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miércoles, 25 de agosto de 2010

jueves, 29 de julio de 2010

CON MIEDO AL AUTOMÁTICO



Dos posts en un mismo día. No me reconozco. ¡Y con sólo una hora de separación entre uno y otro!

Cuando escribo me pongo muy pesado. No hago más que hablar sobre la escritura y su proceso. Me nace compartir con vosotros otra reflexión sobre el oficio de juntar palabras.

Ya que no puedo estarme calladito, al menos intentaré ser breve.

Suelo marcarme unos objetivos para cada día. De esa manera estructuro y dosifico el infinito al estilo del barrendero Beppo.

Y a veces cumplo con los objetivos que me he marcado mucho antes de que finalice mi jornada, y todavía me quedan energías para empezar otro capítulo. De hecho, me muero por empezar otro capítulo. Mi vida es aburrida. No tengo nada mejor que hacer.

En ese caso, ¿por qué me niego a continuar? ¿Por qué me obligo a interrumpir la escritura hasta la siguiente jornada?

La respuesta es sencilla:

Tengo miedo del piloto automático.

Cuando uno coge carrerilla se emociona, se relaja en exceso, se despreocupa. Yo no conduzco, pero supongo que debe ser algo similar a conducir borracho. Empiezas a correr a través del folio en blanco sin preocuparte demasiado del reguero de letras que dejas tras de ti.

Es peligroso escribir con el piloto automático. Consigues explicar tu historia, pero tecleas tan rápido que no tienes tiempo de saborear cada concepto. Pierdes cien oportunidades de adornar la información con alguna que otra perla.

Es como en el Canabalt (el juego del que os hablaba en la entrada anterior) a veces, como resultado de no cagarla, coges tal velocidad que no ves los peligros venir. Tanta, tantísima velocidad que saltas más de lo conveniente y pasas de largo la azotea en la que debías aterrizar. Y te precipitas al vacío, por capullo. A veces, en esos momentos, conviene tropezarse con algún bidón para normalizar un poco el ritmo.

A veces hay que detenerse a "oler un flor que brota".

Hay tramos de novela que deben escribirse con la víscera. En esas sesiones se tolera e incluso se agradece una escritura irreflexiva. Pero otras veces, sencillamente, no.