Amalia nunca borra un mail. Si le preguntas por qué, ella sabe ofrecerte una veintena de respuestas. Tantas como tipos de mail existen. Aunque supongo que la razón última es siempre la primera: Todos tenemos miedo de morir, y sabemos que también a nosotros nos borrarán un día, cuando dejemos de tener sentido.
Nunca falta una buena razón para conservar un mensaje de correo electrónico. Hay mil coartadas con que aferrarse a lo efímero: Lo bonito que sería releer ciertas palabras más adelante, en uno de esos futuros en que los presentes se convierten en nostalgias. Lo útil que sería repescar ciertos datos la próxima semana, el mes que viene, para tramitar esto, para ultimar lo otro. Las fotos de ese viaje a Marruecos de Natalia, que acaso estarán más seguras en los abismos del cyber-espacio que en la precariedad de un disco duro.
La cuenta de correo de Amalia creció, creció, creció. De manera incontrolada. Fue tal la cantidad de información acumulada, fue tal la complejidad, tal el sinsentido de aquel magma de datos, que tarde o temprano tuvo que ocurrir: El caos chocó contra sí mismo y de él surgió ese capricho tonto que algunos llaman vida.
Aquella dirección de mail cobró conciencia propia. Se percibió a sí misma como algo diferente, algo envuelto en un papel de regalo que lo aislaba del todo y de la nada. Sintió, a su virtual manera, el cosquilleante dolor de la existencia.
Y así nació Amalia dos.
Una vez detonada esa chispa de auto-consciencia, la personalidad del nuevo ser se definió mediante retazos de todo aquello que alguna vez despegó o aterrizó en la bandeja de entrada de Amalia. Millones de datos, almacenados desde el principio de los tiempos, cogiendo polvo digital en tal o cual carpeta.
No sería pues descabellado aventurar que Amalia dos iba a crecer a imagen y semejanza de su dueña de carne y hueso o – aquí el matiz importa – a imagen y semejanza de la imagen que la propia Amalia tenía de sí misma.
Porque escribir es mentir. Cuando intentamos reproducirnos a nosotros mismos al otro lado del teclado, el personaje resultante tiene más de anhelo que de descripción real. Todo mentiras. Contadas a los demás. Contadas a nosotros mismos. A veces por falta de auto-conocimiento. A veces por miedo. A veces por frustración, por ansias de jugar a ser los otros. A veces por pura seducción. A veces por pereza, por desidia, por el tiempo que cuesta demorarse en explicar ciertas verdades.
Todos esos engaños componían la esencia de Amalia dos; todas esas cualidades adulteradas, casi ficticias del álter-ego involuntario de la Amalia original; toda esa colección de pieles obsoletas de serpiente.
El carácter de Amalia dos se había forjado en base a mails olvidados. Fósiles acomodados en distintos estratos temporales que remitían a distintas Amalias; la Amalia de ayer, la Amalia hacía un año, la Amalia ya lejana de los días del erasmus... Pero esas distinciones no existían para la Amalia dos. En ella el concepto tiempo nació junto al resto de lo que significa ser consciente. Cualquier información previa en su archivo era considerada atemporal, eterna. Absoluta.
El resultado se tradujo en pura esquizofrenia.
En Amalia dos tenían igual vigencia las confesiones íntimas sobre aquel chico ya olvidado que la enamoró seis años antes, el rencor fresco hacia ese jefe que la estaba amargando en un trabajo que ya ni siquiera existe, la preocupación por esa hermana enferma a la que iban a operar pero que ya la han operado y todo salió bien menudo alivio y su mejor amiga que era Marta y Carolina y ahora Carmen porque las dos odiamos a Marta pero qué tonta he sido te quiero Marta hemos perdido el contacto últimamente Carolina pero es que es ley de vida creo que deberíamos darnos un respiro y sé cómo alargar tu pene y hacerte adelgazar en dos semanas jejejeje ;-) ¿te vienes mañana a la fiesta en casa de Josemi? Ke bien stuvo la fiesta d Josemi ay que repetir ya stoy harta d ls fiestas d Josemi escrito desde mi dispositivo móvil soy una tía cojonuda a veces me doy asco :(
No es necesario explicaros por qué Amalia dos se convirtió en un ser desequilibrado, con una percepción de nuestro mundo adulterada.
Cuando Amalia – la corpórea – teclea su contraseña para mirar el mail como cualquier mañana, no la dejan acceder a su cuenta.
Contraseña incorrecta.
Vuelve a teclear. Vuelven a cerrarle la puerta en las narices. En su propia casa. Contraseña incorrecta.
“Eso es que te han hackeao la cuenta”, diagnostica un compañero de trabajo. Ése que – pobre infeliz, bendito iluso – sueña con llevársela a la cama enarbolando sus conocimientos de informática.
Otro par de intentos infructuosos, otro par de contraseñas incorrectas y tira la toalla. Se muda de dirección en Arrobalandia y aprovecha para limpiar su agenda, para podar y oxigenar su vida social. A los dos días ya ha olvidado la dirección antigua.
No tardan sin embargo en llegar lo que, aunque ella no puede imaginarlo a priori, son noticias sobre las andanzas de la nueva Amalia.
“Jo, tía, ya te vale. Mira que venirme ahora con ese mail... ¿Cómo puedes restregarme eso en la cara después de tanto tiempo?”
“Señorita, se lo he dicho por correo electrónico, pero se lo repito por teléfono. Deje de acosarme o llamaré a la Policía. Ya le comuniqué en su día la razón de su despido. Esos insultos están totalmente fuera de lugar.”
“¿Qué derecho tienes tú de decirle a Olga lo que Carlos piensa de ella? ¡Ahora no se hablan! ¡Por tu culpa! Tú antes sabías guardar secretos, tía.”
“¡Amalia! ¡Qué coincidencia! Se me hace raro verte en persona, después de todo lo que hemos estado compartiendo por la red en estos días... ¿Cómo que de qué hablo, a qué estás jugando? ¿Qué pasa ahora con todo eso de que en el instituto fantaseabas con hacerme esto, aquello y lo de más allá? ¿No decías que querías pellizcar este culito? ¡Pues aquí lo tienes!”
Amalia reúne piezas suficientes para esbozar un puzzle y llega a la conclusión más lógica: El cabrón ése que le había jequeado la cuenta, o como coño se diga.
“¡No soy yo! ¡Es otra persona! ¡Están usando mi cuenta para hacerse pasar por mí! ¡No hagáis caso de lo que os llegue a través de mi antigua dirección! ¡Ésta es la buena!” Así lo hace saber Amalia a todos los afectados. Así lo comunica a todos sus contactos.
“¡Déjate de coñas!”, le replican ellos. “Nadie podría suplantarte así de bien. Se expresa exactamente como tú. Sabe cosas que sólo puedes saber tú. ¡Si hasta sus faltas de ortografía son las tuyas!”
Sí... Amalia dos se comportaba como su antigua dueña, aunque con una escalofriante diferencia. Percibía a los interlocutores tan intangibles como ella. Nunca experimentó esa mirada de reproche con que te fulmina una persona cuando le dices una inconveniencia, ni conocía los cien sabores distintos que puede tener el veneno de una misma frase, ni el miedo que hace temblar la voz al pronunciar ciertas palabras. Eso contagiaba de ligereza todas sus relaciones. Se dirigía a los contactos de su agenda con naturalidad temeraria, sin calcular las consecuencias, buenas o malas, que pudiese tener la espontaneidad de sus iniciativas.
Y el efecto de todo esto sobre Amalia será devastador. Su mundo se desmenuzará como el pan seco porque un huracán llamado Amalia dos se dedica a arrasar con todo, sembrando encuentros, dinamitando lazos, removiendo pasados y replanteando futuros.
La realidad que emerge de entre los escombros no se puede considerar mejor. Tampoco peor. Es en todo caso distinta, caprichosa, salvaje, impredecible puede que peligrosa. Pero se trata de un peligro mágico.
Muy pronto la propia Amalia se ve obligada a reconocer que aquello no es obra de un simple hacker. Hay una conexión muy íntima entre sus vísceras y las iniciativas de Amalia dos. Amalia entiende sin saber lo que entiende. Amalia intuye. Amalia descuelga el teléfono, llama a la empresa que gestiona las cuentas de correo. Amalia oye pitidos. Amalia espera. Amalia sabe no sé qué de los servidores, que sólo tiene que exigir que eliminen su antigua dirección, todos sus datos. Les obligará a ello, les amenazará con denunciarlos si es preciso.
Descuelgan al otro lado de la línea.
La persona que la atiende es una definición de simpatía. La actitud no puede ser más receptiva. Será sencillo. Unas palabras de Amalia y el ser que sabotea su existencia dejará de existir.
Llega la hora de pronunciar esas palabras, pero a Amalia se le atragantan en la boca. De pronto desfilan por su mente todos los cambios de los últimos días, los frutos del sabotaje del que está siendo víctima: empleos perdidos, senderos descubiertos, fantasmas invocados, abrir jaulas, sembrar terremotos, arrancar rastrojos, sodomizar silencios que suplicaban por gritar desde hacía siglos.
Amalia no sabe a dónde va a llevarle todo eso, pero le llevará a algún sitio. Y eso es algo que jamás pudo decir de su anterior vida, la de antes de que jugara Amalia dos; la de las frases nunca dichas, la de los cofres sellados para siempre, a cal y canto.
Amalia cuelga el teléfono.
A partir de este momento, cada vez que alguien se le acerca – alguien desconcertado o intrigado o indignado maravillado confundido decepcionado agradecido – cada vez que ese alguien le increpa, le exige, le interroga... Amalia responde:
“Sí, lo he escrito yo. No me nacía callarme”.
A partir de este momento Amalia cierra los ojos, y le regala el timón a Amalia dos, y se agarra a la barandilla de la montaña rusa, y aguarda el cosquilleo en el estómago. Y acepta cien sorpresas, cien misterios detrás de cada curva.
Fuerteventura. 9 de julio de 2010
viernes, 9 de julio de 2010
miércoles, 7 de julio de 2010
INVENTOS PARA PONERME EN FORMA SIN RENUNCIAR A LO QUE ME GUSTA
Las fuerzas cósmicas me tienen manía. Por eso se han encargado de que la mayoría de mis aficiones, ora por sus connotaciones tóxicas, ora por su carácter sedentario, sean incompatibles con gozar de una buena forma física.
Probablemente muchos de vosotros tengáis el mismo problema, pero no os preocupéis. Hecha la ley cósmica, hecha la trampa.
Aquí os presento algunos inventos que he desarrollado para podernos poner en forma sin renunciar a esos pequeños placeres de la vida:
EL TECLADO MARCIAL
Llevo muchísimo tiempo dándole vueltas a este dispositivo. Mis compañeros de trabajo me tomaban por loco cuando les hablaba sobre el tema, pero ése fue siempre el destino de los visionarios.
Los que nos dedicamos a la escritura estamos condenados a pasar gran parte del día con el culo pegado al asiento, tecleando. Y cada hora que uno invierte en teclear es una hora de la que uno no dispone para entrenar su físico.
¡Pues esa maldición se va a acabar gracias a mi teclado marcial!

Como pueden ver en ese elaboradísimo croquis, mi artilugio obligará al escritor a desplazarse de un lado a otro. Consiste en un habitáculo repleto de sacos de boxeo. Cada saco tiene escrita una letra del alfabeto, y está conectado a un resorte que, al ser golpeado, envía la orden de escribir la letra en cuestión en el procesador de texto.
De este modo, si queremos escribir con cierta fluidez nos veremos obligados a simultanear nuestra redacción con un entrenamiento intensivo de artes marciales. Patadas, puñetazos, codazos, volteretas.
No hace falta ser guionista, ni novelista, ni periodista para gozar de las ventajas del teclado marcial. Si eres el típico desecho físico que se pasa todo el día chateando delante del monitor, este invento también es para ti.
La posición de las distintas letras es intercambiable. De ese modo. podemos regular la dificultad e intensidad de los entrenamientos según acerquemos o alejemos entre sí las vocales y/o las letras que suelen escribirse juntas con más frecuencia.
La otra gran ventaja de este dispositivo tiene que ver con la ortografía. Los gazapos más flagrantes serán incluso perdonables. "Entiéndalo, señor miembro de la RAE... es muy difícil distinguir la "v" de la "b" en una patada giratoria..."
Por otra parte, el cursor del ratón se accionará mediante una palanca que ofrecerá una resistencia (regulable) orientada a fortalecer nuestros brazos.
Aquí está el futuro de la escritura. Yo estoy convencido de que Jean Claude Van Damme utilizó algo parecido cuando escribió el guión de The Order.
EL BANCO DE ABDOMINALES CERVECERAS
¿A quién no le da pereza hacer abdominales? Pues si exceptuamos a algún que otro masoquista, las abdominales nos dan pereza a TODOS.
Pero todo es cuestión de motivación, y a alguien como yo sólo se le puede motivar de una manera: CON CERVEZA.
"Dame un botellín de cerveza y moveré el mundo", que diría Arquímedes. Si a mí me dijesen que hay un bar en la cima del Everest (y me confirmasen que el cañero de ese bar no es de Cruzcampo) adelantaría a Juanito Oiarzabal en pos de dicha cima.
Ése es, a groso modo, el fundamento del banco de abdominales cerveceras:

Como veis, es muy parecido a los bancos de abdominales de toda la vida, con la sutil diferencia de que en lo alto, justo donde termina nuestra boca tras cada abdominal, nos aguarda un biberón lleno de cerveza.
Ése es el merecido premio que nos aguarda tras cada abdominal.
La boquilla del biberón se regula para que la cantidad de cerveza que se ingiere en cada chupada contenga menos calorías que las que se invierten en realizar la abdominal.
Si nuestra adicción es tal que damos más de una chupada en cada abdominal, tampoco pasa nada. Porque para dar más de una chupada hay que hacer el gran esfuerzo de mantenerse allí arriba, y eso también consume calorías.

EL ERO-WOK
En este caso se unen dos actividades con mucho en común. Ambas pueden llegar a convertirse en pecados capitales. Ambas pueden hacerse por obligación o por placer. Ambas consisten en un refinamiento casi artístico de una primitiva necesidad de sobrevivir.
Me refiero a cocinar y follar.
Dos cosas que a partir de ahora podremos hacer de manera simultánea gracias al Ero-wok:

El funcionamiento es muy sencillo, y podéis deducirlo interpretando el dibujo. Ella se coloca sobre la mesa. Sobre su espalda (o sobre su vientre, si se coloca bocaarriba) habrá una hornilla que calentará un wok.
Ahora bien, para encender el fuego de la hornilla será necesario que él bombee, penetrando una y otra vez ya que (como se precia en el esquema) la cadera del mozo tiene un cinturón conectado a través de un cable a un complejísimo sistema de dinamos (que no merece la pena explicar aquí) destinado a generar la energía necesaria para calentar el wok.

Este tubo transfiere la energía de las dinamos hacia la hornilla.

La intensidad del fuego, pues, dependerá de lo rápido o lo despacio que él mueva sus caderas. Así pues, el acto sexual será distinto según queramos cocinar a fuego lento o fuego rápido.
Evidentemente, la espalda (o el vientre) de ella estará protegido con un material ignífugo.
Si no he podido comercializar aún este invento es por miedo a que el colectivo femenino lo califique de artilugio machista que denigra e instrumentaliza a la mujer. Naturalmente, eso no es cierto. Si se molestan en ver bien el dibujo notarán que la mujer también toma parte activa en el proceso culinario, alcanzando los tarros de especias al cocinero y activando, con sus jadeos, un complejísimo sistema de molinillos de viento que pone en marcha una campana de extracción de humos.

Tampoco voy a aburrirles explicando los fundamentos físicos de ese sistema de molinillos de viento.
Por otra parte, estoy perfeccionando un modelo muy similar en el que es la mujer la que se coloca encima del hombre, cocinando sobre el pecho de éste. Pero según los colectivos feministas esta versión también es machista, porque relega a la mujer a un rol de cocinera/ama de casa que resulta denigrante.
Pero no me rindo. Todos los días pruebo este dispositivo follando con feministas y cocinando sobre ellas. Testeando distintas variantes del invento. Cuando termino, pregunto a la feminista en cuestión si se ha sentido denigrada, y la respuesta es siempre afirmativa.
Aunque, por otra parte, mi intención no es usar este invento con feministas, sino con mujeres de verdad.
EL PROYECTOR A PEDALES
Otra de mis grandes aficiones consiste en ver pelis. Una vez más, se trata de una afición sedentaria.
Mi proyector a pedales se parece a algunos aparatos que ya existen en los gimnasios más modernos:

Pero con una importante diferencia: Es el movimiento de los pedales lo que alimenta energéticamente el proyector y el equipo de sonido que nos permiten ver la peli. Además, la velocidad de reproducción de lo que estamos viendo dependerá de nuestra velocidad de pedaleo. Así que, si queremos disfrutar de la película a su velocidad correcta, deberemos mantener un ritmo constante en nuestro pedaleo.
Del mismo modo, podremos pedalear más deprisa si queremos que pasen rápido las secuencias sin sexo de las pelis porno, o los momentos en que los Hermanos Marx se ponen a cantar y a tocar el harpa y el piano.
Por otra parte, el mando a distancia de la imagen y el mando a distancia del sonido serán dos pesas que nos ayudarán a fortalecer los brazos.

Así que ya no tenéis excusa para no estar como Sylvester Stallone.
Probablemente muchos de vosotros tengáis el mismo problema, pero no os preocupéis. Hecha la ley cósmica, hecha la trampa.
Aquí os presento algunos inventos que he desarrollado para podernos poner en forma sin renunciar a esos pequeños placeres de la vida:
EL TECLADO MARCIAL
Llevo muchísimo tiempo dándole vueltas a este dispositivo. Mis compañeros de trabajo me tomaban por loco cuando les hablaba sobre el tema, pero ése fue siempre el destino de los visionarios.
Los que nos dedicamos a la escritura estamos condenados a pasar gran parte del día con el culo pegado al asiento, tecleando. Y cada hora que uno invierte en teclear es una hora de la que uno no dispone para entrenar su físico.
¡Pues esa maldición se va a acabar gracias a mi teclado marcial!

Como pueden ver en ese elaboradísimo croquis, mi artilugio obligará al escritor a desplazarse de un lado a otro. Consiste en un habitáculo repleto de sacos de boxeo. Cada saco tiene escrita una letra del alfabeto, y está conectado a un resorte que, al ser golpeado, envía la orden de escribir la letra en cuestión en el procesador de texto.
De este modo, si queremos escribir con cierta fluidez nos veremos obligados a simultanear nuestra redacción con un entrenamiento intensivo de artes marciales. Patadas, puñetazos, codazos, volteretas.
No hace falta ser guionista, ni novelista, ni periodista para gozar de las ventajas del teclado marcial. Si eres el típico desecho físico que se pasa todo el día chateando delante del monitor, este invento también es para ti.
La posición de las distintas letras es intercambiable. De ese modo. podemos regular la dificultad e intensidad de los entrenamientos según acerquemos o alejemos entre sí las vocales y/o las letras que suelen escribirse juntas con más frecuencia.
La otra gran ventaja de este dispositivo tiene que ver con la ortografía. Los gazapos más flagrantes serán incluso perdonables. "Entiéndalo, señor miembro de la RAE... es muy difícil distinguir la "v" de la "b" en una patada giratoria..."
Por otra parte, el cursor del ratón se accionará mediante una palanca que ofrecerá una resistencia (regulable) orientada a fortalecer nuestros brazos.
Aquí está el futuro de la escritura. Yo estoy convencido de que Jean Claude Van Damme utilizó algo parecido cuando escribió el guión de The Order.
EL BANCO DE ABDOMINALES CERVECERAS
¿A quién no le da pereza hacer abdominales? Pues si exceptuamos a algún que otro masoquista, las abdominales nos dan pereza a TODOS.
Pero todo es cuestión de motivación, y a alguien como yo sólo se le puede motivar de una manera: CON CERVEZA.
"Dame un botellín de cerveza y moveré el mundo", que diría Arquímedes. Si a mí me dijesen que hay un bar en la cima del Everest (y me confirmasen que el cañero de ese bar no es de Cruzcampo) adelantaría a Juanito Oiarzabal en pos de dicha cima.
Ése es, a groso modo, el fundamento del banco de abdominales cerveceras:

Como veis, es muy parecido a los bancos de abdominales de toda la vida, con la sutil diferencia de que en lo alto, justo donde termina nuestra boca tras cada abdominal, nos aguarda un biberón lleno de cerveza.
Ése es el merecido premio que nos aguarda tras cada abdominal.
La boquilla del biberón se regula para que la cantidad de cerveza que se ingiere en cada chupada contenga menos calorías que las que se invierten en realizar la abdominal.
Si nuestra adicción es tal que damos más de una chupada en cada abdominal, tampoco pasa nada. Porque para dar más de una chupada hay que hacer el gran esfuerzo de mantenerse allí arriba, y eso también consume calorías.

EL ERO-WOK
En este caso se unen dos actividades con mucho en común. Ambas pueden llegar a convertirse en pecados capitales. Ambas pueden hacerse por obligación o por placer. Ambas consisten en un refinamiento casi artístico de una primitiva necesidad de sobrevivir.
Me refiero a cocinar y follar.
Dos cosas que a partir de ahora podremos hacer de manera simultánea gracias al Ero-wok:

El funcionamiento es muy sencillo, y podéis deducirlo interpretando el dibujo. Ella se coloca sobre la mesa. Sobre su espalda (o sobre su vientre, si se coloca bocaarriba) habrá una hornilla que calentará un wok.
Ahora bien, para encender el fuego de la hornilla será necesario que él bombee, penetrando una y otra vez ya que (como se precia en el esquema) la cadera del mozo tiene un cinturón conectado a través de un cable a un complejísimo sistema de dinamos (que no merece la pena explicar aquí) destinado a generar la energía necesaria para calentar el wok.

Este tubo transfiere la energía de las dinamos hacia la hornilla.

La intensidad del fuego, pues, dependerá de lo rápido o lo despacio que él mueva sus caderas. Así pues, el acto sexual será distinto según queramos cocinar a fuego lento o fuego rápido.
Evidentemente, la espalda (o el vientre) de ella estará protegido con un material ignífugo.
Si no he podido comercializar aún este invento es por miedo a que el colectivo femenino lo califique de artilugio machista que denigra e instrumentaliza a la mujer. Naturalmente, eso no es cierto. Si se molestan en ver bien el dibujo notarán que la mujer también toma parte activa en el proceso culinario, alcanzando los tarros de especias al cocinero y activando, con sus jadeos, un complejísimo sistema de molinillos de viento que pone en marcha una campana de extracción de humos.

Tampoco voy a aburrirles explicando los fundamentos físicos de ese sistema de molinillos de viento.
Por otra parte, estoy perfeccionando un modelo muy similar en el que es la mujer la que se coloca encima del hombre, cocinando sobre el pecho de éste. Pero según los colectivos feministas esta versión también es machista, porque relega a la mujer a un rol de cocinera/ama de casa que resulta denigrante.
Pero no me rindo. Todos los días pruebo este dispositivo follando con feministas y cocinando sobre ellas. Testeando distintas variantes del invento. Cuando termino, pregunto a la feminista en cuestión si se ha sentido denigrada, y la respuesta es siempre afirmativa.
Aunque, por otra parte, mi intención no es usar este invento con feministas, sino con mujeres de verdad.
EL PROYECTOR A PEDALES
Otra de mis grandes aficiones consiste en ver pelis. Una vez más, se trata de una afición sedentaria.
Mi proyector a pedales se parece a algunos aparatos que ya existen en los gimnasios más modernos:

Pero con una importante diferencia: Es el movimiento de los pedales lo que alimenta energéticamente el proyector y el equipo de sonido que nos permiten ver la peli. Además, la velocidad de reproducción de lo que estamos viendo dependerá de nuestra velocidad de pedaleo. Así que, si queremos disfrutar de la película a su velocidad correcta, deberemos mantener un ritmo constante en nuestro pedaleo.
Del mismo modo, podremos pedalear más deprisa si queremos que pasen rápido las secuencias sin sexo de las pelis porno, o los momentos en que los Hermanos Marx se ponen a cantar y a tocar el harpa y el piano.
Por otra parte, el mando a distancia de la imagen y el mando a distancia del sonido serán dos pesas que nos ayudarán a fortalecer los brazos.

Así que ya no tenéis excusa para no estar como Sylvester Stallone.
lunes, 5 de julio de 2010
DANIEL HIGIÉNICO
Con el tiempo se ha convertido en mi segundo cantautor favorito (justo por detrás del dios Sabina)
Hace poco me puse en contacto con él, comunicándole mi deseo de poder pagar en alguna ocasión por el centenar de veces que he escuchado sus discos gratis en internet. Creo que he desgastado sus últimos tres discos, de tanto reproducirlos.
El señor Higiénico, muy amablemente, me informó sobre la manera de pedirlos contra reembolso en SU PÁGINA WEB.
Siempre he tenido experiencias reguleras con eso de las compras por internet, pero creo que se lo debía al señor Higiénico. Así que le pedí dos de los discos: "El hombre del tiempo" y "La rebelión de los niños con problemas emocionales".
Y a pesar del nefasto funcionamiento que suele caracterizar a los servicios de Correos de Fuerteventura, los dos discos han llegado, relativamente pronto, sanos y salvos.
Os dejo aquí los links de Spotify de algunas de mis canciones favoritas de Daniel Higiénico, por si alguien más se engolosina con su música y decide comprarle discos, o asistir a sus conciertos.
UN MINUTO ANTES DE PARTIR:
http://open.spotify.com/track/4lMDjsov3dCOruMSzaiyAv
QUÉ COÑO LE DIGO A MI HIJO:
http://open.spotify.com/track/5jcCVbXRJ7kjR9deZjC8XZ
BRILLA EL BILLAR:
http://open.spotify.com/track/4Xh5NcKLE65fGK9Y4R8FAT
EL LADO GUAY DE MR HYDE:
http://open.spotify.com/track/0FbCEd1XTE2TJVpCiWCahA
VIVIR PRODUCE CÁNCER:
http://open.spotify.com/track/50Ml8YitJLjTsJb4Q3VXpM
LECCIONES DE MODERACIÓN:
http://open.spotify.com/track/3B00IBYHVEDJN5aDNpQwak
"X" EN LA FIESTA:
http://open.spotify.com/track/0e2QJS9Pf6U99Hd0GcA34W
EL HOMBRE DEL TIEMPO:
http://open.spotify.com/track/0eAkQXF4agX9EYIrUhpAMy
COMO NO LLUEVA:
http://open.spotify.com/track/445iqOUqAZBn2URXMD0ZwV
AQUÍ NADIE SERÁ AZUL:
http://open.spotify.com/track/61w8Xz8bFMd6gNYPHZEzoB
SENTIRSE ESPECIAL:
http://open.spotify.com/track/46JiLT3gNhJi2eldVIHDUD
TE REGALO UN BLUES:
http://open.spotify.com/track/1xykNmle6MgkZPfp84wd6B
viernes, 2 de julio de 2010
DESINTEGRÁNDOME
Anuncio que retomo el blog y, acto seguido, me tiro varios días sin actualizar.
A modo de disculpa diré que el cable con el que me conectaba a internet se ha jodido.
Están siendo unos días de cosas que se rompen. El otro día el internet. Hoy el Digital Plus quedándose sin señal mientras intentaba ver Dog Soldiers. Incluso mis zapatillas de andar por casa se acaban de romper.
No puedo evitar pensar que el mundo se está desintegrando a mi alrededor porque yo mismo me estoy desintegrando por dentro.
Tengo la cabeza tan dividida en tantísimos posibles rumbos creativos, tantísimas encrucijadas, tantísimas maneras de malgastar lo poco que me quede dentro...
Al final me paralizo. No escribo. No condimento mi mundo con poesía... Y todo ello me hace perder consistencia, como el George Stark de Stephen King.
Hay un dinosaurio de plástico en uno de los estantes de mi colección... uno solo entre los ciento y pico que tengo... Se mantiene en pie sobre la balda con un equilibrio muy precario. Y cada cierto tiempo se desploma. En cuanto me doy cuenta de ello, vuelvo a poner al bicho en pie. Al hacerlo me siento como Desmond cuando tecleaba el 4815162342. Pienso que si no pudiese agarrarme a esa frágil rutina, mi mundo terminaría de desintegrarse por completo.
El muy cabrón lleva todo el día sin caerse.
No sé qué coño hice distinto la última vez que le puse en pie. No sé qué fórmula mágica descubrí por accidente. Si la conociese de manera consciente, la aplicaría a mi feng-shui interno.
He dejado de trabajar en mi guión, por el momento. Otro proyecto post-puesto. En parte porque amenazaba con crecer, una vez más, hasta convertirse en algo irrealizable. En parte porque se estaba convirtiendo en algo demasiado "serio" para lo que me viene pidiendo el cuerpo últimamente.
No sé qué pasará mañana. Quizá retome el guión. Quizá escriba otro relato. Quizá se me ocurra un guión nuevo. Otra sopa de piedra que también parezca asequible a simple vista. Tal vez no haga nada de nada, y me quede mirando el techo. Hipnotizado por el giro de un ventilador que ni siquiera existe.
A modo de disculpa diré que el cable con el que me conectaba a internet se ha jodido.
Están siendo unos días de cosas que se rompen. El otro día el internet. Hoy el Digital Plus quedándose sin señal mientras intentaba ver Dog Soldiers. Incluso mis zapatillas de andar por casa se acaban de romper.
No puedo evitar pensar que el mundo se está desintegrando a mi alrededor porque yo mismo me estoy desintegrando por dentro.
Tengo la cabeza tan dividida en tantísimos posibles rumbos creativos, tantísimas encrucijadas, tantísimas maneras de malgastar lo poco que me quede dentro...
Al final me paralizo. No escribo. No condimento mi mundo con poesía... Y todo ello me hace perder consistencia, como el George Stark de Stephen King.
Hay un dinosaurio de plástico en uno de los estantes de mi colección... uno solo entre los ciento y pico que tengo... Se mantiene en pie sobre la balda con un equilibrio muy precario. Y cada cierto tiempo se desploma. En cuanto me doy cuenta de ello, vuelvo a poner al bicho en pie. Al hacerlo me siento como Desmond cuando tecleaba el 4815162342. Pienso que si no pudiese agarrarme a esa frágil rutina, mi mundo terminaría de desintegrarse por completo.
El muy cabrón lleva todo el día sin caerse.
No sé qué coño hice distinto la última vez que le puse en pie. No sé qué fórmula mágica descubrí por accidente. Si la conociese de manera consciente, la aplicaría a mi feng-shui interno.
He dejado de trabajar en mi guión, por el momento. Otro proyecto post-puesto. En parte porque amenazaba con crecer, una vez más, hasta convertirse en algo irrealizable. En parte porque se estaba convirtiendo en algo demasiado "serio" para lo que me viene pidiendo el cuerpo últimamente.
No sé qué pasará mañana. Quizá retome el guión. Quizá escriba otro relato. Quizá se me ocurra un guión nuevo. Otra sopa de piedra que también parezca asequible a simple vista. Tal vez no haga nada de nada, y me quede mirando el techo. Hipnotizado por el giro de un ventilador que ni siquiera existe.
lunes, 28 de junio de 2010
RESETEO, ACTUALIZO, VUELVO A LAS ANDADAS
Tengo esto tan abandonado que probablemente nadie se entere de mi regreso.
Últimamente he dejado caer por aquí algún vídeo, algún relato... pero nada que anuncie de manera oficial que retomo el asunto.
Soy como ese fugitivo de la Justicia que, tras un par de semanas en paradero desconocido, regresa a su antigua vivienda para recoger un par de cosas sin que nadie se dé cuenta. Tras tanto tiempo de ausencia los polis que vigilan frente a la puerta principal se han aletargado. Se dedian a comer donuts en el coche patrulla y a chuparse las pollas mientras yo entro de puntillas a recuperar el reloj de Butch.
Quizá sea mejor así. Una comunicación más íntima entre los pocos que quedéis por aquí y un servidor. (esto último es mentira, porque probablemente, en cuanto cuelgue esta entrada, avisaré de ello en el Facebook, para que todo el mundo sepa que he actualizado)
¿Qué hay de nuevo en mi vida? Pues muchísimo o poquísimo, según lo mucho o poco que hayáis estado en contacto conmigo durante este último mes.
He dejado Vaya Semanita. Los dos años y medio que he alquilado mis neuronas a ese programa han sido una experiencia desgastadora, pero maravillosa.
Me llevo de esas tierras norteñas decenas de recuerdos de ésos que, debido a su intensidad y su relevancia, merecerían aparecer en una biografía. Me llevo también la sensación de haber hecho allí amigos de los que se escriben con mayúsculas. Me llevo todo un diccionario de guiños cómplices y enfoques humorísticos de ésos que no pueden entenderse fuera de la burbuja de compenetración de cierto equipo; de ésos que si cayesen en manos de cualquier juez mínimamente sensato, nos harían ingresar a todos en la cárcel por la puerta grande.
Me hace sentir raro eso de experimentar cariño hacia un ex-trabajo remunerado. Pero una parte de mí todavía está allí, haciéndome sentir algo similar al síndrome del miembro amputado. Hace ya casi un mes que no trabajo en Semanita y a pesar de ello cada vez que veo a Patxi López diciendo algo en las noticias, una parte de mí salta instintivamente, pensando en cómo enfocar ese regalito (¡¡ayer hizo unas declaraciones en la tele y llamó a Euskadi "País Vasco"!! ¡¡eso habría sido un jugoso tentempié hace un mes!! Veo un partido de la Selección Española y cuando sacan al roji-blanco Javi Martínez descubro que una parte de mi corazón se ha quedado en Euskadi y en sus leones del Athletic. Me comentan tal cosa sobre tal tema de actualidad e intento reprimirme para no decir: "¡Pues sobre eso hicimos un sketch en el que bla, bla, bla!" y como normalmente no logro reprimirlo, acabo diciéndolo y dando la brasa a quienes tengo cerca.
Pero por mucha nostalgia que me produzca Semanita, miro hacia el futuro con ilusión, porque mi motivo para dejar el programa es un motivo de peso:
¡MADRID!
Necesito vivir en la capital del reino. Un elevadísimo porcentaje de mis vísceras está en esa ciudad. Madrid. "Donde confluyen todos los caminos", que diría Sabina. Y razón no le falta, porque incluso la mayoría de la gente que he conocido fuera de las fronteras de esa ciudad, acaba residiendo en ella por entrañables caprichos del Destino, o por pura, dura y afilada lógica.
Soy consciente de hasta qué punto lo que he hecho roza la locura. Mi actitud es una actitud kamikaze. He dejado un trabajo interesante en "el peor momento", en plena crisis. Sin tener una red bajo el trapecio. Todo motivado por un impulso irracional; por una necesidad irreprimible de volverle a hacer el amor a una ciudad.
Supongo que lo prudente habría sido mantenerme en i anterior trabajo mientras buscaba otras alternativas. Largarme sólo cuando tuviese asegurada la red bajo el trapecio. Pero yo no sé maniobrar de esa manera. No he sido programado para eso. Estoy tarado en ese sentido. Defectuoso.
A pesar de ello soy optimista. Irracionalmente optimista.
Creo que los impulsos más irracionales están motivados por designios de una parte de nosotros, visceral, inconsciente... Una parte que suele ser bastante más sabia que el resto de lo que somos.
De momento no me agobio con lo de buscar otro trabajo, porque he decidido tomarme estos dos meses de verano (en los que se paraliza casi todo) para disfrutar de unas más que necesarias vacaciones)
El problema es que mi cabeza tampoco fue programada para disfrutar de las vacaciones al 100%. Tyrell Corporation no me configuró para aceptar que "x" semanas o "x" meses puedan estar destinados a algo que no sea productivo.
Por eso he regresado a mi isla con la intención de dedicar estos dos meses a la escritura de proyectos personales.
No deja de ser curioso que entré en Vaya Semanita poco después de escribir mi último guión de largometraje que ha sido rodado y que el mes que viene, justo el mes siguiente a dejar el programa, el resultado de se guión salga a la venta.
Y ahora tengo un proyecto entre manos. Algo que incluso me gustaría convertir en mi segunda (o tercera, si somos realistas) película como director. Un guión de largometraje que conseguí escribir en mi último mes "semanitero" sacrificando un par de pares de fines de semana. Así que me he venido a la isla con una primera, titubeante y chapucera versión que (a pesar de todo) me satisface bastante como germen.
Aunque se trata, al mismo tiempo, de un proyecto que probablemente tendré que post-poner. Porque a pesar de haber intentado escribir algo baratito, la cosa se me ha salido de madre y se a convertido en algo demasiado difícil de mover para los tiempos que corren.
Mi reacción inmediata ha sido buscar otra premisa. Algo que también me motive, pero se pueda hacer con menos medios, o con medios más fáciles de conseguir dadas mis circunstancias personales. He encontrado una premisa que me parece adecuada en ese sentido, pero todo parece indicar que mi hambre de "complicaciones" acabará convirtiéndolo en otro proyecto inasequible para simples mortales como yo y para los cómplices que tengo cerca (a los que, dicho sea de paso, ni siquiera sé cómo motivar en estos tiempos oscuros)
La nueva premisa que estoy barajando amenaza con no incluir monstruos ni ninjas, ni zombies, ni robots, ni dinosaurios.
Se me antoja como una premisa jugosa. Pero es la clase de guión que escribiría alguien que ha madurado. Y no estoy muy seguro de que me apetezca "madurar". Cuando una fruta madura demasiado, acaba pudriéndose. Últimamente me siento rodeado por un montón de fruteros podridos, y no me gusta el olor.
Me despido con un par de fotos de mi colección de dinosaurios, distribuidos entre los cinco estantes que de momento ocupan. Intento no discriminarles ni disociarles. En cada uno de los estantes comparten estantes piezas elaboradísimas y caras con piezas entrañables, baratas, compradas en los chinos y rebosantes de personalidad.
Podría haber recolocado a los dinosaurios para que saliesen mejor compuestos desde la perspectiva en que ha sido tomada la foto. Podría haber enchufado alguna fuente suplementaria de luz. Podría haber conseguido un photoshop para reencuadrar las imágenes.
Pero en ese caso no sería cutre, y no sería este blog.

Últimamente he dejado caer por aquí algún vídeo, algún relato... pero nada que anuncie de manera oficial que retomo el asunto.
Soy como ese fugitivo de la Justicia que, tras un par de semanas en paradero desconocido, regresa a su antigua vivienda para recoger un par de cosas sin que nadie se dé cuenta. Tras tanto tiempo de ausencia los polis que vigilan frente a la puerta principal se han aletargado. Se dedian a comer donuts en el coche patrulla y a chuparse las pollas mientras yo entro de puntillas a recuperar el reloj de Butch.
Quizá sea mejor así. Una comunicación más íntima entre los pocos que quedéis por aquí y un servidor. (esto último es mentira, porque probablemente, en cuanto cuelgue esta entrada, avisaré de ello en el Facebook, para que todo el mundo sepa que he actualizado)
¿Qué hay de nuevo en mi vida? Pues muchísimo o poquísimo, según lo mucho o poco que hayáis estado en contacto conmigo durante este último mes.
He dejado Vaya Semanita. Los dos años y medio que he alquilado mis neuronas a ese programa han sido una experiencia desgastadora, pero maravillosa.
Me llevo de esas tierras norteñas decenas de recuerdos de ésos que, debido a su intensidad y su relevancia, merecerían aparecer en una biografía. Me llevo también la sensación de haber hecho allí amigos de los que se escriben con mayúsculas. Me llevo todo un diccionario de guiños cómplices y enfoques humorísticos de ésos que no pueden entenderse fuera de la burbuja de compenetración de cierto equipo; de ésos que si cayesen en manos de cualquier juez mínimamente sensato, nos harían ingresar a todos en la cárcel por la puerta grande.
Me hace sentir raro eso de experimentar cariño hacia un ex-trabajo remunerado. Pero una parte de mí todavía está allí, haciéndome sentir algo similar al síndrome del miembro amputado. Hace ya casi un mes que no trabajo en Semanita y a pesar de ello cada vez que veo a Patxi López diciendo algo en las noticias, una parte de mí salta instintivamente, pensando en cómo enfocar ese regalito (¡¡ayer hizo unas declaraciones en la tele y llamó a Euskadi "País Vasco"!! ¡¡eso habría sido un jugoso tentempié hace un mes!! Veo un partido de la Selección Española y cuando sacan al roji-blanco Javi Martínez descubro que una parte de mi corazón se ha quedado en Euskadi y en sus leones del Athletic. Me comentan tal cosa sobre tal tema de actualidad e intento reprimirme para no decir: "¡Pues sobre eso hicimos un sketch en el que bla, bla, bla!" y como normalmente no logro reprimirlo, acabo diciéndolo y dando la brasa a quienes tengo cerca.
Pero por mucha nostalgia que me produzca Semanita, miro hacia el futuro con ilusión, porque mi motivo para dejar el programa es un motivo de peso:
¡MADRID!
Necesito vivir en la capital del reino. Un elevadísimo porcentaje de mis vísceras está en esa ciudad. Madrid. "Donde confluyen todos los caminos", que diría Sabina. Y razón no le falta, porque incluso la mayoría de la gente que he conocido fuera de las fronteras de esa ciudad, acaba residiendo en ella por entrañables caprichos del Destino, o por pura, dura y afilada lógica.
Soy consciente de hasta qué punto lo que he hecho roza la locura. Mi actitud es una actitud kamikaze. He dejado un trabajo interesante en "el peor momento", en plena crisis. Sin tener una red bajo el trapecio. Todo motivado por un impulso irracional; por una necesidad irreprimible de volverle a hacer el amor a una ciudad.
Supongo que lo prudente habría sido mantenerme en i anterior trabajo mientras buscaba otras alternativas. Largarme sólo cuando tuviese asegurada la red bajo el trapecio. Pero yo no sé maniobrar de esa manera. No he sido programado para eso. Estoy tarado en ese sentido. Defectuoso.
A pesar de ello soy optimista. Irracionalmente optimista.
Creo que los impulsos más irracionales están motivados por designios de una parte de nosotros, visceral, inconsciente... Una parte que suele ser bastante más sabia que el resto de lo que somos.
De momento no me agobio con lo de buscar otro trabajo, porque he decidido tomarme estos dos meses de verano (en los que se paraliza casi todo) para disfrutar de unas más que necesarias vacaciones)
El problema es que mi cabeza tampoco fue programada para disfrutar de las vacaciones al 100%. Tyrell Corporation no me configuró para aceptar que "x" semanas o "x" meses puedan estar destinados a algo que no sea productivo.
Por eso he regresado a mi isla con la intención de dedicar estos dos meses a la escritura de proyectos personales.
No deja de ser curioso que entré en Vaya Semanita poco después de escribir mi último guión de largometraje que ha sido rodado y que el mes que viene, justo el mes siguiente a dejar el programa, el resultado de se guión salga a la venta.
Y ahora tengo un proyecto entre manos. Algo que incluso me gustaría convertir en mi segunda (o tercera, si somos realistas) película como director. Un guión de largometraje que conseguí escribir en mi último mes "semanitero" sacrificando un par de pares de fines de semana. Así que me he venido a la isla con una primera, titubeante y chapucera versión que (a pesar de todo) me satisface bastante como germen.
Aunque se trata, al mismo tiempo, de un proyecto que probablemente tendré que post-poner. Porque a pesar de haber intentado escribir algo baratito, la cosa se me ha salido de madre y se a convertido en algo demasiado difícil de mover para los tiempos que corren.
Mi reacción inmediata ha sido buscar otra premisa. Algo que también me motive, pero se pueda hacer con menos medios, o con medios más fáciles de conseguir dadas mis circunstancias personales. He encontrado una premisa que me parece adecuada en ese sentido, pero todo parece indicar que mi hambre de "complicaciones" acabará convirtiéndolo en otro proyecto inasequible para simples mortales como yo y para los cómplices que tengo cerca (a los que, dicho sea de paso, ni siquiera sé cómo motivar en estos tiempos oscuros)
La nueva premisa que estoy barajando amenaza con no incluir monstruos ni ninjas, ni zombies, ni robots, ni dinosaurios.
Se me antoja como una premisa jugosa. Pero es la clase de guión que escribiría alguien que ha madurado. Y no estoy muy seguro de que me apetezca "madurar". Cuando una fruta madura demasiado, acaba pudriéndose. Últimamente me siento rodeado por un montón de fruteros podridos, y no me gusta el olor.
Me despido con un par de fotos de mi colección de dinosaurios, distribuidos entre los cinco estantes que de momento ocupan. Intento no discriminarles ni disociarles. En cada uno de los estantes comparten estantes piezas elaboradísimas y caras con piezas entrañables, baratas, compradas en los chinos y rebosantes de personalidad.
Podría haber recolocado a los dinosaurios para que saliesen mejor compuestos desde la perspectiva en que ha sido tomada la foto. Podría haber enchufado alguna fuente suplementaria de luz. Podría haber conseguido un photoshop para reencuadrar las imágenes.
Pero en ese caso no sería cutre, y no sería este blog.
jueves, 24 de junio de 2010
¡¡¡LA FAMILIA AL COMPLETO!!!
Por fin tengo a todos mis niños juntos aquí, en Fuerteventura, en mi "reino junto al mar".
Ahora me toca recolocarlos en las estanterías, pero antes de ello comparto con vosotros este vídeo (cutre y desenfocado, como siempre) de la familia al completo.
¡Ahora toca seguir aumentando la colección!
Ahora me toca recolocarlos en las estanterías, pero antes de ello comparto con vosotros este vídeo (cutre y desenfocado, como siempre) de la familia al completo.
¡Ahora toca seguir aumentando la colección!
martes, 22 de junio de 2010
LOS ENCARGOS DEL SEÑOR TERRANOVA
Bram era guionista. Y los guionistas son gente rara que encuentra inspiración en sitios raros. En el caso de Bram, no obstante, esa rareza alcanzaba cotas enfermizas.
Desde hacía varios meses sólo existía un lugar en el que a Bram se le ocurrían ideas verdaderamente buenas.
La consulta del dentista.
Por alguna retorcida, inexplicable razón sólo lograba ordeñar a sus musas mientras le anestesiaban la boca. Mientras le taladraban los dientes. Mientras olía el chamuscar de sus propias terminaciones nerviosas.
No era la primera vez que Creación y Sufrimiento pactaban un matrimonio de conveniencia por el bien del bebé. Pero a Bram le preocupaba notar cómo la Odontología se transformaba, poco a poco, en solución de sus problemas creativos. La cosa llegó a un punto en que parecía imposible disociar ambas realidades.
Si no encontraba el final adecuado para su capítulo de teleserie, se acordaba de aquella muela que llevaba dos meses sin dolerle, pero que igual necesitaba un empaste. Si experimentaba un bloqueo escribiendo su película, se consolaba comiendo gominolas, caramelos, trozos de carne con huesos traicioneros; cualquier cosa capaz de dañar un diente a largo o corto plazo.
Al principio esa clase de conductas eran inconscientes; una relación entre el punto A y el punto B que sólo se establecía en los sótanos del cerebro de Bram. Hicieron falta meses para que el guionista asumiese su adicción. Se descubrió visitando a su dentista todas las semanas, su cuenta bancaria menguaba dentellada a dentellada. Y tenía la boca tachonada con más metal del que podía ser sano. Suficiente metal para hacer cantar ópera al control de seguridad de un aeropuerto.
Había que hacer algo al respecto.
Así, del mismo modo en que el alcohólico se aleja de la botella, Bram decidió no volver a pisar la consulta.
Intentó emular en su despacho el ambiente de aquella clínica dental. Quiso reproducir cada ingrediente con métodos caseros. El olor a desinfectante. El sillón que le ponía a uno bocabajo haciendo peregrinar a la sangre desde los pies a la cabeza. La lámpara de cuello de jirafa asomándose como un robot por detrás de cierto hombro, escudriñando, deslumbrando. La misma emisora de radio que solía sintonizar la enfermera durante las intervenciones.
No funcionaba.
Y Bram había olvidado cómo mover sus alas sin expertos trabajándole la boca.
No es que ello le impidiese ganarse la vida. Un guionista puede ganarse la vida perfectamente sin necesidad de recurrir a algo tan etéreo como la inspiración. Si no se lo creen, hagan zapping.
Pero una cosa es “ganarse la vida” y otra muy distinta es descubrir ese alimento espiritual que la convierte en algo digno de vivirse. Alimento que Bram no conseguía encontrar en esa mecánica rutina, en esos trabajos por encargo para el canal de televisión “Nosécuántos” o como asalariado de la productora de “Noséquién”.
Bram era un alma hambrienta de poesía. Poesía que surgía en su escaso tiempo libre, cuando podía permitirse el lujo de escribir sus propias cosas.
Y ésas eran las cosas que se negaban a brotar en sus entrañas desde que dejó de visitar a su dentista.
Pensó en psicólogos. Desechó la idea. Ya había invertido demasiados euros persiguiendo soluciones médicas. Pero una cosa estaba clara: El error había sido buscarle al problema una solución externa. El buen camino estaría, pues, en una reconfiguración de su paisaje interior.
Bram se examinó por dentro. Descubrió que le resultaba muy sencillo rendir cuando escribía por encargo, pero era incapaz de juntar más de dos palabras en una creación propia. ¿Por qué? Aquella pregunta parecía apuntar directamente hacia la raíz del asunto.
Cuando un guionista se dedica a trabajar por encargo pierde capacidad de iniciativa propia. Se convierte en un perro amaestrado, una herramienta al servicio de personas con más poder que él.
“Estoy tan acostumbrado a obedecer a otros que he olvidado cómo darme órdenes a mí mismo”.
En cuanto Bram cobró conciencia de ello, la idea llegó sola.
¿Y si creaba a un cliente en su cabeza? Un hombre imaginario que le pidiese cosas. Un malabarismo simbólico para que las ideas del propio Bram pareciesen encargos de alguna otra persona.
Así nació el señor Terranova.
Bram eligió el nombre inspirándose en un viejo juguete de la infancia. De esa manera pretendía recobrar un ápice de la ilusión perdida tras tantos años de profesionalidad mal enfocada.
Pero ésa fue la única concesión infantil que se permitió el guionista. A pesar de su nombre de juguete, el señor Terranova era un tipo serio. Un señor importante que encargaba cosas importantes. Bram lo imaginó con traje azul marino inmune a las arrugas, corbata adherida a la garganta como una sanguilueja, pelo disciplinado, monocorde, sin traicionar la voluntad del peine. Olería a loción de afeitar y llevaría maletín. Los tipos importantes llevaban maletines.
En los días que siguieron, Bram se imaginó decenas de reuniones con el señor Terranova. Visualizaba a su propia creación entrando en el despacho, dejando el maletín sobre la mesa y formulando sus demandas como quien asigna misiones a un agente secreto.
- Queremos una película de intriga. Alguien está matando a los ciudadanos en el orden en que aparecen en la guía telefónica. El nombre del protagonista empieza por Z. Figura el último en la guía.
Cosas así.
Eran las ideas de Bram, pero en la boca del señor Terranova parecían más convincentes, más fiables. Y el guionista obedecía, escribiendo con una determinación que nunca se habría concedido a sí mismo; moviendo los proyectos con una confianza que abría toda puerta de toda productora. A golpe de ariete.
En menos de un trimestre Bram vendió dos largometrajes, cuatro series, un formato de concurso televisivo. Todo ello concebido en sus reuniones ficticias con el señor Terranova.
Existe una pregunta a la que normalmente ningún guionista es capaz de dar respuesta. Y es probablemente la pregunta que más se formula a los integrantes de ese gremio: “¿De dónde sacas las ideas?” Bram era el único que disponía de respuesta, pero se la callaba para evitar la suite de paredes acolchadas.
Ahora bien, con cada éxito profesional, las cosas se complicaban en el mundo interior de Bram. El señor Terranova se materializaba en su despacho con una mirada cada vez más inhumana, más opaca. Y le encargaba proyectos cada vez más extraños.
- Un señor que caga langostas. Enteras. Aún vivas. Las pinzas le pellizcan los muslos. Se gana la vida limpiándolas, vendiéndolas. Pero para que broten langostas de su culo, tiene que comer mujeres, o tal vez menstruaciones. Haz algo con eso.
- ¡¿Cómo voy a escribir algo así?! – replicaba Bram -. ¡Es enfermizo! ¡Me lo arrojarán a la cara!
- Va a ser un éxito – aseguraba el señor Terranova, parpadeando con aquellos ojos negros que parecían agujeros -. Confía en mí. Hasta ahora me has hecho caso, y he acertado.
Bram confiaba. Escribía lo que el señor Terranova le dictaba. Y funcionaba. Siempre funcionaba. El público se tragaba su mierda con avidez, no importaba lo absurda o retorcida que fuese.
Los euros llovían en la cuenta corriente de Bram. Los peces más gordos del sector audiovisual se peleaban por comprar sus guiones. A simple vista había que ser muy desagradecido para no estar contento. Por eso Bram no conseguía explicar la desazón que le aguijoneaba desde dentro.
A pesar de sus éxitos, estaba igual que al principio. No escribía las cosas que quería, no trataba los temas que de verdad le motivaban. Todas las decisiones creativas corrían a cargo del señor Terranova, y éste había resultado ser el peor de los clientes. El más perverso. El más autoritario e inflexible.
En todo ello pensaba Bram durante cierto trayecto de metro. Atravesaba un pasillo interminable para cambiar de andén y de repente, por algún motivo, todas sus preocupaciones se le antojaron más pesadas que nunca. Irresolubles. Sintió, con una preocupante intensidad, la tentación de tirar la toalla, de abandonarlo todo. Brotaron en su mente como alternativas fáciles el puenting sin cuerda, la sobredosis de somníferos, la cuchilla indagando entre sus venas.
Tardó algunos segundos en descubrir que todo su derrotismo estaba siendo potenciado por un factor externo.
Una melodía.
Salía del agujero de una flauta. El flautista en cuestión era uno de esos chavales de veintipocos años que tocan en la calle para ganarse unos dineros extras. Pero la música que arrancaba del vientre de la flauta no era precisamente el último éxito de los cuarenta principales, ni la canción bailable de las verbenas de los pueblos.
Las notas sonaban enfermas, inconexas. Parecían pesar en el aire. Bram se fijó en los demás transeúntes. Todos mostraban síntomas de depresión transitoria cuando pasaban junto al músico. Caminaban sin demasiadas fuerzas, como si llevasen los abrigos empapados en lágrimas.
“Esta música deberían prohibirla. Debería ser exterminada de la faz de la tierra. Y olvidada.”
El señor Terranova, al parecer, no opinaba igual. Aquella noche se presentó en el despacho de Bram, posó su maletín sobre la mesa y:
- Hay un flautista que suele tocar en la línea 2 del metro – dijo -. Queremos que escuches cómo suena. Hay una peli ahí. Esa melodía podría ser el tema principal de la banda sonora.
- ¡¡No!!
- La música sería la protagonista de la historia. Esa flauta hipnotizaría a los niños, y los niños se cargarían a sus padres, para intentar no haber nacido.
- ¡¡No!! ¡¡Eso es atroz!! ¡¡Me niego!!
- ¡No puedes negarte! – los ojos del señor Terranova eran cada vez más negros en su imaginación. Impenetrables. Fríos -. ¡Sabes que sin mis ideas no eres nadie!
- ¡Eso es mentira! – no lo era - ¡Puedo escribir sin tu ayuda! ¡Me irá mejor! ¡Le irá mejor al mundo entero!
Pero a pesar de todo, Bram obedecía. Ya no tenía ni las fuerzas ni el hábito necesarios para pensar por cuenta propia.
Cada golpecito en el teclado de Bram convertía el mundo en un lugar peor.
Le peli del flautista reventó las taquillas. El veinteañero del metro conoció la fama. Llenó estadios enteros con sus conciertos. El público perdía la alegría de vivir cuando escuchaba los ritmos que imponía aquella flauta, pero todos eran adictos a ella. El índice de suicidios aumentó en todo el país. De manera alarmante. Y gran parte de la culpa era de Bram y su incapacidad para llevarle la contraria a un cliente que ni siquiera existía.
Y la maldita peli de la flauta no era un caso aislado. Pronto se dio cuenta Bram de que todos sus éxitos recientes habían contribuido a dañar la Sociedad de una manera u otra.
Series que promovían valores destinados a emborronar el mapa moral de los adolescentes y los niños; películas que catapultaban a la fama a cierta actriz, convirtiéndola en líder de opinión, estableciendo un ideal femenino que dinamitaba todo lo que se había logrado en los últimos dos siglos; concursos que promovían el odio entre maridos y mujeres, entre perros y amos; narraciones tan simples, tan directas, que atrofiaban los intelectos edulcorándolos con la perversa droga de lo fácil.
Invocar al señor Terranova no había sido buena idea, y un retazo del inconsciente de Bram decidió refugiarse en las alternativas del pasado.
“Esa muela del fondo... Creo que comienza a molestarme... Cuando menos lo espere podría empezar a doler... Tal vez debería ir al dentista...”
Apagó el ordenador. Salió de casa. El señor Terranova podía esperar. El señor Terranova podía irse al carajo. Su muela era más importante. Su bendita y atrofiada muela.
Si hubiese llamado para pedir cita se habría ahorrado el viaje. La clínica dental había desaparecido. Sólo quedaban en la fachada una puerta cerrada, algunos tablones de madera torcidos intentando taponarla, unos cristales que cultivaban tierra, unos carteles desgastados por el sol.
- No... – suspiró Bram - ¡No! ¡Necesito arreglar mi muela!
Se negó a volver a casa. Sabía que allí le estaría esperando el señor Terranova. En el despacho. Con su maletín plantado en la mesa. Burlándose de la derrota de Bram con su sonrisa cruel, con sus ojos negros como tubos de aspiradoras. Proponiéndole alguna idea abyecta que él no tendría más remedio que escribir.
Probó con otro dentista, pero faltaba algo. Las ideas no querían ser tenidas. Faltaba algo... Sabía reparar las muelas, pero no sabía despertar las musas. Bram necesitaba su clínica dental. La de antes. La de siempre.
Resetear su vida. Regresar al punto en que el señor Terranova no le visitaba ni existía ni le era necesario.
Recurrió a internet. Quizá su clínica dental se había trasladado a otro local. En ese caso, la red le informaría. Averiguaría la nueva ubicación, les reencontraría. Resetear... reseterar...
Resetear...
Tecleó el nombre de la clínica.
Click de ratón. Buscar.
Encontró una noticia. No tenía buena pinta.
Click.
No se habían trasladado. Habían cerrado. Una multa millonaria los había arruinado. No cumplían los requisitos legales. ¿Por qué? Bram siguió investigando.
Click.
Algo relacionado con los empastes. Los hacían utilizando un metal no homologado. Un metal de propiedades desconocidas. Bram sintió un estremecimiento. Se llevó la mano a la boca. Instintivamente. ¿Qué clase de metal?
Click.
Un yacimiento de Tanzania. Porque el metal era barato. Porque la excavación era barata. Porque el agujero ya estaba casi hecho. Un cráter. Redondo. Perfecto. Huella de algo que alguna vez chocó contra la Tierra.
Click.
Bram amplió las fotos de la web. Mostraban el cráter (click), el yacimiento (click), los africanos picando en la cantera, profanando aquel metal tan negro que desafiaba a la mismísima existencia.
Y el guionista detectó algo escalofriantemente familiar en aquella negrura. Exactamente la misma negrura que coronaba todos sus empastes. La negrura que (click) si uno ampliaba ciertas fotos (click), podía encontrar también en los empastes de aquel flautista del metro o (click) en las bocas de los actores y actrices que protagonizaban la mitad de sus guiones. Todos ellos tenían en común una clínica dental, y una negrura...
... la negrura de los ojos del señor Terranova.
Fuerteventura.
22 de junio de 2010
Desde hacía varios meses sólo existía un lugar en el que a Bram se le ocurrían ideas verdaderamente buenas.
La consulta del dentista.
Por alguna retorcida, inexplicable razón sólo lograba ordeñar a sus musas mientras le anestesiaban la boca. Mientras le taladraban los dientes. Mientras olía el chamuscar de sus propias terminaciones nerviosas.
No era la primera vez que Creación y Sufrimiento pactaban un matrimonio de conveniencia por el bien del bebé. Pero a Bram le preocupaba notar cómo la Odontología se transformaba, poco a poco, en solución de sus problemas creativos. La cosa llegó a un punto en que parecía imposible disociar ambas realidades.
Si no encontraba el final adecuado para su capítulo de teleserie, se acordaba de aquella muela que llevaba dos meses sin dolerle, pero que igual necesitaba un empaste. Si experimentaba un bloqueo escribiendo su película, se consolaba comiendo gominolas, caramelos, trozos de carne con huesos traicioneros; cualquier cosa capaz de dañar un diente a largo o corto plazo.
Al principio esa clase de conductas eran inconscientes; una relación entre el punto A y el punto B que sólo se establecía en los sótanos del cerebro de Bram. Hicieron falta meses para que el guionista asumiese su adicción. Se descubrió visitando a su dentista todas las semanas, su cuenta bancaria menguaba dentellada a dentellada. Y tenía la boca tachonada con más metal del que podía ser sano. Suficiente metal para hacer cantar ópera al control de seguridad de un aeropuerto.
Había que hacer algo al respecto.
Así, del mismo modo en que el alcohólico se aleja de la botella, Bram decidió no volver a pisar la consulta.
Intentó emular en su despacho el ambiente de aquella clínica dental. Quiso reproducir cada ingrediente con métodos caseros. El olor a desinfectante. El sillón que le ponía a uno bocabajo haciendo peregrinar a la sangre desde los pies a la cabeza. La lámpara de cuello de jirafa asomándose como un robot por detrás de cierto hombro, escudriñando, deslumbrando. La misma emisora de radio que solía sintonizar la enfermera durante las intervenciones.
No funcionaba.
Y Bram había olvidado cómo mover sus alas sin expertos trabajándole la boca.
No es que ello le impidiese ganarse la vida. Un guionista puede ganarse la vida perfectamente sin necesidad de recurrir a algo tan etéreo como la inspiración. Si no se lo creen, hagan zapping.
Pero una cosa es “ganarse la vida” y otra muy distinta es descubrir ese alimento espiritual que la convierte en algo digno de vivirse. Alimento que Bram no conseguía encontrar en esa mecánica rutina, en esos trabajos por encargo para el canal de televisión “Nosécuántos” o como asalariado de la productora de “Noséquién”.
Bram era un alma hambrienta de poesía. Poesía que surgía en su escaso tiempo libre, cuando podía permitirse el lujo de escribir sus propias cosas.
Y ésas eran las cosas que se negaban a brotar en sus entrañas desde que dejó de visitar a su dentista.
Pensó en psicólogos. Desechó la idea. Ya había invertido demasiados euros persiguiendo soluciones médicas. Pero una cosa estaba clara: El error había sido buscarle al problema una solución externa. El buen camino estaría, pues, en una reconfiguración de su paisaje interior.
Bram se examinó por dentro. Descubrió que le resultaba muy sencillo rendir cuando escribía por encargo, pero era incapaz de juntar más de dos palabras en una creación propia. ¿Por qué? Aquella pregunta parecía apuntar directamente hacia la raíz del asunto.
Cuando un guionista se dedica a trabajar por encargo pierde capacidad de iniciativa propia. Se convierte en un perro amaestrado, una herramienta al servicio de personas con más poder que él.
“Estoy tan acostumbrado a obedecer a otros que he olvidado cómo darme órdenes a mí mismo”.
En cuanto Bram cobró conciencia de ello, la idea llegó sola.
¿Y si creaba a un cliente en su cabeza? Un hombre imaginario que le pidiese cosas. Un malabarismo simbólico para que las ideas del propio Bram pareciesen encargos de alguna otra persona.
Así nació el señor Terranova.
Bram eligió el nombre inspirándose en un viejo juguete de la infancia. De esa manera pretendía recobrar un ápice de la ilusión perdida tras tantos años de profesionalidad mal enfocada.
Pero ésa fue la única concesión infantil que se permitió el guionista. A pesar de su nombre de juguete, el señor Terranova era un tipo serio. Un señor importante que encargaba cosas importantes. Bram lo imaginó con traje azul marino inmune a las arrugas, corbata adherida a la garganta como una sanguilueja, pelo disciplinado, monocorde, sin traicionar la voluntad del peine. Olería a loción de afeitar y llevaría maletín. Los tipos importantes llevaban maletines.
En los días que siguieron, Bram se imaginó decenas de reuniones con el señor Terranova. Visualizaba a su propia creación entrando en el despacho, dejando el maletín sobre la mesa y formulando sus demandas como quien asigna misiones a un agente secreto.
- Queremos una película de intriga. Alguien está matando a los ciudadanos en el orden en que aparecen en la guía telefónica. El nombre del protagonista empieza por Z. Figura el último en la guía.
Cosas así.
Eran las ideas de Bram, pero en la boca del señor Terranova parecían más convincentes, más fiables. Y el guionista obedecía, escribiendo con una determinación que nunca se habría concedido a sí mismo; moviendo los proyectos con una confianza que abría toda puerta de toda productora. A golpe de ariete.
En menos de un trimestre Bram vendió dos largometrajes, cuatro series, un formato de concurso televisivo. Todo ello concebido en sus reuniones ficticias con el señor Terranova.
Existe una pregunta a la que normalmente ningún guionista es capaz de dar respuesta. Y es probablemente la pregunta que más se formula a los integrantes de ese gremio: “¿De dónde sacas las ideas?” Bram era el único que disponía de respuesta, pero se la callaba para evitar la suite de paredes acolchadas.
Ahora bien, con cada éxito profesional, las cosas se complicaban en el mundo interior de Bram. El señor Terranova se materializaba en su despacho con una mirada cada vez más inhumana, más opaca. Y le encargaba proyectos cada vez más extraños.
- Un señor que caga langostas. Enteras. Aún vivas. Las pinzas le pellizcan los muslos. Se gana la vida limpiándolas, vendiéndolas. Pero para que broten langostas de su culo, tiene que comer mujeres, o tal vez menstruaciones. Haz algo con eso.
- ¡¿Cómo voy a escribir algo así?! – replicaba Bram -. ¡Es enfermizo! ¡Me lo arrojarán a la cara!
- Va a ser un éxito – aseguraba el señor Terranova, parpadeando con aquellos ojos negros que parecían agujeros -. Confía en mí. Hasta ahora me has hecho caso, y he acertado.
Bram confiaba. Escribía lo que el señor Terranova le dictaba. Y funcionaba. Siempre funcionaba. El público se tragaba su mierda con avidez, no importaba lo absurda o retorcida que fuese.
Los euros llovían en la cuenta corriente de Bram. Los peces más gordos del sector audiovisual se peleaban por comprar sus guiones. A simple vista había que ser muy desagradecido para no estar contento. Por eso Bram no conseguía explicar la desazón que le aguijoneaba desde dentro.
A pesar de sus éxitos, estaba igual que al principio. No escribía las cosas que quería, no trataba los temas que de verdad le motivaban. Todas las decisiones creativas corrían a cargo del señor Terranova, y éste había resultado ser el peor de los clientes. El más perverso. El más autoritario e inflexible.
En todo ello pensaba Bram durante cierto trayecto de metro. Atravesaba un pasillo interminable para cambiar de andén y de repente, por algún motivo, todas sus preocupaciones se le antojaron más pesadas que nunca. Irresolubles. Sintió, con una preocupante intensidad, la tentación de tirar la toalla, de abandonarlo todo. Brotaron en su mente como alternativas fáciles el puenting sin cuerda, la sobredosis de somníferos, la cuchilla indagando entre sus venas.
Tardó algunos segundos en descubrir que todo su derrotismo estaba siendo potenciado por un factor externo.
Una melodía.
Salía del agujero de una flauta. El flautista en cuestión era uno de esos chavales de veintipocos años que tocan en la calle para ganarse unos dineros extras. Pero la música que arrancaba del vientre de la flauta no era precisamente el último éxito de los cuarenta principales, ni la canción bailable de las verbenas de los pueblos.
Las notas sonaban enfermas, inconexas. Parecían pesar en el aire. Bram se fijó en los demás transeúntes. Todos mostraban síntomas de depresión transitoria cuando pasaban junto al músico. Caminaban sin demasiadas fuerzas, como si llevasen los abrigos empapados en lágrimas.
“Esta música deberían prohibirla. Debería ser exterminada de la faz de la tierra. Y olvidada.”
El señor Terranova, al parecer, no opinaba igual. Aquella noche se presentó en el despacho de Bram, posó su maletín sobre la mesa y:
- Hay un flautista que suele tocar en la línea 2 del metro – dijo -. Queremos que escuches cómo suena. Hay una peli ahí. Esa melodía podría ser el tema principal de la banda sonora.
- ¡¡No!!
- La música sería la protagonista de la historia. Esa flauta hipnotizaría a los niños, y los niños se cargarían a sus padres, para intentar no haber nacido.
- ¡¡No!! ¡¡Eso es atroz!! ¡¡Me niego!!
- ¡No puedes negarte! – los ojos del señor Terranova eran cada vez más negros en su imaginación. Impenetrables. Fríos -. ¡Sabes que sin mis ideas no eres nadie!
- ¡Eso es mentira! – no lo era - ¡Puedo escribir sin tu ayuda! ¡Me irá mejor! ¡Le irá mejor al mundo entero!
Pero a pesar de todo, Bram obedecía. Ya no tenía ni las fuerzas ni el hábito necesarios para pensar por cuenta propia.
Cada golpecito en el teclado de Bram convertía el mundo en un lugar peor.
Le peli del flautista reventó las taquillas. El veinteañero del metro conoció la fama. Llenó estadios enteros con sus conciertos. El público perdía la alegría de vivir cuando escuchaba los ritmos que imponía aquella flauta, pero todos eran adictos a ella. El índice de suicidios aumentó en todo el país. De manera alarmante. Y gran parte de la culpa era de Bram y su incapacidad para llevarle la contraria a un cliente que ni siquiera existía.
Y la maldita peli de la flauta no era un caso aislado. Pronto se dio cuenta Bram de que todos sus éxitos recientes habían contribuido a dañar la Sociedad de una manera u otra.
Series que promovían valores destinados a emborronar el mapa moral de los adolescentes y los niños; películas que catapultaban a la fama a cierta actriz, convirtiéndola en líder de opinión, estableciendo un ideal femenino que dinamitaba todo lo que se había logrado en los últimos dos siglos; concursos que promovían el odio entre maridos y mujeres, entre perros y amos; narraciones tan simples, tan directas, que atrofiaban los intelectos edulcorándolos con la perversa droga de lo fácil.
Invocar al señor Terranova no había sido buena idea, y un retazo del inconsciente de Bram decidió refugiarse en las alternativas del pasado.
“Esa muela del fondo... Creo que comienza a molestarme... Cuando menos lo espere podría empezar a doler... Tal vez debería ir al dentista...”
Apagó el ordenador. Salió de casa. El señor Terranova podía esperar. El señor Terranova podía irse al carajo. Su muela era más importante. Su bendita y atrofiada muela.
Si hubiese llamado para pedir cita se habría ahorrado el viaje. La clínica dental había desaparecido. Sólo quedaban en la fachada una puerta cerrada, algunos tablones de madera torcidos intentando taponarla, unos cristales que cultivaban tierra, unos carteles desgastados por el sol.
- No... – suspiró Bram - ¡No! ¡Necesito arreglar mi muela!
Se negó a volver a casa. Sabía que allí le estaría esperando el señor Terranova. En el despacho. Con su maletín plantado en la mesa. Burlándose de la derrota de Bram con su sonrisa cruel, con sus ojos negros como tubos de aspiradoras. Proponiéndole alguna idea abyecta que él no tendría más remedio que escribir.
Probó con otro dentista, pero faltaba algo. Las ideas no querían ser tenidas. Faltaba algo... Sabía reparar las muelas, pero no sabía despertar las musas. Bram necesitaba su clínica dental. La de antes. La de siempre.
Resetear su vida. Regresar al punto en que el señor Terranova no le visitaba ni existía ni le era necesario.
Recurrió a internet. Quizá su clínica dental se había trasladado a otro local. En ese caso, la red le informaría. Averiguaría la nueva ubicación, les reencontraría. Resetear... reseterar...
Resetear...
Tecleó el nombre de la clínica.
Click de ratón. Buscar.
Encontró una noticia. No tenía buena pinta.
Click.
No se habían trasladado. Habían cerrado. Una multa millonaria los había arruinado. No cumplían los requisitos legales. ¿Por qué? Bram siguió investigando.
Click.
Algo relacionado con los empastes. Los hacían utilizando un metal no homologado. Un metal de propiedades desconocidas. Bram sintió un estremecimiento. Se llevó la mano a la boca. Instintivamente. ¿Qué clase de metal?
Click.
Un yacimiento de Tanzania. Porque el metal era barato. Porque la excavación era barata. Porque el agujero ya estaba casi hecho. Un cráter. Redondo. Perfecto. Huella de algo que alguna vez chocó contra la Tierra.
Click.
Bram amplió las fotos de la web. Mostraban el cráter (click), el yacimiento (click), los africanos picando en la cantera, profanando aquel metal tan negro que desafiaba a la mismísima existencia.
Y el guionista detectó algo escalofriantemente familiar en aquella negrura. Exactamente la misma negrura que coronaba todos sus empastes. La negrura que (click) si uno ampliaba ciertas fotos (click), podía encontrar también en los empastes de aquel flautista del metro o (click) en las bocas de los actores y actrices que protagonizaban la mitad de sus guiones. Todos ellos tenían en común una clínica dental, y una negrura...
... la negrura de los ojos del señor Terranova.
Fuerteventura.
22 de junio de 2010
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