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miércoles, 6 de marzo de 2013

MIS NOVELAS MÁS ENFERMAS.



Llevo mucho tiempo queriendo escribir este post.

POR FIN puedo publicar dos novelitas que escribí hace algún tiempo. Dos novelitas a las que tengo especial cariño:

LA MIERDA

Y

LA EMPERATRIZ DE LOS INSECTOS.

Creo que he tardado más en publicarlas de lo que tardé en escribirlas, porque publicar se me da bastante peor que escribir, o al menos eso creo.

Eso no significa que escribirlas fuese precisamente fácil. De hecho, se trata de dos novelas que me hicieron sudar tinta, sangre y semen. Aunque ambas sean relativamente cortas, invertí más tiempo en escribirlas del que suelo invertir en terminar cosas más extensas. Los dos engendros que os ofrezco son un licor nocivo destilado con paciencia enfermiza, 90 grados de alcohol sin tónicas ni coca colas que lo diluyan.

Ninguna de estas dos atrocidades es continuación de la otra.

He decidido publicarlas juntas porque ambas comparten tono, estilo, género, duración, carácter enfermizo... pero se trata de historias totalmente independientes. Podéis leeros ambas, o sólo una de ellas, o ninguna.

Me encanta poder compartirlas (por fin) con todos vosotr@s (arroba incluída)... y al mismo tiempo me da miedo. Porque se trata de dos obras bastante salvajes y bastante "molestas" de leer.

De hecho, ambas llevan la misma advertencia en la contraportada:

ADVERTENCIA:

Esta obra puede - y debe - ofender la sensibilidad del lector. Su intención es provocar, asustar, incomodar. Sus páginas no escatiman en sexo, en violencia, en experiencias duras y salvajes. Si desean evitar esa clase de estímulos, aún están a tiempo de cerrar este libro.

Si a pesar de esta advertencia os apetece entrar en cualquiera de estas dos montañas rusas del horror que os propongo, las podéis comprar en los siguientes enlaces:


LA MIERDA:

CÓMPRALA EN PAPEL  (6 euros + gastos de envío)

DESCÁRGATELA EN E-BOOK (1,99 euros)


LA EMPERATRIZ DE LOS INSECTOS:

CÓMPRALA EN PAPEL (6,60 euros)

DESCÁRGATELA EN E-BOOK (1,99 euros)

Si las pilláis en papel os recomiendo pedirlas junto con otros libros que queráis comprar en Lulu, para amortizar mejor los gastos de envío.

Yo, por otra parte, confío mucho en las ediciones en eBook, aunque he de reconocer que la edición en papel me enamora muchísimo. Hemos conseguido dos libritos encantadores, muy abarcables y transportables, casi casi haciendo el honor a su calificación de "libro en el bolsillo". Obviamente son demasiado grandes para caber en un bolsillo estándar, pero tienen esa vocación de acompañar a su dueño a cualquier sitio.

Y son preciosos, porque los ha diseñado Mar Delgado (portadas, contraportadas, lomos, maquetación, formato...) y eso los convierte en objetos mágicos.

Si leéis cualquiera de estas dos novelillas, deseo de todo corazón que las disfrutéis...

... y me haréis un gran favor si las recomendáis a todo aquél que juzguéis con estómago suficiente para apreciar una aberración como ésta.

martes, 21 de agosto de 2012

HAY UNA GRIETA (OPINIONES AJENAS)


La vida quiere que ahora esté en uno de esos períodos en los que toca recibir opiniones ajenas acerca de mi trabajo, para mejorar dicho trabajo a la luz de lo que te aporten los opinadores en cuestión.

Yo agradezco MUCHÍSIMO las opiniones externas. Sobre todo cuando son sinceras.

Todos sabemos cómo va esta mierda. Todos sabemos cuándo alguien te está diciendo que "mú bien" a todo para escurrir el bulto, o para darte la razón como a los locos. Todos sabemos cuándo alguien te regala ese "mú bien" para hacerte la pelota.

Yo tengo la suerte - o así lo creo - de contar con bastantes opiniones fiables (sustitúyase "opinión fiable" por "persona con criterio" o "amigo de verdad" o incluso ambas cosas)

Existen criaturas ponzoñosas que descalifican tus obras por sistema, ya sea por envidia, por pose o por sífilis. Esas personas son tan fáciles de detectar que... si no las detectas, eres gilipollas y te mereces lo que te ocurra.

Y hay otras personas cuyas críticas, aunque sean disconformes, son bastante constructivas y muy, muy convenientes.

Ahora mismo me hallo en fase de corregir un par de obras. Las tengo dentro del taller, finiquitando la fase de "chapa y pintura". Se trata de dos novelitas que quiero publicar por mi cuenta, sin editoriales, sin intermediarios, sin esperar por la opinión de "los mercados".

Por eso estoy especialmente receptivo hacia lo que opinan sobre ese par de engendros algunas personas cuya opinión valoro de manera especial.

¿Hasta qué punto debes hacer caso de las opiniones ajenas? ¿Cuándo tienen razón los de fuera y cuándo te conviene ser fiel a tus propios principios?

Yo, en mis "no muy largas" andanzas,  me he encontrado con los dos extremos:

1- Gente orgullosa: gente con "ínfulas de artista" que JAMÁS se mostrará receptiva a la hora de alterar su obra. Viven en una ensoñación. Ellos son los "grandes genios" y todo aquél que no comulgue con ellos es porque no ha sabido "adelantarse a su tiempo" para entender su visión.

2- Los volubles, inseguros. Los que nunca confían en su propia brújula interior y avanzan haciendo eses: Si "fulanito" les dice que la historia debería ir más hacia la izquierda, giran hacia la izquierda. Si "menganito" les dice que la historia funcionaría mejor girando hacia la derecha, pues... ¡rumbo a la derecha!

Ambas opciones me parecen igual de peligrosas. Los "prepotentes egocéntricos" acaban naufragando en el terreno estéril de sus propios complejos, y los "inseguros indecisos" cambian de rumbo cada tres segundos... y el barco termina volviéndose loco y prefiere volcar sobre sus propias heces.

Y, joder, ¡yo creo que tengo la puta fórmula! ¡En serio!

Como en muchas otras ocasiones, me parece algo demasiado obvio para escribir una entrada sobre ello, pero no paro de encontrarme a compañeros de fatigas que viven atormentados por no saber cómo resolver el dichoso dilema.

Así que me dispongo a compartir mis experiencias, por si sirve de algo:


Creo que sólo existen dos casos en los que uno debe plantearse hacer caso a las opiniones externas:



1-
  La primera de ellas es quizá la más obvia:

Si muchas personas distintas critican exactamente el mismo aspecto de tu obra, entonces hazles caso.

Todos tenemos gustos distintos, para gustos colores y toda esa mierda. Pero si dos o tres personas te señalan los mismos puntos débiles, ¡igual deberias hacerles caso!

Peeeeeroooooo:

Yo al menos, para considerar eso como prueba concluyente, me aseguraría de lo siguiente:

- Que los "opinadores" en cuestión NO hayan tenido ocasión de hablar sobre el tema para "ponerse en común" y para "contaminarse" mutuamente antes de manifestarte su sentencia.

- Que los "opinadores" en cuestión sean (según el caso) de distintas edades, o de distintas clases sociales y/o distinto nivel cultural... garantizando una "muestra" medianamente variopinta.

- En caso de tratarse de una obra destinada a un target muy específico, no es tan concluyente el número de opiniones como su selección cualitativa (si vas a un asilo a preguntar a los ancianitos qué les ha parecido "Depredador" o "Abierto hasta el amanecer", los resultados no son concluyentes, por razones obvias)



2- 

A veces basta con una sola opinión:

Porque a veces somos indulgentes con nosotros mismos. A veces el proceso de escribir es tan desgastador que dejamos flecos; cosas deshilachadas, cabos sueltos, parásitos que aceptamos en la obra sin aprobarlos del todo.

Lo de siempre: "Sé que esto me rechina un poco, pero creo que es cosa mía porque yo estoy demasiado inmerso en el proceso. Seguro que alguien ajeno ni siquiera lo acusa, ni siquiera se da cuenta de que aquí hay una grieta. Porque es una grieta solamente para mí, que soy muy puñetero conmigo mismo y todo eso. El resto de la gente ni siquiera será consciente de esa neura mía. Porque se trata de eso: de una neura mía, mía... y sólo mía..."

Pues en esas ocasiones en las que alguien que no eres tú acusa esas pequeñas grietas y te lo dice: En esos casos... en esos casos no hace falta que sean varios críticos. Si UNA SOLA PERSONA acusa una de esas grietas que resuenan en lo más profundo de ti mismo, una de ésas que tú querías creer que "sólo eran cosa tuya"... En ese caso... no hacen falta segundas opiniones.

AFRONTA ESE DEMONIO.
Hay una grieta.

viernes, 8 de junio de 2012

EL TEMPLO DE PAPEL DE LOS EXCESOS


Llevo un par de días corrigiendo el estilo de dos novelitas que escribí hace un tiempo: "La mierda" y "La emperatriz de los insectos". Quiero hacer algo con ellas.

Como ya he comentado en otras ocasiones, se trata de dos novelas excesivas, ofensivas y enfermizamente retorcidas. En muchísimos sentidos. Recuerdo que un amigo director, tras leer una de ellas, me dijo: "Me encantaría hacer una peli basada en esto, pero no tendría cojones para hacerlo."

Detrás una frase como ésa se esconde un tema realmente interesante:

¿Por qué podemos tolerar ciertos excesos en un libro pero no podemos tolerarlos en una pantalla?

Yo creo que la respuesta es obvia: Lo audiovisual nos ataca de una manera más agresiva. Somos seres pasivos cuando lo consumimos. Las imágenes saltan a nuestros ojos sin pedirnos permiso. Los sonidos saltan a nuestros oídos de la misma manera.

Creo que el grado de cuidado que hay que poner a la hora de no mostrar contenidos ofensivos en un medio de comunicación es directamente proporcional al grado de "facilidad"  y "pasividad" con que se pueda consumir dicho medio.

De esa manera, resulta lógico que un canal de televisión generalista se obligue a emitir contenidos más "blancos" que un canal de pago especializado o una película de cine. La tele es un aparato que puede estar encendido en una sala de estar, en un bar, en una tienda... en muchos sitios en los que a veces habrá gente que no ha elegido encenderla, ni sintonizar ese canal concreto... pero que, a pesar de ello, no podrá ignorar la información que le lanzan a la cara.

En una sala de cine, por ejemplo, también puede darse el caso de que te encuentres con algo que te ofenda, pero lo más probable es que tú hayas decidido entrar en esa sala, e incluso te hayas informado un poco sobre qué clase de cosa vas a ver, qué calificación de edades tiene, etc.

En un vídeo de internet puedes permitirte el lujo de ser más excesivo, perverso, controvertido... porque el internauta, normalmente, elige darle al play y también elige parar de consumirlo cuando le dé la gana. De hecho, el internauta suele ser una criatura que no sólo elige lo que quiere ver, sino que lo busca.

Yo diría que cuanto más activa sea la actitud del público a la hora de acceder a la información, más legitimados estaremos para permitirnos contenidos fuertes, incómodos, peliagudos.

Y hoy por hoy la reina de las narraciones que requieren actitud activa es la Literatura.

Cuando uno lee un libro tiene que realizar un proceso intelectual que no es del todo fácil. Hay que hacer un considerable esfuerzo de concentración. ¿Cuántas veces hemos tenido que retroceder en nuestra lectura al darnos cuenta de que hemos leído una página entera como autómatas, sin prestar atención a lo que esa página nos estaba contando?

¡Y lo fácil que es parar de leer y cerrar el libro si no nos gusta lo que cuenta!

A un libro no le puedes reprochar que te ofenda, porque tú, como lector, habrás sido cómplice de la ofensa. Tú, como lector, te habrás dejado violar.

Es como aquel chiste de las monjas que se quejaban porque el convento estaba en frente de un cuartel y, según ellas, los soldados se paseaban en pelotas, escandalizándolas. El obispo acudía a comprobarlo. Entraba en la alcoba de las monjas y decía: "Desde aquí no se ve nada." Entonces las monjas le respondían: "¿Cómo que no? ¡Súbase a ese taburete y asómese por ese agujerillo que hay encima del armario!"

Y creo que en estos tiempos en los que la Literatura parece eclipsada por la avalancha audiovisual; en estos tiempos en que los agoreros pronostican la extinción del libro; en estos tiempos en que se cierra una librería cada vez que alguien hace zapping...

... en estos tiempos...

... la Literatura debería dejar de lloriquear como una zorra victimista y adaptarse, ¡evolucionar! Cuando digo esto no hablo sólo del e-book y de la madre que lo parió. Hablo también de apostar por temáticas y formas de expresión que otros medios más "apabullantes" no se puedan permitir tan fácilmente.

Y dentro de las muchos elementos diferenciadores que puede usar la Literatura en este sentido, está el aprovechamiento de esa patente de corso, esa legitimidad a la hora de manchar el papel con las historias más prohibidas, con los pensamientos más perversos, con las suciedades más interesantes y las infracciones más catárticas.

Convirtamos la Literatura - o parte de ella - en el templo de papel de los excesos, en esa red de callejuelas oscuras en las que se adentran los más atrevidos, en busca de pecados que no pueden encontrar en las avenidas principales.

Yo ya lo hago.


jueves, 29 de diciembre de 2011

HE COMETIDO UN DOBLE ASESINATO


Me llamo Juanjo, y soy un asesino.

Estoy trabajando en una nueva novela. Lo hago en mis escasos ratos libres (una práctica que le recomiendo a Lucía Etxebarría si sus novelas no le permiten llegar a fin de mes. No es lo ideal pero, coño, si te gusta escribir, es lo que hay)

Anoche decidí cargarme dos personajes de la novela. Así, por las buenas.

No eran dos personajes cualesquiera. De hecho, fueron dos de los primeros en llegar a mi cabeza. Gran parte de la trama cobró forma para adaptarse a ellos, y en terreno abonado por ellos. Si me hubiéseis preguntado hace cuatro meses, os habría dicho que esos dos eran, en gran medida, el alma de la historia.

Y me los he cargado.

A los dos a la vez, porque se complementaban. No podían concebirse el uno sin el otro.

Ocurre a menudo en la construcción de historias. Los ingredientes que más nos ilusionan, los que nos han motivado a elegir tal historia en vez de tal otra... dejan de tener sentido en algún momento del proceso.

Supongo que es lógico. Los andamios son muy útiles para levantar el edificio pero, en un momento dado, hay que quitarlos. ¿Y qué ocurre cuando llevas meses sin darte cuenta de que lo que tenías entre manos no era más que un simple andamio? ¿Y si le has cogido cariño?

Me gusta como definición de escritor: Un tío enamorado de un andamio.

Pero un andamio al que le has puesto nombre y apellidos. Y le has pensado gustos, y manías, y le has comprado vestiditos.

Mira, es otra buena definición de escritor: Un gilipollas.

Porque hay que desmitificar un poco el oficio de escritor. De esa manera, quizá llegue el día en que los que nos dedicamos a juntar letras podamos decir "soy escritor" sin sentirnos como el polizón de un barco.

Escritor: Dícese de gilipollas que asesinamos a traición, y a sangre fría. "Con premeditación, alevosía y más pena que gloria", que diría Sabina.

Ahora la trama de la novela funciona mejor. Creo que es más ligera. Más compacta.

Adiós, Clara. Adiós, Emilio. Descansad en paz. Ahora toca desmembraros e intentar encajar vuestros mejores pedazos en los personajes supervivientes. Tras algunos intentos infructuosos, me rendiré y admitiré que mis ideas favoritas no tienen cabida en la novela. Tendré que ponerlas a fermentar en el contenedor de reciclaje. ¿Quién sabe? Quizá en el próximo libro...

Cuanto más "oficio" se le va contagiando a uno, más nazi se vuelve para estas cosas. Hay algo de militar en algunas partes del proceso . Sacrificar a unos cuantos en pro del bien común.

Y digo yo que este tipo de asesinatos deben dejar secuelas en los asesin... digo en los escritores. Nos pasamos los días eliminando a seres que hemos creado nosotros. Apuñalamos a gente imaginaria, sí, pero gente que es reflejo de alguna faceta de nosotros mismos.

Eso es lo que hacemos sin darnos ni cuenta. Asesinarnos a nosotros mismos. Trozo a trozo. Por fascículos.

Mutilarnos por dentro.

Tenemos una guerra civil en la cabeza.

Tenemos un cementerio en la cabeza.

¿Quién sabe? Quizá cuando llegue el día del Juicio Final, todos esos personajes muertos saldrán de sus tumbas y nos pedirán explicaciones.

martes, 27 de diciembre de 2011

LA MEJOR DEFENSA ES... ¿UN BUEN DIÁLOGO?


Algunos lo sabréis, y otros muchos no: Dentro de unos meses publico una novela con Editorial Eutelequia.

Y aunque la criatura no se haya presentado aún en sociedad, César del Álamo ya ha escrito un muy buen guión de largometraje basado en ella. Un guión que pretendemos pulir en los próximos meses para intentar convertirlo en - crucemos los dedos - una película de César del Álamo basada en la novela.

Se ha escrito mucha mierda jugosa sobre el proceso de traducir el lenguaje de la Literatura al código cinematográfico, pero a mí, en este caso concreto, me ha impactado especialmente un tema del que no se ha hablado tanto:

Los putos diálogos.

A muchos os parecerá obvio lo que voy a decir, pero lo obvio suele ser, con frecuencia, lo que más fácilmente pasamos por alto.

¡Vale!, voy al grano:

Leo algunas secuencias del guión... y los diálogos están prácticamente calcados de la novela. ¡Oh, ese guión es tan fiel a mi obra! ¡Debería sentirme más que satisfecho!

Pues... NO.

Resulta que muchos diálogos que - en mi opinión - funcionan en la novela, no funcionan igual de bien en un guión de cine.

Y no estoy criticando el trabajo de César. Su versión es un primer borrador que adapta la historia al formato cinematográfico de manera impecable. Incluso la mejora en algún que otro aspecto.

Pero de repente advierto que la forma de hablar de un personaje de novela no tiene por qué funcionar en una obra audiovisual.

¿Por qué?

Puede deberse en parte a que el lector de libros está educado - domesticado incluso - para aceptar ciertos artificios. A ningún niño le gusta el kaviar a menos que le entrenes el paladar a hostias. Convenciones establecidas. Reglas del juego, y tal.

Pero no es sólo eso.

De hecho, es muy normal que escribamos un diálogo en un guión y nos parezca de puta madre así, sobre el papel. Sin embargo, cuando escuchamos esas líneas en boca del actor, nos llevamos las manos a la cabeza. Intentamos tranquilizar nuestra conciencia con un: "Vaya mierda de actor, ¡me ha destrozado el texto!" Y a veces es verdad, pero no siempre.

Si tenéis amigos actores, habréis notado que su frase más recurrente - además de "He vuelto a pagar 400 euros por un curso que no sirve para nada" y "Esta casa tiene muy mal Feng Shui" - es la de:

"Es imposible defender este diálogo."

Y creo que es cierto. Hay diálogos muy fáciles de asimilar en el papel, pero muy difíciles de pronunciar a la hora de la verdad. Como el Necronomicón de Evil Dead, que no hace daño a nadie con sus paginitas mudas, pero cuando alguien lee cualquier párrafo en voz alta, la lía parda.

En algunos casos, la culpa se puede atribuir a nuestra afición a devorar las pelis yankies DOBLADAS, como ya comenté en su día.

PERO HAY ALGO MÁS: Creo que el meollo de la cuestión está en la propia esencia de la comunicación escrita. La actitud con la que accede un lector al discurso literario es muy distinta a la actitud pasiva con la que un espectador recibe el discurso audiovisual. En su día opiné sobre cómo ello afecta a la estructura de la trama. Hoy me apetece hablar sobre cómo afecta a los diálogos.

Da igual si hablamos de un poema, un guión o una novela. Hay un factor que las iguala a todas, algo que subyace, que condiciona todo lo demás:

EL RITMO.

Somos seres musicales. No nos damos ni cuenta, pero rendimos culto a partituras invisibles. Tenemos un metrónomo en las tripas. La música es la vaselina que utilizan para meternos la mercancía por el culo. Quien se dedique a la comedia lo sabe por experiencia: A veces un mismo chiste funciona mejor o peor no por su contenido, sino por una simple cuestión de métrica.

Es esa música que subyace por debajo de la información la que hace que una frase nos impacte como un puñetazo o nos acune como una nana.

Y claro, el concepto de ritmo implica, por definición, que hay que distribuir los conceptos EN EL TIEMPO.

Ahí es donde los caminos del guión y la novela se bifurcan. Porque el guión, al igual que el teatro, no deja de ser una partitura destinada a ser representada en el mundo real; éste en el que, al parecer, todos compartimos una misma percepción del tiempo.

Pero el mundo de "lo leído" es diferente. Los cerebros son islas. El interior de nuestras cabezas no entiende de tiempo. El "tiempo objetivo" es un esperanto que hemos decidido homologar para poder entendernos los unos a los otros. En la intimidad de nuestro cráneo, sin embargo, podemos fabricar nuestros propios ritmos e interpretar la partitura a nuestro gusto. Cada diálogo se despliega ante nosotros ofreciéndonos un buffet libre de posibilidades. Y en nuestra cabeza sonará más lento o más deprisa dependiendo de en qué cultura nos hayamos educado, o del nivel de estrés con que nos pille la lectura, o de si estamos leyendo porobligación o por placer.

Por eso - entre otras cosas - creo que las dictaduras del ritmo son más férreas en una obra audiovisual que en una obra "literaria". ¿Os convence mi argumento?

A mí no...

Bueno, a una parte de mí sí. Claro... Pero otra parte de mí sigue garrapateando partituras como un gilipollas. Otra parte de mí sigue escribiendo las novelas como si alguien tuviese que leerlas en voz alta.