
El jodido vecino del taladro. Cada fin de semana. A eso de las nueve de la mañana.
Mi vida se debe estar convirtiendo en un cliché barato. Porque eso de no poder dormir por culpa de los ruidos del vecino, a estas alturas, es un tópico de "todo a cien".
Qué hijo de puta...
En el fondo sé que a veces las obras son necesarias en las casas; que (hoy por hoy) es imposible taladrar y martillear sin hacer ruido. Sé que el vecino tiene derecho a que todos soportemos su necesidad de adecentar el piso. Pero eso no impide que a una parte de mí le entren ganas de salir de mi edificio, meterme en el portal del edificio de al lado, localizar la casa de ese cabrón con el que lindo pared con pared y... estrangularle con mis propias manos. O quizá taladrarle las rodillas. "La próxima vez ponle un silenciador al taladro, hijo de puta. O usa una almohada, como en las pelis..."
A juzgar por el ritmo del taladro y los martillazos, yo apostaría a que la obra consiste en forrar la pared con un machihembrado de madera.
Y así estoy, que no hay viernes ni sábado ni domingo que pueda tener los ojos cerrados hasta más tarde de las nueve o nueve y pico. Si al menos luego la noche me sorprendiera somnoliento y con ganas de meterme en el sobre... Pero ya veis que no. Son casi las dos de la mañana, y aquí sigo, sin ganas de aterrizar en la almohada.
Quizá se deba a que llevo todo el día encerrado en casa y eso te deja con la sensación de que el día no puede acabarse todavía; de que te queda algo por hacer.
El caso es que he decidido quedarme aquí en casita, en plan ermitaño, precisamente para descansar un poco. Llevo dos o tres fines de semana de excesos improvisados, y luego uno lo nota durante el resto de la semana. Que ya no tengo veinte añitos precisamente, y las juergas empiezan a dejar su huella.
Podría aprovechar estos tiempos muertos de insomnio para trabajar en ese guión escurridizo que sólo se me insinúa por el rabillo del ojo, cuando bajo la guardia, con esa impresición de las fotos borrosas que se intentan hacer pasar por ovnis o monstruos del Lago Ness. Podría aprovechar para continuar ese par de novelas que tengo eternamente a medias porque saben a dónde quieren ir pero no tienen gasolina suficiente para llegar.
Creo que el problema está en mi falta de paciencia. Me da una pereza enorme ponerme con algo si sé que no voy a verlo terminado ese mismo día, o al día siguiente.
Quizá debería retomar la escritura de relatos. Últimamente es lo que más se adapta a mis circunstancias. Tener una idea y poder hacerla realidad en una tarde, o un par de tardes a lo sumo, o en seis o siete pedazitos de seis o siete tardes.
No sé si se debe a mis traumas cinematográficos del pasado, o si trabajar en la tele me ha contagiado esa filosofía del "aquí y ahora", del "lo piensas, se te ocurre, lo escribes y ves el resultado". Pero cada vez me dan más pereza las inversiones creativas a largo plazo, y luego la pereza se convierte en desidia, la desidia en parálisis...
... y siempre acabo aquí, saciando el mono de la escritura en este blog, contando una y otra vez la misma mierda. Porque soy consciente de que ya he tratado este tema una decena de veces, de que empiezo a parecer pesado, de que la crónica de ciertos callejones sin salida en mi laberinto personal comienzan a sonar a leit motiv, a cansino y monótono estribillo.
Sí... Creo que el relato corto (por mucho que le dé la espalda últimamente) es lo que más se adapta a mis necesidades actuales. Además, lo bueno del relato corto es que no es un formato comercial. Es muy difícil de vender. Y creo que eso es bueno. Porque sabes que al final tendrás que coger tu puto relato y metértelo por el culo, y eso te hace limarlo y moldearlo con mucho más cariño, porque si te tienes que meter algo en el culo, mejor asegurarse de que, al menos, sea algo especial.
El principal problema que tengo con los relatos breves es el siguiente: Que soy piscis, joder. Y no puedes pedirle a alguien tan indisciplinado e inconstante que se pase toda la semana comiendo el mismo menú. Normalmente, cuando leo un recopilatorio de relatos de un autor, me canso cuando llevo más de cuatro o cinco relatos suyos seguidos; aunque sea el mejor de los autores; aunque sea el mismísimo Clive Barker; aunque sea el mismísimo Ray Bradbury. En el caso de una novela (en el caso - últimamente improbable - de que me atrape) la continuidad del hechizo logra hipnotizarme y conducirme hacia el final de manera fluída, casi lúbrica. En los recopilatorios de relatos, sin embargo, el hechizo no tiene esa vocación de continuidad. Son coitus interruptus. Son tener que empezar desde cero una y otra vez.
Y si eso me pasa a mí con los más grandes, he de suponer que a los demás les pasaría lo mismo conmigo y con mi prosa barata.
No obstante, creo que las nuevas circunstancias tecnológicas están haciendo que (al menos en ciertos ámbitos) el relato se imponga, de forma natural, como el vehículo de expresión ideal. El libro electrónico, el fenómeno blog e internet en general... Todo eso me llena de esperanzas. Me hace pensar que eso de tener que arreuntar una quincena de relatos en un recopilatorio... se va a ababar. Cada relato podrá salir del nido por sí solo y volar directamente hacia quien le apetezca leerlo. Sin necesidad de ir incluido en lotes hormonados, con rellenos innobles. Algo similar a lo que (espero) sucederá con la música.
Mierda... Vengo aquí con la intención de hablar de vecinos y taladros... y termino contando todo esto...
Me voy a la cama, antes de que el taladro del vecino vuelva a sonar.