
Para mí, el otoño empezó un par de días después de su llegada oficial.
Posiblemente mi estación favorita.
Me envió una discreta tarjeta de visita, mientras escribía en mi habitación. Algo se coló por la ventana entreabierta y aterrizó en el radiador. Era una hoja de árbol. Dorada y quebradiza, como todo lo genuínamente otoñal.
El otoño es una estación que sabe y huele a páginas de libro viejo, una estación crujiente, decrépita, oxidada, rociada con caspa melancólica, fotografiada en sepia y guardada en un cajón de los que se abren solo en atardeceres especiales.
Y toda esa mierda.
Hace mucho tiempo, nuestro calendario estaba concebido para que el ser humano, como animal que es, viviese armonizado con los ciclos de la madre naturaleza. El año comenzaba con el advenimiento de la primavera, y moría arropado en la mortaja blanca del invierno. Los planes del hombre, sus propósitos... estaban sincronizados con los ritmos de la madre Gea. Nuestro "año nuevo, vida nueva" comenzaba en esa época verde, fértil... la época en que el resto de las cosas acostumbra a nacer, y la atmósfera se infecta de abejas y de hormonas.
Sin embargo, pocos años antes del nacimiento de Cristo, los hombres alteraron el calendario, por razones político/militares que darían para otro post entero. Y desde entonces, el año empezó a empezar en invierno, y todo se fue descuajaringando, siglo a siglo.
Más adelante, el hombre (tal vez debido a sus tinieblas internas) se volvió adicto al sol, y concentró las vacaciones de casi todo el mundo en los meses de verano, provocando con ello un segundo desajuste, que nos induce a iniciar nuestros planes, nuestros nuevos propósitos, nuestros (en definitiva) nuevos designios para el "nuevo curso" en otoño; Iniciamos, pues, nuestras andanzas en período del año que el resto de seres vivos utiliza para empezar a morir. Colocamos la banderilla inaugural del principio de nuestra carrera en el tramo que el resto del planeta utiliza como recta final. La estación especializada en resquebrajar la vida y hacer que las cosas se caigan embalsamadas en oro disecado.
No sé si es bueno o mano, pero es el camino que, más o menos conscientemente, hemos designado para nuestra civilización. Hemos decidido emprender nuestra nueva vida en el momento en que se nos disuelve la piel de serpiente. Condenados a lanzarnos desnudos contra este decrépito felpudo que precede a los umbrales del invierno.
Yo, por mi parte, noto cómo empieza un nuevo ciclo. Un ciclo divorciado de la ley natural, quizá... pero, por ello mismo, enternecedoramente humano.
Inicio este inicio de "año de mentira" cargado de propósitos. El más digno de ellos, quizá, sacar adelante una nueva novela, o una nueva "cosa", ya que, al paso que va, no creo que alcance la duración necesaria para ser considerada novela aunque (una vez más) sea demasiado larga para conformarse con ser un cuento. Se llamará "La emperatriz de los insectos". La escribo muy lentamente. Más lentamente que nunca. En ratos libres, sin forzar una sola sílaba. Si en otras ocasiones he escrito con una rapidez casi incontinente, en este caso me dedico a destilar las palabras con una lentitud desesperante. Eso me ayuda a desarrollar la paciencia, una de esas muchas virtudes de las que no puedo presumir. De momento estoy contento con el resultado, pero será un resultado tan retorcido y excesivo (una vez más) que difícilmente encontraré alguien dispuesto a publicarlo. Estoy enfermo. Posiblemente lo cuelgue en internet, y a tomar por saco.
Espero que vuestro otoño haya comenzado con buen pie.