
Lo hablaba hoy con Cata, y lo hablé ayer con Jaime, y lo discutí con Gonzalusky hace unos días.
Últimamente, me cuesta demasiado abrirme a gente nueva. Empiezo a ser alérgico a los vínculos.
Se trata de una actitud estúpida, enfermiza... pero tiene explicación.
En la tele en la que trabajo, hay un guardia de seguridad bastante flipado. Se pasea por los pasillos luciendo uno de esos cinturones llenos de balas, y aprovecha cualquier ocasión para ser desagradable y hosco con todo el que se le pone por delante. Lo apodamos Collateral. Uno de mis compañeros de trabajo tiene una teoría sobre la mala uva que se gasta Collateral: Ese segurata es desagradable con nosotros porque es consciente de que a lo mejor, algún día, nos tiene que disparar para cumplir con su deber, y eso le disuade a la hora de establecer cualquier tipo de vínculo afectivo con los seres humanos que pululan por esos pasillos en los que él es la Ley.
Creo que a mí me empieza a suceder algo parecido. Me convierto en Collateral. Soy consciente de que difícilmente estaré en Donosti eternamente, y ese carácter de transitoriedad me pesa. Tengo una muy buena relación con mis compañeros de trabajo, y los adoro. Pero si me sacan del ambiente laboral, las personas a las que dejo acercarse a mi vida en esta ciudad, se pueden contar con los dedos de la mano de un tiranosaurio.
Me resisto a encariñarme con la gente, porque sé que el día menos pensado se pueden convertir en zombies, y me veré obligado a alojarles una bala en el cráneo.
Para ilustrarlo con un ejemplo concreto, hablaré de la cuestión "compañeros de piso". Tuve compañeros de piso en Madrid. Surgió mucho cariño, mucha magia, y aún siguen siendo grandes amigos míos, pero llegó el momento de emigrar al norte, y cambiar de compañeros de piso. Tuve compañeros de piso aquí en Donosti, y les cogí también muchísimo cariño... y pasó el tiempo, y ellos se fueron, y llegaron otros compañeros de piso... y a los dos meses, esos dos también se fueron, y vinieron otros, que también se fueron.
La consecuencia es terrible. Cada hornada de compañeros de piso la acojo con más frialdad que anterior. Me niego a establecer con ellos más relación que la imprescindible. Lo justo para ser cortés. Me estoy convirtiendo en un experto a la hora de suministrar amabilidad y cortesía sin abrir las puertas de mi vida a los demás.
En Aikido utilizábamos un término japonés para eso: Ma Ai.
No sé si se escribe así, pero total, si nos ponemos pijoteros, tendría que poner un par de kanjis.
Ma Ai es la distancia adecuada que uno debe mantener con respecto a su adversario. Una distancia intermedia. Lo suficientemente cerca para poder golpear, y lo suficientemente lejos para poder defenderte del ataque del contrario.
Y uno acaba adoptando una especie de Ma Ai con los demás. Lo suficientemente cerca para ser cordial... lo suficientemente lejos para que no cuaje ningún tipo de vínculo.
Quizá, en cierto modo, uno lo hace para no asesinar la magia de las relaciones anteriores. Porque acabas llegando a la conclusión de que, si permites que una persona recién llegada te importe de la misma manera que tus amigos más antiguos, y dos meses más tarde concedes esa misma importancia a otro par de personas que también desaparecerán de tu vida al cabo de dos meses... al final, de alguna manera, sientes que estás devaluando la relación que tuviste con los que llegaron primero. Cuando permites que todo lo que llega hasta ti sea igual de especial... todo deja de ser especial.
Y no sólo ocurre con los compañeros de piso. Ocurre también con los amigos, con las relaciones sentimentales, con los dependientes de las tiendas, y los camareros de los bares.
Y si hubiese que buscar un culpable al que reprocharle todo esto, supongo que la culpable sería esa maleta de color azul que acecha en el altillo de mi armario... recordándome que ese no es en realidad mi armario... que posiblemente, dentro de otros dos meses, dejará de serlo, y tendré que volver a mudarme a vete a saber dónde.
Esa maleta azul, que me recuerda que no me puedo permitir una vida demasiado grande, que todo lo que no quepa dentro de esa dichosa maleta, se perderá como bilis bajo la lluvia... cuando caiga la siguiente mudanza sobre mí.
Por eso no me puedo permitir comprar CDs, ni libros, ni DVDs, ni tan siquiera amigos.
¿Sabéis qué es lo primero que quiero hacer cuando tenga una vivienda que parezca estable? Empezar a coleccionar dinosaurios de plástico. De esos cutres y baratos, que se venden en los chinos de todo a cien. Esos mismos de los que hablaba en los comments de la entrada anterior. Cada vez que entro en un chino y los veo, tengo que reprimir el impulso de comprarlos.

Y hoy he decidido que, del mismo modo en que estoy empezando a permitirme abrir (o entornar) ciertas puertas en estos días, puede que empiece también a comprar esos graciosos dinosaurios. Y cada vez que reúna un número suficiente, los meteré en una caja y los mandaré por correo a Fuerteventura... o tal vez les haga veinte fotos, para que haya constancia de que los he tenido, y luego los deje en un parque, o en una guagua, para que algún niño los encuentre.

Las fotos de los dinosaurios se las he robado al Paleofreak.