domingo, 10 de enero de 2010

UN VESTIDO ROJO DETRÁS DE UNA PARED Y UN BARCO QUE PARTE HACIA LA MAR SIN TENER NINGÚN SITIO CONCRETO A DONDE IR


Mi vida continúa siendo sanamente aburrida. Sigo sin demasiadas cosas que contar. Sólo os puedo ofrecer un par de intrascendencias:

LOS RUIDOS TRAS LA PARED.


Ocurre casi a diario, desde hace poco más de un mes. Sexo. Gemidos femeninos disfrutando de un modo más que aceptable. Polvos espontáneos, supongo. No parecen seguir ninguna pauta horaria concreta. Puede ser, según el día, sexo mañanero, sexo de después de comer, sexo de primera hora de la tarde, sexo noctámbulo…

Las paredes de mi edificio deben estar construidas con el mismo material de los cucuruchos de los helados. Los ruiditos eróticos de mi vecina llegan a mis oídos con tanta claridad que a veces incluso termino (sin yo pretenderlo) estudiando la frecuencia y la modulación de los gemidos y deduciendo si se trata de penetración o cunnilingus.

Pero esa partitura sexual no es lo único que se cuela a través de la escualidez de los muros. También escucho retazos de conversaciones mientras intento conciliar el sueño.

De esa manera sé que en ese piso de al lado viven, como mínimo, una brasileña y una latinoamericana (a juzgar por el acento, yo diría que ecuatoriana o colombiana). Así mismo, me ha sido revelado que una de ellas se llama Claudia, y ayer farfullaban no sé qué de “con el vestido rojo”, con lo que es lógico pensar que a partir de ahora mi imaginación empezará a asociar los conceptos “vestido rojo” y “gemido tras la pared”.

En principio no parece una asociación desagradable.

También he escuchado conversaciones sobre “usar la videocámara”, así que no deberíamos descartar la jugosa posibilidad de que mi dormitorio linde pared con pared con un par de individuas que se dedican a grabar vídeos eróticos para cualquiera de las cien mil páginas de Internet que todos tenemos a un clic de ratón de distancia.

Yo diría que los gemidos que se cuelan por mi pared pertenecen a la brasileña. Por alguna extraña razón, me suenan más a gemidos brasileños que a gemidos hispanohablantes. No me preguntéis cómo coño puedo discernir la nacionalidad de un gemido. No sabría explicarlo, pero creo que la musicalidad es diferente. Lo escribo y me acuerdo de repente de cierta ocasión en que le dije a alguien que “gemía como una japonesa”. Obviamente, las risas y el desconcierto no se hicieron esperar.

Tampoco descartaba la siempre picantona posibilidad del lesbianismo. ¿Y si la brasileña y la latina se lo montan juntas? Demasiado bonito para ser cierto. Esta tarde me pareció escuchar también algún sonido masculino que echó por tierra mis teorías. Aunque... ¿por qué descartar la idea de la bisexualidad, o la del trío?

Sé que a mucha gente le encabrona escuchar polvos ajenos a través de sus paredes. A mí no me disgusta especialmente. Prefiero esto al puto taladro con el que me molestaban las primeras semanas.

Pero, lógicamente, escuchar estas cosas te hace llegar a una conclusión ineludible: Ellos pueden escuchar tu vida con la misma claridad con la que tú escuchas las suya.

EL MAC DESENCHUFADO.


Estoy compaginando la segunda temporada de Madmen con la cuarta de Dexter. Ambas realmente exquisitas, cada una a su manera. Las veo en el portátil, y a veces lo desenchufo de la pared para llevármelo a la cama y poder disfrutar de esas series en posesión horizontal.

Para vosotros eso puede resultar algo de lo más normal pero si (Dios no lo quiera) estuvieseis dentro de mi cabeza comprenderíais que para mí eso es un gran paso.

Porque normalmente NUNCA permito que un aparato consuma su batería si puedo tenerlo enchufado a la pared, disfrutando de la inagotable corriente eléctrica que brota de los agujeros del enchufe.

Lo enchufo todo. El ordenador, el reproductor portátil de dvd, incluso el móvil. No soy de ésos que mantienen el teléfono desenchufado durante días hasta que se les agota la batería. Nada de eso. Cada noche, antes de acostarme, pongo a cargar el móvil. Y me da igual si eso acorta la vida de la maldita batería. Me supone menos trauma comprar una batería nueva un año más tarde que salir de casa con la batería a medio cargar.

Un psicoanalista con dos dedos de frente pensaría que mi decisión de usar el portátil sin enchufarlo a la pared simboliza una intención de romper el cordón umbilical, desligarme de tradiciones, y raíces, y condicionamientos, y desatar la maroma que mantiene el barco prisionero en el muelle y bla, bla, bla.

Pero para mí el asunto de enchufar el ordenador, el móvil y la madre que los parió siempre ha estado íntimamente relacionado con algo ligeramente más oscuro. Llamémoslo Thanatos. Obsesión por la muerte. La angustia que siento ante la posibilidad de que se me agote la batería del móvil, o la carga del portátil… es la agonía de pensar que las cosas se acaban en general. Que nada dura eternamente. Que nacemos con una cuenta atrás tatuada en esa máquina de latir que nos adorna el pecho. Que las cosas se gastan y no se pueden recuperar (los latidos, las neuronas, los segundos) y llega un día en que el taxímetro invertido de la existencia llega a cero y ya no hay nada que hacer.

No me sucede sólo con las baterías de los aparatos. Me pasa con todo en general. Me jode que haya “cuenta atrás” en las fases de los videojuegos, y también me joden los videojuegos en los que el personaje se ahoga si pasa demasiado tiempo buceando dentro del agua. ¡Puto Sonic! ¡Puto erizo azul de los cojones! ¿Por qué coño tenías que ingerir burbujas de oxígeno cada cierto tiempo para no asfixiarte? ¡Aprende de Mario! ¡Él puede bucear sin prisas, sin agobios!

Me jode que las cosas se gasten. Si por mí fuera, todo sería como el “chupa-rico-perpetuo” de Willie Wonka. (y como alguien me venga con eso de que las cosas tienen que ser finitas para que podamos valorarlas más, le inflo a hostias)

Creo que pienso demasiado en la muerte para lo joven que soy. Dicen que eso es bueno y sabio y profundo y germen de cien tipos de creatividades diferentes. Yo creo que es simplemente patológico.

Son muchos los que predican que para poder desarrollarnos por completo debemos primero adquirir plena conciencia de que algún día estaremos muertos. Desde Heiddeberg hasta el puto código Samurai.

¡¡Bullshit!! Puede que algunas veces sea más sano pensar que la vida es más como el Super Mario que como el Sonic.

Aunque supongo que lo de desenchufar el mac de vez en cuando y dejarlo depender de su propia reserva limitada de combustible es un progreso.

METAS.


Cada vez tengo más claro que el ser humano necesita metas definidas para permanecer activo. Para no desmoronarse sobre sí mismo como un World Trade Center hecho con fichas de dominó. El barco necesita un viento que le infle las velas. Si se queda demasiado tiempo a la deriva los percebes empezarán a mordisquear la madera.

Hacen falta razones para vivir. Si no eres capaz de concederte a ti mismo un par de metas corres el riesgo de desinflarte (como las velas del barco) y quedar varado en mitad del camino.

Últimamente me siendo a merced de las olas de la desidia. No tengo metas definidas en ningún aspecto de mi vida. No hay metas en lo profesional. No hay metas en lo sentimental. No hay metas en lo creativo. Todo me da un poco igual. Y eso es alarmantemente cómodo.

Y la comodidad es el felpudo de la decadencia.

Propósito para el 2010: Inventarme alguna meta que merezca la pena.


16 comentarios:

Pal dijo...

Vale, es reconfortante saber que no soy la única loca que piensa en su muerte a menudo.
Desde niña, cada cierto tiempo me da por pensar en mi entierro. No sé, antes pensaba en quién iría, luego empecé a preocuparme más por cómo estarían los que estaban en él y ahora pienso ¿La seguridad social tiene psicólogos? No, es coña. Ahora pienso en qué haría, no mejor dicho con quién me gustaría pasar mis últimos momentos.
Sé que no se lo diría a nadie y sé con certeza ciega que me gustaría:
- Meterme en la cama con mi madre mientras lee.
- Hablar con Ana.
- Mirar a mi abuela mientras duerme.
- Y que me él me besase en la boca.

Pero como no tengo claro quién es "él", aún no me puedo morir. ¿Ves qué sencillo?

Juanjo Ramírez dijo...

Conocí a alguien que no quería ver Casablanca porque es una película que uno tiene que ver antes de morir y, por tanto, cuando viese Casablanca, eso significaría que ya podría morirse en cualquier momento.

Puede que lo de no encontrar un "él" sea un seguro de vida eterna, intrusa ;P

Pal dijo...

Creo que prefiero morirme.

Juanjo Ramírez dijo...

¡Pues me pido tu cadáver! ;P

Kike dijo...

¡¡LOS RUIDOS DE LA PARED!! Excelente relato: jamás creí posible aunar Lovecraft con la pronografía tan hábilmente...

Jack Shadow dijo...

osea que te la pelas como un mono cosa fina, tienes porno imaginario gratis!

¿quieres metas? dirige otra peli copón, que el mundo del cine no es duro, es la gente la que es blanda.

tomas dijo...

Eso de los ruidos, el sexo y las videocámaras,a mi -por momentos- me ha hecho pensar en un cruce entre Hitchcock y Clive Baker. xD

Yo tampoco dejo que la batería se me quede a medias...

Saludos.

Juanjo Ramírez dijo...

Kike: ¡Pues a lo mejor Lovecraft empezó a crear su mundo con algo como esto!

Jack: Es que el mundo del guionista es taaan cómodo... No se me ocurre nada que me apetezca intentar dirigir... de momento...

Tomás: ¡Hitchcock y Barker! ¡Deliciosa combinación!

AAA dijo...

Juanjo, no se te ocurra jugar a Super Mario 64 en la fase del barco sumergido, que te da un soponcio :)

Yo soy aquél. dijo...

Cualquier día te metes en un chat erótico y son las de al lado... jajaja
me ha gustado mucho la entrada.

oye, ¿¿y no te pone enfermo la cuenta atrás antes de las 12 campanadas?? a mí sí, por motivos muy parecidos a los que tú sobrecargas tu móvil

Juanjo Ramírez dijo...

AAA: Tranquilo. La nintendo 64 nunca entró en mis planes. Dejé de ser asiduo a los videojuegos antes de que la sacasen.

Yo soy aquel: Con la cuenta atrás de las campanadas no tengo problemas.

Pepa Mizin dijo...

Ay, yo estoy igual con lo de la obsesión por la muerte y las metas. Se me ocurre así, a bote pronto, que ese miedo a la muerte es también un miedo a las metas, por eso es que andamos varados en mitad del océano, sin saber a dónde ir.

Y sí, supongo que lo de desenfuchar el mac ya es un paso... Yo he empezado a comer muchas naranjas y muchos tés verdes, lo cual me hace estar más contenta y con ganas de ponerme metas, del tipo sacarme los estudios y ser responsable y más o menos feliz. Y ahora que me siento más feliz, y estoy como más cerca de las metas y pienso menos en la muerte, siento que me acerco más a ella. Sólo hace falta dejar de pensar una cosa para que esa cosa ocurra, dicen. A lo mejor por eso nos obsesionamos tanto, por miedo a llegar alguna parte.

Creo que me he hecho un poco de lío, pero en cualquier caso esta entrada me ha provocado una sonrisa mañanera. :)

Juanjo Ramírez dijo...

Gracias, señorita Mizin :)

Creo que te has explicado a la perfección, y puede que tengas razón.

Yo soy muy amigo del té verde. Pero las naranjas... me da tanta pereza pelarlas...

Me salen alas (si me paras los pies...) dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Me salen alas (si me paras los pies...) dijo...

Hola Juanjo!! He estado desaparecida del mundo virtual... vaya... FELIZ AÑO no? no me gusta leerte así... un poco triste lo último que pones pero lo cierto es que me he partido de risa con lo de la vecina, porque... bueno en fin... aquí no te lo voy a contar pero vamos, que creo que el hijo de mi vecino tiene 6 años y llora todavia por las noches por mi culpa y por lo poco que le he dejado dormir en estos años...´ta traumatizado el pobre...Pero bueno, a lo que iba, que creo que eres la unica persona en el mundo que cumple dos cosas: NO te conozco y me caes muy bien, raro ¿no?
... en fin, sobre lo de las metas y tal... creo que a veces es necesario pararse, abrir los brazos y dejar que el aire te traspase entre las piernas y te deje heladas las orejas... hay que dejarse llevar. Las metas vitales: están sobrevaloradas.
Un beso

Juanjo Ramírez dijo...

Feliz año, Natalia! Tranquila, que no estoy triste en absoluto!

Dejarse llevar. Me lo repito cada dos por tres, pero no siempre es fácil!

Tú también me caes muy bien.

Un abrazo!