miércoles, 10 de septiembre de 2008

EL AUTÉNTICO MOTOR DE LA EVOLUCIÓN HUMANA


¿Alguna vez se han preguntado cuál es la energía que motiva al hombre a saltar de su cuna de fango primigenio y fundar civilizaciones en las que no se pone el sol?

Mucho se ha especulado acerca de ese misterioso detonante que antaño nos diferenció de los demás animales del planeta. Los más consevadores opinan que aquello que nos separa del bruto chimpancé (además de algún que otro traspapelado cromosoma) es la presunta dimensión espiritual, o el presunto origen divino que al parecer nos corresponde si tenemos en cuenta que Dios fue lo suficientemente imbécil para crearnos a su imagen y semejanza.

¡¡¡Pues no!!!

Hoy en el trabajo, mi jefe me ha leído una noticia que (recién sacudidas las legañas) me ha desvelado el auténtico sentido de la evolución humana:

Según e biólogo e historiador alemán Josef H. Reichholf, la causa de que el hombre primitivo se vlviese sedentario y desarrollase la agricultura, la ganadería, el concepto de pueblo y la religión, no se debía a una necesidad de alimentarse mejor.

¡No señor!

Lo que motivaba a nuestros ancestros, según el científico germano, no era la intención de proporcionar una dieta equilibrada a nuestro homínido organismo, sino...

¡¡La necesidad de fabricar cerveza!!

Según palabras de Reichholf, "la humanidad siempre ha sentido la necesidad de alcanzar estados de embriaguez con drogas naturales que transmiten la sensación de trascendencia, del abandono del propio cuerpo."

Ahí tienen la respuesta a la gran pregunta. Si el hombre decidió abandonar su paleolítica y errante vida, fue porque estaba impulsado por el deseo de detenerse en algún lugar para pillarse una cogorza como Dios manda.

Lo más bonito del asunto es que Reichholf no habla del alcohol en general, sino (concretamente) de una de sus más brillantes y sublimes manifestaciones: La cerveza.

Alemán tenía que ser. Supongo que si la investigación estuviese dirigida por un científico español, el homo sapiens de turno habría descubierto el Neolítico para beber vino de Rioja en vez de Mahou cinco estrellas.

De un modo u otro, la vida parece más bonita desde que soy consciente de que todos los grandes logros de esta civilización, desde las pirámides de Egipto hasta los garabatos de la Capilla Sixtina; desde la gran muralla china hasta la huella de Neil Armstrong en la luna... tuvieron como detonante esa necesidad de refrescarse la garganta y las neuronas con esta vieja amiga mía...

... LA CERVEZA.

GRITOS NOMINADA... ¡¡EN CANARIAS!!

Perdonad lo apresurado de la prosa. Quería comentarlo cuanto antes, y entro a trabajar en diez minutos.

Me he enterado gracias a Alby de que Gritos en el Pasillo ha recibido cinco nominaciones a los premios del FESTIVAL ATENEO COSTE CERO DE LA LAGUNA.

Las nominaciones son a mejor película, mejor dirección, mejor fotografía, mejor montaje y mejor banda sonora.

Es una gran noticia. Porque los reconocimientos en nuestras propias islas saben el doble de bien, porque creo que es la primera vez que nos nominan a más de una o dos categorías, y porque me encanta que por fin un festival reconozca la impresionante labor de gente como Alby y la pedazo de fotografía que logró con cuatro duros, o la música de Andrés y Javi, que ya ha sido nominada anteriormente, pero merece otras cien mil nominaciones. O el montaje (HD Studio Online),a pesar de que nuestra peli es 80% montaje de imagen y sonido.

¡Gracias, amigos tinerfeños de Ateneo!

martes, 9 de septiembre de 2008

Y EL ATOLLADERO SE SUBIÓ A LA BURRA


Bien es sabido que hay pelis que se convierten en algo parecido a leyendas urbanas. Pelis de las que uno oye hablar, pero no logra encontrar en ningún lado. Pelis que algunos aseguran haber visto asumando sus cuellos de plesiosaurio en la superficie del Lago Ness.
Una de esas pelis es Atolladero, de Óscar Aibar. Se trata de un western futurista español que vio la luz en el año 1995.

Sí... Respirad hondo y volved a leer la línea anterior con calma. En efecto. Dice lo que vosotros creéis que dice.

Todos los que hemos oído hablar de esta peli, hemos sentido una inevitable curiosidad por verla. Pero, como suele ocurrir con las rarezas de nuestro territorio patrio, Atolladero está en un ídem, y tiene cerradas todas o casi todas las puertas de distribución. Es de suponer que las declaraciones de Óscar Aibar en su controvertido libro Making of no han ayudado demasiado.

Pero ahora, gracias a nuestro amigo SEPHIROTH XI, podemos encontrar el ansiado western futurista en el Emule.

Si queréis más información sobre el tema, os remito al blog de SEPHIROTH, que muy amblemente se puso en contacto conmigo para informarme de este enorme y filantrópico servicio que acaba de hacer a la comunidad cinéfila. En el blog de este señor encontraréis, además de los enlaces, información detallada sobre el largometraje y una ficha técnica muy precisa.

Gracias, Sephiroth XI

domingo, 7 de septiembre de 2008

UN PELO EN LA POLLA DE PABLO

Pablo nunca supo masturbarse con fotos de revistas, ni con vídeos. A veces lo intentaba, y era en vano. Sólo podía correrse cuando pensaba en mujeres a las que conocía en persona. A veces era la vecina del quinto, a veces la compañera del trabajo, a veces una ex-novia, otras veces la hermana de una ex-novia, o la rubia de detrás del mostrador de la panadería de la esquina, que rozaba su mano al darle el cambio.

Y cuando Pablo se ponía nostálgico, se tocaba evocando amores imposibles de instituto. Recordaba con excitación casi animal a todas aquellas adolescentes que antaño despertaron su deseo. Muchachas que a esas alturas habrían crecido, envejecido y engordado, aunque hace tiempo fueron primavera en vez de otoño, y despertaron erecciones tímidas. Muchachas que no conocieron la clase de cataclismos que provocaban en el cuerpo de Pablo, o que al saberlo, reaccionaron riéndose en su cara.

O que al saberlo, reaccionaron riéndose en su cara…

Fabiola. ¡Qué linda era, y qué pecaminosamente bien dotada, y qué bien lo sabía, la muy puta! Fabiola. La primera mujer en rechazarle con esa perezosa sonrisa de desdén a la que tuvo que acostumbrarse con el tiempo. La primera en usar sujetadores de mujer, y en profanar el baño de los chicos abriendo cremalleras masculinas.

Cuando Pablo se masturbaba con Fabiola, se excitaba más que con ninguna otra mujer que hubiera conocido. Y lo más sórdido del asunto, lo que jamás confesaría ni a curas ni a psicólogos, eran las imágenes que invocaba en su mente. No pensaba en los senos de Fabiola, ni en ese chupetón que siempre deseó estampar en aquel cuello, ni en ser él el macarra que desgarra esas bragas en el baño de los chicos.

Lo que le ponía a cien, era pensar en cómo el tiempo había jodido la vida de Fabiola. Recordar el día que la muy zorra tuvo que dejar los estudios, con diecisiete años de edad, porque la habían preñado. Recordarla llorando histérica por todos los pasillos, intentando remendar su dudosa reputación, jurando y perjurando que ese embarazo era imposible, que nadie la había tocado en más de un mes. Pero Fabiola era demasiado puta para interpretar el papel de virgen María, y todos lo sabían, y cuando Pablo se castigaba la polla recordando cómo los demás adolescentes humillaban a Fabiola, aquello era placer. Cuando se la imaginaba criando sola a un hijo indeseado, ajándose día a día tras la caja registradora de algún supermercado… entonces su pene amenazaba con reventar, y se corría con una intensidad insoportable, y era tal el hormigueo que recorría su miembro, era tan mareante la sensación de éxtasis, que Pablo calculaba haber derramado medio litro de semen. Pero luego veía el espeso mejunje resbalar por sus dedos, y no era tan copioso. Era muy poco. Incluso menos de lo habitual.

Y era entonces cuando la sobria realidad volvía a manejar el timón, y la vida olía de nuevo a semen invisible, reliquia de placeres falsos, a secreciones ahogadas en papel higiénico… Era entonces cuando su vida sonaba a habitaciones huecas y agua de cisterna. Era entonces, y sobre todo entonces, cuando se daba cuenta de que a él, el logro de haber concluido sus estudios y haber sobrevivido a la treintena sin engendrar mocosos, tampoco le había servido de mucho.

Estaba harto de no ir a restaurantes por no tener a nadie a quien poner en la silla de en frente. Estaba harto de ir al cine y no comentar las películas con nadie. Estaba harto de romances de una sola noche, que llegaban perfumados de alcohol y se marchaban con un sabor de boca de resaca y bilis. Harto de follarse a tal o cual mujer y no saber su edad, ni su comida favorita, y no poder dormirse por tener a una extraña en su cama, o por estar en una cama extraña.

A veces transcurrían largos períodos de tiempo entre una mujer y otra. Cierto día, durante uno de esos períodos, Pablo fue a mear. Y lo que aquí debe importarnos, no es la meada de Pablo, sino lo que encontró enredado en la base de su pene:

Un pelo de mujer.

¿Cómo había llegado aquel cabello femenino hasta la polla de Pablo? Era un misterio. Ninguna chica se la había chupado desde hacía casi un mes. Y aun había más: el pelo era de color rojo, y si algo sabía Pablo a ciencia cierta era que, lamentablemente, jamás había tenido sexo con una pelirroja.

El cabello en la polla de Pablo era, pues, un imposible. La cuerda floja que venía de ningún sitio, y conducía hacia ninguna parte.

Pablo no tardó en olvidarse del incidente.

Pasaron varios años, y esos años desembocaron en cierta noche de discoteca y vodka. La chica era vulgar, pero bonita. Pablo se presentó con un “tu cara me resulta terriblemente familiar, ¿nos conocemos?” Es una de las excusas más trilladas para intentar ligar, pero aquella vez funcionó, porque era cierto.

No, listillos. Aquella chica no era Fabiola. ¿Me dejáis que siga contando el cuento?

Salieron de aquel antro, y fueron hacia la casa del que vivía más cerca, tambaleándose, recogiéndose del suelo mutuamente, desperdigando besos y mordiscos a lo largo y ancho de las calles.

Cuando Pablo se dejó caer de espaldas sobre el colchón, el pantalón parecía demasiado pequeño para contener su erección. Cerró los ojos, y notó cómo ella desabrochaba la bragueta, e introducía el miembro en su boca. Fue una señora mamada. La chica sabía lo que hacía. En aquel instante, ella era sólo lengua, y labios, y saliva.

Pablo abrió los ojos. Quería ver cómo jugaba aquella diosa con su falo. La luz de la habitación estaba encendida, y gracias a ello, Pablo advirtió un detalle que había pasado por alto a causa de las tres o cuatro copas de más, y las luces de colores del garito, y la densa oscuridad de los portales.

Era pelirroja.

Mientras Pablo se corría, tuvo una revelación casi tan excitante como la propia corrida. Recordó aquel pelo rojo enroscado en su pene, años atrás. La eyaculación fue más intensa de lo habitual, acompañada de un estremecimiento electrizante. La temperatura del cuarto dio la impresión de aumentar en varios grados.

Ella no se lo tomó del todo bien. Tal vez le molestó que Pablo se corriese en su boca así, sin previo aviso. Tal vez le molestó que las fiesta terminase tan pronto, sin más preliminares, ni más coito. Él renunció a dar explicaciones. No sabía cómo contarle a aquella desconocida que, durante aquella mítica mamada, había llegado a la conclusión de que un pelo rojo había efectuado un viaje en el tiempo, y había aterrizado en el pene del Pablo de hacía varios años.

Tal vez alguien con una vida mejor condimentada que la de Pablo habría desechado una hipótesis tan descabellada. Pero él se obsesionó con el tema. Consultó libros de física cuántica, no los entendió. Hizo todo tipo de experimentos con su polla, compró mamadas en las esquinas adecuadas, hizo acopio de memoria, buscando otras situaciones del pasado en las que hubiese hallado vestigios de misterio en sus partes íntimas, pelos demasiado largos, quizá incluso huellas de carmín… Todo con tal de averiguar si su miembro viril era, tal y como él sospechaba, una especie de máquina del tiempo.

Y llegó a la conclusión de que lo era. Un taladro que hacía agujeros de gusano en las paredes de la cuarta dimensión. El mecanismo parecía muy sencillo: Cada vez que Pablo rebasaba ciertas barreras de excitación, ese estremecimiento indefinible acompañaba al orgasmo, y su pene abría un portal hacia el pasado o el futuro.

No tardo en llegar la pregunta inevitable. ¿Cómo controlar la fecha de destino de aquellos viajes en el tiempo? La respuesta llegó como un latigazo de luz: La noche de la mamada, ¿en qué pensaba él durante el orgasmo? En un día de varios años atrás; justo el día en que encontró el pelo enredado en su pene. ¡Era eso! Las cosas que estuviesen en contacto con su polla, viajaban hacia el momento en el que Pablo estuviese pensando en el instante de la eyaculación.

El pelo rojo de la chica que hacía buenas mamadas era una paradoja temporal, un hilo rojo que viajó hacia el pasado para provocar su propio viaje hacia el pasado.

La tercera revelación fue la más dolorosa.

Porque Pablo no tardó en darse cuenta de que el hormigueo que sentía cada vez que su orgasmo provocaba viajes temporales, era exactamente el mismo que sentía cuando se masturbaba pensando en Fabiola… y en el día en que la chica descubrió que estaba embarazada, y juraba entre lágrimas de impotencia que no había mantenido relaciones con ningún chico… no desde hacía más de un mes…

Pablo sintió un nudo en el estómago. No fue capaz de negar lo evidente. Aquellos orgasmos tan intensos no dejaban mucho semen en su mano porque la mayor parte de su semen había viajado hacia aquellos días de instituto, y había fecundado a Fabiola. Aquel niño, aquella criatura que tuvo que crecer sin el calor de un padre, era suyo.

Hizo lo que sabía que tenía que hacer. No le costó mucho trabajo localizar a Fabiola. Fue a cierta calle, se detuvo frente a cierto número, y tocó el timbre. El chaval abrió la puerta. Tenía la justo la edad con la que Pablo conoció a su madre, y había algo en la mirada del chico que recordaba demasiado a la de aquel adolescente que Pablo fue una vez.

Un saludo entrecortado rompió el silencio. El chico sonrió, sin saber muy bien por qué.

La madre del muchacho no tardó en aparecer tras él.

Fabiola…

Ya no era tan atractiva, ni tan joven… pero seguía siendo ella. Seguía despertando huracanes de gatos rabiosos dentro de Pablo.

No es fácil precisar por qué aquel hombre y aquella mujer se abrazaron sin decirse una palabra. Supongo que a veces, muy pocas veces, uno se da de bruces con certezas terribles, laberintos que desembocan en colisiones inevitables…

Lo único que sabemos a ciencia cierta, es que el abrazo llevó a un “qué tal si quedamos algún día”, y aquellas seis palabras condujeron a una vida diseñada para tres personas. De la noche a la mañana, Pablo se vio marido y padre, y fue a los restaurantes, y comentó las pelis en los cines, y aprendió a cocinar, y empezó a lavar y tender su propia ropa, junto con la de otras dos personas, en lugar de llevar sus trapos sucios a la lavandería más cercana.

La lavandería…

La imagen de la lavandería hizo que Pablo recordase. Entendió por qué le dijo a aquella chica pelirroja que su cara le resultaba familiar. Era la joven de la lavandería. Más de una vez la había visto allí, a lo lejos, a través de la puerta del fondo, cuando llevaba o recogía su ropa.

Pablo consideró la posibilidad de que el cabello rojo nunca hubiese viajado en el tiempo, de que la chica pelirroja de la lavandería hubiese perdido un pelo haciendo su trabajo, y ese pelo hubiese aterrizado en unos calzoncillos recién lavados, de que esos calzoncillos hubiesen hecho llegar el pelo rojo a la base de un pene…

Sentado en el sofá de su nueva casa, Pablo abrazó a Fabiola, miró a su presunto hijo… y desechó la idea. Quizá porque hay respuestas que no sirven para nada en esta vida. Quizá porque una vida no es del todo una vida a no ser que uno crea en que existen corridas más especiales que otras, a no ser que uno crea en los viajes en el tiempo, a no ser que uno crea, de vez en cuando, en la puta virgen María.

Donosti
7 de septiembre de 2008

sábado, 6 de septiembre de 2008

PISO NUEVO, VIDA NUEVA


Aquí la tienen: Mi nueva (y espero que duradera) habitación.

Lo bueno de tener un blog estrictamente personal, no destinado a promocionar nada, es el derecho a aburrir al personal con chorradas egocéntricas sobre cómo me va la vida.

Para poder permitirte ese lujo, tienes que ser una persona muy reputada, o un auténtico don nadie. Yo no soy ninguna de las dos cosas, pero podríamos considerar esta entrada como una catapulta hacia el vacuo reinado de los don nadies, en el que (quiero pensar, deduzco, espero) me sentiré la mar de cómodo.

Ayer por fin, tras el ya relatado periplo de pensiones y vivienda precarias, me instalé en el nuevo piso.

La habitación está muy bien, pero le faltan esos dos pequeños detalles que convierten una vivienda en un hogar: Muebles, y cosas en las paredes.

Soy demasiado perezoso para solucionar lo de las cosas en las paredes a corto plazo. En lo que a los muebles se refiere, este reducto sólo trae tres cosas de serie: Cama, armario y mesita de noche.

Así pues, nada más aterrizar, acudí al sitio al que suele acuder la gente de mi estatus: Una tienda de chinos.

Mi objetivo: Comprar allí el mueble más importante de todos los muebles del mundo. Osea, la mesa para el portátil.

El único mueble más importante que la mesa del portátil es la cama, y solo porque, además de servir para dormir y follar, sirve para poner el portátil encima.

Como bien sabe todo aquél que se dedique a hacer cortometrajes, mediometrajes o largometrajes baratos, las tiendas de chinos son la versión de cartón piedra del paraíso terrenal. En ellas uno puede encontrar todo lo necesario para alcanzar la felicidad.

En aquella tienda china, el Destino había reservado para mí el último ejemplar del modelo que yo estaba buscando. Me refiero a esa mesa desmontable de color blanco que anuncian en televisión. Esa que se puede armar sin necesidad de herramientas. Esa que probablemente esté fabricada con la misma materia prima que los castillos de naipes, y cuando aprietas las teclas con tus dedos, todo tiembla, y vibra, y amenaza con arrojar tu portátil contra el parqué y transformarlo en un puré de microchips y tuercas.

Si los ordenadores portátiles tienen sentimientos, supongo que a bordo de esta pseudo-mesa han de sentirse como una mujer menstruando sobre el lomo de un toro mecánico a pleno rendimiento. Pero cuesta trece euros, y la posibilidad de que alguien se levante con el pie izquierdo y decida volver a mudarme de piso gravita cual espada de Damocles sobre mi precaria vida, gastarme más de trece euros en un mueble, NO ES UNA OPCIÓN.

Era mi primera noche en un barrio nuevo, y quería investigar los bares de pintxos de la zona. No soy uno de esos depravados que disfrutan yéndose de pintxos con una mesa a cuestas, así que las dependientas de la tienda china se ofrecieron (muy amablemente) a guardarme la mesa allí, para que la fuese a recoger a la mañana siguiente.

Finalmente, me dio pereza lo de ir de pintxos solo, y ni siquiera recordaba el nombre del sitio donde Cata recomendaba las gavillas, así que me concedí un homenaje que llevaba tiempo sin permitirme... y ésa es la historia de cómo acabé entrando en un local de kebabs, y me zampé un dürum.

Lo realmente curioso fue que, mientras cenaba mi dürum, entró a pedir comida para llevar la mujer china a la que había comprado la mesa. Nos saludamos afablemente, y luego presencié uno de los momentos más entrañables de esta semana: La china tenía ya confianza con los camareros turcos del local de kebabs. Empezaron a hablar de sus cosas, de cómo les había ido el día a cada uno. Pero, claro... los turcos no hablaban chino, y la china tampoco hablaba turco. Tenían que comunicarse en español, y era un idioma que ninguno de ellos dominaba demasiado.

Era enternecedor ver cómo lograban comunicarse, e incluso contagiarse sonrisas y amabilidades, con un idioma que parecía ser un misterio para ellos.

La guinda surrealista de aquel pastel absurdo llegó cuando la china y los turcos se despidieron con un Agur ("adiós" en euskera).

Con el sabor de ese pintoresco e intercultural sainete aún en la boca, callejeé de vuelta a mi excesivamente nuevo hogar.

En una de las aceras de esta rara ciudad, me cruce con una chica muy atractiva. Cruzarse con chicas atractivas es algo habitual en Donosti, pero esta vez sucedió algo que aquí no es tan habitual como en otras ciudades. Algún tipo de conexión, supongo. Yo la miré, y sonreí. Ella me miró, y sonrió. Eran sonrisas leves, ambiguas, como trapecistas que no se atreven a desprenderse del trapecio.

Y todo quedó ahí.

¡Y menos mal que quedó ahí! Porque un compañero del trabajo me ha prestado la segunda temporada de 24, y un romance de fin de semana podría haber sido demasiado jodido, sabiendo todo el tiempo que tienes ahí a Jack Bauer esperando para freír terroristas a balazos.

Sigo aprovisionándome de cosas que disfrazan esto de hogar: edredón, tetera, salvamanteles, comida...

Hoy me pegué un susto bastante jodido. Durante algunos minutos, pensé que en esta casa faltaba una cosa casi tan necesaria como la mesa del portátil: El abridor de cerveza.

Me despido con una instantánea del plato de pasta hipercalórico e insano con el que he celebrado esto de volver a tener cocina:

miércoles, 3 de septiembre de 2008

UNO DE MIS DIBUJANTES FAVORITOS


Cuando estuve en Dinamarca, trabajando en la preproducción de Zombie Western, tuvimos el placer de tener a dibujantes acojonantemente buenos trabajando en la peli.

Uno de mis favoritos es Lars Kramhoeft. Tor (el otro director) y yo fichamos a Lars en un seminario que nos impartió Matt Luhn (un story artist de Pixar).

El joven Lars, además de ser un chaval realmente majo, demostró tener una asombrosa habilidad para el dibujo, combinada con una imaginación apabullante y una gran valentía a la hora de utilizar técnicas que otros deshecharían por considerar vulgares.

Lars es una de esas tres o cuatro personas que, si pudiese permitírmelo, importaría a España, o a la Antártida, o a donde sea, para rogarle que vuelva a trabajar en un proyecto mío.

Podéis acceder a la web personal de LARS KRAMHOEFT AQUÍ.

De todos modos, os muestro a continuación algunos de mis Lars-dibujos favoritos:

INNER VOICE



TRACENDENCE AND THE GUARDIAN


HARSH ENVIROMENT


WRITER


ICE QUEEN



DIBUJOS PARA CAPERUCITA ROJA


BURYING THE TREASURE

martes, 2 de septiembre de 2008

FACTOR HUMANO


Hola una vez más.

Siguen sin asignarme piso en Donosti.

Mientras tanto, han solucionado el asunto arrojándome a otra habitación claustrofóbica de pensión barata.

Soy la prueba viviente de que un ser humano no puede sentirse arraigado si no tiene un cuarto de baño que pueda considerar suyo, y un dormitorio en el que pueda deshacer sus dos maletas y sus tres bolsas.

He de decir que esta pensión, aun siedo barata, vieja, ruidosa y diminuta es bastante mejor que el tugurio de la vez anterior. Al menos aquí todo está limpio, y no hay indicios de chinches (reales o psicosomáticos), y aunque se siga tratando de una habitación en la que uno no tiene espacio para andar, gran parte de la culpa la tiene el hecho de que la cama es tan grande que ocupa casi todo el cuarto.

También fue un detallazo eso de dejarme un par de toallas y una pastilla de jabón en la habitación.

Aunque lo que realmente marca la diferencia no es ninguna de esas circunstancias materiales. Lo realmente importante es que en esta ocasión se encargaba de recibirme una jovencita atractiva, en lugar de un señor extranjero con barriga cervecera que tarda siete minutos en abrirte porque se ha quedado dormido, y que la pensión está regentada por una señora muy amable cuya sonrisa logra que te sientas acogido.

Todo ello le hace a uno pensar en algo que, como todo tópico barato, es una gran verdad: El factor humano es mucho más importante que cualquier tipo de comodidad o lujo. Ese intercambio de energías entrañablemente positivas alimenta más que que cien metros cuadrados de... ¡qué coño! Donde se ponga un dormitorio de 100 metros cuadrados, que se quite el factor humano... ¡Vale! Está bien, dejémoslo en un término medio...

A veces tengo la impresión de que esta ciudad le falta un tornillo en la cuestión de las relaciones humanas. La gente es amable, pero no escucha. Algún día escribiré con más calma sobre ese tema. De momento, bastará con una anécdota; algo que presencié en la guagua de hoy, mientras subía al trabajo:

En la guagua (o autobús) subió una monja. Bajita, anciana ya, arrugada como el papel albal de un bocadillo, encogida en el interior de su uniforme negriblanco. Era una monja del tipo afable. Cerca de ella había una señora con un perrito. La monja se dedicaba a cariciar al perrito, y a hacerle carantoñas. En un momento dado, aquella ajada esposa de Dios miró a la dueña del perrito y le dedicó una sonrisa que pretendía ser de complicidad.

Pero la señora del perrito no se dignó a devolver la sonrisa, ni a mirar a la monja siquiera.

Un par de paradas más tarde, subió a la guagua un señor mayor, y quedó un asiento libre entre la monja y él. La filantrópica sor insistió en que el señor ocupase el asiento. Finalmente, el viejo decidió largarse hacia el fondo del autobús, sin siquiera dar las gracias a la monja.

Ese par de anécdotas me hicieron pensar en esta ciudad zombificada y decadente en la que me ha tocado vivir .

Pero el más miserable y hijo de puta de esa guagua era yo, que no podía evitar imaginarme a esa monja con un cohete rojiblanco en la espalda, porque me recordaba a los pingüinos de Batman vuelve.