
¡No! A pesar del título, este post no va a tratar sobre colegialas menores de edad.
Es que de repente me he dado cuenta de que ya han transcurrido trece años desde que empecé a dedicarme a esto de la escritura de una manera medianamente seria (y once años desde que escribí mi primera - y lamentable - novela).
Si tenemos en cuenta que estoy a punto de cumplir treinta años, podríamos decir que llevo casi el 44% de mi vida intentando ser escritor, y aún no estoy seguro de haberlo conseguido. A veces me siento como esos exploradores que se pierden en la selva, y cuando llevan varios kilómetros caminando se dan cuenta de que están andando en círculos.
Intentar arreglar mis escritos es como llevar el coche al mecánico: Te arreglan una cosa, pero te joden otra.
Sigo peleándome con las reglas de la gramática, probando las mil y una maneras de colocar mal una coma, por si algún día suena la flauta y descubro una musicalidad inédita, experimentando con los signos de puntuación, con el orden de las palabras, con las estructuras de los párrafos... como el cocinero temerario que mezcla los ingredientes de manera imposible para llegar finalmente a la conclusión de que los experimentos con gaseosa y que si una receta culinaria no está inventada desde hace siglos es porque no resulta adecuada para el paladar humano y por lo tanto no sirve para nada.
A veces releo cosas que he escrito hace años, por aquello de analizar el camino recorrido con un pelín de perspectiva. A veces me parece percibir en ese camino algo parecido a la evolución. Cuando me vuelvo a asomar a algunos pasajes de mis novelas antiguas se me cae la cara de vergüenza, y creo que eso es bueno. Significa que, en efecto, algo habré aprendido en estos trece años.
Y aunque la cuestión de las listas me suele dar pereza voy a intentar confeccionar una, enumerando esos cambios, esas diferencias que percibo entre el Juanjo que empezó hace más de una década, y el Juanjo que continúa empezando a día de hoy:
- La mecánica de trabajo. Antes me dedicaba a "vomitar sobre el papel". Escribía sin parar, sin pensarlo demasiado, y sin ningún tipo de bloqueo. A veces tardaba una o dos semanas en escribir una novela de cabo a rabo. Nunca tardaba más de tres meses en terminar una, y cuando me demoraba tanto era porque surgía alguna circunstancia de trabajo que me obligaba a interrumpir la escritura durante muchos días. Evidentemente, cuando uno tarda tan poco en escribir una novela el resultado apesta a descuido y a fogosidad amateur. Pero una cosa sí está clara: Antes me divertía escribiendo. Antes, de hecho, escribir era la cosa más maravillosa del mundo. Ahora, sencillamente, no.
- Las tijeras de podar invisibles. Cada vez soy más enemigo de las frases retorcidas, rocambolestas. Evito las oraciones compuestas en la medida de lo posible. Sobre todo las subordinadas. Sencillez, claridad y concisión ante todo. Sacar la guillotina y amputar todo lo supérfluo. Fuera todas las florituras, los adjetivos innecesarios, al carajo las frases redundantes; aquéllas que (valga la redundancia) no hacen otra cosa que repetir lo dicho anteriormente (síntoma inequívoco de inseguridad, de miedo a no haberte sabido expresar con eficacia la primera vez). Salvo en contadísimas excepciones (normalmente relacionadas con cuestiones casi musicales) si puedo decirlo con menos palabras, lo digo con menísimas.
- Porque aunque resulte paradójico, cada vez confío menos en las palabras, y cada vez encuentro menos verdad en ellas. Repescando un concepto de uno de mis cuentos antiguos: "Las cosas que de verdad importan se esconden entre los huecos que separan las palabras". Pero claro, para que existan esos huecos, hay que siluetearlos con las malditas palabras...
- Ahora rehuyo de todos aquellos topicazos que uno incluye en sus primeros relatos y novelas, alentado por una ingenua sensación de estar descubriendo la pólvora. Creo que soy más consciente de que la pólvora lleva siglos inventada y la única manera de ser original es ser honesto y, por lo tanto, auténtico. Intento mancharme más las manos cuando escribo, y aunque ser honesto no signifique ser autobiográfico sí se reflejan en mis escritos actuales todas esas dosis de cinismo, escepticismo y desengaño que a lo largo de estos trece años me han ido esculpiendo como soy, porque...
- El barro le ha ganado la batalla a las nubes y tengo la impresión de que cuando me siento ante este ordenador no es el ángel quien escribe, sino el simio o incluso el cocodrilo. La oscuridad se ha ido apoderando de todo y, si bien cuido el estilo literario de una manera más racional que antaño, las temáticas sí se han vuelto primitivas, viscerales. Las hadas cada vez tienen menos cabida en lo que escribo, a menos que se dejen follar por el culo.
- Intento no abusar de los puntos suspensivos. En mis primeros tiempos los usaba muchísimo, pero con el transcurso de los años a uno le acaba dando la impresión de que se trata de un signo de puntuación titubeante, lánguido... una manera de expresarse... de quien no pisa firme en este mundo... Y quizá también les he cogido manía porque me recuerdan a aquella época remota, a aquel torpe (incluso más torpe que hoy en día) aprendiz de escritor. Mi actual cruzada en pos de la claridad me lleva a usar sólo puntos y comas. Los puntos suspensivos, dos puntos, punto y coma... son invitados ocasionales que sólo uso en momentos muy concretos.
- Sigo siendo impaciente. Pero antes la impaciencia me obligaba a escribir día y noche para terminar las novelas cuanto antes. Me agobiaba muchísimo pensando (en un alarde de neurosis) que si me moría en ese momento, nadie sabría cómo continuaría y terminaría lo que llevaba escrito. Hoy día tengo bastante claro que no tiene demasiada importancia que el mundo sepa o no cómo termina una novela inacabada. Y eso hace que mi impaciencia adopte otra forma, y en lugar de azuzarme para terminar lo que he empezado, hace que me canse a las diez páginas, o a las veinte, o a las cincuenta... y así se me van acumulando novelas inconclusas.
- Antes me negaba a revisar y corregir lo que escribía. Tenía la extraña obsesión de que no debía retocar algo ya escrito. Cada obra debía ser una instantánea, un paisaje impresionista, un reflejo exacto del tiempo y el momento vital en que había sido escrita. Ahora, sin embargo, soy amigo de las revisiones y las correcciones (sobre todo en lo que a estilo se refiere). Pero sigo siendo muy perezoso a la hora de corregir. Odio eso de volver a caminar por un terreno en el que ya están impresas las huellas de mis pies. Hay gente que disfruta con las segundas y terceras versiones. Yo, aunque las considere convenientes, sigo odiándolas.
- Antes escribía para comerme el mundo. Ahora escribo en una especie de patético intento de que el mundo no me devore a mí.
Y eso.