
No pretendo citar a Bergson, ni a Einstein, ni al señor Miyagi, pero para mí este fin de semana ha sido un ejemplo de cómo los días son iguales a esa maleta que uno hace antes de un viaje: caben más o menos cosas dependiendo de hasta qué punto sepamos o queramos sacarle partido.
Estoy acostumbrado a que los fines de semana sean una cinta transportadora que me recoge hecho trizas en algún momento del viernes y me arrastra irremediablemente hacia el lunes siguiente sin que tenga la sensación de haber hecho nada medianamente productivo o memorable.
Y sin embargo en este fin de semana me ha dado tiempo a hacer todo esto:
- Preparar un viaje a Madrid y abortarlo en el último momento.
- Comprar tres regalos de cumpleaños.
- Salir de juerga por Donosti y constatar una vez más lo sosa que es la noche de esta ciudad de juguete si se la compara con Madrid.
- Empezar una novela de Stephen King.
- Leer un largo de un amigo y reducir así la cola de "guiones por leer" que se me van acumulando.

- Subir con un amigo al monte y pasear entre caballos cuasi salvajes y "subir por la cara más difícil" y así descubrir demasiado tarde por qué el calzado normal es calzado normal y por qué el calzado de monte es calzado de monte y llegar a una cumbre bañado en sudor y sin aliento y descubrir que es la más baja de las tres cumbres que tiene el monte y que sólo has ascendido hasta 600 míseros metros y quedarnos allí admirando el paisaje (Francia a un lado, Euskadi al otro) y tomando una cerveza y hablando sobre nazis, y Tarot, e I ching, Tai Chi, Tolkien, canoas, Aikido, Fray Perico y su borrico, África, Rusia y otras veinte cosas.
- Entrar a una tienda de artículos de ciclismo, montañismo (y masoquismo en general) del tamaño de un Carrefour, y llegar a la conclusión de que un sitio así sólo puede existir en Euskadi.
- Quemarme con el sol y mojarme con la lluvia.

- Escribir "para otros" y escribir "para mí".
- Verme el capítulo seis de Física o Química.
- Ayudar a una mujer con esclerosis múltiple a coger una esponjas de colores en un supermercado, y sentirme al mismo tiempo útil y miserable.

- Tomar once marcas de cerveza distintas (Keler, Vol Damm, San Miguel, Guiness, Heineken, Mahou, Leffe, Grindengberg, Franciskaner, una inglesa cuyo nombre no recuerdo y otra de Lituania que ni yo ni mi amigo Jon (expertísimo cervecero) habíamos visto en nuestra puta vida.
- Subir a mi adorado monte Urgull.
- Tomarme un par de pintxos.
- Tomarme otro par de pintxos.

- Caer en la cuenta (por enésima vez) de lo necesarias que son las mujeres en nuestras vidas.
- Caer en la cuenta (por enésima vez) de lo innecesarias que son.
- Descubrir que me estoy quedando sin ropa limpia y poner una lavadora.
- Tenderla.

- Tomar té rojo, té verde, rooibos, yerba mate (y ser consciente de que la yerba mate me desvelará esta noche)
- Cocinar mijo con cebolla, manzana, pimiento verde, zanahoria, jamón cocido, tomillo, pimentón (y descubrir demasiado tarde que se me ha ido la mano con el pimentón)

- Tomarme unas telepizza con mis compañeros de piso viendo un monólogo de Seindfield cutremente doblado al español, con el audio desincronizado... y no reírme ni una sola vez.
- Escuchar cómo me cuentan algo por teléfono y de ese modo descubrir que del mismo modo en que se puede poner "cara de pócker", también puede ponerse "voz de pócker".
- Escuchar a Extremoduro, a Fito, a Calamaro, a Daniel Higiénico, a Mikel Laboa, a James Newton Howard, a John Lee Hooker.

¡Y todavía quedan siete horas para que termine el domingo!
Las fotos de esta entrada las he sacado esta tarde en el monte Urgull, con mi cutre-móvil. Ya regresando a casa hice esta otra foto, que demuestra el buen gusto de los quiosqueros de Donosti, y su sentido de la piedad para con los transeúntes más sensibles: