jueves, 2 de octubre de 2014

EL CORRALITO AFRICANO


En el rincón más sucio del corazón de África: Un establo de maderas torcidas, como hecho con dentaduras de borrachos.

Cuarenta millonarios bien vestidos. Ellos y ellas, encorvados sobre las vallas del corral.


Pero no asisten a una pelea de gallos, ni de perros de presa: Los contendientes son niños.


Dos niños africanos, famélicos, desnutridos, sus pieles negras intentando devorar los huesos del mismo modo en que el hambre intenta devorar sus vidas. Dos niños negros con los vientres hinchados... como con cuatro meses de embarazo.


Los millonarios corean, animan a su niño favorito...


... y los críos pelean sin demasiadas fuerzas. Llevan dos o tres días sin comer, cualquier movimiento brusco los marea.


¡Yo apuesto por el negrito de la izquierda!” “¡Cien euros por el de la derecha!


Manotazos inofensivos, muy patéticos. Sus miradas parecerían hambrientas si no fuesen tan débiles.


Uno de ellos pierde el equilibrio, sus piernas ya no aguantan. El otro aprovecha la ocasión para tirarse encima de él... intenta estrangularle con sus manos huesudas... intenta estampar el cráneo... una y otra vez...


... una y otra vez...


... contra la tierra seca del gallinero.


¡Trescientos al negrito de la izquierda!”  “¡Yo apuesto por el de la derecha!


De pronto alguien decide que esos peleles no tienes fuerzas suficientes para matarse con sus propias manos: Arrojan al ring un hueso, un fémur, una reliquia del niño que falleció hace cinco días en ese mismo establo.


El negrito de la izquierda empuña el fémur... lo hunde en las costillas de su contrincante, hace palanca.... no es difícil (las costillas de ambos tan marcadas, tan visibles)


Y con las pocas fuerzas que le quedan, el niño empuja el fémur hasta hundirlo en el corazón del otro.


Dos miradas hambrientas comparten un espasmo, un estertor... Dos miradas perdidas en una cuencas hundidas, cadavéricas...


Y un corazón que deja de latir... y unos buitres con ganas de rebañar los huesos...


Hombres adinerados que intercambian billetes, que trapichean con joyas de mujeres.


Al principio, cuando secuestraban a esos niños, les amenazaban con matarlos si no peleaban en el corralito. No funcionaba. La muerte les parecía un mal menor.


No tardaron en darse cuenta de que la mejor manera de convencerles para luchar era una única frase: “Si matas al otro niño, te lo podrás comer.”