
Los mosquitos de Fuerteventura son distintos a los de cualquier otro lugar. Son más oscuros, más compactos, más pequeños que los de aquí, tal vez más grandes que los de allá...
Comparten con sus demás compañeros de gremio una odiosa costumbre; la de aprovechar ese mágico instante en el que estás a punto de quedarte dormido... y entonces... sólo entonces... irrumpir en tu madrugada con un vuelo rasante de avioneta desafinada, joder tu sueño con un efecto dopler, cosquillear mejilla, frente y ojo al mismo tiempo...
La picadura de los mosquitos majoreros es relativamente amable. La marca y el picor desaparecen un par de horas después de la agresión. Uno casi prefiere que le piquen hasta reventar, con tal de que no se acerquen a tu oído... con tal de que te dejen conciliar el sueño...
Definitivamente, los mosquitos de Fuerteventura son distintos. Los reconocería con los ojos cerrados. De hecho, eso fue lo que ocurrió la noche pasada. Intentaba conciliar el sueño, y no era fácil. Justo entonces empezó a oírse el zumbido, para más inri. El mismo zumbido que emiten los mosquitos de mi isla. Ese insistente trompeteo que (ayer lo volví a demostrar) reconozco hasta con los ojos cerrados.
Me extrañó.
Porque yo estaba intentando dormir en Donosti, y ese ruido pertenecía a una isla (mi querida isla) situada junto a la costa de África, a miles de kilómetros de distancia.
Encendí la luz. Lo vi. Allí estaba el muy cabrón, posado en la pared, a veinte centímetros de mi oreja. La imagen y el sonido coincidían. Era un puto mosquito de Fuerteventura. ¿Qué coño hacía en Euskadi?
Intenté matarlo. Fallé. El desconcierto me hizo torpe. El chupasangres utilizó sus habilidades ninja para disolverse en el aire.
Me resigné, apagué la luz... y sumé a las dos o tres preocupaciones que alimentaban mi insomnio una preocupación número cuatro. La misma de hace un par de párrafos: ¿Qué coño hacía un mosquito majorero en mi habitación de Donosti?
La respuesta llegó pronto. Brilló en la oscuridad como una palomita de maíz:
He pasado este fin de semana en Fuerteventura. Mientras estuve allí, dejé mi mochila abirta de par en par. Probablemente, uno de los mosquitos de mi isla se metió en el interior de esa mochila, y se quedó encerrado en ella. De ese modo, se convirtió en involuntario polizón. Se subió conmigo a dos aviones, a un taxi, y a un tercer piso de un edificio donostiarra.
Odio a los mosquitos, pero aquel en cuestión, una vez hube determinado su origen, sembró en mi corazón una larva de algo que parecía cariño.
Tiene cojones que exista algo que te joda en Canarias, y que te alegres de encontrarlo en Donosti, por el simple hecho de que remite a tu isla.
Me alegré de no haberlo matado. Y poco después me arrepentí de haber fallado el golpe. Un mosquito canario en Donosti... Si no perece de un manotazo, fallecerá de aburrimiento. En estas circunstancias, negarle una ejecución veloz, precisa, expeditiva... es pura crueldad.
En otro orden de cosas: El otro día me terminé (por fin) El palacio de la luna, de Paul Auster. Qué bien escribe ese hijoputa... y qué fácil hace que parezca...