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domingo, 11 de octubre de 2009

NO ESTAMOS SOLOS


En el último capítulo de la tercera temporada de Battlestar Galáctica ocurren un par de cosas que me tocan la fibra.

No mencionaré aquí nada sobre dicho capítulo por aquello de no spoilear. Pero se trata del mismo concepto que me hace amar hasta la médula de los huesos pelis como Encuentros en la Tercera Fase o Exploradores.

Encuentros en la tercera fase: Sueñas con una montaña. Te obsesionas con ella. Empiezas a dibujarla en servilletas, papeles, cartulinas, caballetes. Piensas que te estás volviendo loco. Piensas que eres el único. Y luego... te das cuenta de que no. Te encuentras con gente que ha tenido esa misma visión interior, que ha soñado con esa misma montaña. Gente que la ha pintado igual que tú, o que la ha esculpido en una maqueta, o en un puré de papas, o en una espuma de afeitar. Gente que te hace descubrir que no estás solo, que no estás loco, que estás acompañado un grupo de personas en ese laberinto de extrañezas que lucha por separarte del resto de la Humanidad.

Exploradores: Tienes un sueño. Un sueño en el que te ves a ti mismo junto a tus amigos en una situación descabellada. La clase de situación que, una vez más, te hace pensar que te estás volviendo loco. Pero luego despiertas, hablas con tus amigos y te das cuenta de que todos habéis tenido el mismo sueño. De que cuando hablabas con tus colegas al soñar, eran ellos los que te escuchaban y te respondían, y no una proyección subconsciente de tu mente.

Son cosas que me conmueven de un modo casi irracional.

Es como cuando llevas días pensando que una persona que acabas de conocer se parece a algún actor famoso, y piensas que eres el único que acusa dicho parecido. Y entonces comentas con tus amigos: "Fulanito me recuerda a..." Y ellos completan la frase diciendo: "¡¡¡... a Menganito!!! ¡Lo llevo pensando desde el primer día en que le vi!"

Y es entonces cuando sentimos ese calor reconfortante en las entrañas, esa confirmación de que, aunque nuestro cerebro esté encerrado en en el interior de un cráneo inexpugnable, hermético, abriéndose paso entre tinieblas que parecen existir para separarnos y distinguirnos del resto de la especie humana, aunque navegemos alrededor del núcleo de nuestra propia oscuridad... de vez en cuando nos encontramos con otros viajeros que comparten nuestro mismo abismo, que suspiran por la misma luz.

Descubrimos que nuestros cráneos tienen puertas y ventanas con vistas a otros cientos, miles o millones de cráneos.

Y de algún extraño modo nos damos cuenta de que

no estamos solos.

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