miércoles, 3 de septiembre de 2008

UNO DE MIS DIBUJANTES FAVORITOS


Cuando estuve en Dinamarca, trabajando en la preproducción de Zombie Western, tuvimos el placer de tener a dibujantes acojonantemente buenos trabajando en la peli.

Uno de mis favoritos es Lars Kramhoeft. Tor (el otro director) y yo fichamos a Lars en un seminario que nos impartió Matt Luhn (un story artist de Pixar).

El joven Lars, además de ser un chaval realmente majo, demostró tener una asombrosa habilidad para el dibujo, combinada con una imaginación apabullante y una gran valentía a la hora de utilizar técnicas que otros deshecharían por considerar vulgares.

Lars es una de esas tres o cuatro personas que, si pudiese permitírmelo, importaría a España, o a la Antártida, o a donde sea, para rogarle que vuelva a trabajar en un proyecto mío.

Podéis acceder a la web personal de LARS KRAMHOEFT AQUÍ.

De todos modos, os muestro a continuación algunos de mis Lars-dibujos favoritos:

INNER VOICE



TRACENDENCE AND THE GUARDIAN


HARSH ENVIROMENT


WRITER


ICE QUEEN



DIBUJOS PARA CAPERUCITA ROJA


BURYING THE TREASURE

martes, 2 de septiembre de 2008

FACTOR HUMANO


Hola una vez más.

Siguen sin asignarme piso en Donosti.

Mientras tanto, han solucionado el asunto arrojándome a otra habitación claustrofóbica de pensión barata.

Soy la prueba viviente de que un ser humano no puede sentirse arraigado si no tiene un cuarto de baño que pueda considerar suyo, y un dormitorio en el que pueda deshacer sus dos maletas y sus tres bolsas.

He de decir que esta pensión, aun siedo barata, vieja, ruidosa y diminuta es bastante mejor que el tugurio de la vez anterior. Al menos aquí todo está limpio, y no hay indicios de chinches (reales o psicosomáticos), y aunque se siga tratando de una habitación en la que uno no tiene espacio para andar, gran parte de la culpa la tiene el hecho de que la cama es tan grande que ocupa casi todo el cuarto.

También fue un detallazo eso de dejarme un par de toallas y una pastilla de jabón en la habitación.

Aunque lo que realmente marca la diferencia no es ninguna de esas circunstancias materiales. Lo realmente importante es que en esta ocasión se encargaba de recibirme una jovencita atractiva, en lugar de un señor extranjero con barriga cervecera que tarda siete minutos en abrirte porque se ha quedado dormido, y que la pensión está regentada por una señora muy amable cuya sonrisa logra que te sientas acogido.

Todo ello le hace a uno pensar en algo que, como todo tópico barato, es una gran verdad: El factor humano es mucho más importante que cualquier tipo de comodidad o lujo. Ese intercambio de energías entrañablemente positivas alimenta más que que cien metros cuadrados de... ¡qué coño! Donde se ponga un dormitorio de 100 metros cuadrados, que se quite el factor humano... ¡Vale! Está bien, dejémoslo en un término medio...

A veces tengo la impresión de que esta ciudad le falta un tornillo en la cuestión de las relaciones humanas. La gente es amable, pero no escucha. Algún día escribiré con más calma sobre ese tema. De momento, bastará con una anécdota; algo que presencié en la guagua de hoy, mientras subía al trabajo:

En la guagua (o autobús) subió una monja. Bajita, anciana ya, arrugada como el papel albal de un bocadillo, encogida en el interior de su uniforme negriblanco. Era una monja del tipo afable. Cerca de ella había una señora con un perrito. La monja se dedicaba a cariciar al perrito, y a hacerle carantoñas. En un momento dado, aquella ajada esposa de Dios miró a la dueña del perrito y le dedicó una sonrisa que pretendía ser de complicidad.

Pero la señora del perrito no se dignó a devolver la sonrisa, ni a mirar a la monja siquiera.

Un par de paradas más tarde, subió a la guagua un señor mayor, y quedó un asiento libre entre la monja y él. La filantrópica sor insistió en que el señor ocupase el asiento. Finalmente, el viejo decidió largarse hacia el fondo del autobús, sin siquiera dar las gracias a la monja.

Ese par de anécdotas me hicieron pensar en esta ciudad zombificada y decadente en la que me ha tocado vivir .

Pero el más miserable y hijo de puta de esa guagua era yo, que no podía evitar imaginarme a esa monja con un cohete rojiblanco en la espalda, porque me recordaba a los pingüinos de Batman vuelve.

sábado, 30 de agosto de 2008

¡¡QUÉ FRÍO HACE EN HELSINKI!!


Emilio y Jesús Gallego, más conocidos como los GALLEGO BROS, son, además de dos tipos encantadores, la créme de la créme de la animación 2D española.

Iniciaron sus andanzas en el mundo del comic (incluso publicaban en la revista Mala Impresion!!!), pero un buen día, los planetas se alinearon, y descubrieron el flash. Desde entonces, nadie pudo pararlos. Tienen cortos de animación cojonudos (Vampire Kid, Crazy Horse...) y son los autores de la serie Shuriken school, de Zinkia Entertainment.

Actualmente, desarrollan otra nueva y muuuy prometedora serie para Zinkia: Fishbone saga.

Sin embargo, lo que quiero compartir con ustedes en esta entrada, es una serie mucho más pequeñita, que los Gallego Bros confeccionan de manera personal, en sus ratos libres, y por auténtico amor al Arte.

Estoy hablando de QUÉ FRÍO HACE EN HELSINKI, un compendio de (por el momento) cinco pastelitos audiovisuales que me conquistaron por la poderosa simplicidad de sus diseños, el gusto exquisito a la hora de combinar los colores, su sencillez y su sentido del humor, irreverente, anticlimático, plagado de silencios incómodos, casi dadaísta.

Se trata de una de esas creaciones que la gente ama u odia. A mí me ha tocado amarla, y eso me induce a dejaros, a continuación, esos cinco capitulitos, de minuto y pico de duración cada uno, por si hay alguien por aquí que también tenga ganas de amarla, o de odiarla, que también desahoga lo suyo.

CAPÍTULO 1: WALDEMAR



CAPÍTULO 2: JUHA



CAPÍTULO 3: MARKUS



CAPÍTULO 4: DINIO



CAPÍTULO 5: JALKANEN



Y si desean ustedes más información sobre los Gallego Bros, aquí tienen su web oficial.

martes, 26 de agosto de 2008

PELÍCULAS INFANTILES AUTORIZADAS PARA ADULTOS

No digo nada nuevo al afirmar que existe cierta tendencia a pensar que los niños son gilipollas y que, por lo tanto, las películas para niños deben ser gilipollescas.

Y aunque algunos niños sean más listos que el hambre, ¿qué más da? Normalmente no tomamos a los niños demasiado en serio, así que no hay ninguna razón para que las pelis infantiles se tomen en serio a sí mismas.

Afortunadamente, de vez en cuando surge alguna que otra peli que hace caso omiso a los dos párrafos anteriores. Son pelis maravillosas, porque estimulan a los críos mucho más que las idioteces de colores chillones de turno que solemos asociar dicho espectro de edades, ¡y no sólo eso! También son películas que alimentan al niño que todo adulto lleva dentro.

Creo que hay que apoyar a esas raras avis, porque ese “niño que todo adulto lleva dentro” necesita su dosis periódica de magia para que el resto del alma de ese adulto no se zombifique.

Por eso mismo, he decidido hacer una breve lista enumerando algunas de esas joyitas “para todos los públicos”.

No pretendo detenerme en títulos obvios, a los que el tiempo o el éxito en taquilla han hecho justicia hasta el punto de convertirlos en leyenda. No hablaré de La princesa prometida, ni de Harry Potter y el prisionero de Azkaban, ni de Mary Poppins, ni de Willie Wonka y la fábrica de chocolate, ni de las mil maravillas de la factoría Henson.

Mi intención es mencionar películas bastante más recientes que, de momento, no lograron obtener los laureles y la atención que sin duda se merecen.

Podría citarlas en el orden que me salga de los cojones, pero voy a intentar ser disciplinado y soltarlas en orden cronológico:

LA PRINCESITA (1995)

Director: Alfonso Cuarón.

Guionista: Richard la Gravenese.


¿Qué ocurre cuando mezclamos al director de Hijo de los hombres y Harry Potter 3 con el guionista de El rey pescador y Los puentes de Madison? ¡Pues que tenemos una preciosidad de película!

La Princesita es algo así como contar una historia estilo Charles Dickens embellecida a través de la mirada preciosista de Cuarón. Niñas irresistiblemente fotogénicas inmersas en una trama de orfanato, que se sustenta en la magia, concebida como tejido invisible que se filtra en los detalles cotidianos.

Una de esas historias que no tienen remilgos a la hora de hacer sufrir al público, porque saben que sólo el sufrimiento más intenso es capaz de sembrar la más intensa de las dichas.

Lo que más me fascina de La princesita, además de su evidente poesía visual, es su filantropía. Se trata de una peli que parece gritar en cada una de sus secuencias: “Creo en la bondad del ser humano, y la gente que no alberga tal bondad, no es gente mala. Es simplemente desdichada.”

No pienso puntuar las pelis en esta entrada. Pero ésta es, posiblemente, una de las mejores de la lista. ¡Puto Cuarón!


LEMONY SNICKET: UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS (2004)

Director: Brad Silberling.

Guionista: Robert Gordon.



Ahora combinamos al director de la edulcorada Casper, con el guionista de la hilarante Héroes fuera de órbita.

Ya escribí sobre esta peli en el antiguo blog, pero es tan estimulante que merece la redundancia.

En esta ocasión, Silberling se atreve con un registro bastante más oscurillo que el de Casper. La imaginería de Daniel Handler (el autor de los libros en que se basa la historia) es lo suficientemente retorcida y afilada para merecerse aparecer en esta entrada. Las influencias de Dickens se dejan entrever una vez más, combinadas con un humor negro bastante deudor de mi adorado Roald Dahl.

Una vez más, nos encontramos ante una apasionante historia de niños huérfanos sometidos a infortunios, aunque con más presencia de extravagancias y elementos sobrenaturales que en La princesita.

Por si fuera poco, la factura técnica de la peli es increíble, y bastante burtoniana. Eso último no es de extrañar, si tenemos en cuenta que gran parte del equipo técnico del film está formado por los colaboradores habituales de Tim Burton: Emmanuel Lubetzki en la dirección de fotografía (dire de foto de Sleepy Hollow, y de casi todas las pelis de Cuarón, incluida La Princesita), Rich Heinrich en el diseño de producción (responsable del arte de Eduardo Manostijeras, Pesadilla antes de navidad, Sleepy Hollow…), Colleen Atwood en el diseño de vestuario (Eduardo Manostijeras, Ed Wood, Mars Attacks…). Por si fuera poco, el montador de la peli es Michael Kahn (el tío que monta todas las películas de Spielberg).

Con respecto al plantel actoral, tampoco se ha escatimado en lujazos. Jim Carrey está espléndido en su papel de ogro del cuento. Un pelín sobreactuado a veces, pero nada que no compense el centenar de momentos gloriosos que nos ofrece en esta peli. Por otra parte, Carrey está arropado por secundarios de lujo, entre los que es obligatorio destacar a Jude Law (en el papel de narrador), a Meryl Streep y a mi adoradísima Catherine O`Hara (la madrastra de Bitelchús, la madre de Kevin en Solo en casa, la diosa que pone la voz a Shally en Pesadilla antes de Navidad…)

Por otra parte, el bueno de Brad Silberling (que ya demostró en su día el ojo que tiene para reclutar adolescentes prometedoras, cuando nos hormonó a Christina Ricci en Casper) nos presenta otra nueva ninfa incitadora de pederastas: Me refiero a la codiciable Emily Browning, que interpreta a la joven Violet Baudelaire.

¡Y atención a los gloriosos títulos de crédito finales! Son una de las más exquisitas animaciones en 2D de los últimos tiempos.

LA JOVEN DEL AGUA (2006)

Guión y dirección: M. Night Shyamalan.


Aunque sea, para mi gusto, una de las pelis más flojuchas de Shyamalan, se trata de una puta maravilla. Porque las peores pelis de Shyamalan son el triple de buenas que la mejor peli de cualquier otro.

Me atrevería a decir que La joven del agua no es solamente una peli con magias. ES UNA PELI SOBRE LA MAGIA. Y sobre cómo, en el mundo actual, a pesar de estar rodeados de dicha magia, somos incapaces de escuchar. Tal es la tesis que nos adelanta le peli en su prólogo, de una manera entrañablemente explícita.

Por si fuera poco, el enfant terrible hindú de Hollywood, en su sempiterno afán por las dobles lecturas, aprovecha el discurso de la película para convertirla en una alegoría de “los críticos no tienen ni puta idea de nada y merecen morir despedazados por una jauría de perros salvajes”.

La joven del agua no se corta a la hora de dejarnos cabos sueltos, y de sacarse cosas de la manga… pero es así como tiene que ser. Porque la peli está diseñada para enseñarnos a ver las pelis (y la vida en general) con la inocencia y la apertura de mente de un niño. Por eso mismo, la propia película funciona con las incoherencias, los agujeros y los caprichos de todo buen cuento infantil. Como en un intento de hacernos entender que “si no has conseguido tragarte esto, es que no has captado el mensaje de la peli”.

Todos los actores están soberbios. Mención especial para Paul Giamatti (que no está tan tremendo como en otros films, es decir, que está el doble de tremendo que cualquier otro actor), para Bryce Dallas Howard (que no está tan impresionante como en El Bosque, pero aun así le seguiría rogando que se case conmigo). Los actores secundarios también están todos para hacerles un centenar de reverencias, desde el mítico Bob Balaban, hasta el prometedor Freddy Rodríguez (el prota de Planet Terror, el entrañable Federico, maquillador de cadáveres de A dos metros bajo tierra).

Una de las pocas pegas que le pongo a nivel técnico, es que no me convence demasiado la dirección de fotografía. ¡Y eso que la firma Christopher Doyle, que me conquistó a las órdenes de Wong Kar Wai!

Para compensar, la banda sonora de James Newton Howard es IMPRESIONANTE. Posiblemente de lo mejorcito de su carrera.

CRÓNICAS DE SPIDERWICK (2008)

Director: Mark Waters.

Guionistas: Karey Kirkpatrick y David Berenbaum.


Si fuisteis de los que os perdisteis esta pequeña joya porque llevaba la palabra “crónicas” encabezando el título, cometisteis un error.

Era un error comprensible, si tenemos en cuenta que Narnia no era lo que… ejemm… todos esperábamos de ella…

Y sin embargo, Spiderwick nos sorprende desde el primer minuto, con una realización muy madura, una fotografía cuidadísima, una música oscura y efectista, y una trama plagada de referencias a cuentos y tradiciones populares, movidas esotéricas, y personajes lo suficientemente definidos y sencillos para provocar nuestra empatía.

Porque a nadie le amarga una ración de duendes, trolls, demonios, hadas, ninfas…

Por ponerle una pega, hay que reconocer que el 80% de los diseños de la peli recuerdan sospechosamente a cualquier otra cosa que uno haya visto en el pasado, y la animación CGI canta la traviata, e incluso el Rigoletto. Pero ni con esas consiguen disipar la magia y el encanto de esta peliculita, que destila más amor que un bizcocho recién sacado del horno.


Una vez más, queda claro que los artífices de esta película tienen muy claro que los niños son adultos en potencia, en vez de subnormales vestidos de payaso.

Como madre de los críos de turno, tenemos a Marie Luise Parker (de la que me he vuelto incondicional durante mis incursiones en Weeds) y como ogro malvado, tenemos a Nick Nolte, que no necesita ningún tipo de maquillaje para acojonar e intimidar más que cualquier criatura CGI imaginada o por imaginar.

Alquílenla en el videoclub de la esquina. Les garantizará una tarde gratificante de sábado, siempre que ustedes tengan una edad comprendida entre los 5 y los 95 años.

MR MAGORIUM Y SU TIENDA MÁGICA (2008)

Guión y dirección: Zach Helm

Quizá sea algunos meses posterior a Spiderwick, pero me da igual. Quería terminar la entrada con esta.

Se trata del debut en la dirección de Zach Helm, el guionista de Más extraño que la ficción.

Cuando vi el infecto cartel de esta peli en la plaza del Callao, decidí que la iba a ver su puta madre. Más adelante, sin embargo, cedí a las recomendaciones de mi apreciadísimo Whitethedark, y le di una oportunidad.

¡¡Cielo santo!! ¡Qué preciosidad de película! ¡Nunca hagan caso del cartel de una peli! (de hecho, si todo consistiese en hacer caso a los carteles, yo jamás habría ido a ver mi propia peli…)

Mr Magorium es una peli muy necesaria en el mundo. Es algo así como Roald Dahl, pero sin mala leche ninguna. ¡Todo lo contrario! Hacía tiempo que no veía una peli con tantas toneladas de buen rollo. ¡No me malinterpretéis! Yo soy el mayor amante de la mala leche y el sarcasmo, pero de vez en cuando, uno necesita ver pelis como Magorium. Pelis en las que nadie es malo y que, a pesar de ello, enganchan con más fuerza que un anzuelo en la garganta de un pez.

Dustin Hoffman está adorable. Un primo hermano filantrópico de Willy Wonka. Natalie Portman está menos sexy que otras veces, pero igual de talentosa. Patrick Bateman interpreta tan bien su papel, que estuve todo el rato confundiéndole con Ewan McGregor.

La peli está plagada de conceptazos narrativos y visuales, y la factura técnica es realmente notable. Escenarios espectaculares, coloristas, pero que saben detenerse diez pasos antes de empezar a empalagar, diseños achuchables, realización humilde, y un guión que hace hincapié en temas increíblemente valientes (teniendo en cuenta que estamos en una peli para niños) como la aceptación de la muerte como corolario indispensable de la vida.

Una película lo suficientemente sencilla para gustar a todo el mundo, y lo suficientemente sutil para ofender a nadie.

Y si alguno se ofende, es un hijodeputa. ;)

Y esto es todo por el momento. Seguro que hay muchas más que merecen figurar aquí, y que yo me dejo en el tintero. ¡Menos mal que os tengo a vosotros para recordármelas en los comments!

domingo, 24 de agosto de 2008

TUGURIUM


Vuelvo a estar en Donosti. Es mi último día de vacaciones. Mañana comienza de nuevo eso de levantarse a horas que tienen un sólo dígito.

El viaje hacia el norte se me hizo relativamente corto. Parte de la culpa la tuvo una de las pelis que nos pusieron en el tren: La habitación Fermat. Me pareció entretenidísima, y muy loable. Bien es cierto que tiene (en mi opinión) algunos problemillas, pero (también en mi opinión) los aciertos de la peli tienen muchísimo más peso específico que sus errores.

Lo que no imaginaba yo, mientras veía una peli sobre gente metida en una habitación que se reduce de tamaño cual cabeza de jíbaro, es que yo iba a dormir esta noche en una habitación tan reducida que ni el propio Fermat podría quitarle más centímetros.

Sí, amigos míos. Como aún no tengo piso asignado para la nueva temporada, me he bucado un hostal para pasar esta primera noche. Tuve que elegirlo a toda prisa, a sálvese quien pueda... y como consecuencia, debo estar en el hostal más chungo de toda Donosti.

No voy a escribir aquí el nombre del antro pero, si estimáis en algo vuestros puntos de cordura... ¡¡averiguad cuál es y no vengáis!!

La habitación es un 80% cama y un 20% sordidez. No hay espacio para más. Cada vez que intento abrir la maleta, tengo que hacer malabarismos.

La pared del fondo es un 50% azulejos de cuarto de baño y otro 50% de espejo (pero no un espejo en plan guay, sino uno de esos que parecen decir con su apagado brillo: "yo llevo reflejando miserias humanas desde los años setenta, y en mi superficie, más de una puta barata ha escrito un mensaje de despedida con una barra de labios casi tan barata como ella")

La colcha de la cama es verde decadente, como tejida con "lágrimas de moho". Y no me he atrevido a comprobar qué hay bajo la colcha. Algo me dice que debe haber un inframundo malrollero... algo así como si Fraggle Rock lo dirigiese David Lynch en lugar de Jim Henson.

Como no cabe una mesita de noche entera, han puesto algo así como media mesita de noche, clavada en una esquina.

Si en este cubículo cupiesen una cámara y un trípode, habrían rodado en él veinte películas porno, con chicas de pelo rizado (incluso cardado), toneladas de vello púbico y textura de VHS caducado.



Y el baño... ¿qué decir del cuarto de baño? La habitación en sí tiene el tamaño de una cabina de ducha normal y corriente. Así pues, la cabina de ducha del interior, tiene el tamaño de una dársena para torpedos de submarino ruso (¿por qué ruso? ¡pues porque es cutre!). No hay cerrojo en la puerta, ni papel higiénico en el báter, ni esperanzas de tocar un centímetro cuadrado de azulejo sin pillar una infección.

Los que me conocéis bien sabéis que no soy una persona escrupulosa. Así que, imaginad cómo estará ese baño para que haya preferido irme a cagar al cuarto de baño de un centro comercial. Es el colmo del patetismo.

Imaginadme allí, haciendo mis necesidades en el retrete del centro comercial en cuestión, preguntándome qué demonios hace uno mal en esta vida para que el karma lo destierre a un sitio como ése.

Mientras me aliviaba en el báter del centro comercial, escuchaba una conversación de dos chavales al otro lado de la puerta. Hablaban sobre lo mucho que les "flipaba" el Vaya Semanita. "¿Viste tal sketch?" "¿Viste tal otro?" "A mí hay cosas que no me gustan, pero hay otras que me flipan". "Y el Andoni sale y bla, bla, bla..." "¿Y viste lo del sirimiri moja mogollón, bla, bla, bla..."

Y yo no puedo evitar enorgullecerme al pensar que trabajo en un programa del que se habla bien en las letrinas de los centros comerciales. Es una sensación realmente gratificante. Uno casi le da gracias al cabrón de Dios por haberle deportado a defecar allí.

Luego me metí a ver Venganza, la peli ésa de Liam Neeson con guión de Luc Besson y otro tipo. Me pareció cojonuda. Es como combinar Payback con el Caso Bourne.

Ahora me duele la cabeza, y mañana madrugo, y trabajo y, si Dios quiere, me dirán que tengo piso y que puedo largarme de este maldito tugurium.

viernes, 22 de agosto de 2008

JUNTANDO LOS PEDAZOS



Anteayer. Aeropuerto de Fuerteventura. Mostrador de Spanair. Vuelo Fuerteventura Madrid. Overbooking. Stress.

Ese tedioso control de seguridad, en el que pretenden desangrarte para asegurarte de que no llevas líquidos contigo.

Entro al avión. Cambio mi asiento de la fila 5 (ventanilla) por uno de la fila 24 (pasillo) para que un clon de Isabel Coixet (en versión agradable) pueda ir sentada al lado de su marido. Pienso en cómo el prota de Destino Final cambia el asiento a unas pasajeras en el avión, y en cómo luego eso cambia otra vez un sin fin de cosas cuando el avión se estrella y explota por los aires.

Me digo a mí mismo que los aviones no se estrellan ni explotan en la vida real. Eso sólo sucede en las películas.

Paso el viaje rodeado de niños que gritan, que corren, que patalean en el suelo del avión para provocar ese "clonk y clonk" que nos recuerda a todos cuán endebles son esos pájaros de plástico y latón en los que desafiamos (pagando un dineral) las leyes de Isaac Newton. Niños que zarandean los asientos como si fuesen cocoteros que, desgraciadamente, no tienen ningún coco a punto de caer y chocar, y machacar y fabricar zumo de niños. Niños que eclipsan con sus berridos las voces que unos padres que, por el simple hecho de existir de la forma en que existen, explican a la perfección por qué los niños han salido así.

La azafata está buena.

Las dos chicas de la fila de atrás también están buenísimas. Pero... mierda, todo parece indicar que son lesbianas.

Vaya mierda de vuelo.

Me intento refugiar en el libro que llevo como compañero de viajes. "El amor en los tiempos del cólera", de Gabriel García Márquez. La noche anterior, me había convencido a mí mismo que debía darle una segunda oportunidad a ese libro, que la vez anterior lo mandé a freír espárragos en las primeras cincuenta o sesenta páginas porque yo no era lo suficientemente maduro, porque mi mentalidad giraba a demasiadas revoluciones por segundo para ser un auténtico gourmet de la lectura. Me había convencido a mí mismo de que, si otras creaciones del gran García Márquez me habían gustado, este amor en los tiempos coléricos no podía ser menos. Pero la cruda realidad, amigos míos, es que los vuelos de dos horas y pico no son compatibles con dar segundas oportunidades a libros plomizos.

Finalmente, abandono al doctor Juvenal Urbino mucho antes que la vez anterior. "El amor en los tiempos del cólera" sigue estando muy bien escrito, pero sigue siendo un tostón (o mi mente sigue siendo igual de inmadura que hace años). De un modo u otro, el doctor Urbino tal vez me lo agradezca. Esta vez le he abandonado vivo. La última vez, le dejé muerto.

Mierda de libro. Mierda de sandwich de beicon y pollo. Mierda de vuelo. Mierda de todo.

La voz del piloto chasquea en la megafonía. El aeropuerto de Barajas está congestionado. Aterrizaremos con retraso.

Mierda, mierda, mierda, mierda. Definitivamente, es un mal día. Me he levantado con el pie izquierdo. O, peor todavía: Se ha levantado Dios con el pie izquierdo. O tal vez libraba ese día, y se ha quedado durmiendo la siesta, dejándole el asunto de las pezuñas izquierdas al demonio.

Por fin aterrizamos en Barajas. Encendemos los teléfonos...

... y entonces nos enteramos:

Algunos minutos antes, en ese mismo aeropuerto, un avión de Spanair (similar al nuestro)... que iba rumbo a Canarias (de donde viene el nuestro) se ha estrellado en la pista de despegue de Barajas, y ha ardido, y ha explotado, y más de 150 muertos, y no sé cuántos heridos, muchos de los cuales tal vez prefieran estar igual de muertos, y sirenas, y humo, y familiares que lloran, y familiares que no saben si deben llorar o no, y cienes de tragedias por metro cuadrado de ceniza.

Y entonces toda la mierda anterior parecen cagadas de mosquito. Me siento uno de los hombres más afortunados del planeta. Minutos después, habrá tiempo de pensar en los fallecidos, de condolerses por el dolor de los familiares y las víctimas... pero al principio, aunque suene perverso, aunque suene retorcidamente egoísta, la sensación dominante es la euforia de estar vivo.

Llego a Madrid, y Madrid es una escala en mi viaje hacia Donosti, y aquí, en la capital, dejaré una piel muerta de serpiente. Porque regreso para empezar una nueva etapa en muchos aspectos de mi vida, y eso me hace pensar que, de manera simbólica, una parte de mí sí que viajaba en ese avión siniestrado.

Puede que todos los días, aunque no nos demos cuenta, empezamos de cero. Todos los días morimos, y nos renovamos y, sobre todo, vivimos. Y, ¿quién sabe? puede que todos esos muertos se sintiesen ofendidos si supiesen hasta qué punto olvidamos día a día lo vivísimos que estamos, y la fragilidad que implica estar así de vivo, haciendo equilibrios funambulistas entre un millón de imposibilidades.

Y termino citando una vez más a mi adorado Bradbury:
"Cada mañana, salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo. Luego me paso el resto del día juntando los pedazos."