lunes, 5 de julio de 2010

DANIEL HIGIÉNICO



Con el tiempo se ha convertido en mi segundo cantautor favorito (justo por detrás del dios Sabina)

Hace poco me puse en contacto con él, comunicándole mi deseo de poder pagar en alguna ocasión por el centenar de veces que he escuchado sus discos gratis en internet. Creo que he desgastado sus últimos tres discos, de tanto reproducirlos.

El señor Higiénico, muy amablemente, me informó sobre la manera de pedirlos contra reembolso en SU PÁGINA WEB.

Siempre he tenido experiencias reguleras con eso de las compras por internet, pero creo que se lo debía al señor Higiénico. Así que le pedí dos de los discos: "El hombre del tiempo" y "La rebelión de los niños con problemas emocionales".

Y a pesar del nefasto funcionamiento que suele caracterizar a los servicios de Correos de Fuerteventura, los dos discos han llegado, relativamente pronto, sanos y salvos.

Os dejo aquí los links de Spotify de algunas de mis canciones favoritas de Daniel Higiénico, por si alguien más se engolosina con su música y decide comprarle discos, o asistir a sus conciertos.

UN MINUTO ANTES DE PARTIR:

http://open.spotify.com/track/4lMDjsov3dCOruMSzaiyAv


QUÉ COÑO LE DIGO A MI HIJO:

http://open.spotify.com/track/5jcCVbXRJ7kjR9deZjC8XZ


BRILLA EL BILLAR:


http://open.spotify.com/track/4Xh5NcKLE65fGK9Y4R8FAT


EL LADO GUAY DE MR HYDE:


http://open.spotify.com/track/0FbCEd1XTE2TJVpCiWCahA


VIVIR PRODUCE CÁNCER:


http://open.spotify.com/track/50Ml8YitJLjTsJb4Q3VXpM


LECCIONES DE MODERACIÓN:


http://open.spotify.com/track/3B00IBYHVEDJN5aDNpQwak


"X" EN LA FIESTA:


http://open.spotify.com/track/0e2QJS9Pf6U99Hd0GcA34W


EL HOMBRE DEL TIEMPO:


http://open.spotify.com/track/0eAkQXF4agX9EYIrUhpAMy


COMO NO LLUEVA:


http://open.spotify.com/track/445iqOUqAZBn2URXMD0ZwV


AQUÍ NADIE SERÁ AZUL:


http://open.spotify.com/track/61w8Xz8bFMd6gNYPHZEzoB


SENTIRSE ESPECIAL:


http://open.spotify.com/track/46JiLT3gNhJi2eldVIHDUD


TE REGALO UN BLUES:


http://open.spotify.com/track/1xykNmle6MgkZPfp84wd6B

viernes, 2 de julio de 2010

DESINTEGRÁNDOME

Anuncio que retomo el blog y, acto seguido, me tiro varios días sin actualizar.

A modo de disculpa diré que el cable con el que me conectaba a internet se ha jodido.

Están siendo unos días de cosas que se rompen. El otro día el internet. Hoy el Digital Plus quedándose sin señal mientras intentaba ver Dog Soldiers. Incluso mis zapatillas de andar por casa se acaban de romper.

No puedo evitar pensar que el mundo se está desintegrando a mi alrededor porque yo mismo me estoy desintegrando por dentro.

Tengo la cabeza tan dividida en tantísimos posibles rumbos creativos, tantísimas encrucijadas, tantísimas maneras de malgastar lo poco que me quede dentro...

Al final me paralizo. No escribo. No condimento mi mundo con poesía... Y todo ello me hace perder consistencia, como el George Stark de Stephen King.

Hay un dinosaurio de plástico en uno de los estantes de mi colección... uno solo entre los ciento y pico que tengo... Se mantiene en pie sobre la balda con un equilibrio muy precario. Y cada cierto tiempo se desploma. En cuanto me doy cuenta de ello, vuelvo a poner al bicho en pie. Al hacerlo me siento como Desmond cuando tecleaba el 4815162342. Pienso que si no pudiese agarrarme a esa frágil rutina, mi mundo terminaría de desintegrarse por completo.

El muy cabrón lleva todo el día sin caerse.

No sé qué coño hice distinto la última vez que le puse en pie. No sé qué fórmula mágica descubrí por accidente. Si la conociese de manera consciente, la aplicaría a mi feng-shui interno.

He dejado de trabajar en mi guión, por el momento. Otro proyecto post-puesto. En parte porque amenazaba con crecer, una vez más, hasta convertirse en algo irrealizable. En parte porque se estaba convirtiendo en algo demasiado "serio" para lo que me viene pidiendo el cuerpo últimamente.

No sé qué pasará mañana. Quizá retome el guión. Quizá escriba otro relato. Quizá se me ocurra un guión nuevo. Otra sopa de piedra que también parezca asequible a simple vista. Tal vez no haga nada de nada, y me quede mirando el techo. Hipnotizado por el giro de un ventilador que ni siquiera existe.

lunes, 28 de junio de 2010

RESETEO, ACTUALIZO, VUELVO A LAS ANDADAS

Tengo esto tan abandonado que probablemente nadie se entere de mi regreso.

Últimamente he dejado caer por aquí algún vídeo, algún relato... pero nada que anuncie de manera oficial que retomo el asunto.

Soy como ese fugitivo de la Justicia que, tras un par de semanas en paradero desconocido, regresa a su antigua vivienda para recoger un par de cosas sin que nadie se dé cuenta. Tras tanto tiempo de ausencia los polis que vigilan frente a la puerta principal se han aletargado. Se dedian a comer donuts en el coche patrulla y a chuparse las pollas mientras yo entro de puntillas a recuperar el reloj de Butch.

Quizá sea mejor así. Una comunicación más íntima entre los pocos que quedéis por aquí y un servidor. (esto último es mentira, porque probablemente, en cuanto cuelgue esta entrada, avisaré de ello en el Facebook, para que todo el mundo sepa que he actualizado)

¿Qué hay de nuevo en mi vida? Pues muchísimo o poquísimo, según lo mucho o poco que hayáis estado en contacto conmigo durante este último mes.

He dejado Vaya Semanita. Los dos años y medio que he alquilado mis neuronas a ese programa han sido una experiencia desgastadora, pero maravillosa.

Me llevo de esas tierras norteñas decenas de recuerdos de ésos que, debido a su intensidad y su relevancia, merecerían aparecer en una biografía. Me llevo también la sensación de haber hecho allí amigos de los que se escriben con mayúsculas. Me llevo todo un diccionario de guiños cómplices y enfoques humorísticos de ésos que no pueden entenderse fuera de la burbuja de compenetración de cierto equipo; de ésos que si cayesen en manos de cualquier juez mínimamente sensato, nos harían ingresar a todos en la cárcel por la puerta grande.

Me hace sentir raro eso de experimentar cariño hacia un ex-trabajo remunerado. Pero una parte de mí todavía está allí, haciéndome sentir algo similar al síndrome del miembro amputado. Hace ya casi un mes que no trabajo en Semanita y a pesar de ello cada vez que veo a Patxi López diciendo algo en las noticias, una parte de mí salta instintivamente, pensando en cómo enfocar ese regalito (¡¡ayer hizo unas declaraciones en la tele y llamó a Euskadi "País Vasco"!! ¡¡eso habría sido un jugoso tentempié hace un mes!! Veo un partido de la Selección Española y cuando sacan al roji-blanco Javi Martínez descubro que una parte de mi corazón se ha quedado en Euskadi y en sus leones del Athletic. Me comentan tal cosa sobre tal tema de actualidad e intento reprimirme para no decir: "¡Pues sobre eso hicimos un sketch en el que bla, bla, bla!" y como normalmente no logro reprimirlo, acabo diciéndolo y dando la brasa a quienes tengo cerca.

Pero por mucha nostalgia que me produzca Semanita, miro hacia el futuro con ilusión, porque mi motivo para dejar el programa es un motivo de peso:

¡MADRID!

Necesito vivir en la capital del reino. Un elevadísimo porcentaje de mis vísceras está en esa ciudad. Madrid. "Donde confluyen todos los caminos", que diría Sabina. Y razón no le falta, porque incluso la mayoría de la gente que he conocido fuera de las fronteras de esa ciudad, acaba residiendo en ella por entrañables caprichos del Destino, o por pura, dura y afilada lógica.

Soy consciente de hasta qué punto lo que he hecho roza la locura. Mi actitud es una actitud kamikaze. He dejado un trabajo interesante en "el peor momento", en plena crisis. Sin tener una red bajo el trapecio. Todo motivado por un impulso irracional; por una necesidad irreprimible de volverle a hacer el amor a una ciudad.

Supongo que lo prudente habría sido mantenerme en i anterior trabajo mientras buscaba otras alternativas. Largarme sólo cuando tuviese asegurada la red bajo el trapecio. Pero yo no sé maniobrar de esa manera. No he sido programado para eso. Estoy tarado en ese sentido. Defectuoso.

A pesar de ello soy optimista. Irracionalmente optimista.

Creo que los impulsos más irracionales están motivados por designios de una parte de nosotros, visceral, inconsciente... Una parte que suele ser bastante más sabia que el resto de lo que somos.

De momento no me agobio con lo de buscar otro trabajo, porque he decidido tomarme estos dos meses de verano (en los que se paraliza casi todo) para disfrutar de unas más que necesarias vacaciones)

El problema es que mi cabeza tampoco fue programada para disfrutar de las vacaciones al 100%. Tyrell Corporation no me configuró para aceptar que "x" semanas o "x" meses puedan estar destinados a algo que no sea productivo.

Por eso he regresado a mi isla con la intención de dedicar estos dos meses a la escritura de proyectos personales.

No deja de ser curioso que entré en Vaya Semanita poco después de escribir mi último guión de largometraje que ha sido rodado y que el mes que viene, justo el mes siguiente a dejar el programa, el resultado de se guión salga a la venta.

Y ahora tengo un proyecto entre manos. Algo que incluso me gustaría convertir en mi segunda (o tercera, si somos realistas) película como director. Un guión de largometraje que conseguí escribir en mi último mes "semanitero" sacrificando un par de pares de fines de semana. Así que me he venido a la isla con una primera, titubeante y chapucera versión que (a pesar de todo) me satisface bastante como germen.

Aunque se trata, al mismo tiempo, de un proyecto que probablemente tendré que post-poner. Porque a pesar de haber intentado escribir algo baratito, la cosa se me ha salido de madre y se a convertido en algo demasiado difícil de mover para los tiempos que corren.

Mi reacción inmediata ha sido buscar otra premisa. Algo que también me motive, pero se pueda hacer con menos medios, o con medios más fáciles de conseguir dadas mis circunstancias personales. He encontrado una premisa que me parece adecuada en ese sentido, pero todo parece indicar que mi hambre de "complicaciones" acabará convirtiéndolo en otro proyecto inasequible para simples mortales como yo y para los cómplices que tengo cerca (a los que, dicho sea de paso, ni siquiera sé cómo motivar en estos tiempos oscuros)

La nueva premisa que estoy barajando amenaza con no incluir monstruos ni ninjas, ni zombies, ni robots, ni dinosaurios.

Se me antoja como una premisa jugosa. Pero es la clase de guión que escribiría alguien que ha madurado. Y no estoy muy seguro de que me apetezca "madurar". Cuando una fruta madura demasiado, acaba pudriéndose. Últimamente me siento rodeado por un montón de fruteros podridos, y no me gusta el olor.

Me despido con un par de fotos de mi colección de dinosaurios, distribuidos entre los cinco estantes que de momento ocupan. Intento no discriminarles ni disociarles. En cada uno de los estantes comparten estantes piezas elaboradísimas y caras con piezas entrañables, baratas, compradas en los chinos y rebosantes de personalidad.

Podría haber recolocado a los dinosaurios para que saliesen mejor compuestos desde la perspectiva en que ha sido tomada la foto. Podría haber enchufado alguna fuente suplementaria de luz. Podría haber conseguido un photoshop para reencuadrar las imágenes.

Pero en ese caso no sería cutre, y no sería este blog.



jueves, 24 de junio de 2010

¡¡¡LA FAMILIA AL COMPLETO!!!

Por fin tengo a todos mis niños juntos aquí, en Fuerteventura, en mi "reino junto al mar".

Ahora me toca recolocarlos en las estanterías, pero antes de ello comparto con vosotros este vídeo (cutre y desenfocado, como siempre) de la familia al completo.





¡Ahora toca seguir aumentando la colección!

martes, 22 de junio de 2010

LOS ENCARGOS DEL SEÑOR TERRANOVA

Bram era guionista. Y los guionistas son gente rara que encuentra inspiración en sitios raros. En el caso de Bram, no obstante, esa rareza alcanzaba cotas enfermizas.

Desde hacía varios meses sólo existía un lugar en el que a Bram se le ocurrían ideas verdaderamente buenas.

La consulta del dentista.

Por alguna retorcida, inexplicable razón sólo lograba ordeñar a sus musas mientras le anestesiaban la boca. Mientras le taladraban los dientes. Mientras olía el chamuscar de sus propias terminaciones nerviosas.

No era la primera vez que Creación y Sufrimiento pactaban un matrimonio de conveniencia por el bien del bebé. Pero a Bram le preocupaba notar cómo la Odontología se transformaba, poco a poco, en solución de sus problemas creativos. La cosa llegó a un punto en que parecía imposible disociar ambas realidades.

Si no encontraba el final adecuado para su capítulo de teleserie, se acordaba de aquella muela que llevaba dos meses sin dolerle, pero que igual necesitaba un empaste. Si experimentaba un bloqueo escribiendo su película, se consolaba comiendo gominolas, caramelos, trozos de carne con huesos traicioneros; cualquier cosa capaz de dañar un diente a largo o corto plazo.

Al principio esa clase de conductas eran inconscientes; una relación entre el punto A y el punto B que sólo se establecía en los sótanos del cerebro de Bram. Hicieron falta meses para que el guionista asumiese su adicción. Se descubrió visitando a su dentista todas las semanas, su cuenta bancaria menguaba dentellada a dentellada. Y tenía la boca tachonada con más metal del que podía ser sano. Suficiente metal para hacer cantar ópera al control de seguridad de un aeropuerto.

Había que hacer algo al respecto.

Así, del mismo modo en que el alcohólico se aleja de la botella, Bram decidió no volver a pisar la consulta.

Intentó emular en su despacho el ambiente de aquella clínica dental. Quiso reproducir cada ingrediente con métodos caseros. El olor a desinfectante. El sillón que le ponía a uno bocabajo haciendo peregrinar a la sangre desde los pies a la cabeza. La lámpara de cuello de jirafa asomándose como un robot por detrás de cierto hombro, escudriñando, deslumbrando. La misma emisora de radio que solía sintonizar la enfermera durante las intervenciones.

No funcionaba.

Y Bram había olvidado cómo mover sus alas sin expertos trabajándole la boca.

No es que ello le impidiese ganarse la vida. Un guionista puede ganarse la vida perfectamente sin necesidad de recurrir a algo tan etéreo como la inspiración. Si no se lo creen, hagan zapping.

Pero una cosa es “ganarse la vida” y otra muy distinta es descubrir ese alimento espiritual que la convierte en algo digno de vivirse. Alimento que Bram no conseguía encontrar en esa mecánica rutina, en esos trabajos por encargo para el canal de televisión “Nosécuántos” o como asalariado de la productora de “Noséquién”.

Bram era un alma hambrienta de poesía. Poesía que surgía en su escaso tiempo libre, cuando podía permitirse el lujo de escribir sus propias cosas.

Y ésas eran las cosas que se negaban a brotar en sus entrañas desde que dejó de visitar a su dentista.

Pensó en psicólogos. Desechó la idea. Ya había invertido demasiados euros persiguiendo soluciones médicas. Pero una cosa estaba clara: El error había sido buscarle al problema una solución externa. El buen camino estaría, pues, en una reconfiguración de su paisaje interior.

Bram se examinó por dentro. Descubrió que le resultaba muy sencillo rendir cuando escribía por encargo, pero era incapaz de juntar más de dos palabras en una creación propia. ¿Por qué? Aquella pregunta parecía apuntar directamente hacia la raíz del asunto.

Cuando un guionista se dedica a trabajar por encargo pierde capacidad de iniciativa propia. Se convierte en un perro amaestrado, una herramienta al servicio de personas con más poder que él.

“Estoy tan acostumbrado a obedecer a otros que he olvidado cómo darme órdenes a mí mismo”.

En cuanto Bram cobró conciencia de ello, la idea llegó sola.

¿Y si creaba a un cliente en su cabeza? Un hombre imaginario que le pidiese cosas. Un malabarismo simbólico para que las ideas del propio Bram pareciesen encargos de alguna otra persona.

Así nació el señor Terranova.

Bram eligió el nombre inspirándose en un viejo juguete de la infancia. De esa manera pretendía recobrar un ápice de la ilusión perdida tras tantos años de profesionalidad mal enfocada.

Pero ésa fue la única concesión infantil que se permitió el guionista. A pesar de su nombre de juguete, el señor Terranova era un tipo serio. Un señor importante que encargaba cosas importantes. Bram lo imaginó con traje azul marino inmune a las arrugas, corbata adherida a la garganta como una sanguilueja, pelo disciplinado, monocorde, sin traicionar la voluntad del peine. Olería a loción de afeitar y llevaría maletín. Los tipos importantes llevaban maletines.

En los días que siguieron, Bram se imaginó decenas de reuniones con el señor Terranova. Visualizaba a su propia creación entrando en el despacho, dejando el maletín sobre la mesa y formulando sus demandas como quien asigna misiones a un agente secreto.

- Queremos una película de intriga. Alguien está matando a los ciudadanos en el orden en que aparecen en la guía telefónica. El nombre del protagonista empieza por Z. Figura el último en la guía.

Cosas así.

Eran las ideas de Bram, pero en la boca del señor Terranova parecían más convincentes, más fiables. Y el guionista obedecía, escribiendo con una determinación que nunca se habría concedido a sí mismo; moviendo los proyectos con una confianza que abría toda puerta de toda productora. A golpe de ariete.

En menos de un trimestre Bram vendió dos largometrajes, cuatro series, un formato de concurso televisivo. Todo ello concebido en sus reuniones ficticias con el señor Terranova.

Existe una pregunta a la que normalmente ningún guionista es capaz de dar respuesta. Y es probablemente la pregunta que más se formula a los integrantes de ese gremio: “¿De dónde sacas las ideas?” Bram era el único que disponía de respuesta, pero se la callaba para evitar la suite de paredes acolchadas.

Ahora bien, con cada éxito profesional, las cosas se complicaban en el mundo interior de Bram. El señor Terranova se materializaba en su despacho con una mirada cada vez más inhumana, más opaca. Y le encargaba proyectos cada vez más extraños.

- Un señor que caga langostas. Enteras. Aún vivas. Las pinzas le pellizcan los muslos. Se gana la vida limpiándolas, vendiéndolas. Pero para que broten langostas de su culo, tiene que comer mujeres, o tal vez menstruaciones. Haz algo con eso.

- ¡¿Cómo voy a escribir algo así?! – replicaba Bram -. ¡Es enfermizo! ¡Me lo arrojarán a la cara!

- Va a ser un éxito – aseguraba el señor Terranova, parpadeando con aquellos ojos negros que parecían agujeros -. Confía en mí. Hasta ahora me has hecho caso, y he acertado.

Bram confiaba. Escribía lo que el señor Terranova le dictaba. Y funcionaba. Siempre funcionaba. El público se tragaba su mierda con avidez, no importaba lo absurda o retorcida que fuese.

Los euros llovían en la cuenta corriente de Bram. Los peces más gordos del sector audiovisual se peleaban por comprar sus guiones. A simple vista había que ser muy desagradecido para no estar contento. Por eso Bram no conseguía explicar la desazón que le aguijoneaba desde dentro.

A pesar de sus éxitos, estaba igual que al principio. No escribía las cosas que quería, no trataba los temas que de verdad le motivaban. Todas las decisiones creativas corrían a cargo del señor Terranova, y éste había resultado ser el peor de los clientes. El más perverso. El más autoritario e inflexible.

En todo ello pensaba Bram durante cierto trayecto de metro. Atravesaba un pasillo interminable para cambiar de andén y de repente, por algún motivo, todas sus preocupaciones se le antojaron más pesadas que nunca. Irresolubles. Sintió, con una preocupante intensidad, la tentación de tirar la toalla, de abandonarlo todo. Brotaron en su mente como alternativas fáciles el puenting sin cuerda, la sobredosis de somníferos, la cuchilla indagando entre sus venas.

Tardó algunos segundos en descubrir que todo su derrotismo estaba siendo potenciado por un factor externo.

Una melodía.

Salía del agujero de una flauta. El flautista en cuestión era uno de esos chavales de veintipocos años que tocan en la calle para ganarse unos dineros extras. Pero la música que arrancaba del vientre de la flauta no era precisamente el último éxito de los cuarenta principales, ni la canción bailable de las verbenas de los pueblos.

Las notas sonaban enfermas, inconexas. Parecían pesar en el aire. Bram se fijó en los demás transeúntes. Todos mostraban síntomas de depresión transitoria cuando pasaban junto al músico. Caminaban sin demasiadas fuerzas, como si llevasen los abrigos empapados en lágrimas.

“Esta música deberían prohibirla. Debería ser exterminada de la faz de la tierra. Y olvidada.”

El señor Terranova, al parecer, no opinaba igual. Aquella noche se presentó en el despacho de Bram, posó su maletín sobre la mesa y:

- Hay un flautista que suele tocar en la línea 2 del metro – dijo -. Queremos que escuches cómo suena. Hay una peli ahí. Esa melodía podría ser el tema principal de la banda sonora.

- ¡¡No!!

- La música sería la protagonista de la historia. Esa flauta hipnotizaría a los niños, y los niños se cargarían a sus padres, para intentar no haber nacido.

- ¡¡No!! ¡¡Eso es atroz!! ¡¡Me niego!!

- ¡No puedes negarte! – los ojos del señor Terranova eran cada vez más negros en su imaginación. Impenetrables. Fríos -. ¡Sabes que sin mis ideas no eres nadie!

- ¡Eso es mentira! – no lo era - ¡Puedo escribir sin tu ayuda! ¡Me irá mejor! ¡Le irá mejor al mundo entero!

Pero a pesar de todo, Bram obedecía. Ya no tenía ni las fuerzas ni el hábito necesarios para pensar por cuenta propia.

Cada golpecito en el teclado de Bram convertía el mundo en un lugar peor.

Le peli del flautista reventó las taquillas. El veinteañero del metro conoció la fama. Llenó estadios enteros con sus conciertos. El público perdía la alegría de vivir cuando escuchaba los ritmos que imponía aquella flauta, pero todos eran adictos a ella. El índice de suicidios aumentó en todo el país. De manera alarmante. Y gran parte de la culpa era de Bram y su incapacidad para llevarle la contraria a un cliente que ni siquiera existía.

Y la maldita peli de la flauta no era un caso aislado. Pronto se dio cuenta Bram de que todos sus éxitos recientes habían contribuido a dañar la Sociedad de una manera u otra.

Series que promovían valores destinados a emborronar el mapa moral de los adolescentes y los niños; películas que catapultaban a la fama a cierta actriz, convirtiéndola en líder de opinión, estableciendo un ideal femenino que dinamitaba todo lo que se había logrado en los últimos dos siglos; concursos que promovían el odio entre maridos y mujeres, entre perros y amos; narraciones tan simples, tan directas, que atrofiaban los intelectos edulcorándolos con la perversa droga de lo fácil.

Invocar al señor Terranova no había sido buena idea, y un retazo del inconsciente de Bram decidió refugiarse en las alternativas del pasado.

“Esa muela del fondo... Creo que comienza a molestarme... Cuando menos lo espere podría empezar a doler... Tal vez debería ir al dentista...”

Apagó el ordenador. Salió de casa. El señor Terranova podía esperar. El señor Terranova podía irse al carajo. Su muela era más importante. Su bendita y atrofiada muela.

Si hubiese llamado para pedir cita se habría ahorrado el viaje. La clínica dental había desaparecido. Sólo quedaban en la fachada una puerta cerrada, algunos tablones de madera torcidos intentando taponarla, unos cristales que cultivaban tierra, unos carteles desgastados por el sol.

- No... – suspiró Bram - ¡No! ¡Necesito arreglar mi muela!

Se negó a volver a casa. Sabía que allí le estaría esperando el señor Terranova. En el despacho. Con su maletín plantado en la mesa. Burlándose de la derrota de Bram con su sonrisa cruel, con sus ojos negros como tubos de aspiradoras. Proponiéndole alguna idea abyecta que él no tendría más remedio que escribir.

Probó con otro dentista, pero faltaba algo. Las ideas no querían ser tenidas. Faltaba algo... Sabía reparar las muelas, pero no sabía despertar las musas. Bram necesitaba su clínica dental. La de antes. La de siempre.

Resetear su vida. Regresar al punto en que el señor Terranova no le visitaba ni existía ni le era necesario.

Recurrió a internet. Quizá su clínica dental se había trasladado a otro local. En ese caso, la red le informaría. Averiguaría la nueva ubicación, les reencontraría. Resetear... reseterar...

Resetear...

Tecleó el nombre de la clínica.

Click de ratón. Buscar.

Encontró una noticia. No tenía buena pinta.

Click.

No se habían trasladado. Habían cerrado. Una multa millonaria los había arruinado. No cumplían los requisitos legales. ¿Por qué? Bram siguió investigando.

Click.

Algo relacionado con los empastes. Los hacían utilizando un metal no homologado. Un metal de propiedades desconocidas. Bram sintió un estremecimiento. Se llevó la mano a la boca. Instintivamente. ¿Qué clase de metal?

Click.

Un yacimiento de Tanzania. Porque el metal era barato. Porque la excavación era barata. Porque el agujero ya estaba casi hecho. Un cráter. Redondo. Perfecto. Huella de algo que alguna vez chocó contra la Tierra.

Click.

Bram amplió las fotos de la web. Mostraban el cráter (click), el yacimiento (click), los africanos picando en la cantera, profanando aquel metal tan negro que desafiaba a la mismísima existencia.

Y el guionista detectó algo escalofriantemente familiar en aquella negrura. Exactamente la misma negrura que coronaba todos sus empastes. La negrura que (click) si uno ampliaba ciertas fotos (click), podía encontrar también en los empastes de aquel flautista del metro o (click) en las bocas de los actores y actrices que protagonizaban la mitad de sus guiones. Todos ellos tenían en común una clínica dental, y una negrura...

... la negrura de los ojos del señor Terranova.



Fuerteventura.
22 de junio de 2010

martes, 27 de abril de 2010

ENTREVISTA "ONE UPON A TIME"



Hace más de dos años me hicieron una entrevista para Reviste Fantastique.

No se publicó en su día, y me olvidé del tema.

Por mágicos malabarismos del Destino resulta que esa entrevista se publica ahora:


http://www.revistafantastique.com/revista.php?articulo=379---Gritos-en-el-pasillo:-Entrevista-al-director-Juanjo-Ram%EDrez


Esto de que el Juanjo de ahora lea las respuestas del Juanjo de entonces con un par de años de retraso tiene un puntillo surrealista. Un "ye ne se cuá" de máquina del tiempo.

Supongo que hoy día respondería de manera distinta a muchas cosas.

Sí me gustaría mencionar aquí a los que (inexplicablemente) no se les menciona en esa entrevista del pasado: HD STUDIO ONLINE. La empresa de post-producción de imagen gracias a la cuál Gritos es una realidad hoy en día.

Pero no nos detengamos en el pasado. ¡¡Vayamos a por la siguiente!!

domingo, 25 de abril de 2010

MIS ÚLTIMOS DINOSAURIOS DE PLÁSTICO

Llevo siglos sin fotografiar mis adquisiciones para la colección de dinosaurios de plástico.

Las razones son muy sencillas:

1- Mi cámara de fotos es una cutre herramienta de guiri, no demasiado agradecida a la hora de retratar cosas pequeñas con bajas condiciones de luz sin que el flash y el foco dejen de dar por saco.

2- Vivo en una ciudad muy poco luminosa, constantemente barnizada por una melancólica y deprimente pátina de nubosidad y lluvia.

3- Soy demasiado perezoso para intentar fotografiar algo utilizando fuentes suplementarias de luz más complejas que el astro rey o las bombillas del techo (incluso arrimar un flexo se me antoja una aventura innecesaria)

¿Que por qué alguien que ha dirigido una peli protagonizada por personajes de tres centímetros de longitud no se las arregla para retratar en condiciones a sus dinosaurios de plástico? Pues porque en aquella peli tenía a un talentoso Alby Ojeda dirigiendo la fotografía, una Canon XL1 y unos focos de verbena de segunda manos de 500 e incluso mil vatios.

A pesar de todo eso, hoy hace un día tan apacible y luminoso en Donosti que me he animado a fotografiar mis últimos hallazgos en el mundo de los saurios de plástico. El resultado es tan cutre y lamentable como las veces anteriores. Las buenas condiciones de luz resultaron ser un espejismo.

A pesar de ello, aquí os dejo mis tres últimos hijos adoptivos.

A) La adquisición más "pulp", directamente importada del bazar chino de al lado de casa, es este estiracosaurio de ojos azules que una vez más (¡¡oh, exquisita creatividad!!) tiene unos dientes que podrían pertenecer a un caimán.



Los otros dos los compré a la vez. Se trata de un impulso consumista que me ayudó a olvidar mi trauma con el Alicia de Tim Burton:

B) Este fantástico e hiperdetallista estegosaurio que, por primera o segunda vez en la historia de los estegosaurios de plástico, no tiene cara de gilipollas (a pesar de que se sabe que este bicho tenía un cerebro del tamaño de una nuez)



(tendréis que confiar en mi palabra, ya que en la foto no se aprecia bien su cara)

C) Mi favorito. Uno de los mejores velocirraptores que tengo en mi colección, si no el mejor. Además, como me prometió el dependiente de la tienda, tiene una mandíbula móvil que te permite retratarlo con la boca abierta:



Y con la boca cerrada:



En otro orden de dino-cosas: Voy retomando poco a poco los dibujosaurios. Si lleváis más de dos semanas sin parar por ellí, encontraréis un par de dibujos nuevos.