jueves, 14 de junio de 2012

LA LEY DE LA ESPONJA


Hoy toca otro de esos posts que dicen obviedades con el tono de quien finge estar descubriendo la piedra filosofal. Pero por lo de siempre: De repente empiezo a ver pelis consagradas y constato que las cosas más obvias son las que menos se tienen en cuenta. Yo el primero.

Eso sí: Para compensar tanta obviedad, voy a intentar ¡ESCRIBIR UN POST CORTO! ¿Lo conseguiré?

Muchas veces vemos una peli, o una serie, o un cortometraje y nos quejamos porque la gente que nos cuenta esa historia no nos ha explicado ciertas cosas necesarias para entender lo que ocurre, o para justificarlo. Entonces vuelves a ver la obra en cuestión (o te informas sobre ella) y descubres que sí que te lo habían explicado todo, pero tú no lo habías captado.

De repente te sientes muy tonto por no haberte dado cuenta de esto o de aquello.

Pero no: En la mayoría de los casos los tontos - o vagos, o chapuceros - son ellos: Los que os están intentando contar esa historia.

Muchas veces, cuando escribimos, dirigimos o editamos obras audiovisuales perdemos la perspectiva. Vivimos el proceso desde demasiado cerca y disponemos de mucha información privilegiada que un espectador virgen no posee, porque es información que manejamos para elaborar la trama, pero que no se expone en el resultado final.

Y en ocasiones nos falla la empatía.

Repasamos la trama y comprobamos que - objetivamente - hemos puesto ahí todos los elementos necesarios para entender qué está pasando.

Cosas tipo: "Queda claro que la chica ha estado en esta casa porque se ve su abrigo en el perchero." "¿Que cómo ha entrado el prota en esa mansión? ¿¡No viste cómo cogió las llaves en el restaurante!?" "En la primera secuencia todos los personajes han dicho su nombre, así que ya nadie se va a perder cuando hablemos de ellos."

Sí. La información está ahí, pero en muchas ocasiones, ya sea por culpa de los guionistas, los realizadores o los montadores esa información carece del énfasis necesario para ser asimilada por el espectador.

A mí me gusta llamarlo "la ley de la esponja", porque las esponjas pueden asimilar cierta cantidad de líquido, pero si intentas darle más líquido del que puede asumir, la esponja se satura.

Así que, a menos que queramos contar historias destinadas a generaciones futuras de seres evolucionadísimos con un cociente intelectual de 400, capaces de procesar toda la información como el robot de Cortocircuito, creo que deberíamos intenta aplicar la "ley de la esponja": Asegurarnos de que la información, además de estar expuesta, esté en condiciones de ser fácilmente asimilable.

Si mostramos algo importante, debe permanecer en plano el tiempo suficiente,

y usando un tipo de realización adecuada - que los artificios y exuberancias del propio plano no nos distraigan de lo esencial -

y deberemos asegurarnos de suministrar las informaciones con un ritmo adecuado, sin apabullar, sin saturar la capacidad de asimilación de cualquier mente estándar con una orgía de datos.

Porque de vez en cuando la esponja no puede absorber más, y hay que esperar a que el público la estruje un poco para sacarle el jugo.

domingo, 10 de junio de 2012

REBECA Y OCHO ARAÑAS: UN CUENTO RECICLADO


¡Sí! ¡Ya sé que he reciclado dos post del pasado en menos de una semana! Al igual que en el reciclaje anterior, el motivo de ello es que estoy revisando/retocando ciertas obras que escribí hace años, y eso me invita a reflexionar sobre las cosas que me inquietaban en aquella época.

Me doy cuenta de que a veces, cuando escribo en prosa, me obsesiono con la musicalidad de las frases de una manera enfermiza. En ocasiones incluso me siento como si estuviese escribiendo poemas (aunque no distribuya la información en versos). Me he llegado a sorprender a mí mismo intentando que dos frases rimasen entre sí, a pesar de que lo que estaba escribiendo fuera PROSA.

Pensar en todo esto me ha hecho recordar un cuento que escribí hace años. Lo concebí con una musicalidad de verso, pero por alguna estúpida razón me empeñé en publicarlo en formato prosa, sin separaciones, para que cada uno pudiese elegir el ritmo que desease. Creo que fue un error. Al final el cuentecillo resultaba bastante raro de leer y de entender.

Por eso se me ha ocurrido hacer el experimento de volver a publicarlo aquí, pero añadiendo esos necesarios "puntos y aparte" que marcan la diferencia entre una prosa extraña y unos versos sencillos:


REBECA Y OCHO ARAÑAS

Rebeca era la número tres de tres trillizas.

Había una tradición en la familia:
Cuando las niñas celebraban
su octavo cumpleaños,
sus padrinos les hacían un regalo,
no un regalo cualquiera,
sino el indiscutible rey de los regalos,
regalo envuelto
por el papel inescrutable del Destino,
ese papel que siempre empieza en blanco...
y que se escribe solo, poco a poco...

Un regalo que marcase el rumbo
de sus vidas,
irremediablemente, para siempre...

El padrino de la primera hermana
era el hermano rico de mamá,
y su regalo fue un collar de oro,
y así creció la niña,
en una crisálida bordada
por gusanos de seda,
todo esplendor, y lujo, y oro, y joyas...

La segunda trilliza
tenía por padrino a un erudito.
Su regalo fue un libro de mil páginas,
con ocho mil secretos cada una.
Y así creció la niña, iluminada,
envuelta en esa luz tan cegadora
que alumbra los senderos de los sabios.
Con las manos posadas en las riendas
de las fuerzas que gobiernan a los dioses.

Pero el padrino de Rebeca no era rico,
ni sabio... ni siquiera cariñoso.
Era un vaso de hiel. Era miseria.
Era tan agrio, henchido de derrota...
que no pudo ofrecer a la pequeña
ningún sendero recto: sólo aquéllos
trazados de manera sinuosa
por el negro pincel del infortunio.

Rebeca vio acercarse a su padrino
envuelto en su siniestro abrigo negro
fabricado con alas de murciélago.
No había amor en él. En sus pupilas
sólo brillaban lágrimas de whisky.

No puso en las mejillas de Rebeca
el beso acostumbrado.
Simplemente
extendió sus dos brazos, y había en ellos
una cajita envuelta en papel áspero.

"Toma niña", le dijo con voz cínica.
"No puedo darte más. Esta cajita
es todo lo que tengo."

Cuando el padrino abandonó la fiesta
con su andar encorvado y taciturno
Rebeca abrió la caja, y dentro de ella,
tan sólo vio...

... ¡ocho arañas!

Ocho bichos horribles, pululando
con sus ocho patitas por aquellas
tinieblas de cartón, tan claustrofóbicas.

Las mujeres gritaron y, crueles,
los otros niños se burlaron de ella.
Y todos de la niña se alejaron.

Tal fue el triste regalo de Rebeca:
El don que marcaría su destino.
Ocho animales negros, venenosos
que no inspiraban el amor de nadie.

Pero si algo le sobraba a aquella niña
hasta el punto de no caberle dentro
aquel algo era amor... Por eso mismo
fue incapaz de matar a las arañas
y las apadrinó, y creció con ellas
y, como ellas,
extraña, inadaptada...
arrinconada en un rincón sombrío...

No tuvo amigos. Los niños la rehuían.
Nadie quiere sentarse junto a niñas
que almacenan mascotas imposibles.

Los chicos no le hicieron mucho caso.
A todos les dan asco las arañas.
Suelen ser más molestas que románticas
y no dan buena imagen en las fiestas.

Cuando una chica crece rodeada
de seres venenosos,
se acostumbra muy rápido al veneno.
Se vuelve adicta a él. Lo busca en todo.
En la comida, el humo, la bebida.
Se intoxica la mente, el organismo,
el torturado corazón, el alma...

Y así acabó Rebeca. Envenenada.
Y también viceversa: venenosa.
Y aunque existen venenos deliciosos,
la gente tiene miedo de probarlos,
y el miedo se convierte en un rechazo q
ue se clava, implacable, en las entrañas
como la hoja de un puñal de hielo.

Las arañas, ¡las fúnebres arañas!
hicieron infeliz a nuestra amiga.
La guiaron por sendas escabrosas
hacia la soledad, el desempleo,
el desamor, la incomprensión, la angustia,
la oscuridad de no encontrar caminos
que no terminen en paredes negras...

Y cierto día Rebeca, ya sin fuerzas
para seguir luchando por las cosas
maldijo a las arañas, ¡las maldijo!
por haberle amargado la existencia,
y las soltó en la calle,
renegando de ellas,
para siempre.
Y subió a aquel edificio, lentamente...
y llegó a la azotea... y una brisa
alborotó sus pelos venenosos...
y le enredó la falda entre las piernas...
y se dejó caer como una fruta...
en dirección prohibida hacia el asfalto
que aguardaba ocho pisos más abajo.

Entonces sintió el miedo, el desarraigo,
el vacío, peor que el de la vida,
de quien se va a apagar en un instante.
Y quiso despertar, huir de aquel vértigo,
desandar metro a metro, piso a piso,
aquel camino recto hacia la muerte,
hacia los huesos rotos, y la sangre
esparcida por pasos de peatones.
Pero era tarde ya: El inconmovible
asfalto la aguardaba
con su definitivo martillazo...

... que no llegó a llegar.

Porque un abrazo
de algo liviano como luz de luna
frenó a medio camino la caída.
Una red... como aquéllas que en el circo...
le salvaban la vida al trapecista.
Pero más pegajosa, más flexible...
¡No era una red! ¡Era una telaraña!

A pocos metros del dolor del suelo
la muchacha flotó en aquel regalo
que le habían tejido sus mascotas.

El corazón de la mujer suicida
redoblaba con tanto hambre de vida
que se quería merendar el mundo.

Rebeca abrió los ojos, deseando
intentarlo una vez más.

Tendió una mano al cielo,
esperando
que alguien la ayudara a incorporarse
y a luchar de nuevo.

Sesenta y cuatro patas la ayudaron.


Madrid. 18 de octubre de 2006

viernes, 8 de junio de 2012

EL TEMPLO DE PAPEL DE LOS EXCESOS


Llevo un par de días corrigiendo el estilo de dos novelitas que escribí hace un tiempo: "La mierda" y "La emperatriz de los insectos". Quiero hacer algo con ellas.

Como ya he comentado en otras ocasiones, se trata de dos novelas excesivas, ofensivas y enfermizamente retorcidas. En muchísimos sentidos. Recuerdo que un amigo director, tras leer una de ellas, me dijo: "Me encantaría hacer una peli basada en esto, pero no tendría cojones para hacerlo."

Detrás una frase como ésa se esconde un tema realmente interesante:

¿Por qué podemos tolerar ciertos excesos en un libro pero no podemos tolerarlos en una pantalla?

Yo creo que la respuesta es obvia: Lo audiovisual nos ataca de una manera más agresiva. Somos seres pasivos cuando lo consumimos. Las imágenes saltan a nuestros ojos sin pedirnos permiso. Los sonidos saltan a nuestros oídos de la misma manera.

Creo que el grado de cuidado que hay que poner a la hora de no mostrar contenidos ofensivos en un medio de comunicación es directamente proporcional al grado de "facilidad"  y "pasividad" con que se pueda consumir dicho medio.

De esa manera, resulta lógico que un canal de televisión generalista se obligue a emitir contenidos más "blancos" que un canal de pago especializado o una película de cine. La tele es un aparato que puede estar encendido en una sala de estar, en un bar, en una tienda... en muchos sitios en los que a veces habrá gente que no ha elegido encenderla, ni sintonizar ese canal concreto... pero que, a pesar de ello, no podrá ignorar la información que le lanzan a la cara.

En una sala de cine, por ejemplo, también puede darse el caso de que te encuentres con algo que te ofenda, pero lo más probable es que tú hayas decidido entrar en esa sala, e incluso te hayas informado un poco sobre qué clase de cosa vas a ver, qué calificación de edades tiene, etc.

En un vídeo de internet puedes permitirte el lujo de ser más excesivo, perverso, controvertido... porque el internauta, normalmente, elige darle al play y también elige parar de consumirlo cuando le dé la gana. De hecho, el internauta suele ser una criatura que no sólo elige lo que quiere ver, sino que lo busca.

Yo diría que cuanto más activa sea la actitud del público a la hora de acceder a la información, más legitimados estaremos para permitirnos contenidos fuertes, incómodos, peliagudos.

Y hoy por hoy la reina de las narraciones que requieren actitud activa es la Literatura.

Cuando uno lee un libro tiene que realizar un proceso intelectual que no es del todo fácil. Hay que hacer un considerable esfuerzo de concentración. ¿Cuántas veces hemos tenido que retroceder en nuestra lectura al darnos cuenta de que hemos leído una página entera como autómatas, sin prestar atención a lo que esa página nos estaba contando?

¡Y lo fácil que es parar de leer y cerrar el libro si no nos gusta lo que cuenta!

A un libro no le puedes reprochar que te ofenda, porque tú, como lector, habrás sido cómplice de la ofensa. Tú, como lector, te habrás dejado violar.

Es como aquel chiste de las monjas que se quejaban porque el convento estaba en frente de un cuartel y, según ellas, los soldados se paseaban en pelotas, escandalizándolas. El obispo acudía a comprobarlo. Entraba en la alcoba de las monjas y decía: "Desde aquí no se ve nada." Entonces las monjas le respondían: "¿Cómo que no? ¡Súbase a ese taburete y asómese por ese agujerillo que hay encima del armario!"

Y creo que en estos tiempos en los que la Literatura parece eclipsada por la avalancha audiovisual; en estos tiempos en que los agoreros pronostican la extinción del libro; en estos tiempos en que se cierra una librería cada vez que alguien hace zapping...

... en estos tiempos...

... la Literatura debería dejar de lloriquear como una zorra victimista y adaptarse, ¡evolucionar! Cuando digo esto no hablo sólo del e-book y de la madre que lo parió. Hablo también de apostar por temáticas y formas de expresión que otros medios más "apabullantes" no se puedan permitir tan fácilmente.

Y dentro de las muchos elementos diferenciadores que puede usar la Literatura en este sentido, está el aprovechamiento de esa patente de corso, esa legitimidad a la hora de manchar el papel con las historias más prohibidas, con los pensamientos más perversos, con las suciedades más interesantes y las infracciones más catárticas.

Convirtamos la Literatura - o parte de ella - en el templo de papel de los excesos, en esa red de callejuelas oscuras en las que se adentran los más atrevidos, en busca de pecados que no pueden encontrar en las avenidas principales.

Yo ya lo hago.


jueves, 7 de junio de 2012

LA LINTERNA DEL ZELDA (O CÓMO ESCRIBIR UN GUIÓN SIN ESCALETA)


Estoy retomando historias que escribí hace años, y eso me hace rememorar otros tiempos. Tiempos en los que atravesaba una situación que, si bien no era igual a la actual, sí que era comparable en ciertos aspectos, ya que ambas situaciones están presididas por un mismo dilema:

¿Escribir improvisando, dejándome llevar... o escribir con escaleta, estructurando antes de empezar?

Yo suelo sentirme más cómodo cuando escribo sin escaleta, incluso cuando lo hago sin saber a dónde me llevará la historia que estoy contando. Pero la vida me ha domesticado. Tras trabajar tanto para otros, ahora no puedo evitar estructurar y escaletar mis propias historias (aunque sólo sea dentro de mi cabeza) antes de concretarlas en el papel.

Ahora me veo obligado a revisar cosas que escribí en el pasado y en ocasiones me sorprendo a mí mismo haciéndome la siguiente pregunta:

¿Cuando escribí esta parte, era ya consciente de lo que iba a suceder más adelante en la trama?

No he podido evitar acordarme de un post que escribí hace 5 ó 6 años en mi anterior blog, cuando terminé el guión del largometraje , dirigido por César del Álamo.

He decidido rescatarlo:


LA LINTERNA DEL ZELDA:




Sé que llevo un tiempo sin actualizar decentemente.

He estado ocupado, dedicando los ratos libres que me deja Zombie Western a escribir un guión para un director con el que suelo trabajar.

Nos costó arrancar.

Se trata de una historia muy complicada de concebir. César y yo nos estuvimos mareando mutuamente con cientos de posibilidades, a cuál más descabellada.

Personalmente me notaba bastante bloqueado. Y al margen de que mis cosas acaben siendo más o menos cutres, no estoy acostumbrado a los bloqueos.

El caso es que hace unos días descubrí la causa de mi bloqueo: No había vuelto a escribir largos después del de Zombie Western, y ya va a hacer casi un año que Alby y yo le pusimos punto y final a la primera versión de nuestras marionetas zombies.

Antes de Zombie Western, escribía mis largos al estilo kamikaze, con la cabeza llena de ideas inconexas pero estimulantes. Me tiraba de cabeza al teclado y empezaba a llenar páginas con esa loca esperanza de “ya irá encajando la historia consigo misma conforme vaya avanzando”.

Y se trataba de una loca esperanza que solía serme fiel. Fructífera inclusive.

Pero con Zombie Western me vi obligado a recurrir al “otro sistema”: el mismo que tengo que usar cada vez que la cruel providencia divina me lleva a escribir para televisión y demás jodiendas mercenarias.

¿A qué me refiero? Bueno... Cuando intentas trabajar en equipo (o contentar a un grupo de Dinamarqueses) debes recurrir a escaletas, esquemas, mapas de tramas. Ya saben... “profesionalidad”, “metodología de trabajo” y demás palabrejas diseñadas para apuñalar a Peter Pan.

El otro día, examinándome a mí mismo, indagando en las causas de mi bloqueo, me di cuenta de que no había conseguido quitarme el chip Zombie Western de la cabeza.

A pesar de que con César suelo trabajar siempre de una forma más cómoda y espontánea, una inercia demoníaca me inducía a pensar en tramas esquemáticas, escaletadas, estructuradas, trazadas con escuadra y cartabón en tierra estéril.

Así que me obligué a mí mismo a actuar como en los viejos tiempos. Me lancé a escribir sin tener la más remota idea de lo que iba a escribir. Sin saber de qué trataba la historia que estaba contando. Sin siquiera saber si iba a poder respetar o no las pocas conclusiones que habíamos obtenido el señor Del Álamo y yo en nuestros vagabundeos conceptuales.

Empecé a incluir ingredientes motivado por la víscera, por el impulso más primario y surrealista, a sabiendas de que corría el riesgo de tener que retroceder más adelante para tacharlos.

Pero el inconsciente es sabio. Incluso mágico. De repente la historia que teníamos que contar afloró, como eclosionando en el terreno de esas primeras páginas de letras impulsivas.

De repente, todo lo que había metido ahí, sin razón aparente, demostró encajar en un puzzle (macabro, por supuesto) y los caprichos sensoriales de mi conciencia resultaron estar motivados por caprichos simbólicos (bastante más inteligentes, obviamente) de mi inconsciente.

A lo largo de estos días (ya no sé si cuatro, o cinco o seis) he corrido por las páginas de ese guión, intentando salvarme de mí mismo o de aquello en lo que amenazaba en convertirme, siempre casi a ciegas, con temblorosa fé en que las cosas encajasen en páginas venideras.

Escribir ciertos géneros es como correr por los subterráneos con la linternita del Legend of Zelda. Sólo ves lo que te espera dos pasos por delante de ti. El resto son tinieblas, y uno galopa entre ellas con la esperanza de encontrar el cofre del tesoro, pero también con el temor de chocarse de bruces, tarde o temprano, con una pared que te demuestra que no hay salida, que has invertido el tiempo y la energía en andar un camino que no llega a ningún sitio.

Pero al final siempre hay salida. A veces es más fácil de encontrar. A veces es condenadamente difícil. A veces te conduce a un sitio que te gusta, a veces no.

Escribir “ciertos géneros” es a veces un trabajo parecido al escapismo. Encierras a unos personajes en una situación. En una situación realmente jodida, diseñada para no tener escapatoria. Y luego tú te tienes que encerrar con ellos y ayudarles a escapar de allí.

Entonces te maldices a ti mismo, como Dédalo, y te preguntas por qué coño diseñaste una prisión tan hija puta. Pero cuando logras encontrar la salida del laberinto, merece la pena. ¡Ya lo creo que merece la pena! Y te vas a descansar por unas horas, pensando: “Qué Minotauro tan bonito tengo ahí dentro”.

Echaba de menos escribir. Me salva.

Hace un par de horas terminé ese guión del que estoy hablando. No sé si lo he terminado definitivamente, porque estoy esperando a que César apruebe o me arroje a la cara esas veinticinco últimas páginas que he escrito hoy.

Pero, independientemente de que tengamos que hacer dos cambios o cien, tengo esa reconfortante sensación de haber empezado una historia y haberla terminado.

Gracias, César, por haber encendido la chispa.


miércoles, 6 de junio de 2012

RÉQUIEM PARA EL HOMBRE QUE ME ENSEÑÓ A ESCRIBIR RÉQUIEMS (HOMENAJE A RAY BRADBURY)



Hoy, después de varios meses desencantado con el tema de mis novelas y con el panorama editorial en general, he decidido retomar mis proyectos literarios.

Y precisamente hoy...

... me entero de que acaba de fallecer mi escritor favorito.

Ray Bradbury nos ha dicho adiós a los 91 añazos de edad.

Era una noticia esperada. El maestro estaba ya tan mayor, tan frágil de salud, tan en silla de ruedas, tan versión yankie de nuestro enorme Chicho...

Pero a pesar de ello, una noticia como ésta siempre impacta.

Creo que no existe un escritor a quien haya admirado más que al maestro Bradbury. Y creo que - salvando las distancias - no existe nadie en esa profesión con quien me haya sentido más identificado.

Para mí era el rey de las letras, aunque en sus páginas hubiese demasiados vampiros y demasiados platillos volantes para que se dignasen a concederle un premio Nobel.

Su prosa exhuberante, su manera de dejarse llevar, de atravesar murallas, de descartar el manual de instrucciones. Sus orgías de dinosaurios, marcianos, cohetes, monstruos (de los de escamas y los de piel humana)

Y a pesar del mencionado impacto, no puedo evitar contemplar esta noticia bajo un prisma de luz y de optimismo. Porque si algo caracterizó la obra de Bradbury, ese algo fue la obsesión por retratar el fenómeno de la muerte como algo natural, incluso mágico, agradable...

Me viene a la cabeza una anécdota. Algo que me sucedió hace tiempo con uno de sus recopilatorios de relatos: EL PAÍS DE OCTUBRE.


Se trata de un libro en el que casi todos los cuentos tienen un denominador común: LA MUERTE. Abrí ese libro en una época en la que mi estado anímico no era el adecuado. Recuerdo que iba leyéndolo en un avión y - aunque los relatos eran buenísimos - decidí cerrarlo. "Éste no es el momento", pensé. "Si sigo leyendo esto, voy a caer en una depresión."

Me propuse no retomar ese recopilatorio hasta que no me sintiese con fuerzas para ello. Lo tuve en la estantería de mi cuarto: Él me obseraba con su lomo, y yo lo observaba a él. Pasaron semanas, meses... y un buen día me nació retomar la lectura. Abrí El país de Octubre por donde había dejado el marcapáginas y...

¿Sabéis qué había utilizado a modo de marcapáginas?

La tarjeta de embarque del vuelo en el que paré de leerlo.

Así que en ese marcapáginas figuraba la fecha del vuelo: la fecha exacta en que había cerrado el libro. No me lo podía creer. Se trataba del mismo día en que lo acababa de volver a abrir, pero del año anterior. Había transcurrido un año EXACTO.

(el subconsciente, que maneja información privilegiada)

Cuento esto porque retomar la lectura justo un año después fue lo mejor que me pudo pasar. En mis nuevas circunstancias anímicas, la forma en la que Bradbury hablaba de la muerte me resultaba hermosa, reconfortante incluso. Mientras seguía leyendo el libro, sucedió algo triste: un familiar de un ser muy querido falleció de manera muy traumática. Fue una conmoción para todos los que nos sentíamos más o menos cerca del suceso.

Y justo ese día, entre tanta negrura, El país de Octubre y el maestro Bradbury me regalaron el cuento más divertido y desenfadado sobre la Muerte que he leído en mi vida: LA MUERTE Y LA DONCELLA. Un cuento que, gracias a un generoso y desinteresado internauta, PODÉIS LEER AQUÍ.

Eso me ayudó a sobrellevar el tema.

Y ahora que tras varios años temiéndolo esperándolo ha fallecido Ray Bradbury, a mí me nace imaginarle marchar con tan buen humor como la doncella de su cuento.

91 años, Ray. Es una buena cifra. Has decidido que ya era el momento de marcharse tranquilo. Ahora que el presente se parece al futuro que diseñabas en tus libros de hace medio siglo. Ahora que los libros sobreviven como archivos de e-book y ya no puede venir ningún bombero a abrasarlos con 451 grados fahrenheit.

Ahora Montag y sus colegas vendrán a incinerarte a ti, y esparciremos tus cenizas por Marte, y LA SIRENA (probablemente mi cuento favorito en toda la historia de los cuentos) desgarrará silencios en tu honor.



Yo, por mi parte, publicaré este post y retomaré lo de escribir y mover mis novelas y relatos. Es lo mejor que podemos hacer para mantenerte vivo: Seguir intentando dedicarnos a esto, todos aquéllos que escribimos con AMOR - o lo intentamos - porque tú nos mostrarte cómo se hacía.

A modo de despedida, cito aquí un texto tuyo que, si de mí dependiera, convertiría en tu epitafio. Lo escribiste en una de mis novelas favoritas. Otra de tus tiernas odas a la inevitabilidad de la Muerte: EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS.



"Y un último pensamiento de Tom:

Oh, señor Mortajosario, ¿dejaremos de tenerles miedo alguna vez a la noche y a la muerte?
 

Y el pensamiento volvió:

Cuando lleguéis a las estrellas, muchacho, sí, y viváis para siempre allí, todos los miedos desaparecerán, y la Muerte misma morirá."


martes, 5 de junio de 2012

PÁRRAFOS. RITMOS. ESCRIBIR PENSANDO EN MÚSICA.



En ocasiones colaboro con publicaciones de diversa índole, cuando alguien tiene la descabellada idea de invitarme a ello. Antologías de relatos, fanzines, artículos y/o post para otros blogs...

En algunos de esos casos, envío mi texto y luego me doy cuenta de que a la hora de publicarlo no han respetado los párrafos tal y como yo los había dispuesto.

No es algo que los otros hagan con mala intención, por supuesto. Simplemente no se han parado a pensar en la posibilidad de que el contenido del texto y la forma en que está dispuesto, de alguna manera, dialoguen entre sí en lugar de ser elementos independientes.

Y tampoco soy yo de llevarme las manos a la cabeza cuando no me respetan ese diálogo "forma-contenido". El hecho de que me inviten a una fiesta "en la casa del otro" me parece maravilloso. Y en la casa del otro, mandan las normas del otro. ¡La cortesía obliga!

No obstante, chorraditas como ésas me hacen reflexionar sobre hasta qué punto olvidamos que la escritura, en la mayoría de sus manifestaciones es, además de un arte "intelectual", un arte VISUAL.

Cuando distribuímos la información en párrafos estamos tomando decisiones que influyen en el ritmo con que el lector percibirá nuestra historia, e influyen también en el énfasis con que percibirá algunos de los datos que le suministremos.

Esto último debería ser de "primero de escritor" y tal vez por eso lo obviamos con tanta facilidad.

Yo, por ejemplo, soy muy aficionado a escribir estructurando el texto como lo hago en este blog: Usando el párrafo alemán.

¿Veis? Siempre hay un generoso espacio en blanco separando cada bloque de texto del siguiente. Y nada de sangrías.

Creo que es la estructura de párrafo más habitual en el "formato Blog", y por eso muchos de nosotros nos estamos aficionando demasiado a él. Yo no lo relego a la blogosfera: lo suelo usar también en todo lo demás. Novelas, relatos... Me gusta la manera tan tajante, tan visual con la que el párrafo alemán nos ayuda a percibir el ritmo con el que el texto quiere ser leído.

Cuando nos enfrentamos por primera vez a la página, en esa primera fracción de segundo, lo que vemos es un "mapa rítmico", por llamarlo de alguna manera. Una serie de manchas negras sobre fondo blanco, más o menos grandes, más o menos numerosas. Ese "código de barras gigante" es una clave sobre el modo en que se ha de leer la partitura.

Ese primer vistazo ya prepara nuestra cabeza para navegar por la página con una actitud u otra. Nos indica si la corriente del río quiere ir rápida o le apetece demorarse en un estanque.

Y luego, mientras leemos, mientras navegamos... el hecho de encontrarnos una frase solitaria, separada del resto del texto por esas dos fronteras blancas... enfatiza dicha frase. Hace que reparemos en ella de manera especial.

Es como un negro en medio de la nieve.

Pero la Literatura es un arte elitista, y en cierto modo conservador.  Quizá por eso el escritor tiende inconscientemente a ensalzar los aspectos más "racionales" de ese arte y a minusvalorar sus aspectos más viscerales, irracionales.

Estoy convencido de que muchos escritores ni siquiera se plantean por qué eligen un tipo de párrafo u otro, o si a la historia que quieren contar le conviene tal tipo de sangría, o tal otro, o ninguna sangría en absoluto.

La obsesión por combinar forma y contenido parece patrimonio exclusivo de formatos concretos un poco más extremos, como el libro ilustrado o la novela gráfica.

Sin embargo, me atrevería a aventurar que la manera de gestionar los párrafos ayuda a definir el estilo de un escritor casi tanto como su forma de utilizar los adjetivos o su manera de construir las frases.

Hay escritores pausados, contemplativos, que escriben con un ritmo de peli de Jim Jarmush. Hay escritores nerviosos, inquietos, que intentan galopar por la página al ritmo de un Martin Scorsese.

En mi caso, habréis notado que tiendo a abusar del "punto y aparte". Las pruebas de "ensayo y error" me han ido llevando hasta esta búsqueda de fluidez - un tanto heterodoxa -. Y sé que mi forma de escribir - si es que merece ser llamada así - seguirá mutando, buscando, acertando, fallando.

Estoy seguro de que cualquier escritor, cuando revisa un texto que escribió años o meses atrás, sentirá la tentación de reestructurarlo de forma completamente distinta. Uniendo y separando párrafos, dinamitando comas.

Y quizá la opción A era igual de válida que la opción B. Lo que ocurre es que nuestra música interior va cambiando con el tiempo y nos hace percibir - y preferir - las cosas de otra manera.

Creo que cuando escribimos con intenciones auténticamente literarias, debemos olvidarnos de la corrección. La Literatura con mayúsculas nos invita a dejar lo ortodoxo a un lado y escribir pensando en música.

Escribir pensando en música.

Porque el escritor, incluso cuando no sepa arrancarle una nota musical a un instrumento, es por definición un ser musical. Es capaz de percibir la musicalidad con la que cada historia desea ser contada, o tiene cierta música indefinida taladrándole la cabeza, suplicando un vestido de letras a juego.

Y es esa música, tan subjetiva y caprichosa, tan auténtica... la que configura los aspectos formales del texto. La que convierte cada frase en algo más que un andamiaje muerto.

lunes, 4 de junio de 2012

ABORTOS


Lo he comentado en otras ocasiones: Es tremendamente fácil engañar a un guionista.

Se supone que nuestro trabajo como contadores de historias consiste en engañar a otros. Pero aquí estamos: Casa de herrero, cuchillo de palo. Porque es a nosotros - estúpidos guionistas - a quienes suelen engañar de mala manera.

A veces nos estafan prometiéndonos dinero a cambio de escribir. Un dinero que "se cobrará si la cosa funciona". Dinero que nunca llega, y nos da un poco igual. Casi nunca lo hacemos por dinero en esos casos.

Otras veces - la mayoría - ni nos garantizan el dinero ni puta falta que nos hace. En esas ocasiones nos engatusan simplemente asegurándonos que la peli, o corto, o serie, o lo que sea... SE HARÁ. O que, como mínimo, se intentará sacar adelante, ahí, a tope, con ilusión y toa esa mierda.

Hoy, por culpa de una estúpida asociación de ideas, he acabado haciendo un recuendo de todos los guiones que he escrito GRATIS para OTROS y que jamás se hicieron.

Creo que no he conseguido acordarme de todos esos abortos, pero aquí dejo, a modo de curiosidad, una lista de los que he podido recordar. Guiones que están escritos... para gente que me los "encargó"... pero que nunca se hicieron:

- OCHO guiones de largometraje para otros directores y/o productores.

- TRES guiones de cortometraje para otros directores y/o productores.

- UN guión de mediometraje para otro director.

- TREINTA guiones de distintas teleseries para productores.

- DOS reescrituras de guiones inicialmente concebidos para dirigirlos yo, pero que más adelante tuve que adaptar para que los dirigiese un director distinto.

...

...

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Seguro que se me están quedando un montón de proyectos en el tintero (y estoy obviando - por otra parte - la gran cantidad de ideas que tampoco llegaron a buen puerto en trabajos remunerados)

¿Por qué naufragaron todos esos proyectos?

En algunas ocasiones se trataba de colaboraciones con gente honesta que realmente deseaba sacarlos adelante, pero que no tuvo suerte. En otras ocasiones se trataba de gente igual de honesta, pero que se "desinfló" a medio camino. Y en otros casos se trató de auténticos hijos de puta a los que escupiría en vez de saludar si me los encontrase por la calle (afortunadamente, este último grupo es el más reducido)

Por otra parte, a todo esto hay que sumar otra gran cantidad de cosas que he escrito "para mí", con la intención de dirigirlas o moverlas yo... y que también se han quedado "a medio camino", por culpísima mía. Y especifico esto último para dejar claro que no escribo con intención de reprocharle nada a nadie.

Lo único que me apetece comentar en este post es aquello que decía William Goldman en sus aventuras del guionista en Hollywood: Que no hay nada más frágil que un proyecto.

Y, por ello mismo, la profesión de guionista debería ser el mejor entrenamiendo para desapegarse de las creaciones propias.

Estamos condenados a parir abortos.

Gran parte de lo que engendremos, jamás verá la luz.

Nos dedicamos a componer mandalas en medio de una tempestad.

Si no aprendemos a disfrutar durante el proceso, al margen de a dónde llegue o deje de llegar la mierda que escribimos... más nos vale estar muertos, o cambiar de oficio.