lunes, 12 de agosto de 2013

10 TRUCOS PARA HACER QUE TUS PERSONAJES MOLEN.

 
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Últimamente veo muchas pelis que no atrapan. Se trata de pelis bien ejecutadas. Pelis con buenas ideas, con ingredientes apetitosos. En teoría lo tienen todo para funcionar correctamente y, sin embargo, no lo hacen.

¿Qué es lo que falla?

QUE LOS PERSONAJES NOS IMPORTAN UNA MIERDA. Eso es lo que pasa.

Un amigo mío llamado Perogrullo me dijo una vez que es difícil meterte en una peli si te da igual lo que le suceda al personaje.

Cuando contamos historias (sobre todo en el cine y en la tele) nos obsesiona eso de que “el personaje no caiga mal”. ¡Bah! Lo de que el público le coja manía a un personaje no es necesariamente malo. Lo jodido es que el público sienta indiferencia.

Por lo que a mí respecta, un público implicado en la historia porque desea que a tu hijo de puta le salgan mal las cosas es igual de lícito que un público motivado por el deseo de que le vaya bien al prota.

El sadismo es un combustible emocional tan válido como la empatía.

Ah, por cierto, no os voy a dar diez putos trucos para mejorar los personajes. El título del post era sólo para llamar vuestra atención. Yo soy más de divagar y de no saber ofrecer soluciones concretas, así que tendréis que joderos.

Tampoco voy a demorarme en las recetas obvias que seguramente ya conocéis:

Que si el personaje debe tener un objetivo claro,

que si buscarle carencias que lo hagan más humano,

que si hacerle putadas y llenarle el camino de obstáculos gordos para que nos solidaricemos con él,

que si ponerlo a resolver esos obstáculos de forma ingeniosa para que lo admiremos,

que si hacer al antagonista mú malo, mú malo,

que si salvar a un puto gato...

Todo eso es muy interesante (lo digo sin atisbo de sarcasmo) pero he querido pasar de puntillas por ahí porque:

- Esos truquitos los podemos leer en cualquier manual de guión.

- Decir todo eso es un poco como decir: “La torre se mueve en línea recta, el alfil se mueve en diagonal. ¡Hala! Sabiendo eso, siéntate frente a Kasparov y hazle un jaque mate.” Está muy bien lo de que tu personaje sea ingenioso, pero para que él encuentre soluciones ingeniosas, tú tienes que ser ingenioso. Está muy bien lo de buscarle carencias humanas y objetivos reconocibles, pero para que eso salga bien, tienes que conocer un poquito la psicología y las emociones humanas.

- Y por último, pero no por ello menos importante: Hay películas que cumplen a rajatabla todos esos tips de literatura de aeropuerto y, a pesar de ello, los personajes nos siguen importando una mierda.

Si, como yo, sois de los que casi siempre se limitan a escribir para que lo dirijan otros, siento deciros que poco podréis hacer. Porque el barniz último, el toque de gracia que hará que amemos u odiemos al personaje, no depende exclusivamente de lo bien o mal escrito que esté. Esto último me lo comentó también mi amigo Perogrullo.

Evidentemente, el actor elegido es un factor importante. Pero tampoco en eso hay recetas infalibles. De hecho, creo que ni siquiera depende de lo buen o mal actor que sea el tipo. Al menos no enteramente.

Cuando un actor se encuentra con un personaje, es como una cita a ciegas. Puede que haya química, puede que no. Y eso es un misterio; uno de ésos que hacen el mundo un poco más mágico. Bruce Campbell tiene química con Ash en Evil Dead. Kurt Russell tiene química con Jack Burton en Golpe en la Pequeña China. Paul Newman, John Jusack, Morgan Freeman... tienen química con cualquier cosa que les pongas al alcance de la mano, pero no a todos los actores les ocurre eso, ni es algo que dependa necesariamente de la formación o del talento interpretativo. Actores tan dispares como Jack Nicholson o Eduardo Noriega a veces bailan con personajes que les encajan como un guante y en otras ocasiones no hay quien se los crea.

Una funesta decisión de vestuario o una peluca en el cuero cabelludo de Nicolas Cage también pueden marcar la diferencia. Un mismo filete puede estar empanado o a la plancha. La carne es la misma, sí, pero el público es un niño que come con los ojos.

Acabo de recibir un whatsapp de mi amigo Perogrullo. Me recuerda que el realizador y el montador también pueden ser determinantes a la hora de hacer que un personaje nos importe.

A mí me sucede una cosa con algunas películas: En un primer visionado no empatizo con los protas por la sencilla razón de que no les conozco: no sé qué les importa, qué les motiva, qué cosas les afectan más o menos. Más adelante, en un segundo visionado o en un análisis a posteriori, descubro que todas esas cosas que inquietan, motivan o definen al personaje sí estan ahí, pero no se perciben a menos que uno preste mucha atención.

Aviso a los realizadores y a los montadores que estén leyendo esto: Cuando manipuláis una historia, vosotros tenéis mucha más información que el público que la ve por primera vez. Aunque algunas cosas estén muy claritas para vosotros, hay que enfatizárselas al público. Es como una excursión turística. El guía está continuamente señalando hacia un lado u otro de la guagua: “Mirad, eso es importante. Hacedle una foto.” Hay que detener la guagua un segundito en los puntos más significativos de una narración, para que nuestros espectadores puedan sacar su foto, para dejarles claro que eso que les estás mostrando no es un edificio normal, sino un monumento.

Y no basta con detenerse el tiempo suficiente para informar al público. Hay ciertas cosas que no sólo debe conocer. También debe asimiliarlas emocionalmente. Ya hablé más profundamente sobre ello hace tiempo, en este post de “La ley de la esponja.

En serio, amigos montadores y realizadores: Si el prota ve morir a un bebé o ve llorar a su esposa, os conviene poner un plano en el que, de una manera u otra, se enfatice su reacción. Que quede clara la manera en que eso le afecta. Vosotros sabéis que ese tío está jodido. El público no.

Es difícil empatizar con un trozo de corcho. E incluso el más expresivo de los actores puede convertirse en un trozo de corcho si no le miramos de cerca, o desde la perspectiva adecuada.

¿Que andáis cortos de presupusto? ¿Os falta tiempo? ¿El plan de rodaje está demasiado ajustado? ¿No os da tiempo a rodar todos los planos que teníais previstos? Hacedme caso: En la mayoría de las ocasiones, ese plano en el que se muestra la reacción de tu actor es mucho más importante para la historia que ese otro plano original y visualmente impactante que te iba a hacer destacar – puede que más de la cuenta – a ti como realizador. Creedme. Sé de lo que hablo. He protagonizado cagadas de ese tipo.

Vale, no exageremos. Un buen guión tampoco está tan desnudo. Si construimos desde el papel un personaje sólido, será más fácil que un actor con sensibilidad y un realizador con criterio extraigan todo ese petróleo y lo plasmen en la pantalla. Naturalmente, no todos los actores tienen esa sensibilidad, ni todos los realizadores tienen ese criterio. No os enfadéis por eso: Lo más probable es que vuestros guiones tampoco estén a la altura.

Y lo más hermoso, lo más desolador del asunto, es que un mismo resultado final puede cautivar a unos y dejar indiferentes a otros. A este de aquí le fascinará el Quinlan de Welles en Sed de Mal. A aquel otro de allá le provocará repugnancia.

Como veis, este es un post sin soluciones claras. No aspiro a iluminar nada con mis divagaciones de todo a cien. En todo caso, acentuar las sombras de lo desconocido para dibujar un paisaje misterioso, mágico.

No hay fórmulas mágicas.

Estáis desprotegidos.

No hay barandillas en la montaña rusa.

No hay una sola manera de hacer las cosas bien.

Hay mil maneras de hacer las cosas mal.

Estamos a oscuras. Aprovechadlo, nadie os ve. Podéis permitiros un poco de juego. Experimentad. Sois libres. Ya sé que asusta un poco, pero es un regalo magnífico. El arte de contar historias es tan impredecible que nadie podrá reprocharos nada si el guiso os sale mal.

Eso último es mentira. Por supuesto que os lo reprocharán. E incluso os dirán lo que tendríais que haber hecho para alcanzar el éxito. Es muy fácil ofrecer soluciones a posteriori. No os preocupéis: Aquellos que os critiquen tarde o temprano cometerán los mismos errores que vosotros.

Los errores son como seres vivos: por mucho que nos empeñemos en desterrarlos de nuestras historias, siempre encuentran grietas por los que colarse. Puede que estén ahí para hacer las obras de arte más vivas, más acogedoras. Como líquenes que crecen en la roca.

Está genial intentar hacer las cosas bien. Menos mal que la vida se encarga de que no sepamos a ciencia cierta cómo coño se hace eso. Jugad, por favor. Si no disfrutáis haciendo lo que hacéis, estáis muertos.

Y si alguien os critica u os censura u os corrige, no os preocupéis: dentro de un tiempo esa persona también estará muerta. Dentro de un tiempo no existirá ni tu peli, ni la Humanidad, ni este puto planeta.

Blade Runner empezó siento vituperada, incomprendida. Ahora es un clásico del cine, una obra de culto. Mañana será polvo y ceniza. Nadie podía predecir las dos primeras cosas. Es muy fácil predecir la tercera.

Al Universo se la suda Blade Runner.

“Diez trucos para que tus personajes molen.” Jajajaja ¿En serio creíais que os iba a hablar de eso? Mejor intentad molar vosotros.

Hasta otra, cabrones.



1 comentario:

Paul Schlacter dijo...

Joder, que cosa tan mal escrita...