
Sé que os tengo un poco abandonados, pero me consuelo pensando que pasáis por aquí con tan poca frecuencia que ni siquiera lo notáis.
Pretendía actualizar hace unos cuantos días, pero he ido dejándolo pasar debido a circunstancias personales, profesionales y otras cosas que no empiezan por "p" ni terminan por "s", pero que bien podrían terminar por "s" y empezar por "p".
Pero ahora no tengo excusa para seguir en silencio, porque me he venido a pasar el fin de semana a mi isla, y aquí, en Fuerteventura, como dirían mis amigos canarios, "un minuto tiene sesenta segundos, y una hora tiene sesenta minutos".
Así que aquí estoy, aprovechando semejante sobredosis de tiempo para acaparar el ordenador de mi señora madre y (el teclado en una mano, un delicioso botellín de cerveza Tropical en la otra) relatar un batiburrillo de reflexiones y sucesos que, expuestos en su día, habría resultado mínimamente coherentes, pero que a estas alturas carecen de sentido.
La última vez que supísteis algo de mí, la idea era fugarme a Madrid y descansar un par de días de este coñazo de Donosti (la ciudad de los donostiarras es algo parecido a esas bolas de cristal que, cuando uno las agita, cae la nieve sobre cuatro casas de juguete. Pero en vez de nieve es lluvia, y uno se harta de las casitas de juguete, y necesita romper las murallas de cristal una vez al mes, para así conservar los puntos de cordura).
Elegí el autobús como medio de transporte, porque es más expontáneo (y más barato) que el avión o el tren. No basta con escapar. También es necesario que el rito de la fuga nos recuerde que podemos hacerlo siempre, de buenas a primeras, cuando nos venga en gana.
Los viajes "Euskadi-Madrid" por carretera son edificantes, porque te ayudan a cultivar el don de la paciencia. Seis horas sentado en el interior de una caja de metal dan para mucho. En mi guagua (o autobús) viajaban dos o tres monjas. En algún punto entre Donosti y Vitoria, una de ellas sintió la llamada de la naturaleza, se levantó y se encerró en el cuarto de baño del vehículo. Me impresionó pensar que esa esposa de Dios podía estar cagando en el báter del autobús. No soy un especímen especialmente católico, pero la imagen de una monja arremangándose los hábitos y echando un tordo a 120 kilómetros por hora amenaza con desmoronar todos los cimientos de cualquier cosa que haya conseguido plantar cimientos en un alma tan estéril como la mía.
Pero lo que más me conmovió en ese viaje no fue el hipotético tarugo de la sor anónima, sino el encontronazo, cara a cara, con un viejo amigo de la infancia.
Me refiero a ese colega que no era perfecto, que te daba más disgustos que alegrías, pero aun así le seguías invitando a todas tus veladas, a ese cabrón que se meaba en tu cara, pero tú no le mandabas a tomar por culo porque no tenías a nadie para sustituirle.
Estoy hablando, naturalmente, del VHS.
¡¡¡Sí!!!
Las películas que emiten en los autobuses siguen siendo de VHS. Nadie se ha molestado en remodelar las guaguas, y cada vez que uno se monta en esas masificadas máquinas del tiempo experimenta una regresión, se estampa de bruces contra épocas pasadas. Estímulos visuales que remueven algo en tu estómago. Esos churretes hormigueantes de color gris que titilan en la imagen, esos rótulos de REW y EJECT en la esquina superior derecha del monitor, esa manera zafia de recortar las pelis, de mutilarlas de manera impía hasta que alcancen las proporciones del formato 4/3.
El VHS es la magdalena de Proust de nuestra generación. Uno lo saborea y, de repente, escucha a Cindy Lauper a través de los esponjosos auriculares de un walkman.
La peli que pusieron pa amenizar el viaje era "A propósito de Henry". Me negué a verla. No porque no me gustase. Fui a verla al cine cuando se estrenó, y salí muy contento de la sala. Pero su director, Mike Nichols, es un tío que compone los planos como Dios, y po reso mismo resulta muy doloroso ver una peli suya con el formato panorámico recortado, sodomizado, mutilado... para hacerlo encajar en esa puta pantalla de 4/3.
Así que amenicé el viaje poniendo en mi mpeg3, o 4 o infinito... un hilo musical de Sabina, Extremoduro, Platero, Fito, Los Rodríguez... y leyendo un par de cuentos de Roberto Bolaño, un tipo que me está admirando, pero que no consigue conquistarme.
Y Madrid...
Madrid fue (como siempre) un cóctel de encuentros y reencuentros, cervezas y gin-tonics, Callaos y Malasañas y, por encima de todo, un reafirmarse en dos o tres declaraciones de intenciones, la más importante de ellas: regresar a esa ciudad algún día, en el comienzo de una nueva etapa, que llegará Quién sabe cuándo, pero que espero que sepa cuándo Quién.
Y después de Madrid... trabajo, reflexiones, escritura... pasajes negros, blancos y violetas. Leer a los maestros, dejar que te escupan en la boca, mezclar esa saliva con tu flema y... tragarse los más bello, escupir sin piedad lo más abyecto...
Y cambiar, cambiar, cambiar... cerrar unas puertas, abrir otras, doblar esquinar, arrojarse por un acantilado con los ojos vendados.
Pero sobre todo, y por encima de todo, cambiar.
Poner punto final a algunas relaciones, punto y aparte a otras, algún punto seguido cuando cuadra, y algun millar de puntos suspensivos, que aunque no lleven a ninguna parte, le ayudan a uno a estar en movimiento.
Y al final todo se reduce a símbolos triviales: Comprar unos zapatos nuevos, tirar a la basura calcetines recién agujereados, decidir que no te metes en la cama hasta acabar el primer capítulo de tu nueva novela, pasar todas las mañanas por esa calle en la que te asalta un repartidor muy amable que te ofrece el "QUE", y rechazarlo, porque ése es uno de los ejercicios más valiosos y complicados en esta puta vida: Aprender a decir NO.
Mi vida sería muy distinta si hubiese aprendido a decir NO en ciertas ocasiones del pasado, pero me consuelo pensando en lo bonito que fue cuando dije un par de veces SÍ.
Y el pasado es una caja de cartón, esperando a que Pandora las destape, para lincharla a besos, y el presente es una encrucijada ¿cuentos, novelas, cine, guiones, ellas? y el futuro... el futuro es una zanahoria que cuelga eternamente a medio metro por delante del asno, y lo cierto es que la puta zanahoria me la suda... pero más allá de esa zanahoria... seguro que hay algo.