipo. Al menos no enteramente.

Cuando un actor se encuentra con un personaje, es como una cita a ciegas. Puede que haya química, puede que no. Y eso es un misterio; uno de ésos que hacen el mundo un poco más mágico. Bruce Campbell tiene química con Ash en Evil Dead. Kurt Russell tiene química con Jack Burton en Golpe en la Pequeña China. Paul Newman, John Jusack, Morgan Freeman... tienen química con cualquier cosa que les pongas al alcance de la mano, pero no a todos los actores les ocurre eso, ni es algo que dependa necesariamente de la formación o del talento interpretativo. Actores tan dispares como Jack Nicholson o Eduardo Noriega a veces bailan con personajes que les encajan como un guante y en otras ocasiones no hay quien se los crea.

Una funesta decisión de vestuario o una peluca en el cuero cabelludo de Nicolas Cage también pueden marcar la diferencia. Un mismo filete puede estar empanado o a la plancha. La carne es la misma, sí, pero el público es un niño que come con los ojos.

Acabo de recibir un whatsapp de mi amigo Perogrullo. Me recuerda que el realizador y el montador también pueden ser determinantes a la hora de hacer que un personaje nos importe.

A mí me sucede una cosa con algunas películas: En un primer visionado no empatizo con los protas por la sencilla razón de que no les conozco: no sé qué les importa, qué les motiva, qué cosas les afectan más o menos. Más adelante, en un segundo visionado o en un análisis a posteriori, descubro que todas esas cosas que inquietan, motivan o definen al personaje sí estan ahí, pero no se perciben a menos que uno preste mucha atención.

Aviso a los realizadores y a los montadores que estén leyendo esto: Cuando manipuláis una historia, vosotros tenéis mucha más información que el público que la ve por primera vez. Aunque algunas cosas estén muy claritas para vosotros, hay que enfatizárselas al público. Es como una excursión turística. El guía está continuamente señalando hacia un lado u otro de la guagua: “Mirad, eso es importante. Hacedle una foto.” Hay que detener la guagua un segundito en los puntos más significativos de una narración, para que nuestros espectadores puedan sacar su foto, para dejarles claro que eso que les estás mostrando no es un edificio normal, sino un monumento.

Y no basta con detenerse el tiempo suficiente para informar al público. Hay ciertas cosas que no sólo debe conocer. También debe asimiliarlas emocionalmente. Ya hablé más profundamente sobre ello hace tiempo, en este post de “La ley de la esponja.

En serio, amigos montadores y realizadores: Si el prota ve morir a un bebé o ve llorar a su esposa, os conviene poner un plano en el que, de una manera u otra, se enfatice su reacción. Que quede clara la manera en que eso le afecta. Vosotros sabéis que ese tío está jodido. El público no.

Es difícil empatizar con un trozo de corcho. E incluso el más expresivo de los actores puede convertirse en un trozo de corcho si no le miramos de cerca, o desde la perspectiva adecuada.

¿Que andáis cortos de presupusto? ¿Os falta tiempo? ¿El plan de rodaje está demasiado ajustado? ¿No os da tiempo a rodar todos los planos que teníais previstos? Hacedme caso: En la mayoría de las ocasiones, ese plano en el que se muestra la reacción de tu actor es mucho más importante para la historia que ese otro plano original y visualmente impactante que te iba a hacer destacar – puede que más de la cuenta – a ti como realizador. Creedme. Sé de lo que hablo. He protagonizado cagadas de ese tipo.

Vale, no exageremos. Un buen guión tampoco está tan desnudo. Si construimos desde el papel un personaje sólido, será más fácil que un actor con sensibilidad y un realizador con criterio extraigan todo ese petróleo y lo plasmen en la pantalla. Naturalmente, no todos los actores tienen esa sensibilidad, ni todos los realizadores tienen ese criterio. No os enfadéis por eso: Lo más probable es que vuestros guiones tampoco estén a la altura.

Y lo más hermoso, lo más desolador del asunto, es que un mismo resultado final puede cautivar a unos y dejar indiferentes a otros. A este de aquí le fascinará el Quinlan de Welles en Sed de Mal. A aquel otro de allá le provocará repugnancia.

Como veis, este es un post sin soluciones claras. No aspiro a iluminar nada con mis divagaciones de todo a cien. En todo caso, acentuar las sombras de lo desconocido para dibujar un paisaje misterioso, mágico.

No hay fórmulas mágicas.

Estáis desprotegidos.

No hay barandillas en la montaña rusa.

No hay una sola manera de hacer las cosas bien.

Hay mil maneras de hacer las cosas mal.

Estamos a oscuras. Aprovechadlo, nadie os ve. Podéis permitiros un poco de juego. Experimentad. Sois libres. Ya sé que asusta un poco, pero es un regalo magnífico. El arte de contar historias es tan impredecible que nadie podrá reprocharos nada si el guiso os sale mal.

Eso último es mentira. Por supuesto que os lo reprocharán. E incluso os dirán lo que tendríais que haber hecho para alcanzar el éxito. Es muy fácil ofrecer soluciones a posteriori. No os preocupéis: Aquellos que os critiquen tarde o temprano cometerán los mismos errores que vosotros.

Los errores son como seres vivos: por mucho que nos empeñemos en desterrarlos de nuestras historias, siempre encuentran grietas por los que colarse. Puede que estén ahí para hacer las obras de arte más vivas, más acogedoras. Como líquenes que crecen en la roca.

Está genial intentar hacer las cosas bien. Menos mal que la vida se encarga de que no sepamos a ciencia cierta cómo coño se hace eso. Jugad, por favor. Si no disfrutáis haciendo lo que hacéis, estáis muertos.

Y si alguien os critica u os censura u os corrige, no os preocupéis: dentro de un tiempo esa persona también estará muerta. Dentro de un tiempo no existirá ni tu peli, ni la Humanidad, ni este puto planeta.

Blade Runner empezó siento vituperada, incomprendida. Ahora es un clásico del cine, una obra de culto. Mañana será polvo y ceniza. Nadie podía predecir las dos primeras cosas. Es muy fácil predecir la tercera.

Al Universo se la suda Blade Runner.

“Diez trucos para que tus personajes molen.” Jajajaja ¿En serio creíais que os iba a hablar de eso? Mejor intentad molar vosotros.

Hasta otra, cabrones.



lunes, 15 de julio de 2013

¿PA QUÉ SIRVEN LOS BLOGS?


Cada vez me cuesta más escribir en el blog, quizá porque esto de bloguear, tal como yo lo concibo, empieza a convertirse en algo obsoleto.

Pretendo reflexionar sobre "pa qué coño sirve un blog en pleno 2013", y para hacerlo voy a espantaros relatar mi trayectoria en el mundo éste de los blogs.

Yo soy bloguero desde el 2003 ó 2004. ¡Cielos! Hace ya una década que me paseo por la blogosfera. Aún recuerdo aquellos tiempos del primer Demasiado Violeta, en Pitas. Pura prehistoria: si querías poner algo en negrita o en cursiva...

... o si querías cambiar de párrafo...

tenías que programarlo en HTML.

Y ésa no era la única diferencia, ni la más esencial. Lo más significativo era la motivación que me impulsó a abrir aquel primer blog:

Como buen canario, la vida me ha obligado a asumir una naturaleza nómada. Lo normal era vivir en vete a saber qué ciudad mientras tus amigos de toda la vida estaban, en su mayor parte, a cientos o miles de kilómetros de distancia.  

El blog era la mejor manera de tener a toda esa gente informada sobre cómo iba mi vida.

Qué cosas me ocurrían, qué reflexiones me asaltaban, cuáles eran mis frustraciones, mis anhelos...

El primer Demasiado Violeta era un blog personal. Una especie de diario anárquico, caprichoso. Era más económico que llamar por teléfono a todos mis colegas o acribillarlos con sms. Y bastante menos invasivo.

Añoro aquella libertad: La libertad de desoir las hipotéticas leyes del "buen post". ¿Creéis que mis posts actuales son demasiado largos? ¡Eso es porque no habéis leído los de antaño! No había límite de palabras capaz de detener a la apisonadora que se habría paso a través del interior de mi cráneo, exprimiendo mis uvas y mis heces.

Saltaba de un tema a otro sin ningún escrúpulo. En un mismo párrafo era capaz de relatar una anécdota personal, una opinión sobre una peli, una reflexión sobre mi situación vital e incluso - ¿por qué no? - algún emoticono.

Evidentemente, también usaba aquel primer blog para relatar las experiencias de intentar sacar adelante Gritos en el Pasillo (finalmente recopilé todas aquellas menciones en este otro blog)

Peeeeero...

Llegó el momento en que Gritos se empezó a vender de manera más "pofesional", más de cara a la galería, y los productores me "obligaron" a abrirme un blog más comercial, más centrado en promocionar la peli. Así nació BLOGGING NUTS, que en paz descanse.

Por muy "promocional" que fuese aquel nuevo blog, deje que se instalansen en él muchos de mis antiguos vicios. Por mucho que las circunstancias me obligasen a centrarme en vender la película, sobrevivió la costumbre de los posts kilométricos, y la de condensar cuatro temas en una misma entrada, y la de aburrir a conocidos y desconocidos con los devenires más cotidianos de mi día a día.

Creo que nunca he tenido tantas visitas ni tanta implicación de los lectores como en aquel blog "oficial" de la película, pero aunque intentaba humanizarlo y personalizarlo en la medida de lo posible, la etiqueta de "blog oficial de Gritos en el Pasillo" pesaba cual espada de Damocles. Nunca pude desprenderme de esa mierda. Una parte de mí sentía que estaba tecleando en nombre de otra gente, aunque estuviese hablando sobre la talla de mis calzoncillos.

Así pues, cuando llegué a la conclusión de que el ciclo comercial de Gritos había terminado (o eso creía... luego la cabrona demostró que podía tener más vidas que el puto Rasputín) me sentí legitimado para echar la persiana de cierre en Blogging Nuts, e inauguré esta versión actual de Demasiado Violeta en la que me leéis ahora.

La idea era poder volver a ser 100% libre, poder escribir para mis - no demasiados - lectores sin ese incómodo y sutil condicionamiento de: "No sólo estás hablando en nombre tuyo. Estás hablando también en nombre de tu peli, de tu equipo, de tus productores, de la madre que nos parió".

Y así fueron los albores de Demasiado Violeta: Retransmisiones muy personales para informar sobre mis aventuras a todos esos amigos y conocidos desperdigados por decenas de ciudades. Allí escribía sobre mi estancia en Donosti, sobre mis expreriencias en Vaya Semanita, sobre las pelis que veía, los libros que leía, los pintxos que comía, las birras que bebía...

No sólo me ayudaba a tener informada a mi gente. También me ayudaba a sentirme menos solo. Teclear en el blog era como echar un ancla hacia algún sitio desde esa vida nómada a la que estaba condenado.

Pero luego irrumpieron un par de cosas en mi vida, y en el planeta entero. La primera de ellas se llamaba Facebook. La segunda Twitter.

Eso lo cambió todo.

De repente, no necesitabas el blog para decirle a tus seres queridos cómo te iba la vida.

De repente, no necesitabas más de dos frases (ni más de 140 caracteres) para compartir con los demás la mayoría de tus reflexiones.

De repente, incluso, la gente se aburría si intentabas contar algo en más de dos o tres párrafos.

"¡No nos aburras con el blog! ¡Si no tienes algo realmente importante que decir, escríbelo rapidito en un tweet, o en un estado de Facebook!"

De pronto me di cuenta de que los "blogs personales" estaban obsoletos. Ya no tenían razón de ser.

De una manera casi inconsciente, empecé a utilizar el blog para disertar sobre temas más específicos. A fin de cuentas, ésa parece ser la función realmente útil de los blogs: Tecleas en google buscando cierta información y hallas por accidente, en la entrada de un humilde blog, un oráculo que el Destino te tenía reservado.

El advenimiento de las redes sociales y las mutaciones internas de internet han redefinido el paisaje de la blogosfera: si antes los blogs eran un vehículo para promover la egolatría de sus autores, ahora son el paradigma del altruismo.


Estoy seguro de que, sea cual sea vuestra inquietud, sea cual sea la respuesta que necesitéis, algún buen samaritano se ha encargado de publicar esa información en un blog: Cómo cortaros bien las uñas, cómo cambiar un termo, cómo arreglar vuestro portátil, dónde perdió la virginidad Nicola Tessla.

De hecho, la entrada más visitada de este blog es aquélla en la que expliqué distintas maneras de combatir el insomnio.

Pero claro, uno acaba escribiendo sobre lo que conoce, o sobre aquello que le inquieta. Por eso, en los últimos tiempos de este blog la mayor parte de mis posts han versado sobre lo que me absorbía en esos momentos: post sobre guión, sobre dirección, sobre escritura de novelas.

Ocurre, sin embargo, que cada vez me cuesta más escribir algo sobre esos temas que ocupan mi día a día, porque ya no me siento capaz de aportar nada original ni interesante sobre los temas que me rondan. De hecho, cada vez conozco más blogs de gente que diserta sobre dichos temas con más propiedad y con más conocimiento de causa que yo.

Cada vez me cuesta más escribir algo sin tener la sensación de que eso ya se ha escrito mil veces, y desde el mismo punto de vista.

También me viene últimamente a la cabeza una frase que Álex de la Iglesia le dijo a un amigo común: "Si quieres dedicarte a hacer películas, deja de escribir sobre hacer películas y haz películas."

Últimamente estoy más activo que nunca. He vuelto a dirigir después de cinco años en barbecho, estoy trabajando en cuatro o cinco guiones a la vez - yo mismo pierdo la cuenta -. Se supone que me sobran vivencias para llenar este blog de tonterías.

Pero una parte de mí tiene muy claro que si intentase plasmar mis experiencias en palabras, el resultado sería precisamente eso: Tonterías.

Quizá no haya manera de transmitir en un post los entresijos y las suciedades de la experiencia real. Quizá intentar transmitir las cosas que de verdad importan es como embutir a tu hija en un tutú, maquillarla de puta y obligarla a bailar en la función de ballet del colegio.

Bueno, en realidad ni siquiera puedo opinar sobre eso. Nunca he tenido hijos, que yo sepa.

Y toda esta retahíla... ¿qué propósito tiene? Posiblemente ninguno. O puede que su ausencia de propósito sea precisamente su propósito. Puede que, de manera casi inconsciente, esté reseteando el blog. Volviendo a los orígenes: A los posts kilométricos que no interesan a nadie.

Es, en cierto modo, como asesinar el blog para invitarlo a renacer.

Mudar la piel de serpiente.

Quizá todo esto sea una forma de decir - de una manera muy ritual, muy tonta - que a partir de ahora este blog versará sobre "vete tú a saber". Sólo publicaré en él cuando la víscera me invite a ello, y sólo escribiré - como antaño - sobre los temas que mi víscera decida.

No me conozco demasiado a mí mismo, pero intuyo que me dispongo a hacer un blog honútil (combinación de los términos "honesto" e "inútil")

Estais invitadísimos a perder el tiempo con mis honutilidades.

jueves, 20 de junio de 2013

LA MARMITA: MI MÉTODO FAVORITO PARA EMPEZAR A ESCRIBIR LOS GUIONES


Quiero compartir con vosotros un truquillo que utilizo para escribir guiones. A mí me sirve, a vosotros no sé.

Cada historia es muy suya, cada una demanda un proceso de escritura propio. Nunca me cansaré de decirlo.

Existen historias que suplican ser vomitadas del tirón. De manera espontánea, irreflexiva.

Y existen otras que requieren más calma, más análisis.

Existen historias que surgen de nuestro interior más profundo (o acaso el inconsciente colectivo nos elige como puerta para hacerlas llegar al mundo a través de nuestro filtro)

Y existen otras que nos vienen de encargo con la doble tarea de: a) Hacerlas "tuyas" y b) Contentar a quienes te las han pedido.

En ese segundo tipo de historias raras vez podemos irrumpir a la aventura, atravesando el puente levadizo a galope tendido. Estos casos nos invitan más bien a un receloso tanteo, un rodear el castillo contemplándolo desde todos los ángulos en busca de una grieta, una ventana poco vigilada por la cuál empezar nuestro ataque.

Y eso es muy jodido.

Porque cuanto más examinamos el castillo, cuanto más nos enfriamos... más imponente nos parece. De repente no tenemos tan claro si somos capaces de atacar la dichosa fortaleza.

¿Por dónde empezar?

¿Una escaleta? Joder, vale... pero si todavía no sé ni cómo van a ser los personajes.

¿Fichas de personajes? ¡Buufff! Qué pereza, ¿no?

¿Sigo viendo pelis similares a ver si se me ocurre algo? ¡Síii! ¡Bieeen! ¡Sigamos procrastinando!

¿Sinopsis, tratamiento? Los odio. Si quieres humillarme a ese nivel, mejor ponme una correa y llévame a cagar a un parque.

¿Escribir el tema central de tu peli en un post-it? ¿Colgarlo en la pared y quedarte mirándolo durante horas como un gilipollas? La mitad de las veces eso sólo sirve para darte cuenta de que ni siquiera tienes claro cuál es el puto tema de la peli.


De pronto hay dos o tres temas compitiendo entre sí como cachorros hambrientos. Todos interesantes. Puede que todos compatibles. Quizá (incluso) todos ellos diferentes caras de un mismo tema, más tácito, más subterráneo, más amplio, más inaprehensible.

Voy a contar lo que hago yo en estos casos, por si resulta que a alguien más le sirve. Es probable que muchos de vosotros utilicéis técnicas MUY parecidas a la mía, y también es probable que muchos de vosotros os sintáis más cómodos con los procedimientos habituales. Me parece genial. Si veis que me meto un poco con los métodos más ortodoxos, no es porque los desprecie. Es porque a mí, personalmente, no me ayudan a trabajar cómodo. Así pues, no os toméis demasiado en serio mis improperios. No pretenden ir a misa.

Voy a hablaros de LA MARMITA.

"La marmita" es un documento de Word que tengo en mi ordenador. Al principio se llamaba mesa_trabajo.doc Ahora se llama marmita.

Uso ese documento para escribir en él notas, apuntes... cosas que no tienen intención de durar. Mi marmita.doc es como el río de Heráclito. Nada dura eternamente ahí dentro. El documento siempre es el mismo, pero lo que ebulle en su interior cambia de un proyecto a otro. Por ahí han pasado trozos de pelis, de series, de sketches, abortos de escaleta, ideas sueltas, decaraciones de intenciones inconexas.

¿Por qué me resulta útil la marmita?

Porque me permite proyectar mi trabajo en un documento que SÉ QUE NO SERÁ DEFINITIVO.

Eso te quita mucha presión de encima, y te ayuda a afrontar el proceso creativo perdiéndole el respeto, dejando al margen - de momento - algunos fantasmas que no riman demasiado bien con la Creatividad. Fantasmas como: solemnidad, rigidez, orden, superego...

Por mucho que nos digamos a nosotros mismos que la primera versión no va a ser la definitiva, una parte de nosotros no se lo cree. Escribimos en el CELTX o el Final Draft el título del guión y nos tiemblan los dedos como si no hubiese mil peldaños y mil vueltas entre la tecla que pulsas y la versión que se rueda despeña en la papelera del productor.

Por mucho que queramos ser abiertos a la hora de esbozar la escaleta, nos bloqueamos, empezamos a asignar un número a cada punto y eso vuelve nuestra mente igual de rígida. Un andamio muy sólido, muy bien atornillado, tanto en el papel como en nuestra cabeza. De repente nos da pereza - o terror irracional - alterar el orden de esos pulsos numerados. ¡Imagina que al hacerlo se te viene abajo toda la estructura!

Por mucho "control Z" que nos cubra las espaldas, nos da miedo retocar un diálogo en el propio documento de guión. ¿Y si lo empeoramos? ¿Y si hacemos un desbarajuste en la maquetación? Que sí, que puedes tener la versión anterior en otro documento, pero los terrores más atávicos no atienden a razones. Guionista = Neurótico.

Ese tipo de cosas no suceden en marmita.doc porque ahí dentro no hay reglas, y porque lo que existe ahí dentro no lo va a leer nadie más que tú. Si usas bien la marmita, el ojo ajeno sólo percibiría ahí dentro frases inconexas, tonterías sin sentido. Ingredientes crudos cociéndose en el agua, a fuego lento.

De hecho, es bastante importante decidir que nadie más lea ese documento, porque ello te permitirá escribir sin inhibiciones de ningún tipo. 

Os muestro un ejemplo (INVENTADO PARA LA OCASIÓN) de lo que podría encontrarse en mi marmita:

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Presentación de PROTA en el tiroteo. Que sea más bonito que violento. Poético tipo italiano?

Igual alguna secuencia entre el principio y presentar a la CHICA. Por ritmo. ¿Cuál?

Presentación CHICA. En principio en el bar. Molaría aprovechar la misma secuencia pa presentar también al ANTAGONISTA (no definitivo, igual demasiada info junta)

CHICA descubre a qué se dedica el prota. ¿Cómo? ¿Ve el arma? ¿Se lo dice el camarero? Igual demasiado explícito... Pulir

Más o menos por aquí, presentar carencia del prota. ¿Qué carencia? Algo que él crea que se suple con CHICA y aceptar el encargo. Enfermizo.

Necesidad de redención. Crisálida dolorosa. 

O arquetipo Prometeo?

CHICA le hace encargo al PROTA. ¿Surge chispa?

PROTA acepta. ¿Necesita la pasta? ¿Chica le mola desde el principio? ¿Sabe que le mola, le mola pero no lo sabe? Igual pasta y atracción a la vez. Mejor que sea ambiguo, sucio. Riqueza.

Posibles nombres:

Guillermo (nombre de kaiser)
Bernabé?
Marta para ella? (Matar y Marta se parecen. Mismas letras)

Hace falta otro personaje femenino, contrapunto de ella. Revisar Patricia Arquette en Amor a Quemarropa? (así hacemos homenaje a Gandolfini)

Muerte de CHICA a mitad de película. Un par de secuencias previas de ellos disfrutando y tal, para que impacte más. Más contraste y tal. No pasarse tampoco de "bonico" que el giro tiene que ser inesperado!

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Como decía, esto que acabo de escribir no son notas sobre ningún proyecto real. Son una simulación más o menos aproximada de cómo suelo trabajar en ese documento "sólo para mis ojos".

Normalmente mis apuntes intentan seguir un mínimo orden secuencial, pero se trata de un orden muy poco estricto. De hecho, cada vez que anoto algo nuevo lo intercalo en un lugar u otro según lo que mejor me parezca en ese momento concreto.

Y no sólo apunto lo que se me ocurre para la historia, sino también las dudas que tengo. Si hay un agujero, no me paralizo intentando llenarlo con cosas que aún no tengo: Me digo a mí mismo que ahí hay un agujero y sigo p'alante.

Incluso lo de seguir p'alante es un decir. Caminar por la marmita no es como recorrer una calle lineal que parte de un principio para llegar a un fin. Se trata más bien de un plaza por la que pasear en círculos, o en línea recta, o haciendo eses o como te salga de los cojones.

Si la simulación me ha salido bien, notaréis que el potaje que se cuece en la marmita no discrimina, ni separa ingredientes. Tan pronto hago anotaciones de estructura, como apuntes sobre el personaje, posibles temas, referentes de otras obras...

Es otro aspecto que me parece TREMENDAMENTE IMPORTANTE en la marmita: Nada de separaciones, nada de jerarquías, nada de segregación.

En mi opinión, los elementos de cualquier narración, si están bien elegidos, son indisociables los unos de los otros. Es casi imposible definir a un protagonista sin hablar de su antagonista, o pensar en un secundario sin tener en cuenta su función con respecto al prota. Trabajar el tema enriquece al personaje, y el personaje puede crecer tanto, cobrar tanta vida propia... que de pronto descubres que te pide un tema diferente para vertebrar tu historia.

Por ello, en estas primeras fases del proceso, me gusta abrir las puertas de las jaulas y dejar que todo se mezcle. Que los leones flirteen con las gacelas, que los arquetipos follen con la estructura, que las piezas se dejen llevar por la brisa a la deriva y choquen como tengan que chocar, y encajen como tengan que encajar.

La creatividad no entiende de tabiques, a no ser que se divierta jugando a derribarlos.

Si queremos que las historias estén vivas, tal vez diseccionarlas antes del parto no sea la mejor de las ideas.

Cuando ya he terminado con esa fase del proyecto, borro todo lo que hay escrito en la marmita, sin siquiera salvarlo, y empiezo a escribir ingredientes para una nueva historia.

Otra de las ventajas de la marmita es que siempre está ahí. Abrir el archivo en el que escribimos la versión de guión puede imponer un poco. Hoy sólo tienes veinte minutos libres, y en esos veinte minutos no te sientes capaz de enfrentarte a la bestia. Te desinflas nada más ver el icono del documento.

Con este método, sin embargo... ¡pues qué queréis que os diga! Mientras he escrito este post, he ido varias veces a la marmita para anotar ideas sueltas. Sin solemnidad, sin tener que descalzarme antes de entrar ni realizar rituales raros (rituales de los cuáles, para otras partes del proceso, soy bastante fan)

Si os gusta este método y os apetece probarlo, ¡os animo a ello! Podéis llamar al documento "marmita" o podéis llamarlo como os salga de los huevos. Creo que personalizar estas cosas ayuda muchísimo.

A lo mejor preferís tener una marmita para cada proyecto. Yo, de momento, tengo una única marmita. Así resisto la tentación de inmortalizar lo que escribo en ella, y la mantengo con ese sabor de lo transitorio, como de fluidez de mandala.

Aunque confieso que tengo muchas "mini marmitas" secundarias en las notas del móvil.

Si resulta que no os sirve este método, o no os apetece, ¡pues nada! Lo más bonito de estas cosas es que cada uno pueda encontrar el suyo propio.

miércoles, 8 de mayo de 2013

HAMBRIENTOS DE SENTIDO (TRAGEDIAS DEL PRIMER MUNDO)


Tu vida es un drama. Llevas meses sin curro, no llegas a fin de mes, dentro de poco no podrás pagar el Spotify o incluso te cortarán el internet. Adiós vídeos graciosos de gatitos.

Tu vida es un drama. Estás en un curro en el que te pagan un sueldo injusto. Ya no llegas siquiera a mileurista. Y encima te tratan mal, no te valoran como te mereces, y entras de noche, y sales de noche, te pasas todo el día encerrado en una oficina sin ver la luz del sol. Sólo tubos fluerescentes zumbando en tus oídos de manera subliminal, imperceptible.

Tu vida es un drama. Ya estás más cerca de los cuarenta que de los treinta y sigues compartiendo piso con otras tres personas, o sigues dependiendo de papá y mamá, o las dos cosas.

Tragedias del primer mundo.

Muchos se preguntarán hasta qué punto merecen ser considerados "dramas" esos escenarios que acabo de describir. Muchos dirán - por razones evidentes - que hablar de "drama" o de "tragedia" en esos casos es un insulto hacia quienes, en otros países o incluso en el nuestro, están condenados a una vida de auténtica miseria y de pobreza. Hay gente que se muere de hambre. Hay gente que se muere en las calles. Hay gente que en breve no podrá pagar su factura de internet porque un cáncer incurable se la habrá llevado al otro mundo.

Cuando enfrento cual pokemons esos dos bandos (las "tragedias del primer mundo" y los "problemas realmente chungos") me vienen a la cabeza dos frases que me han marcado mucho.

La primera se la escuché a mi profesor de Antropología en la universidad:

"No existe un medidor objetivo del sufrimiento humano."

La segunda frase la pronunció Carl Gustav Jung cuando hablaba sobre la muerte en una de aquellas famosas entrevistas grabadas que le hicieron en sus últimos años:

"El ser humano no puede soportar una vida insignificante."

Tratándose de alguien como Jung, resulta evidente que esa frase apela al sentido etimológico del término "insignificante", es decir: El ser humano no puede soportar su vida cuando no halla en dicha vida ningún tipo de significado.

Quizá sea ése el gérmen de esas "tragedias del primer mundo", y quizá sea ésa una de las causas de que no exista ni pueda existir "un medidor objetivo del sufrimiento humano."

Por alguna extraña razón, esta criatura que llamamos hombre necesita que "todo encaje". Exige que todo lo que sucede a su alredor tenga una razón de ser, un objetivo, un propósito aparente. Somos yonkies del sentido, feligreses de la armonía.

¿Por qué demandamos esa vida "significante"? ¿Se debe acaso a un ansia expansionista, un querer humanizar el cosmos contagiándolo de nosotros mismos, una tendencia a proyectar en otras cosas lo que somos... o lo que anhelamos?

No tengo la respuesta a esas preguntas, pero quizá esas preguntas sean - en parte - la respuesta al hecho de que muchos en este primer mundo seamos tan quejicas, o nos pongamos tan depres, o nos sintamos tan vacíos. A primera vista somos tan afortunados que no deberíamos tener derecho a queja. No nos morimos de hambre, dormimos bajo techo, tenemos electricidad y agua corriente.

Pero nos falta el sentido.

El mundo en el que vivimos quienes podemos escribir o leer estos blogs se ha convertido en un castillo de naipes muy kafkiano. Ese sentido del que hablábamos antes parece haberse extraviado en los recovecos de un laberinto diseñado por Escher. Uno analiza con una pizca de sentido común el sistema económico en el que nos hallamos inmersos y descubre que sus raíces están ancladas en el absurdo. Uno se asoma a nuestro sistema político-social y, ¿qué se encuentra? Absurdo, incongruencia, sinsentido. Gran parte de los puestos de trabajo en los que consumimos nuestra energía y nuestro tiempo desembocan en eso mismo. Un buen día te paras a pensar para qué sirve lo que haces en tu curro, cuál es tu función en este mundo... y puede que dichos pensamientos desemboquen en un callejón sin salida. De repente no le encuentras sentido a lo que haces, ni a por qué se supone que lo haces. Descubres que estás viviendo esa vida insignificante de la que hablaba Jung.

Creo que ocurre incluso con profesiones vocacionales, de ésas a las que se les presupone objetivos y utilidades clarísimas. Pienso en esa persona que estudia Medicina para salvar vidas y finalmente se da de bruces con un sistema sanitario infestado de burocracias que le obligan a traicionar el juramento hipocrático. Pienso en esa persona que estudia Derecho buscando Justicia y acaba ejerciendo la abogacía tras pasar por el aro de Kafka.

Supongo que a esto se referían los marxistas cuando hablaban de "alienación". Supieron diagnogticarla, sí, pero no supieron eludirla.

Supongo también que, a causa de esto, te viene cada dos por tres un comeflores intenso de la vida a decirte que acaba de regresar de la India y que allí son más pobres que nosotros, pero más felices, porque están más en contacto con la madre tierra y sus necesidades vitales y bla, bla, bla. No pienso incidir demasiado en eso, porque corro el riesgo de acabar hablando como uno de esos tipos y pegándome un puñetazo a mí mismo.

¿Qué podemos hacer para encajar en este sistema absurdo SIN RENUNCIAR a nuestra búsqueda de SIGNIFICADO?

A mí hay algo que me suele funcionar, al menos en parte: PENSAR EN LA GENTE. Enfocar todo lo que hago como algo por y para la gente. Así de sencillo.

Incluso es útil - al menos en mi caso - pensar en personas concretas. Cuando escribo algo, me mueve la ilusión de que lo lea cierta gente que conozco. Esto le va a gustar a Pepe, esto va a aterrorizar a Mari, seguro que luego me lo agradece, ¡cómo se va a reír Alby cuando lea este chiste tan salvaje! Es posible que luego el resultado no guste a la persona que tenías en mente y sin embargo ayude a otras distintas. De un modo u otro, la ilusión con la que acometes las cosas, el combustible... no te lo quita nadie.

Mi única motivación para cambiar las sábanas de la cama, por ejemplo, es complacer a esa persona concreta que va a pasar la noche conmigo. Si me dejas a mí solo, a la deriva, soy capaz de pasarme semanas o hasta meses con el mismo juego de sábanas.

Incluso puede funcionar a la inversa. Quizá el sentimiento de "venganza" nos fascina y nos posee porque, a su destructiva manera, consiste también en una búsqueda de significado proyectada sobre alguien concreto.

Acordaos de Fincher en La red social. ¿Cómo consigue que una peli sobre la creación de Facebook nos emocione? Construyendo un Zuckerberg cuya motivación para erigir un imperio es... demostrarle algo a la chica que le dio calabazas.



No sé si todo esto se tiene en pie. Ni siquiera sé si es aplicable a todo el mundo o si es mi receta personal e intransferible. Yo quiero pensar que sí funciona, que si dejamos de mirar las paradojas del mapa entero y nos centramos directamente en las personas que tenemos cerca, iremos persiguiendo retazos de sentido por los recodos más inmediatos del laberinto de Escher. Y, quién sabe, a lo mejor a base de injertar sentido en los huecos del sistema, acabemos parasitándolo, contagiándolo, humanizándolo.