
Hoy ha sido uno de esos días en los que un montón de asuntos pendientes parecen resolverse de golpe, al estilo "final de temporada" de una serie comercial.
Tres o cuatro subtramas que pintaban muy negro, y terminan demasiado violeta.
Un ejemplo de a qué me refiero: Al final no tendré que pasar tres semanas en una pensión. Me mandan directamente al piso en el que (se supone) me quedaré durante el resto de la temporada. No es el mejor piso del mundo, ni la mejor zona de Donosti, pero mejor eso a que intenten sodomizarme con un cactus untado en estiércol (contigencia que, a estas alturas, no me atrevería a descartar).
Acariciaba la idea de aprovechar este fin de semana para escapar a Madrid o "cualquier otro lugar" pero teniendo en cuenta que el viernes me espera una mudanza, me lo he pensado dos veces (número de veces que constituye un record en un maldito piscis como yo).
Por otra parte, este fin de semana se inaugura la semana de terror de San Sebastián, y se trata de un evento que esperaba con más ansias que el archifamoso festival del mes pasado. Porque el terror es la niña de mis ojos, y porque confío en que el evento le dé más ambientillo a esta maldita ciudad. Un ambientillo más "salao" que la mugre que suele venir al puto Zinemaldia.
Y ahora, una indirecta para el par de personas que leen este blog y que a última hora han decidido no venir por razones de pasta: Sois unos cabrones. ¡Me apetecía veros!
En otro desorden de cosas, ayer o anteayer (mi percepción del tiempo se derrite cual reloj de Dalí) estaba yo tomándome una caña en un bar, mientras asistía a un espectáculo bastante turbio: Un padre de unos cuarenta años intentaba explicarle a su hija de cinco o seis años qué era la dinamita.
Lo más chungo del asunto... es que la caña era Cruzcampo.
¡A ver cuándo prohíbe la puta cruzcampo el Ministerio de Sanidad! Dicen que la industria cervecera está viviendo su mayor crisis en mucho tiempo. Yo sostengo la teoría de que eso es porque en la mitad de los bares de este puto mundo sirven Cruzcampo.